Sólo caben dos explicaciones a lo que acaba de ocurrir y ambas son sendas pesadillas: la cucaracha se ha comido al chico o Gregorio Samsa se ha convertido en un escarabajo. La intuición materna dictamina que ha pasado lo segundo y hace jurar a la familia Samsa, reunida en cónclave, que ayudarán y protegerán al bicharraco. “Es sangre de nuestra sangre, carne de nuestra carne. Somos una familia”, sentencia la matriarca. Aunque, claro, el mundo no está preparado para asimilar aquella metamorfosis. En Praga apenas toleran a los judíos, mucho menos aceptarán en sociedad a un insecto de metro setenta de longitud. Gregorio ha de permanecer oculto y encerrado en su habitación. Le darán de comer lonchas de embutido, que es lo único que pasa por debajo de la puerta.  Greta, su hermana, promete que le tocará el violín para que no se deprima.

A miles de kilómetros y cien años de distancia, el grupo de científicos contemplan estupefactos el resultado de su experimento. “¿Qué es ese ser?” y “¿A dónde cojones ha ido a parar la cucaracha?”, se preguntan.

“¡No pasa nada! Así avanza la ciencia, por ensayo y error”, proclama el doctor Fronkostin, director del laboratorio; optimista recalcitrante e imbécil impenitente; sujeto del que se rumorea que plagió su tesis.

¿No pasa nada? Precisamente por eso escogieron un bicho asqueroso, por si pasaba algo que no debía pasar. Nadie lloraría a una cucaracha.

La cucaracha, la cucaracha / ya no puede caminar / porque no tiene / porque le faltan / las dos patitas de atrás…”, canturrea por lo bajo el doctor Fronkostin mientras observa a través de la lupa al ser subliliputiense que gesticula, agita los brazos y pega saltitos. Un pie de rey revela la altura de la miniatura viviente: dos centímetros.

Por fin el becario ha traído un micrófono hipersensible del laboratorio de electrónica y pueden escuchar lo que grita aquel duendecillo: “Me llamo Gregorio Samsa, soy viajante de comercio, vecino de Praga…”

“¡No pasa nada!”, vuelve a proclamar el doctor Fronkonstin con tono radiante. “La máquina está en fase de pruebas. Unos pocos ajustes en las coordenadas espacio-temporales y haremos realidad el sueño de la teletransportación”

“No pasa nada”, dice. “¿Y cómo van a explicar la aparición del hombrecillo?”, se pregunta el resto del equipo. El gnomo, o lo que sea, asegura que estaba tan tranquilo durmiendo en su casa —va descalzo y viste lo que parece un pijama. Además, ya es la segunda vez que la cagan.  El anterior director del laboratorio, el doctor Seth Brundle, se saltó temerariamente la fase de experimentación con animales y se hizo teletransportar sin percatarse de que lo acompañaba una mosca que se coló en la cabina transmisora. Se mezclaron las moléculas del científico y las del insecto y…, ¡en fin!, ¡menudo desastre! Después de aquello casi cancelan el proyecto. Pero no hay mal que por bien no venga y Hollywood compró los derechos de la pifia para rodar una película que titularon La mosca, lo que proporcionó una buena financiación al laboratorio. Pero bueno, esa ya es otra historia.

Imagen tomada de Pinterest

Escrito por:paginasalmon

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