I

—¡No alces la cabeza o te metemos plomo, cabrón! —le gritaron a Mauricio unos sujetos encapuchados mientras lo subían a una camioneta.

En el trayecto le vendaron los ojos, le ataron las manos y lo golpearon tres veces en el estómago. Uno de los hombres que estaba a su lado le dijo: “Si tú nos ayudas, rápido sales, pero depende de ti. No te pongas necio, si no, vas a acabar como los otros”. El libro que Mauricio leía cuando lo interceptaron quedó tirado frente a la banca de la plaza pública. Horas después, Amanda preguntó por él y nadie pudo dar información, nadie había visto nada.

La camioneta atravesó, aún de día, unas puertas metálicas: un arco con letras en blanco coronaba la entrada. Avanzó varios metros hasta llegar a un estacionamiento oscuro; ahí se detuvo y los hombres bajaron a Mauricio. Al llegar a una pequeña habitación sin ventanas le esposaron los tobillos y lo abandonaron allí.

II

Días antes de que desapareciera, Mauricio había terminado de escribir un pequeño libro de cuentos. Era apenas el segundo volumen que escribía en su vida y, al igual que el del primero, su destino estaba en una vieja caja de zapatos que guardaba bajo su cama. Las hojas, unidas con un rudimentario hilo, no podían aspirar a ser leídas por nadie; si acaso sólo por Amanda, quien procuraba comer algo mientras las hojeaba para mancharlas deliberadamente y dejar constancia de su lectura. Mauricio nunca escribía pensando en el reconocimiento; viviendo en Cardozo no se podía aspirar a nada. Lo hacía para él, para leer los libros que jamás tendría; también escribía para Amanda, aunque nunca se lo dijera.

Dejar la caja con los cuentos terminados, las hojas de los borradores y otros textos sin inicio ni final era una invitación para que ella los tomara cuando él no la viera. Era una correspondencia sin respuesta en la que el secreto (jamás hablaban de esos textos) y la intimidad de la lectura solitaria sugerían el erotismo más próximo entre los dos.

III

El trabajo nocturno en una cantina le permitía a Mauricio tener las mañanas libres, que aprovechaba para acudir a la pequeña biblioteca de Cardozo. Siempre las mismas personas, siempre los mismos libros; era una apuesta complicada: ¿Quién moriría primero? ¿Los lectores o la biblioteca? Repetía las lecturas de los pocos libros que tenía a su alcance pues se rehusaba a dejar de asistir un solo día. La poca poesía disponible la memorizó después de algunos años y en ocasiones se la repetía en voz baja mientras caminaba por la calle. “Los lectores y los borrachos”, pensaba Mauricio, “son el mismo personaje: solitarios y taciturnos, ambos se esconden detrás de su objeto ritual, el libro y la botella. La ficción, al igual que el alcohol, separa al vicioso de la realidad, pero no para siempre, tan sólo por un instante. Por eso siempre regresan”. El camino de la biblioteca a la cantina era como cambiar de habitación: los dos lugares eran iguales, pero con diferentes rostros los asistentes parecían los mismos.

Cuando volvía a casa por las noches, Amanda ya dormía. Mauricio se quitaba la ropa y se echaba a la cama en silencio. Antes de quedarse dormido miraba el techo y pensaba en Cardozo, la pequeña ciudad que amaba, aunque sabía que ahí todo estaba perdido.

IV

Aislado de lo que sucedía a su alrededor recordó las noticias que últimamente habían corrido de boca en boca entre los habitantes de Cardozo. Una noche, mientras rellenaba los vasos en la cantina, escuchó a unos hombres hablar de una joven que nunca regresó a su casa después de salir de la escuela. Ella, según lo que había alcanzado a entender, volvía todos los días a las cuatro de la tarde para comer con su madre. Un jueves tan sólo encontraron su cartera tirada a unas calles de su casa. Aún tenía sus identificaciones y 200 pesos; dinero no era lo que buscaban. El padre de la joven, amigo de quienes contaban esta historia mientras bebían mezcal, había acudido a la policía en varias ocasiones para pedir ayuda. En la comandancia le exigían dinero (“propinas”, dijo uno de los hombres) para facilitarle información del caso. Su miserable salario de albañil le limitaba los pagos extraoficiales. Optó por pegar carteles por todo Cardozo con la foto de su hija. Aún no se sabía nada de ella.

Un portazo trajo de vuelta a Mauricio a la habitación.

Los hombres lo tomaron de las axilas y lo levantaron; otro más apareció con un bate en la mano y empezó a golpear el abdomen de Mauricio.

—¿Para quién trabajas? —gritó el que lo golpeaba. Sin esperar la respuesta continuó con la tortura.

Mauricio se retorcía sin entender nada. Intentó recordar si en días anteriores había cometido el más mínimo delito o falta, si acaso había reñido con alguien o visto algo indebido. Pero no recordó nada.

—Si no nos dices la verdad, de ésta no sales. No te quieras hacer el héroe —lo amenazó uno de los hombres que lo sostenía.

Más golpes. Después pararon, lo dejaron en el piso y salieron de la habitación. Mauricio escupía sangre y, aturdido, intentaba entender qué era lo que sucedía. Pasaron minutos, quizá horas, y los hombres volvieron. Podían ser los mismos u otros, el cuarto era oscuro y sus rostros no se distinguían. Todos parecían el mismo.

“A ver si entendió hace rato”, dijo uno de ellos. “Todos terminan hablando”, dijo otro. Sentaron a Mauricio frente a una mesa y sobre ella colocaron unos paquetes, parecían ladrillos.

—¿Quién te los dio? —le preguntaron.

—¿De qué hablan? Eso no es mío —contestó Mauricio, aterrado. Sintió una descarga eléctrica.

—¡¿Quién te los dio!? ¡¿Para quién trabajas!? ¡Contesta, pendejo, de todos modos no la vas a librar!

Mauricio, desesperado, estaba seguro de que habían cometido un error. Confiaba en poder explicar que él era un simple cantinero, que jamás había visto esos paquetes y que nunca había tenido problemas con nadie en Cardozo.

—Nos vas a contar todo lo que sepas, imbécil —lo amenazaron mientras le aplicaban otra descarga.

Los golpes y las descargas continuaron por un tiempo incalculable. Exhausto, Mauricio empezó a contar su última ficción. Sólo eso podía terminar con el infierno.

V

Cardozo era un lugar abandonado por la memoria de quienes ahí vivían. Parecía como si sus calles, las casas y la plaza pública hubieran estado desde el inicio de los tiempos, esperando únicamente a que alguien llegara a poblarlas sin cuestionar el origen geométrico del trazo. La ciudad vivía en un eterno presente y de eso se dio cuenta Mauricio cuando niño, al percatarse de que nadie hablaba de la historia de Cardozo. La gente se comportaba con indiferencia ante las sospechas de lo que pudo haber sido antes esa extensión de tierra, quizá un páramo o una pequeña aldea. “Aquí desde siempre han estado los mismo, tal vez con diferente nombre y con diferente rostro, pero siempre los mismos”, le escuchó decir a su madre en una ocasión.

Si alguien decidía salir de Cardozo y buscar suerte en algún otro lado, jamás volvía, ni siquiera en forma de carta. Mauricio tenía una explicación para eso: “La gente no se olvida de Cardozo, sino que Cardozo desaparece cuando lo abandonan. No es un olvido deliberado ni una venganza despiadada, pero es que nada existe sin su propia historia”.

En los años antes de que dejara la escuela Mauricio empezó a escribir sus primeros relatos. Escribía, sobre todo, de sus amigos, les inventaba historias graciosas y les auguraba futuros inalcanzables en sus pequeñas ficciones. Con el tiempo y el descubrimiento de los libros de la biblioteca, sus cuentos comenzaron a volverse cada vez más complejos. Dejó de escribir de sus amigos y empezó a hacerlo sobre la gente de Cardozo que no conocía pero que veía por las calles. Escribía sobre las personas que seguían una rutina que se podía rastrear con facilidad y que de pronto, de un día para otro, dejaban de presentarse en los lugares que frecuentaban para no volver jamás.

Con sus relatos, Mauricio construyó sin darse cuenta una segunda ciudad, muy diferente al Cardozo real, prisionera de su propia monotonía, de una normalidad que más que apaciguar generaba angustia. El Cardozo de las ficciones poseía una historia rescatada en la imaginación de Mauricio, reservada únicamente para él. Fue hasta muchos años después, cuando Amanda encontró los folios en la caja de zapatos, que por primera vez alguien los leyó. Para ella, el descubrimiento del secreto mejor guardado de Mauricio se tradujo en un pensamiento atroz: la realidad en la que había vivido era aterradora por lo limitada que estaba. La vida en Cardozo era tan pobre como la llanura de tiempo en la que siempre había estado inscrito. La lectura de los cuentos fue como caer a un vacío. Peor, fue como darse cuenta de que siempre había estado en él.

VI

Hace algunos meses conocí a don Roque fuera de Cardozo, en un lugar que está a tres horas en carretera. Tuve que ir allá a dejar una mercancía porque a eso me dedico, llevo cajas de un lugar a otro en una camioneta que me dejó mi tío. Yo nunca pregunto qué es lo que me da la gente, nada más recibo, cobro y entrego. Lo importante es el dinero, ustedes saben que aquí no hay para dónde y uno tiene que encontrar la manera, como sea.

A don Roque fue al primero a quien le entregué unas cajas en ese viaje. Intercambiamos algunas palabras y recibí mi pago, nada más. Vivía en una casa, si es que a esa pocilga se le puede llamar así, alejada del resto, como si la presencia de las personas le molestara.

En varios viajes posteriores seguí entregándole cajas, nunca más de tres y nunca demasiado grandes. Don Roque empezó a darme propinas por los envíos; si no tenía dinero me ofrecía comida o cervezas. Una de esas veces me dijo: “Ahora no tengo chela en el refri, ¿no quieres ir a tomar unas a un lugar que conozco por aquí?”. Acepté, ya que ese día las cajas de don Roque fueron mi único encargo de la tarde.

Bebimos varias cervezas y me platicó un poco de su vida en aquel desértico lugar. Vivía solo desde que su esposa murió de un infarto. Nunca tuvieron hijos, por lo que acudía regularmente a la cantina a la que fuimos para no olvidar el oficio de la conversación; eso, decía él, lo mantenía vivo. Hubo un tiempo en el que a diario yo le entregaba cajas, y que fue también cuando más largamente convivimos. Después de terminar el resto de mis encargos acudía a la vieja cantina donde don Roque ya me esperaba con cerveza en mano. Hablábamos de cualquier cosa, excepto de una: nunca supe de dónde provenía el dinero que él sacaba de sus bolsillos para pagar los tragos.

VII

Cuando Mauricio acudía a la biblioteca se dedicaba exclusivamente a leer; escribir era imposible ante la presencia de las demás personas. La sola posibilidad de que una mirada lo sorprendiera con su pluma y sus hojas lo ponía nervioso. Ser cuestionado sobre su actividad podía significar una catástrofe para su cordura. Él sabía que al momento de escribir se volvía vulnerable: eran los instantes más íntimos de su día, por eso lo hacía a escondidas de todos. Lo hacía cuando volvía de trabajar y no tenía sueño. Escribía en la oscuridad para no ser visto: si escuchaba un ruido, se detenía; si Amanda despertaba, escondía las hojas. Aunque sabía que ella leía sus relatos, también era cierto que jamás hablaban de ellos. Entre lector y escritor existía un abismo  que le permitía a Mauricio seguir lanzando al vacío (a la caja de zapatos) sus relatos y evitaba así ser testigo de la más mínima reacción que sus palabras pudieran suscitar. Tal vez sólo una situación límite lo orillaría a revelar su sigilosa rutina, a admitir que lo que mejor hacía era contar.

VIII

En una de las muchas tardes en las que don Roque y yo bebíamos en la cantina me hizo una propuesta: me preguntó si me interesaba ganarme un dinero extra. Él creía que era injusto lo que yo cobraba a quienes ponían sus cajas en mi camioneta. Y era cierto, había veces en las que apenas me sobraban algunas monedas después de pagar la gasolina que necesitaba para el trayecto desde Cardozo. Él me dijo que era algo sencillo, pues sólo era hacer lo que siempre había hecho: transportar, sólo que lo haría de regreso. Don Roque me daría cajas después de tomar una cerveza y yo las llevaría a Cardozo. Ahí, en la plaza de la ciudad, un hombre de quien jamás supe su nombre me esperaría para recibirlas. Acepté.

El dinero que recibía por mi nuevo trabajo era bastante bueno, inclusive superaba lo que podía reunir con las cajas que llevaba de ida, aun cuando la camioneta se llenara. No recuerdo cuantos viajes hice desde que le tomé la palabra a don Roque, tal vez unos 20 o 30. Por supuesto no me hice rico, nunca lo he sido, pero las nuevas mercancías que yo transportaba me permitieron algunos lujos, ya saben, más alcohol y también mujeres.

La verdad es que aunque me encariñé con don Roque, aun antes de hacer negocios con él, nunca le pregunté qué era lo que yo llevaba a Cardozo. Me sentía tan a gusto, porque don Roque y yo éramos amigos, que nunca dudé de él.

IX

Amanda caminaba por las calles de Cardozo con miedo, no olvidaba las historias de las personas que no habían vuelto a sus casas. Años atrás no se hablaba de eso, pero después se fue haciendo común que la gente platicara que algún conocido o pariente lejano se había enterado de un caso.

Cuando platicaba con Mauricio admitía su temor y soltaba algunas lágrimas por aquellos que ya nunca podría conocer. “Estamos podridos en algo muy profundo”, aseguraba, “estamos podridos en la sensibilidad y así nada ni nadie nos podrá salvar”. Cardozo se hundía en la tristeza de todos los que se daban cuenta de que las cosas empeoraban día con día.

X

La última vez que vi a don Roque lo noté diferente, lo sentí lejano, como si fuéramos dos desconocidos que hacíamos negocios por primera vez. En su rostro vi preocupación, definitivamente lo invadían los nervios por alguna razón que desconocía, no era necesario que me lo dijera.

Intenté aparentar normalidad y después de guardar las cajas en la camioneta le pregunté con un falso entusiasmo: “¿Cuántas cervezas nos vamos a tomar hoy, don Roque?”. Sin voltear a verme y sólo estirando la mano con los billetes, me contestó: “Hoy no se va a poder, hijo. Tengo algunas cosas por ahí, será luego”.

Se despidió de mí y entró a su casa. Volví a Cardozo con la habitual mercancía y pensé todo el camino en don Roque. Quizá tenía algún problema y yo ni ayuda le ofrecí, sólo pensé en las cervezas y cuando rechazó la propuesta tomé el dinero como si fuera una compensación.

En Cardozo, el hombre que habitualmente me recibía las cajas no apareció. Los esperé sentado en la banqueta por varias horas hasta que anocheció. No había manera de ponerme en contacto con él, ni siquiera sabía su nombre. Regresé a mi casa y bajé las cajas de la camioneta, las arrinconé en una esquina como si esperara a que en algún momento alguien tocara a la puerta y las recogiera. Me senté en el sillón y destapé la cerveza que no me pude tomar con don Roque.

Así es como obtuve esos paquetes, jamás pensé que pudieran estar dentro de esas cajas todo el tiempo. Pude haber imaginado cualquier otra cosa menos eso. Los paquetes nunca fueron míos. Sólo hace falta encontrar a su verdadero dueño y preguntarle para qué los quería. Esa es la historia. Por favor déjenme ir, yo no sé nada más, esto ha sido un error.

Mauricio tenía un ojo cerrado por los golpes, respiraba con mucho esfuerzo y sangraba del pómulo izquierdo. Sin fuerzas para sostenerse por sí solo, los hombres que lo sujetaban lo mantenían de rodillas mientras seguía recibiendo el castigo. Uno de ellos tomó a Mauricio por el rostro y lo miró a los ojos.

—¿Ves? No es tan difícil contar una historia.

XI

Se busca a Mauricio Ascencio. Desaparecido desde el pasado martes. Cualquier información reportarla con Amanda Martínez.

Escrito por:paginasalmon

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