Traducción de Wendy Méndez

En medio de mi gran sala vacía, entre el sofá de cuero arañado y un antiguo estéreo que sigo usando para reproducir mis viejos álbumes de blues rayados, está situado un bloque de metal comprimido. Es rojo con una línea blanca alrededor de él. Y cuando la luz del sol golpea ese bloque en el ángulo preciso, el destello que desprende es honestamente deslumbrante. La cosa en sí misma no es una mesa, a pesar de las incontables ocasiones en las que le pongo cosas encima. Y no hay una sola persona que pase por la casa que no me pregunte sobre ello. Cada vez salgo con una respuesta distinta: dependiendo de mi estado de ánimo y dependiendo de quién pregunte a veces digo: “Es algo de mi padre”, otras “Es un duro pedazo de memoria”, y otras más “Es un Mustang 68 convertible” o “Está brillando, rojo venganza” o incluso “Es el ancla que sostiene toda esta casa en su sitio; si no estuviera justo aquí, todo podría haberse ido flotando hace tiempo”. Y a veces todo lo que digo es “Es arte”. Los hombres siempre tratan de levantarlo, pero nunca tienen éxito. Las mujeres en su mayoría lo tocan tentativamente con el dorso de sus manos, como si tomaran la temperatura de un niño enfermo. Y si alguna de esas mujeres va y lo toca con la palma de la mano, desliza sus dedos a lo largo del costado y dice algo como “Está frío” o “Se siente bien”, lo tomo como una señal para tratar de llevarla a la cama.

Esa gente que siempre me pregunta por mi bloque de acero estropeado me hace bien. Siempre me tranquiliza saber que, en este confuso mundo nuestro, al menos hay una cosa segura que esperar. También me protege de muchas otras preguntas como “Entonces, ¿a qué te dedicas?”, “¿Cómo te hiciste esa cicatriz retorcida debajo del ojo?” u “Otra vez, ¿cuántos años tienes?”. Creo que nunca lo diría.

Trabajo en la cafetería de la Escuela Secundaria Lincoln, la cicatriz es de un accidente de auto y tengo cuarenta y seis años. Ninguno de estos hechos es un secreto. No obstante, prefiero que me pregunten acerca de mi compacto–y–compactado bloque. Porque a través de él llego inevitablemente a cualquier tema que quiero: desde el jodido Robert Kennedy —que fue asesinado en el año en el que produjeron el Mustang aplastado que conservo en mi sala— hasta la porquería que resulta ser el arte contemporáneo. El bloque nunca falla para llevarme hacia aquellos temas o a cualquiera en medio de ellos. Como cuando Papá nos llevó a mi hermano y a mí a dar una vuelta el día que nos visitó en el hogar de acogida. O cuánto les costó a ocho personas cargar esa cosa dentro de mi camioneta y cómo los golpes en la camioneta estuvieron a punto de hacer que cediera bajo todo ese peso. Incluso puedo encaminarme, en esa línea de cuestionamientos, hasta llegar a mi madre fallecida, quien murió cuando yo era un bebé por culpa de mi padre, quien manejaba borracho conduciendo un automóvil distinto, de color gris y menos cool al que inmediatamente reemplazó por el Mustang con el dinero del seguro que cobró por el accidente. Todo depende de verdad de a dónde quiero llegar. Una conversación es como un túnel que se cava paciente y minuciosamente debajo del suelo de la prisión con una cuchara. Tiene un propósito; sacarte de donde estás ahora, y cuando cavas tu propio túnel siempre hay un objetivo del otro lado; empatía que te llevará a coger, o intimidad masculina que se mezclará de manera excelente con una botella de whiskey, o algo que reestablecerá tu gran valor como inquilino ante el arrendador que vino a elevar la renta. Cada túnel tiene su propia dirección pero la cuchara, al menos en mi caso, es siempre la misma: un Mustang 68 convertible rojo con líneas blancas de carreras que ha sido compactado del tamaño de un minibar y está apostado en mi sala.

Janet trabaja conmigo en la cafetería. Siempre está en la caja registradora porque la administración confía en ella, pero incluso ahí está lo suficientemente cerca de la comida como para que su cabello huela como un tazón de sopa minestrone. Janet es una madre soltera que cría gemelos por su cuenta. Es una buena madre, exactamente como me gusta imaginar que habría sido mi madre. Cuando veo a Janet con sus hijos a veces trato de imaginar qué habría sucedido si en aquél choque, cuarenta y cinco años atrás, mi padre hubiera sido el que muriera y mi madre hubiera salido viva de ello. ¿Qué sería de mí y de mi hermano el día de hoy? ¿Seguiría anclado a la cocina de una cafetería y mi hermano aún estaría confinado en un ala de máxima seguridad en una prisión de Nueva Jersey? Lo que sí es seguro es que no tendría un Mustang aplastado emplazado en el piso de mi sala.

Janet es quizá la primera mujer en venir a mi casa y no preguntar acerca del bloque rojo. Después del sexo preparo café helado y mientras lo estamos bebiendo trato de introducir mi destrozado Mustang en la conversación. Comienzo colocando mi taza de café sobre el auto. Espero que ella pregunte. Cuando eso no funciona trato de facilitárselo a través de una historia. Vacilo un poco preguntándome qué historia contar. Podría ser aquella acerca de cómo, cuando coloqué el bloque la primera vez en casa, éste apestaba, y cómo empecé a sospechar que de algún modo había un gato muerto aplastado ahí dentro. También está la otra en la que un par de ladrones irrumpieron en la casa y al no encontrar nada de valor que llevarse trataron de cargar con el cubo. Aparentemente uno de ellos realmente estaba empujando y tratando de levantarlo con tanta fuerza que terminó con una hernia discal en su columna vertebral. Al final sitúo la historia acerca de mi padre. Algo menos divertido y más personal. Le cuento cómo lo busqué a través de todo Ohio y cómo justo cuando descubrí que estaba muerto —y podrías esperar que eso cambiara algo— su mejor amigo mencionó el auto, exactamente en el momento en el que lo remolcaban hacia el depósito de chatarra. Le cuento cómo aparecí cinco minutos muy tarde y que es por ello que la única posesión que heredé de mi padre no es un asombroso auto clásico sino el pedazo de acero estropeado en mi sala.

“¿Lo amabas?”, pregunta Janet. Sumerge su dedo en el café helado y lo lame. Algo acerca de cómo lo hace, no sé el qué, me disgusta. Eso es en lo que pienso mientras trato de evadir la obligación de responder. Honestamente no tengo muchos sentimientos a la memoria de mi padre —y los pocos que tengo son uniformemente negativos—. Lidiar con mis problemas paternos mientras bebemos café helado desnudos en mi sala es tan poco excitante como suena. En vez de responderle le propongo que la próxima vez que venga a estrellarse en mi casa durante el fin de semana traiga a los gemelos con ella. “¿Estás seguro?”, pregunta. Janet vive con su madre y no se le dificulta dejar a los niños con ella y venir por su cuenta. “Por supuesto”, le digo, “será divertido”. Ella no lo demuestra, pero puedo percibir que está feliz. Y en vez de hablar de toda la mierda que mi hermano y yo nos tuvimos que comer antes de que nuestro padre nos hiciera un favor y desapareciera de nuestras vidas, Janet y yo cogemos ahí mismo en la sala mientras ella se apoya en el Mustang aplastado y yo estoy detrás de ella. La opción más inteligente.

Los gemelos se llaman David y Jonathan. Su padre les puso los nombres. Pensó que era divertido. Janet no estaba muy entusiasmada con la idea, pero la aceptó sin pelear. Después de cargar con ellos en su panza por nueve meses pensó que estaría bien concederle esa victoria, darle al papá primerizo la sensación de que los niños eran también un poco suyos. No es que sirviera de algo; han pasado más de cinco años desde la última vez que supo de él.

Tienen siete años ahora y son todos unos panes de Dios. Tan pronto como llegan revisan el patio y descubren el árbol torcido. Tratan de escalarlo y caen. Intentan y fallan. Se magullan y raspan, pero no lloran ni una sola vez. Amo a los niños que no lloran. Yo también era así. Más tarde jugamos un poco con el frisbee en el patio y Janet dice que hace calor y que sería mejor que entráramos a la sala y tomáramos algo. Preparo limonada y coloco los vasos en el Mustang. Los gemelos dicen “gracias” antes de tomar un sorbo. Puedes ver que han sido bien criados. David me pregunta sobre el Mustang y le digo que es un concentrado de automóvil que tengo a mano en caso de emergencias, él sabe, por si mi camioneta se descompone. “¿Y qué harías entonces?”, pregunta con sus enormes ojos cafés muy abiertos. “Mezclaría el concentrado de Mustang con suficiente agua, esperaría a que estuviera listo y después conduciría hasta el trabajo”. “¿Y no estará mojado?”, pregunta Jonathan, que está escuchando la conversación. “Un poco”, digo, “pero incluso así es mejor un auto mojado que ir a pie”.

Por la noche les cuento una historia antes de dormir. Janet olvidó traer sus libros con ella así que he tenido que inventar una historia en el momento. Es una historia acerca de unos gemelos que, individualmente, son totalmente normales, pero cuando se tocan el uno al otro tienen superpoderes. A los chicos les encanta. Los niños están simplemente enloquecidos por los superpoderes. Después de que caen dormidos Janet y yo fumamos algo que Ross, el conserje de la escuela, le vendió. Es una cosa de calidad. Nosotros, los dos, estamos flotando. Toda la noche estamos sólo cogiendo y riendo, riendo y cogiendo. Nos despertamos hasta el mediodía. Mejor dicho, Janet se despierta. Yo me levanto hasta que escucho sus gritos. Bajo las escaleras sólo para encontrar la sala completamente inundada. David y Jonathan están de pie al lado del Mustang con la manguera que arrastraron desde el jardín. Janet está gritándoles que detengan el agua y David corre inmediatamente hacia el patio. Jonathan me ve al lado de las escaleras y dice “No funciona. Usamos mucha agua, pero no se mezcló”. La pequeña alfombra de la sala está totalmente a la deriva en esta especie de… corriente que se ha formado, igual que los viejos álbumes. Y me doy cuenta de que mi estéreo está soltando pequeñas burbujas desde debajo del agua como un animal ahogado. Son sólo objetos, me digo a mí mismo, sólo objetos que no necesito realmente. “Esta cosa se jodió”, dice Jonathan todavía balanceando la manguera, “te vendieron uno descompuesto en la tienda”.

Janet no debería haberlo abofeteado, y lo que hice por mi parte tampoco estuvo bien. No debí haberme involucrado. Ellos no son mis hijos y definitivamente no necesitaba reaccionar de la manera en la que lo hice. Ella es una buena madre, sólo que se encontraba en esta situación irregular que la puso bajo demasiada presión. Y quizá, si su bofetada se escapó sin ninguna intención malvada, ya sabes, tal vez ella podría haber tratado de entender mi empujón. La última cosa que quería era lastimarla. Sólo estaba tratando de poner un poco de distancia entre ella y los gemelos hasta que se calmara. Si no hubiese habido tanta agua desbordada por ahí ella no habría resbalado y no habría terminado lastimada.

Ya le he dejado cinco mensajes pero ella no ha llamado de vuelta. Sé que está completamente bien porque su madre me dijo eso; sólo fue un poco de sangre y un par de puntadas. También le pusieron la antitetánica porque el Mustang estaba oxidado. Después de que ella tomara a los gemelos y se fueran, me preocupé. Entonces fui hasta su casa y su madre salió y me dijo que Janet no quería verme más. Después de un largo absceso de fumador añadió que no debería tomármelo demasiado en serio, que si le doy suficiente tiempo y espacio definitivamente se le pasaría.

Mañana cuando vaya hacia el trabajo le llevaré un regalo: gel para el cabello o unos calcetines. Ella se vuelve loca por ese extraño tipo de calcetines, esos con grandes puntos rojos o con orejas caídas cosidas a los lados. Si ella no quiere hablar sencillamente dejaré el regalo —debidamente envuelto— al lado de la registradora y entraré en la cocina. Al final ella me perdonará. Y cuando la lleve de vuelta a casa le contaré la historia completa acerca del auto y de mi padre, acerca de todas las cosas que él nos hizo a mi hermano y a mí, sobre cómo lo odiamos y cómo la única cosa que me pidió Don cuando fue a prisión fue que encontrara a mi padre y le dijera en la cara la mierda de padre que fue. Le contaré sobre aquella noche en el depósito de chatarra. Sobre cómo disfruté viendo el coche que tanto amó compactado como un bloque de acero estropeado totalmente despojado de su propósito. Le diré todo y ella lo entenderá. De hecho, eso será casi todo. Eso será todo, excepto por aquello de como cuando llevé el auto de mi padre al depósito de chatarra en Cleveland el cadáver del viejo todavía estaba caliente en el maletero. Y cuando haya acabado Janet me perdonará. Traerá a los chicos de nuevo. Y ellos y yo cerraremos las puertas de la sala herméticamente. Colocaremos trapos en los espacios vacíos después de atravesar la manguera. Luego abriremos el grifo oxidado hasta que ya no gire más y no lo cerraremos hasta que esta gran sala vacía se llene como una piscina.

Fotografía de Rüdiger Katterwe

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Escrito por:paginasalmon

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