Entre las primeras páginas de El tiempo vivido: acerca del “estar”, Ramón Xirau (1993) apunta que “todo el tiempo –el de las cosechas, el de la física, el de la duración de los seres vivos o no vivos (Whitehed se refería a las montañas como una larga “melodía”)– es nuestro tiempo” (10); convulso y cíclico panorama donde converge el pasado, el presente y el porvenir. El tiempo es tan nuestro que con solo prescindir o sustituir los nombres en el mapa, sentidos y sentires todo se compagina, todo nos pertenece: esto es, por lo menos, lo que he aterrizado al hacer cuenta de los primeros y últimos días de conocer a Cristián Gómez Olivares, autor de El libro Rojo

Las ferias del libro son como aquella excursión escolar para conocer alguna fábrica, donde autores y editores se encuentran vis-à-vis con los lectores. En este caso, conocí parte de Mantra Edixiones, sello editorial independiente de la Ciudad de México, para ser más preciso de la alcaldía de Tláhuac. Una vez dentro, la conversación con Edgardo Mantra (editor) fue pasando poco a poco de la coincidencia al interés: se presentía el comienzo de una hermosa amistad.

Coincidimos días después en las entrañas de la librería Niña Oscura, en la Santa María la Ribera, a razón de la invitación a una no-cátedra impartida por el propio Cristián Gómez Olivares (1971), chileno de nacimiento, ahora residente en Cleveland, Ohio, donde es profesor de español y literatura hispanoamericana en paralelo a sus actividades de poeta y traductor. Divagamos sobre la poesía norteamericana contemporánea y los avatares que la poesía actual enfrenta; en grupo se habló sobre arquitectura, los chicanos, el racismo, la xenofobia, Chile y Chile.

Volviendo al libro de Cristián, como su nombre lo lleva, remite tanto a la imagen de Mao Zedong como a la obra que le inmortalizaría en la historia. Justa sería la razón por la que ambos elementos estuvieran dispuestos para este pequeño poemario de bolsillo compuesto de cinco apartados (La palabra España, Como en los límites del mar un rostro de arena (Mi abuelo era fabricante de sombreros), Tláhuac, Contra el estado de bienestar, Dos poemas contra la presencia de los elefantes en las cristalerías) donde, sin esperarlo, ya establecían una premonición sobre la convergencia de los tiempos entre el Chile de su juventud, durante la dictadura de Pinochet y el Chile posterior que ha continuado a pesar de su vida en los Estados Unidos. No obstante, uno de sus poemas habría de jugar el papel de comodín para encadenarse dentro de la convergencia de todos los tiempos:

Entrena para que los camareros lo respeten.

Para que el libro que tienen en la mano

no sea un símbolo sino un augurio. (49)

Rasgos que –en la temática maoísta– no solo representan la búsqueda de la unificación comunista, pero que aquí, en cierto modo, logra vincular. Entre cada poema hay razones para trazar líneas paralelas que asemejan las sociedades europea, norteamericana e incluso latinoamericana bajo los mismos tajos producto de las imposiciones político-económicas del siglo pasado: la opresión, el racismo, la injusticia, así como también el amor, la amistad y la familia (además del futbol).

Hay un dejo de nostalgia entre los versos tan entrecortados, como un susurro dirigido por tu vecino de celda, necesidad simbiótica de contar su historia y de que tú la escuches, con el único fin de que ambos no pierdan la cordura durante sus condenas. Esta escena se desvanece a través de la cortinilla proustiana del lejano recuerdo durante la espera en la línea de un supermercado en Cleveland, o recorriendo, con la mirada pegada a la ventana, algunas calles de la alcaldía de Tláhuac al sur de la Ciudad de México, España u otro sitio de Europa.

Tiempo, eso es todo lo que nos pertenece, incluso cuando algún trágico acontecimiento se repite, como ha ocurrido en recientes fechas con el despertar de Chile, convenientemente concatenado a una serie más amplia de eventos a lo largo del mundo: Hong Kong, Haití, Bolivia, Ecuador, México, Barcelona, Palestina y la lista sigue creciendo. Por consiguiente, cabe también mencionar que tanto las luchas como el propio libro han emergido desde la lucha independiente, como lo es Mantra Edixiones, frente al colmado campo de la literatura y la no-literatura, esa que en ningún momento se esperaba que surgiera, tan simple, tan llana, tan sin nada qué ofrecer a un público que poco a poco olvida cómo exigir lo que en verdad merece.

Qué más quisiera que recorrer detalladamente cada poema, pero no, será mejor terminar hasta aquí: para qué develar detalles que quizá podrían no decir lo que quiso Cristián o quizá sí, susurrado así a través del grosísimo espesor que separa nuestras celdas, la cuenta en el bar, los libros y los estantes; un muro fronterizo. A pesar de no vivir –directamente– una dictadura, he podido acercarme lo suficiente desde sus palabras y desde las redes sociales para suponer que quizá ahí está el meollo del asunto: que todo tiempo, en verdad, es nuestro.

“La última nostalgia (1982-1990)”

Estaba esperando que me dijera algo, cualquier

cosa, cuando me viera en la mano con la poesía

reunida de Joe Bolton, pero fue incapaz de separar

la mirada ni siquiera por un segundo de la cuenta

del teléfono. No se puede hacer sociología del árbol

caído y sin embargo no me arrepiento de haber

escrito poemas en prosa ni de haberlos cortado

con un hacha. El patio de un claustro tropical,

donde uno se pregunta si el viento y el pasado

son lo mismo pertenece a uno de esos cuadros

que cuelgan en nuestra casa, una imagen arrebatada

a las pinceladas con que antaño se construyera

nuestro hogar, forzando casi al orden a desaparecer

en la calma del azur y el desmayado aroma

del almizcle: nada hay en este crepúsculo, cálido

y vegetal que no sea hermoso ni mucho

menos duradero. (111)

GÓMEZ Olivares, Cristián. (2019). El libro rojo. Primera edición. México: Mantra Edixiones.

Escrito por:paginasalmon

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