Tenía el pelo completamente blanco y la nariz rosada. Llegó a mí como la mayoría de los gatos llegan a sus dueños, simplemente se me acercó y comenzó a ronronear. Cuando quise irme, ella ya estaba instalada, decidí quedármela, aunque algo denotaba que Misha no estaba sola en el mundo. No parecía una gatita callejera, caminaba con elegancia y miraba con benevolencia. Mi madre se negó rotundamente, pero como no pude encontrar a su familia no tuve opción. Yo debía rondar los 13 años y tenía escondida a Misha en mi habitación, vivíamos felices jugando con pelotas de estambre. Pasaba horas y horas acariciándola y ella ronroneaba y se restregaba en mi pecho.

El primer incidente ocurrió en presencia de Rodi, el único amigo que tuve en la escuela. Ese día fuimos a mi casa a comer empanadas y nos encerramos los dos con Misha en mi habitación. Mi madre nunca entra sin tocar, pero ese día, tal vez por la presencia de Rodi, abrió de golpe sin darnos tiempo para esconder a la gatita. Nuestras miradas se dirigieron a ella y cuando volvimos a voltear, Misha ya no estaba ahí. Mi madre nos sirvió las empanadas y se fue. Cuando cerró la puerta nos pusimos a buscarla, pero no pudimos encontrarla. De pronto vi la cara de confusión de Rodi mirando la ventana, me di la vuelta y vi a Misha mirándome del otro lado del cristal. La ventana estaba perfectamente cerrada, de alguna manera había logrado abrirla y salir justo en el instante en el que mi madre había entrado. La metí de vuelta, la acaricié y la vi cansada.

Desde ese día los espacios y los tiempos de Misha se alteraron y nunca dejaron de sorprenderme. Algunas veces desaparecía por días, y aunque muchas personas me dijeron que eso era normal en los gatos, yo no podía entender por qué esa gatita que parecía amarme y con la que dormía hechas una rosca, como si fuéramos el ying y el yang, pudiera irse de mi lado voluntariamente. Sin contar que todas las puertas y ventanas estaban siempre cerradas. Pasaron los meses y Misha siguió desapareciendo y apareciendo en tiempos irregulares. Comencé a acostumbrarme, aunque siempre tenía guardados paquetes de sardinas. Con el tiempo el rastro de mi gatita comenzó a esfumarse y yo caí en uno de esos tipos de depresión de las que no se entiende mucho cuando uno no ha llegado ni siquiera a la adolescencia.

Un día mientras hacía la tarea en mi escritorio Misha volvió. No pude ver el momento exacto, pero fue como si una pequeña luz apareciera y luego se esfumase abandonando a Misha sobre mi cama. Cuando pude reaccionar la gatita daba vueltas como si la hubiesen empujado. Yo me abalancé feliz sobre ella, pero vi su rostro de dolor y confusión. Revisé su cuerpo para ver si estaba herida, y lo único que pude encontrar fue algo parecido a una espina enterrada en su patita. Con mis uñas intenté sacarla, tuve que usar unas pinzas para lograrlo. Mientras la sacaba, noté que la astilla era mucho más gruesa de lo que parecía y, una vez fuera, me di cuenta de que era algo como un colmillo. Del susto lo tiré al piso y Misha, una vez liberada del dolor que le producía, se abalanzó sobre mí agradecida y entusiasmada, me lamía la cara y me ponía las patitas en el cuello. Terminé mi tarea con Misha dormida sobre mis piernas y, para no despertarla, me quedé dormida sobre el escritorio. No volví a ver el colmillo.

Una tarde en la sala de cómputo del colegio escuché las carcajadas de unas chicas de mi curso, me acerqué por curiosidad y las encontré amontonadas sobre una de las computadoras mirando un video. No sé de qué trataba, pero la mujer en la pantalla tenía a Misha en los brazos. Justo en el momento que yo llegué, pareció ladear la cabeza mirando hacia donde yo estaba. Les pregunté sobre el video y me dijeron que era una transmisión en vivo desde Barcelona. Tal vez debí quedarme para obtener más información, pero corrí a casa a buscar a mi gata que, por supuesto, no estaba.

Una noche Misha volvió mientras yo estaba en la habitación y pude ver algo extraño en su boca. Revisé con cuidado y dentro había una repetición infinita de sus colmillos, como si tuviera espejos. El efecto duró poco tiempo, pero me dejó intrigada por semanas. Lo peor fue cuando apareció llena de sangre, no podía encontrarle la herida, me sentía desesperada y temía por la vida de mi gatita. Al final descubrí que la sangre no era de ella. Tuve que bañarla en silencio mientras todos dormían.

La noche de mi cumpleaños Misha me despertó en la madrugada y se sentó en mi pecho, tenía aproximadamente un mes sin aparecer y me dio mucho gusto verla. Me senté y la acaricié, sentía una calidez extraña en ella. Le di algo de comer y noté una mirada inteligente que nunca he visto en ningún otro ser. Entendí de alguna forma que había ido a despedirse, dormimos juntas y esa noche soñé con Dios: era mujer.

No he vuelto a saber nada de Misha. Yo solo sé que alguna vez tuve una gatita a la que le gustaban las sardinas, aunque me gusta pensar que era una guerrera del espacio y que tuvo que cumplir su misión en otra parte de la galaxia en la que yo no podía alcanzarla. Desde aquí, hasta el infinito, le envío todo mi amor.

Fotografía: “Sam” de Edward W. Quigley, 1898-1977

Escrito por:paginasalmon

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