Yo entonces trabajaba en el palacio bajo las órdenes del Primer Ministro, que se llamaba Bantlán o algo así, no estoy seguro porque fue hace mucho, y además los esclavos teníamos prohibido pronunciar los nombres de las gentes muy elevadas así que no nos aprendíamos ninguno. Y el Ministro servía al Emperador, del que ni siquiera los ministros pronunciaban el nombre. Pero yo a quien servía era al Ministro.

El Ministro tenía encomendrados muchos esclavos y le faltaban tareas, y a mí no me mandaba más que a fregar el palacio de arribabajo. A mí eso no me gustaba nada pero lo hacía y lo hacía muy bien, y por eso a veces me felicitaba el mayordomo. Y una de las primeras veces que me felicitó el mayordomo le pregunté si no podía el Emperador darme alguna tarea nueva. El mayordomo me miró, nunca se me ha olvidado como me miró, medio sorprendido y medio enojado, y me dijo que yo era muy ignorante por pensar que el Emperador fuera a saber que yo siquiera existía, que el Emperador era demasiado importante y sagrado como para pensar en esclavos, porque eso lo rebajaría. Me dijo que el Primer Ministro se ocupaba de los esclavos del palacio justamente para que el Emperador no tuviera que hacerlo, y por eso era al Ministro a quien yo y todos los demás le jurábamos obediencia. El Emperador, me dijo, y no se me ha olvidado, no puede contaminarse ni hablando con los esclavos, ni dando órdenes a los esclavos, ni pensando en los esclavos, ni acordándose de que hay esclavos.

Así aprendí que yo servía al Ministro y sólo al Ministro, porque el Emperador era tan elevado que yo no podía servirle directo a él. Y la regla es que un esclavo sólo puede servir a su dueño, y el dueño es sólo a quien le jura y quien le ordena, así que mi dueño era el Ministro y no el Emperador.

Pero un día el Ministro me llamó y me preguntó si yo era el que limpiaba. Le contesté que sí, y él me dijo que tenía una tarea de másima importancia para mí; pero que además de importante era también secreta y yo no podía contársela a nadie, y me dijo que si lo hacía me haría matar dinmediato. Entonces el Ministro me llevó, sin el mayordomo ni nadie más, a un cuarto secreto que estaba en el fondo del palacio y que yo no conocía, y eso que me tocaba fregar el palacio de arribabajo, y en medio del cuarto secreto había un sacrófago con un cadáver de un señor con aspecto de gente elevada.

El Ministro me dijo que la tarea era bajar todos los días allí y cuidar y limpiar ese cadáver. Me dijo, y nunca lo he olvidado, que tenía que dejar todos los días al cadáver como si recién se hubiera muerto. Y además me dijo que no podía decirle a nadie lo que hacía y que no volviera a dirigir la palabra a nadie, y menos a él, que hasta que él me avisara tenía que ser como que yo no existía.

Y entonces empecé a bajar todos los días al cuarto secreto a limpiar el cadáver y fregar el lugar donde lo tenían escondido, y también el interior del sacrófago. Al muerto lo limpiaba, lo perfumaba, le lavaba sus ropas, que eran muy muy elegantes, le cepillaba los dientes, y al final tenía que rociarle y hacerle tragar unas pócimas que me dio el Ministro para deshacer el deshacimiento de los cadáveres. Para lavar el sacrófago tenía que sacar al muerto de allí, y para limpiarlo y lavar su ropa tenía que desvestirlo y vestirlo otra vez al terminar, y para perfumarlo y rociarle las pócimas tenía que andar dándole vueltas, en resumen que todo el tiempo tenía que andar moviendo y manejando el cadáver, y tenía que hacerlo con mucho cuidado para que no se fuera a lastimar algo. También me había dicho el Ministro que tenía que mantener el cuerpo con sal y hielo, así que todos los días llenaba el sacrófago con sal y hielo; cada mañana, cuando sacaba el cuerpo para limpiarlo, sacaba el hielo del día anterior y ponía hielo nuevo, y también sal nueva.

Pero con todos mis cuidados, el muerto estaba cada vez más muerto, y cada vez tenía que perfumarlo más y rociarlo más y moverlo con más cuidado. Y sus ropas, que tan buenas eran, de tanta sal y hielo ya se estaban poniendo feas. Yo me preguntaba qué hacer, pero no sabía nada de cadáveres ni de ropas buenas, y el Ministro no me había dicho sobre eso y yo no podía preguntarle ni a él ni a nadie, porque me había ordenado no hablar. Pero también sabía que el Ministro, cuando fuera a ver lo que había hecho, si no le gustaba me castigaría, aunque si yo no sabía más era porque él no me lo había dicho y si no lo averiguaba era porque él me había prohibido hablar. El esclavo era yo, y el esclavo tiene que saberlo todo, porque la culpa nunca puede ser de las gentes elevadas.

Tampoco me había dicho quién era ese muerto y por qué querían cuidarlo y mantenerlo. Yo no me lo preguntaba porque los esclavos tienen prohibido preguntarse cosas, pero tenía ganas de preguntármelo.

Todas las mañanas bajaba al cuarto secreto sin que nadie me viera, hacía mis tareas, que me llevaban todo el día, y luego volvía a subir cuando ya era de noche, tratando de no toparme con nadie. Durante todos esos días casi no vi la luz del sol, y tampoco hablé con nadie porque eso era lo que me había ordenado el Ministro. El único que me veía bajar era el mayordomo, que no sabía cuál era mi tarea secreta pero que tenía dicho revisar que yo bajara diario al empezar el día y subiera cuando terminaba.

Sólo estaba cerca de gentes cuando tenía que comer y me iba al comedor de esclavos, pero tampoco allí hablaba con nadie y trataba de que nadie notara que yo estaba allí, porque tenía que hacer como que no existía. No fue difícil porque los esclavos teníamos prohibido hacernos amigos, y cada vez que hablábamos unos con otros teníamos que olvidarnos de la plática dinmediato. Tampoco podíamos decirnos nuestros nombres y menos recordarlos; sólo los mayordomos y las mandadoras y los capataces, que son sirvientes pero no esclavos, podían recordar quién era quién entre los esclavos, porque si no, no podían hacer su trabajo ni darse cuenta si alguno se escapaba. Por eso, si un esclavo tenía que hacer como si no existiera, no le costaba trabajo.

Pero hay cosas que uno no puede olvidar por más que intente. La gente elevada parece que no se acuerda, y hacen como si, porque ellos ordenan y desean que el esclavo pueda hacer esto y aquello, entonces el esclavo puede. Pero así no pasa, y hay cosas que ni un esclavo, si se entera, logra olvidar nunca, porque son demasiado importantes o asustantes o raras como para que uno pueda evitar acordarse. Ese es un error en la regla, y los errores en la regla son cosas que todos los esclavos sabemos pero nunca decimos, porque la regla no puede tener errores. Claro que como no hablamos de los errores, las gentes elevadas no se dan cuenta que existen.

Pues resulta que por esos días en el palacio estaban pasando cosas raras, de esas que no se pueden olvidar, y por eso diario en el comedor de esclavos oía a los compañeros hablar de esas cosas raras, aunque después podían cumplir la regla y olvidarse de haber platicado. Decían que el Emperador andaba enfermo, enfermo del cuerpo y de la cabeza. Que estaba tan enfermo de la cabeza que ya no quería ver ni hablar con nadie más que con el Primer Ministro, que era el único que lo podía poner de buenas (ni a los médicos los quería ver), y tan enfermo del cuerpo que se quedaba en sus recámaras descansando todo el día, menos cuando iban a limpiar, y eso porque era regla que no estuviera presente cuando estaba un esclavo, como era regla que cuando limpiábamos sus recámaras teníamos que ir todos cubiertos con una túnica especial, guantes, trapos en las suelas, cristales en los ojos y máscara, para que nada se mancillara (y después todas esas prendas las quemaban dinmediato y echaban las cenizas en un pozo maldecido por los sacerdotes). Y decían también que ya ni el mayordomo veía al Emperador, porque cada vez que entraba a dejarle la bandeja con comida estaba dormido y con todo a oscuras, y sólo se medio veía su sombra en la cama, y que el Ministro siempre estaba por allí por si el Emperador despertaba y quería algo, y a todos los que pasaban los vigilaba para que no lo fueran a despertar. Y los oí decir también que ahora todos los demás ministros y consejeros pensaban que el Emperador se iba a morir, y se la pasaban discutiendo quién iba a heredar el Trono, ya que al Emperador no le quedaban hijos ni parientes porque a todos los había hecho ejecutar por cospiración, y la Ley no decía qué hacer en esos casos.

Yo oí todas esas cosas, que los compañeros decían porque no las podían olvidar, y claro que yo tampoco pude olvidarme de ellas ni tampoco dejar de escucharlas. Así fue todos los días, y por todo lo que oí y lo que supe, y por lo que ya sabía y los demás no, tuve unas ideas preturbadoras y seniestras, porque era esclavo pero no tonto. Pero no le dije nada a nadie, porque la regla es que no hay que tener ideas senienstras, ni mucho menos contarlas, ni muchos menos sospechar de las gentes elevadas. Y por eso ahora tampoco digo nada.

Y así fue que durante un tiempo tuve que limpiar a un hombre muerto y cada vez más muerto, quitarle la peste como podía y fregar el lugar donde lo tenían escondido. Entonces un día, cuando bajé al cuarto secreto, vi que se habían llevado al muerto: sólo estaba el sacrófago con los restos del hielo y la sal. Yo no supe que había pasado, sólo limpié bien el interior del sacrófago y volví a subir. Y ya que estuve arriba, el mayordomo vino y me dijo que el Ministro mandaba decir que ya no tenía que seguir con mi tarea secreta, y yo me alegré de que por fin me hubieran liberado de esa tarea horrible. El mayordomo me dijo también que el Ministro mandaba decir que ahora mi obligación era olvidar todo, como buen esclavo, y no volver a acordarme de aquello jamás. Entonces yo le pregunté qué tarea me encargaría ahora el Ministro, y el mayordomo me contestó que el Ministro no había dicho nada sobre eso y que por lo tanto yo iba a regresar a fregarlo todo de arribabajo. Así volví a la vida de día del palacio.

Y resultó que ese mismo día en todo el palacio se estaba corriendo la noticia que el Emperador había muerto por la noche, que se le había detenido el corazón mientras dormía o eso decían los médicos. Como era de tradición, desde ese mismo día lo iban a velar por una semana en el centro de la Gran Ciudad, y todas las gentes elevadas de todo el Imperio estaban obligados a ir a verlo, y todas las gentes normales de toda la Gran Ciudad también; sólo los esclavos teníamos prohibido ir a velar al Emperador, porque sería mancillarlo. Todos los compañeros estaban hablando de eso, de lo que no se puede evitar hablar, pero yo no hice comentarios, aunque podría haberlo hecho, pero sería romper la regla. No dije que qué suerte para el Ministro que los esclavos no pudiéramos ir, pero lo pensé y podría haberlo dicho.

La siguiente vez que vi al mayordomo le pregunté si él tenía permitido ir a velar al Emperador, y él me contesto que por supuesto y que ya había ido a cumplir esa obligación. Yo le pregunté si el Emperador se veía bien, pero él no entendió mi pregunta, y se puso a hablar de que el Emperador había estado demasiado tiempo mal de salud y que era bueno que por fin tuviera paz, y que también era bueno que los ministros y consejeros hubieran decidido a tiempo quién iba a heredar el Trono, que era algo que habían tenido que discutir mucho para resolverlo. Yo ya no le pregunté nada.

Después que terminaron los funerales del Emperador, nos dijeron que el Ministro iba a ser el nuevo emperador. Eso era lo que habían acordado los consejeros, que si no había herederos el primer ministro pasaba por un ritual de purificación (por haber tratado con tantos esclavos) y lo coronaban emperador. Eso significaba, pensamos, que ahora los esclavos íbamos a jurarle obediencia a un nuevo Primer Ministro que se iba a encargar de nosotros. Pero pasaron los días y el Ministro, mientras seguía siendo ministro, no nos ordenó nada de eso. Todo ese tiempo no hubo más que preparaciones y festejos, pero no se dijo nada del nuevo primer ministro. Y llegó el día de la coronación, y pasó el día de la coronación, y el Ministro se volvió Emperador sin acordarse de hacernos jurarle a nadie nuevo.

Y entonces, al día siguiente de la coronación, apareció el mayordomo muy triste mientras yo estaba fregando el piso. Me dijo que lo sentía mucho, pero que el nuevo Emperador había mandado ejecutarme. Yo me espanté y le pregunté por qué, pero él dijo que no se lo había dicho. Dijo que acababan de mandar muchas ejecuciones pero el único esclavo había sido yo, que lo sentía mucho pero que había sido una orden directa del nuevo Emperador que me ejecutaran y que yo me dejara ejecutar, como buen esclavo, así que tenía que ir con el verdugo dinmediato para que me ejecutara. Y así, muy triste como estaba, se fue el mayordomo y me dejó allí con los trapos en la mano.

Pero entonces me di cuenta de algo: era una orden directa del nuevo Emperador, y yo me acordaba que mi dueño era el Ministro y sólo el Ministro, porque un emperador no podía rebajarse a ser dueño de esclavos y un esclavo sólo puede servir a su dueño, y el dueño es sólo quien le ordena y a quien le jura. Ahora el Ministro era el Emperador, y cuando todavía era Ministro se le olvidó mandarnos jurarle a un nuevo Ministro. Y si mi dueño era el Primer Ministro, y el Primer Ministro era ahora el Emperador, y el Emperador no podía ser mi dueño, entonces yo ya no tenía dueño. Y la regla era que un esclavo sólo podía obedecer a su dueño, así que yo ya no tenía nadie a quien obedecer, que es lo mismo que no tener que obedecer a nadie. Por lo tanto, yo ya no era esclavo.

Así que dejé todas las cosas de fregar allí mismo y empecé a caminar aprisa. En el pasillo me crucé con una compañera, y aunque la regla dice que esclavos y esclavas no pueden ni acercarse, yo le dije, porque tenía que decírselo a algún compañero, lo que acababa de descubrir: que nos habíamos quedado sin dueño, así que ya no éramos esclavos. Ella se quedó clavada de la sorpresa y yo ya no vi qué hizo, sólo seguí caminando. Caminé, salí como pude del palacio, me fui y nunca más volví.

Jamás regresé a la Gran Ciudad ni he vuelto a tener dueño, y tampoco le he dicho nunca a nadie de quién era el cadáver. Porque ya no seré esclavo, pero tampoco soy tonto.

Imagen tomada de Domus Romana

Escrito por:paginasalmon

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