No podía creerlo.

–Está muerta, es oficial –la voz al otro lado del teléfono colgó.

Con las manos sudorosas puse mi celular en mi bata y subí la mirada hacia el techo. Pasaron unos minutos antes de que pudiera recobrar la cordura. Mi vida entera pasaba delante de mis ojos en cámara lenta.

–¿Qué voy a hacer? –me preguntaba una y otra vez.

–Todo estará bien, créeme –él me decía–. Nada malo te pasará, de verdad.

Yo lo volteaba a ver mientras observaba cómo empujaba su largo cabello castaño hacia atrás. Sus ojos denotaban preocupación y sorpresa, pero al mismo tiempo se dibujaba una sonrisa placentera en sus labios que acentuaba mis nervios. Avil, como se presentó la noche que lo conocí, se paseaba en el consultorio de lado a lado como león enjaulado, mientras yo me encontraba sentado con la vista fija en el ordenador del escritorio. Sentía un aire frío que me recorría el cuello y me paralizaba todos los músculos de la espalda. El arrepentimiento y pena que sentía eran de magnitudes estratosféricas. Todos confiaban en mí. ¿Cómo se lo diré a mis padres? ¿Cómo lo tomará la gente a mi alrededor? ¿Y si alguien me vio?

Mi mente estaba en blanco y mi vista fija en el escritorio, nublada por el largo rato que llevaba con los párpados abiertos. Me vi en el espejo que colgaba sobre el lavabo y contemplé mi semblante triste y desaliñado. Tenía días que no me cortaba la barba y mi cabello crecía cada vez más sin forma ni manera de peinarlo. Como pude me humedecí la cara con agua fría para poder regresar a la realidad de este sueño, pero fue en vano. Me recosté en la mesa de exploración, tenía ganas de vomitar, de salir corriendo, de gritar a todo pulmón. Sin embargo, solo estaba acostado sin pronunciar palabra. Rígido, inmóvil. El peso de la bolsa de mi bata hacía que se arrastrara discretamente en el suelo sucio. Tan sucio como mi alma se sentía en ese momento. Sucio como mis manos ahora manchadas de sangre. La maté. Maté a mi amor.

–Necesito que te levantes y sigas con tu vida –me decía Avil– no puedes quedarte así. Además, ambos lo queríamos de esta manera. Continuemos con nuestras vidas juntos, vámonos lejos a donde no nos encuentren.

¿Cómo podía ser tan cínico de decirme que yo deseaba un asesinato? Yo solo escuchaba mientras mis lágrimas corrían por mis mejillas. No podía moverme del terror. Quería irme rápidamente de aquel lugar.

De repente, unos golpes estruendosos en la puerta de madera me sorprendieron, parecía que provenían de alguien con prisa, me lancé enérgicamente sobre la silla de mi escritorio para arreglar un poco el desorden que había. Cambiaba las cosas de lugar repetidas veces, trataba de distraer mi mente de una sensación que se interponía entre la razón, la culpa y el miedo. –¿Qué haré con mi vida? – pensaba de nuevo mientras otra lágrima recorría mi rostro.

–Doctor, le dejo más expedien… ¿Se encuentra bien? –Susana, la enfermera, me miraba con expresión de sorpresa mientras se acercaba lentamente hacia mí con sus grandes ojos verdes.

–Sí… eh…, deja que arregle un poco acá y enseguida que entren más pacientes.

Avil se sentó en otra silla a mi lado y me susurraba palabras que yo no comprendía. Susana me miraba con desdén, cuando de pronto, un golpe de Avil sobre el escritorio hizo que tanto Susana como yo brincáramos de sorpresa.

–¡Dile que se vaya! –Avil me susurró con tono lúgubre, con sus grandes ojos negros enmarcados con notables ojeras y una mirada profunda y aterradora que parecía no ser de este mundo. Su mirada no era la de antes y poco a poco me inducía terror. Mientras, Susana dirigía fijamente su mirada asustada hacia mí.

–Perdón, con permiso –decía Susana mientras se retiraba con la cabeza agachada y las manos metidas en los bolsos de su chaleco.

–No puedes dejar que te vean así –me repetía Avil casi como un susurro mientras me acariciaba la mejilla y yo me lanzaba sobre él buscando un abrazo.

–¿No entiendes? ¿Cómo voy a explicar lo que pasó? Ni siquiera yo sé por qué lo hice ¡Yo no quería! Mi vida terminó aquí –decía sollozando mientras él me veía con una expresión dura y fría.

–Pero querías hacerlo, ahora continúa con tu consulta –respondió.

No entendía como él podía actuar tan tranquilamente mientras yo, apenas podía teclear en el ordenador las cosas que me decían los pacientes. Confundía palabras, omitía otras. Avil se disponía a acomodar los expedientes y a pasarme el recetario para surtir el medicamento. Susana entraba y salía del consultorio, de vez en cuando, me dirigía una mirada tímida y una sonrisa nerviosa. Avil imponía mucho y nunca dirigía la vista a alguien que no fuera yo. Ni siquiera cuando el mesero del bar le ofrecía más cerveza.

La noche que lo conocí me había percatado de su presencia cuando se acercó a mi mesa y me ofreció un trago. El lugar estaba casi vacío y yo, con media botella de tequila en mi sistema, me encontraba en la mejor disposición de hacer amigos y desahogar mis penas. De nuevo estaba en el teléfono peleando con mi pareja por cosas insignificantes que se hacían mayores a pasos gigantes. Ella no toleraba mi ausencia durante la semana y tampoco las veces que me quedaba dormido después de una guardia exhaustiva. Últimamente no teníamos mucha comunicación, no podíamos hablar porque su gran carga de trabajo y su costumbre de dormir a primeras horas de la noche también nos lo impedían.

En realidad, el fin de mi relación estaba cerca y no pretendía hacer más por ella. Después de cuatro años juntos, a ella le importaba más la comodidad mientras que yo tenía sed de aventura y osadía. La misma que Avil tuvo cuando se acercó a mi mesa esa noche lluviosa cuando nos conocimos.

–Mucho gusto, no eres de aquí, ¿cierto? –me decía con una sonrisa dibujada en su rostro.

–Me gusta tu chaqueta –yo le respondí con cordialidad y la euforia del alcohol mientras acariciaba con mis dedos su chaqueta negra de piel. Le extendí la mano para estrecharla y al tocar la suya, sentí una conexión fraternal instantánea. Tenía la sensación de haberlo conocido antes.

Platicamos durante horas sobre varios temas cliché. A mí me gusta el cine de terror y suspenso, él me recomendaba varios títulos que yo ya había visto y que extrañamente eran mis favoritos. Me hacía pláticas de cultura, cocina, ciudades a las que había viajado y conciertos en los que había estado. Yo le decía que yo no era una persona de mundo, pero que uno de mis sueños era ir a Rumania a visitar el Castillo de Bran.

–Yo te puedo acompañar sin ningún problema, pero no esperes a tenerlo todo para hacerlo. ¡Hazlo ya!–. Me quedé atónito con su respuesta. Yo lo observaba con sorpresa porque aquella era una frase que mi padre me repetía constantemente. Hazlo ya, no esperes a tenerlo todo. Avil me sonreía, su rostro era muy particular, compartíamos ciertos rasgos y gustos: la misma barba en forma de candado, el mismo tono de piel blanca, los vellos de nuestros brazos; nuestro gusto por las pulseras de piedras como ámbar, ónix y obsidiana. Esos pequeños detalles me hacían observarlo con más detalle, a excepción de nuestra complexión y nuestra altura. Yo envidiaba su cabello castaño, largo y abundante que siempre se acomodaba hacia atrás. A decir verdad, hubo una conexión estremecedora entre Avil y yo esa noche.

Al salir del bar, me acompañó a mi departamento que se encontraba en el centro del pueblo en donde trabajaba. Todo el camino continuaba platicándome historias de sus aventuras. Me agradaba que fuera una persona bastante parlanchina porque me ahorraba mucha saliva y temas de conversación. Yo era todo lo contrario a él. Una persona callada y tímida.

–En el hospital en donde trabajé, atendía muchos partos como tú y muchas consultas durante mis guardias –una confesión que me sorprendió aún más porque no había mencionado nada sobre su carrera ni a qué se dedicaba.

–Yo soy médico y estoy de contrato en el hospital de acá –le respondí mientras trataba de mantener una conversación sin arrastrar las palabras. Al revisar mi teléfono tenía veintidós llamadas perdidas de mi madre así que procedí a marcarle.

– Braulio, ¿en dónde estás? –mi madre me decía en tono molesto.

–Estoy entrando a mi departamento.

–Son las dos de la mañana, ¿con quién estás?

–Estoy con un amigo, ¿verdad, Avil? No te preocupes, mamá.

–Hijo, ¿estás tomando? Sabes que no puedes tomar, ¿Avil? –al entrar al departamento la llamada se cortó, Avil tomó mi teléfono y lo acomodó en la mesa de cristal que yo tenía en el centro de la sala.

–Necesitas acostarte, tomaste mucho –me decía él con una voz suave y melodiosa mientras me quitaba la chaqueta y la colgaba en el perchero.

Mi teléfono sonó una vez más, era Ivana, mi novia.

–¿Sí? –contesté mientras veía que Avil se dirigía a mi baño. ¿Cómo supo en dónde se encontraba?

–Braulio, creo que te tengo harto. Pero aún así debemos de hablar en persona, no eras así hace unos meses. Ya ni siquiera vienes a verme. No entiendo qué pasó. Te he apoyado incondicionalmente sin importar la circunstancia, pero esto me rebasa, ya no aguanto tu indiferencia.

–¿Yo, indiferente, Ivana? Tú nunca tienes tiempo de hablarme, ni de enviarme un mensaje siquiera. Yo he estado contigo todo este tiempo, pero tú eres la que se aleja de mí. No entiendo a qué te refieres con que yo soy indiferente contigo. Un día estamos bien, y al otro, todo se va a la basura.

–Braulio, has tomado…–la línea comenzaba a tener interferencia y no pude escuchar el resto. Enojado, colgué el teléfono y al darme la vuelta, Avil estaba detrás de mí. Se había quitado la chaqueta y no tenía más que una playera blanca que hacía notar sus musculosos brazos y pectorales. Tenía un cuerpo que yo envidié por unos momentos. Me quedé mirándolo atónito, mientras él se acercaba a mí en tono amenazante e intimidante. Nunca había visto que un hombre se acercarse a mí de esa manera y mucho menos que me agarrara de las manos y me dirigiera hacía el sillón.

Le conté sobre todo lo que habíamos pasado con Ivana. A él parecía molestarle mi historia por lo que frecuentemente me cambiaba la plática. A mí se me estaba pasando la borrachera y estaba comenzando a tener sueño. De pronto, Avil sacó una botella de vino que yo resguardaba con recelo. Me sirvió una copa que pronto condujo a otra.

–A veces quisiera jamás haberla conocido –le confesé a Avil mientras continuaba bebiendo vino y me aguantaba el mareo que me producía. En la bocina de mi celular sonaba “Mátalas” de Alejandro Fernández y yo cantaba a todo pulmón. Avil apagó la música y me sostenía el rostro firmemente con sus dedos largos y fríos.

–Mátala –me dijo en tono grueso y firme.

–¿Qué? –yo le respondí incrédulo al escuchar esa palabra.

–Mátala –me repitió.

Se lanzó sobre mí y me besó de una manera salvaje mientras yo trataba de alejarlo a forcejeos hacia la puerta. Torpemente traté de abrirla sin éxito.

–¡No soy homosexual! –le dije levantándome del sillón rápidamente mientras me dirigía– no sé si pretendías seducirme, si tu táctica era emborracharme para sacar provecho de esto, pero no, discúlpame –continuaba mientras trataba de enfocar mi mirada con la suya.

–Yo no pretendo aprovecharme de la situación, Braulio. ¿No te das cuenta de que somos muy parecidos? –me dijo mientras me agarraba del brazo y colocaba su mano en mi pecho.

–Yo quiero que seas libre, que vayas más allá de lo que puedes imaginarte. Quiero que conozcas el mundo y quiero acompañarte. Déjame entrar a tu vida. Déjame hacer tus sueños realidad –me decía mientras lentamente se acercaba a mí, yo trataba de mantener la cordura y mi aliento para no vomitarle la cara.

Me volvió a besar dulcemente mientras yo perdía el control de mi cuerpo. Me gustaba esa sensación. Enseguida ya me encontraba en la cama y todo me daba vueltas. Experimentaba una cama voladora mientras tenía alucinaciones psicodélicas. Escuchaba el grito de una mujer que me repetía que matara a Ivana, también escuchaba la voz de Avil diciéndome que la matara. Todo era muy confuso. Sentía que me encontraba en una montaña rusa y que la gente gritaba a mi alrededor, mis oídos me zumbaban y yo gritaba también al sentir el vértigo de la caída libre.

De pronto desperté y todo era calma. Me levanté de lo que creí que era mi cama con miedo de haber dejado entrar a un ladrón psicópata a mi departamento. Escuchaba risas y música muy fuerte que provenía de mi sala, tambaleante, fui a ver que sucedía. Avil estaba con tres hombres más mientras fumaban, tomaban y parecía que pasaban un buen rato. En la mesa se encontraban velas, inciensos y cuchillos. No entendía por qué, pero estaban desnudos. Todo parecía que se trataba de un juego. Al percatarse de mi presencia, uno de ellos se abalanzó hacia mí, me tomó de las manos y me acercó a donde ellos estaban. Mi cuerpo no me respondía del todo. Comenzó a quitarme la ropa y a besar la piel de mi abdomen mientras bajaba hacia mis muslos, cerré los ojos para no seguir observando aquella escena erótica. Cuando los abrí, me encontraba de nuevo en el baño de mi departamento. Volví a levantarme y a dirigirme hacia la sala. Vi de nuevo a Avil y a sus amigos que se encontraban realizando una especie de ritual erótico con alguien más en el centro. Ese alguien, era yo. Era de nuevo un sueño perturbador que parecía sumamente real. Una película en la cual yo era protagonista y no podía hacer nada por rescatarme. Al aproximarme a lo que era “mi otro yo” y observar su cara, me di cuenta de que era Ivana.

Avil se encontraba sonriendo desde una silla, se puso de pie y me ofreció un abrecartas en forma de puñal con tallados medievales.

–Mátala –me volvía a decir.

Sacudí la cabeza fuertemente y volví a ver la misma escena, esta vez desde una vista aérea. Vi a los amigos de Avil masturbándose, tocando a Ivana, tocándose entre ellos, gimiendo y riendo a carcajadas. Me vi a mí parado frente a Ivana mientras le cortaba el cuello. Su cuerpo inerte con mirada hacia la nada y lágrimas en los ojos, yacía en el suelo mientras se desangraba. Avil me sostenía por la espalda mientras me llevaba de nuevo a la cama. Yo estaba atónito viendo esa escena, mientras lloraba observando el cuerpo desangrado de mi novia. No quería que nada de esto pasara. Cerré los ojos y comencé a gritar. Grité fuertemente y me llevé las manos a la cabeza en un intento desesperado de despertar de aquel terrible sueño. De pronto, no se escuchaba nada.

–¿Estás bien? –una voz que me resultaba familiar me hablaba dentro de la oscuridad mientras sentía una mano sobre mi hombro. Abrí los ojos y me encontré hincado en la húmeda banqueta afuera del bar. Avil se encontraba de pie junto a mí, mientras me miraba con aquellos ojos oscuros y profundos. Desubicado y sin saber que pasaba, me pellizqué la pierna en un intento de sentir dolor y ver que esta vez, sí estaba despierto.

–¿En dónde estoy? –le pregunté a Avil mientras que, mareado a causa del tequila, intentaba ponerme de pie.

–Estábamos hablando y de pronto te levantaste con la mirada perdida y te dirigiste hacia acá, salí a buscarte y te encontrabas hablando por teléfono. O al menos eso parecía hasta que vi tu teléfono en la mesa, ¿te metiste alguna droga?

 –No, yo no uso drogas. No son lo mío –le respondí.

Entramos de nuevo al bar y pagamos la cuenta mientras yo trataba de reponerme de aquella premonición aterradora. Aquello que viví fue la experiencia más extraña que había tenido. No le encontraba lógica alguna, todo había parecido tan real que me costaba mucho concentrarme. La calle, el sereno de la noche, la plática con Avil. Todo era igual a lo que había vivido hace unas horas. Había leído sobre el efecto déjà vu, pero nunca lo había vivido en carne propia. Aún tenía la sensación de que los amigos de Avil me tocaban el cuerpo. También recordaba nítidamente haber empuñado el abrecartas con el que había degollado a Ivana… ¡Ivana! ¡Mi mamá! Rápidamente marqué a mi madre para corroborar que todo había sido producto de mi mente.

–¿Hijo? ¿Por qué me llamas a esta hora? ¿Qué tienes? –alterada, me contestaba mi mamá.

–Nada, mamá. Estoy bien, ¿y ustedes?  Perdón por la hora, ya es tarde.

–Hijo, ¿tienes…?

Le colgué rápidamente en un burdo intento por calmarla. ¡Qué tontería!

–¿Ivana? –preguntaba ante una línea que sonaba vacía.

–¿Qué pasó, Braulio? Son las dos de la mañana –una somnolienta Ivana me contestaba del otro lado. Yo sentía un alivio que me estremeció y una sensación de paz me invadía el alma.

–Nada. Solo quería saber cómo estabas. Hasta mañana.

Antes de colgar la llamada, pude distinguir un llanto ahogado del otro lado. Lo sentía mucho, pero no quería preocuparla, ya tendría tiempo de darle una explicación. Mientras tanto, me dispuse a entrar a mi departamento, esa vez sin continuar mi impetuosa necesidad de ingerir alcohol. Tenía que dejar entrar a Avil para verificar que todo estuviera en orden. Necesitaba ver si todo ocurría de nuevo y no era efecto de alguna droga o un producto de mi imaginación. Todo continuaba en orden. Nada de lo que había experimentado anteriormente pasó. Dejé dormir a Avil en mi departamento esa noche. Me sentía tranquilo si él estaba a mi lado.

Los siguientes días pasaron sin más percances. La vida en el hospital corría de la misma manera e incluso mejor. Sentía que podía con todo. Yo comenzaba mis guardias y al terminar mi jornada, Avil siempre me esperaba afuera del hospital. Me acompañaba a comer y a cenar. Poco a poco se iba convirtiendo en mi confidente, en mi mejor amigo.

Mi madre me marcaba cada vez más porque sospechaba que algo me ocurría. Yo siempre le decía que me sentía bien, porque en realidad me sentía muy bien. Incluso había doblado en algunas ocasiones mis turnos de trabajo y acumulaba guardias. Mis compañeros de trabajo siempre me decían que descansara porque me veían obsesionado con el trabajo. No lo podía evitar. Era el escape que necesitaba. Trabajar el doble para continuar mi vida, para juntar dinero e ir a Rumania, para recorrer el mundo y llevar a Avil conmigo. Rechazaba todas las llamadas de Ivana, creo que nuestra relación se perdía con el tiempo, nos limitábamos a un mensaje de “Buenos días” y “Buenas noches”. Únicamente dábamos muestras de vida que poco a poco se iban apagando. Pero no me importaba porque con Avil me sentía más tranquilo, me alejaba de todos, y él se convertía en mi vida.

*

Un día decidí salir del pueblo en donde trabaja y viajé hacia la ciudad para encontrarme con Ivana. Ese día tomé unas vitaminas que mi madre me había dado al comenzar mi trabajo fuera de la ciudad, pero que no había siquiera tocado durante casi dos meses. Me sentía exhausto y pretendía encontrar energía en esas vitaminas.

Busqué el número de teléfono de Avil para comentarle mi plan de ese fin de semana y que saldría hacia la ciudad, pero extrañamente no encontré su número registrado en el mío. No le tomé importancia y continué mi viaje pensando en Ivana y lo feliz que me hacía. Comenzaba a tener la sensación de amarla de nuevo, la extrañaba demasiado. Ese día durante el viaje, le marqué al teléfono y no recibí ninguna respuesta. Le mande mensajes sobre lo tonto que había sido y de cuánto la extrañaba y necesitaba en mi vida. Esta vez sin respuesta. Era demasiado obvio que yo iba a la ciudad para encarar la noticia de que no seguíamos siendo pareja, pero valía la pena verla. Me sentía muy feliz.

Al llegar a la ciudad me dirigí hacia el departamento de Ivana, llamé a la puerta y pacientemente esperé.

–¿Braulio? –al voltear, Ivana tenía expresión de terror al verme.

–Braulio, ¿qué te pasó? Te he estado buscando como loca. Tus amigos me dicen que has estado muy ausente y que no has dejado de trabajar, ni de estar encerrado en tu departamento.

Yo no podía creer lo que me decía. Ella jamás me buscaba y mis amigos eran los que se alejaban de mí. Ivana me sujetaba la cara con sus suaves manos y me abrazaba. Sentía su corazón latir rápidamente mientras me volteaba a ver con sus ojos castaños y su mirada llena de tristeza y angustia.

–Estoy bien –le afirmaba mientras intentaba calmarla acariciando su suave y rizada cabellera.

–Braulio, tienes que regresar. Por favor, quédate aquí esta noche. No regreses a ese pueblo, le hablaré a tus padres para que vengan a verte. Hemos estado muy preocupados.

Yo no entendía por qué tanta insistencia en quedarme, obvio no lo haría. Tenía que regresar a trabajar. El hospital me necesitaba. Avil me necesitaba.

–No, Ivana. Tenía que verte, pero ahora tengo que regresar.

–¡No! –me reprimía Ivana y me sujetaba fuertemente del brazo.

–¡Déjame! ¡Él me necesita! –le gritaba a Ivana mientras forcejeábamos en el pasillo afuera de su departamento.

–¿Quién? –me preguntó. De pronto todo era rojo. Mi vista estaba nublada en rojo y no veía bien. Me tallé los ojos y vi una escena desgarradora que me aterró. Miré al suelo y ahí se encontraba ella. Tirada con una expresión de terror y su cuello partido en dos. En mis manos colgaba el abrecartas medieval con sangre que salpicaba en todas partes. Grité lo más fuerte que pude sin importar que me vieran. Grité y grité. Lo había hecho. La había matado. Yo continuaba gritando sin saber qué más hacer. Quería morirme.

Ingresé rápidamente a su departamento y ahí, en su sala, procedí a cortarme las venas de ambos brazos con el abrecartas. No sentía dolor. Seguido a esto comencé a enterrarme en el cuello aquel artefacto mientras miraba mi sangre brotar a chorros. Me arrodillé en el suelo en espera de mi muerte, cuando de pronto, volví a sentir una mano que tocaba mi hombro. Alcé la vista y ahí estaba. De nuevo desperté.

Avil y yo estábamos en medio de la sala de mi departamento. Él me miraba con expresión atónita de nuevo mientras me levantaba, tembloroso y mirando hacia todas partes, buscaba a Ivana o rastros de sangre en el departamento.

–Algo me ocurre –le dije con voz entrecortada.

–Debemos ir a tu guardia –me contestaba él mientras me ponía la bata.

–¿Debemos? ¿Me acompañarás? –le pregunté mientras yo me tocaba las manos con la sensación de tener el abrecartas de metal y la sangre pegajosa. Me revisaba una y otra vez las manos sin creer que todo había sido una ilusión.

–¡Sí! –me respondía alegremente–. Hoy te acompañaré. Tengo ganas de ver cómo das una consulta.

–No creo que te dejen –le decía mientras él me tapaba la boca con sus manos.

Al dirigirme al hospital, sentía que la gente me volteaba a ver. Las personas que solían saludarme amablemente me miraban con recelo. Otras personas ni siquiera me volteaban a ver, y las que lo hacían murmuraban algo. El día era gris y la lluvia mojaba mi ropa. Hacía mucho frío y mis manos se entumecían cada vez que las sacaba de las bolsas de mi chamarra.

Al llegar al hospital, entré rápidamente al consultorio y saludé a Susana. Revisé los primeros expedientes y me dispuse a dar la consulta. Me estaba relajando y cada vez se hacía más fácil hablar con los pacientes. Poco a poco me convencía de que lo anterior era producto de mi imaginación. O quizás yo era sonámbulo y no lo sabía.

Avil estaba a mi lado, sentado y callado. Me sorprendía que no me decía nada sobre algún diagnóstico o que no me cuestionara. No me dirigía la palabra y tenía una expresión de molestia y enojo. Su cara pasó de ser tierna y amable a darme incluso un aire de miedo.

Mi teléfono sonó, sentí un escalofrío y el presentimiento de que algo no estaba bien. Mi nombre estaba en la pantalla de la llamada.

–Está muerta, es oficial –mi voz hacía eco al otro lado del teléfono y yo me quedé congelado.

Al terminar la consulta, sin ver a Avil, me salí de prisa del hospital. Quería dejarlo atrás, que se perdiera. Quería emprender el vuelo como ave y aterrizar muy lejos de ese lugar. Nada de esto podía ser real. Otra vez debía de estar soñando. Ivana, mi Ivana. La maté. Sí, la maté. Recordaba su sonrisa y su alegre andar, su piel morena, y su olor llegaba a mí con profunda tristeza y desesperación. Recordé las veces que anhelaba estar con ella y los años que pasamos juntos. Lo arruiné todo. Maté al amor de mi vida. ¿Por qué? ¿Qué hizo mal? No había pasado nada. No merecía ese castigo por nada del mundo ¿Qué me pasaba? ¿Cómo iba a explicar que todo había sido mi culpa? ¿Avil estaba o no detrás de esto?

Corrí rápidamente a mi departamento y traté de hablar con mis amigos. Miguel abrió la puerta de su departamento y me direccionó hacia su cuarto.

–Cálmate, Braulio. Todo va a estar bien –me decía en voz baja mientras yo lo miraba con los ojos bien abiertos y con un grito ahogado diciéndole que había matado a mi novia.

–Braulio, ¿dejaste de tomar tu tratamiento?

–¿De qué me hablas? –incrédulo le contestaba aún tratando de mantener la calma.

–Braulio, tus padres están aquí y temen que hayas dejado de tomar tu tratamiento.

–¿Tratamiento de qué? ¿Qué chingados me estás diciendo? Maté a mi novia, maldita sea ¿y tú me vienes de hablar de un tratamiento? ¡Maldita sea! ¡Hay un maldito asesino que está pegado a mí porque yo le di esa confianza, y ahora no sé qué está pasando! ¿Qué está pasando? Me senté en el suelo de su departamento y me llevé nuevamente las manos a la cabeza. Todo se calmó. Al levantar la vista yo continuaba en el mismo lugar. Miguel se asomó desde su cocina y se dirigía hacia mí con un vaso de agua.

–Ten, bebe de aquí –decía Miguel mientras me acercaba el vaso con agua. Al fondo de éste pude ver gotas de una sustancia efervescente.

–¡No quiero nada! No necesito calmantes.

–Es por tu bien, Braulio.

Vi que detrás de él se asomaba Avil con una cara que paulatinamente adoptaba una forma demoniaca, mientras Miguel se transformaba en un cadáver y su cuerpo se derretía como cera frente a mí.

Grité y grité hasta sentir que mi garganta se desgarraba. Traté de salir corriendo, pero al chocar con la puerta, dos serpientes se asomaban bajo ésta y dos por arriba. Me sujetaron de los brazos mientras yo forcejeaba salvajemente contra ellas. Sentía que me desnudaban de nuevo y que acariciaban toda mi piel. Los amigos de Avil que estaban en mi visión pasada me abrazaban por detrás y me besaban el cuello mientras me sujetaban del cabello. Me masturbaban y trataban de violarme mientras yo continuaba gritando con desesperación. De pronto, sentí un dolor punzante en la pierna izquierda e imaginé que la desgarraban con cuchillos afilados. Al voltear a ver, notaba que ésta iba cambiando de color y adquiría un tono marrón, acto seguido sentí un fuerte dolor de cabeza que hizo inclinarme hacia atrás y chocar con el suelo. Yo miraba cómo todo se oscurecía mientras perdía mis fuerzas para seguir luchando contra los monstruos que me sostenían. Poco a poco veía que la cara de Avil se desvanecía en la oscuridad quedando únicamente un par de ojos oscuros y brillosos como la obsidiana, sus pupilas se dilataban al máximo mientras yo perdía la consciencia poco a poco.

*

El goteo del agua de lluvia que se filtraba por el techo hizo que me despertara. Mis sábanas estaban empapadas y frías. Traté de incorporarme, pero me fue imposible. Volteé a ver a mi alrededor y noté las mismas cosas de siempre: los pies de la cama de hospital, el buró con pastillas y vasos incompletos de agua a un lado, la puerta blanca que daba hacia el pasillo y la puerta del baño. La cabeza me dolía demasiado y todos los músculos de mi cuerpo estaban espásticos. Me tomó un momento darme cuenta de que me encontraba sujeto a los tubos de la cama. Me sangraba la nariz y la pierna izquierda la tenía doblada hacía atrás y contracturada. Grité fuertemente por ayuda y un enfermero alto y robusto entró a mi habitación. Me acomodó la pierna y me volvió a sujetar con una venda amarrada a los pies de la cama.

–¿Cuánto tiempo tiene que no me dan alimentos? –le preguntaba al enfermero mientras administraba un líquido claro a la bolsa de suero que me administraban por la vena.

–Te hemos traído comida siempre, pero los catatónicos no prueban bocado durante días. Te tuvimos que poner una sonda en la nariz para alimentarte por ahí. Cuando te encontramos tenía semanas que no te movías. Al parecer intentaste romperte la pierna a golpes.

–¿Quién habló para que me rescataran? –le pregunté, pero no obtuve respuesta.

Al marcharse el enfermero, entraron a mi habitación Ivana junto al hombre que me atendía.

 –Braulio, ¿recuerdas algo de lo que pasó? –me preguntaba el doctor con sorpresa.

Yo le negaba con la cabeza sin dejar de ver a Ivana. En realidad, no quería seguir viviendo esa vida porque me aterraba perderme en otra.

Amaba a Ivana, la amaba tanto como la primera vez que la vi. De mis ojos brotaban lágrimas de felicidad y tristeza, le pedía perdón en mi mente, mientras ella me abrazaba.

Avil estaba sentado en la esquina oscura de la habitación. Solo podía ver el reflejo de sus ojos negros. Seguía ahí y no se iba a ir hasta lograr que yo realizara su cometido: matar a Ivana.

Escrito por:paginasalmon

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