“¡Es hoy!”, fue lo primero que pensé al despertar. “Domingo 26 de mayo”. Incluso antes de abrir los ojos, mis labios dibujaron una sonrisa. Permanecí sin moverme unos cuantos segundos más, disfrutando el hecho de que la espera había terminado.

En medio de la penumbra se escuchó un ronquido. Mi sonrisa desapareció de súbito. Abrí los ojos. El hombre que estaba a mi lado olía a sudor y a carnívoro. Y antes de que me contradigas, insisto: “carnívoro” es un olor. Pasa varios años al lado de un gañán que sólo come carne y aprenderás a identificarlo.

Procurando no hacer el menor ruido, me escurrí del cuarto.

***

—¡Mil gracias por recibirme en domingo! —le dije a la chica que me abrió la puerta.

Ella me sonrió. Era más joven de lo que esperaba, aunque eso era lo de menos. Estaba a punto de romper una de las reglas del hombre. Mi primer acto de rebeldía.

—¿Traes tu diseño? —dijo la chica.

Se lo entregué. Ella lo observó un momento, su cabello azul-verdoso le cubría parte de la cara; luego movió la cabeza varias veces en gesto afirmativo.

Me invitó entonces a pasar a la sala donde tenía los pigmentos y las agujas.

—Aquí acostumbramos a darles un premio a los clientes que no lloran durante la sesión —me dijo, y guiñó el ojo.

Un par de horas después, salí de allí con una paleta en la mano y una radiante sonrisa en la cara. Antes de ponerme la blusa, le eché un ojo a mi nuevo tatuaje. ¡Había quedado precioso! En medio de mi espalda crecía una rosa, de cuyo tronco se sostenía una serpiente.

***

Regresé a una casa vacía. El hombre estaba en el estadio con sus amigos. Pero en vez de deprimirme como otras veces, agradecí el espacio sereno y me preparé una comida deliciosa. La acompañé con una copa de vino blanco. Después de todo, estaba celebrando.

Anochecía cuando él volvió. Caminó directo a la cocina.

—Tengo hambre —gruñó sin siquiera saludar—. ¿Qué hiciste de comer?

—Hamburguesas —respondí.

Su rostro se iluminó. Entonces, escondiendo una leve sonrisa detrás de mi libro, aclaré:

—Veganas.

Tal como esperaba, él estalló. Se quejó de que gasto “un dineral en esas porquerías” y que nunca le preparo lo que le gusta. Gritó que estaba hasta la madre, bla, bla, bla.

—En el refri hay jamón y salchichas. Hazte un sándwich —dije. Y me fui a la cama a leer en paz.

***

Desperté en la madrugada. A mi lado el hombre murmuraba cosas ininteligibles. Era claro que estaba teniendo pesadillas, pero no lo desperté. Preferí salirme a dormir a la sala.

En la mañana me di cuenta que él había pescado una infección. Se paraba a volver el estómago, tenía fiebre. No voy a negártelo, en vez de sentir compasión, me daba gusto.

—Llama a la oficina y diles que no puedo ir —ordenó. Y cuando su jefe pidió hablar con él, puso una voz de moribundo que me hizo girar los ojos al cielo.

Luego vino el médico. Le recetó un montón de medicamentos que yo le conseguí en la farmacia. Le preparé tisanas, gelatinas y agua de arroz, según las instrucciones recibidas. Pero en vez de mejorar, el hombre empeoró. Se quejaba de visión borrosa, taquicardia. Su fiebre era tan alta que se sacudía bajo las sábanas, sudaba a mares.

—Gracias —me dijo con voz débil cuando le di un poco de agua.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba esa palabra, pero no hizo la menor diferencia. Demasiado poco, demasiado tarde.

El médico llamó entonces.

—He estado pensando en el caso de su esposo y hay algo que me inquieta —me dijo—. ¿Acaso salió ayer al campo? ¿A escalar, quizá, por los volcanes?

No pude evitarlo, solté una risita. Mi esposo odiaba ejercitarse tanto como la comida vegana.

—Sólo si se refiere al campo de futbol, desde las gradas, con un six de cervezas a la mano.

—¿Está segura?

—De hecho, sí. Ya vi los posts que él y sus amigos subieron a las redes. ¿Por?

—Por nada, sólo quería asegurarme. Que no se vaya a saltar ninguna toma de su antibiótico, por favor.

—No se preocupe. Estaré al pendiente.

Fue cuando reacomodé sus almohadas que noté algo extraño: había pequeñas manchas de sangre. ¡Vaya! Aquello era más que una infección intestinal. ¿Qué tipo de bicho tendría? Me estremecí con repugnancia. Le puse un paño húmedo en la frente al tiempo que decidía tomar precauciones. No fuera a contagiarme.

Por fin se sumió en un sueño, aunque intranquilo. Aproveché el momento para meterme al baño. Quería que el agua de la regadera se llevara el bicho y las malas vibras. Me quité la ropa y giré frente al espejo para contemplar mi tatuaje.

Ahora prepárate. ¿Recuerdas cómo lo describí? Dímelo, es importante.

Míralo. ¿Qué es lo que falta? ¡La serpiente!, ¿verdad? ¿Podrías explicármelo?, porque yo no entiendo nada. No sé cómo se salió ni dónde puede estar.

Ahora necesito un consejo, dos, en realidad. El hombre está muerto allí dentro. Tiene un ámpula negra en el dedo, bastante desagradable, por cierto. ¡Ah!, y otra en la pierna y una más en el cuello. ¡No corras! Eso ya no tiene remedio. Mejor enfoquémonos en el presente.

Consejo número uno: ¿qué hago con el cuerpo? Consejo número dos: si es que puedo atraparla, ¿cómo cuidaré a mi nueva mascota?

Imagen tomada de Pinterest

Escrito por:paginasalmon

10 comentarios en “El tatuaje | Por Irma Calvo

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