La pandemia nos hizo reconocer la absoluta necesidad del contacto y, de repente, las manos y el tocar se vigilaron en grados estrepitosos. La nueva normalidad es no tocar, estar alejado. Cada esfuerzo de enunciación gubernamental colocó la imagen peligrosa del otro y la insulsa desmaterialización de sus afectos. En el centro de las discusiones que visualizan el complejo universo de la subjetividad, está el cuerpo y no podemos quitarlo. Mientras tanto, en los momentos de desaceleración productiva, desapercibido del tacto del otro, surge la pregunta por el contacto. Sin duda, el abrazo es una de esas formas más trascendentales de contacto corporal. Ya lo sabemos, pero hoy lo añoramos. ¿Qué tiene de poderoso el abrazo como para ser tan deseado en medio del confinamiento?

No se trata de fondear un grito, de pecho abierto al impase pandémico. Es necesario reiterar el significado del abrazo en el espacio antropológico donde andamos. Un abrazo no revoluciona el mundo, pero hace pensar en la posibilidad de un cambio. Se ha revalorado el trasmundo afectivo de las subjetividades. La fenomenología tuvo un tiempo de brusca investigación lógica, después lo ocupó una mirada más encarnada y detenida en el cuerpo. Pero cuando se trata de pensar el abrazo es reabrir el mundo de los afectos, porque al hacerlo persuaden al cuerpo con un silencio y un tiempo que deja huella. Experimentar el deseo adquiere un sentido trágico en cuanto se descubre la dinámica de la existencia, o bien, la enunciación un tanto febril de saberse solo en el mundo. Ante esa soledad congénita, abrazar significa compañía.

El abrazo, que es consonancia en la cercanía, se vuelve una guía para valorar la corporalidad del otro. Encarna la inflexión del deseo: deseamos asir su cuerpo, aunque eso sea un secreto. En ese momento de conjunción de subjetividades es incalculable la perturbación que genera nuestra apertura de ser en su propia facticidad. Quienes se abrazan son testimonio de las posibilidades de la asimilación corpórea, queda claro cómo estamos atravesados por el fulgor ontológico y cultural del cuerpo. Por esto, el cuerpo, con su facultad quinestésica, podría perder su sentido de estar sin la presencia –comunitaria– de más cuerpos. Tal vez toda borradura de afecto sea una solución individualista o una reiteración simbólica del distanciamiento, pero el abrazo, en concreto, es una ambiciosa erótica de la cercanía. Hay posiciones opuestas, es cierto, como la que está presente en tradiciones anacoretas, pero la erótica de la distancia precariza la dimensión comunitaria del acercamiento corporal. Hay abrazos que dejan en duelo la memoria del cuerpo.

Interpretar el abrazo nos pone alerta. Incluso esa conciencia del recuerdo nos permite ver también uno de los orígenes de la sensación –y no solo inducción– de la finitud: abrazar es la experiencia de estar con alguien que después no puede estar. Con razón, la contingencia mortifica, envueltos por esa vulnerabilidad, abrazamos según nuestro ritmo de vida. En este proceso, el abrazo sustrae la fragilidad de la vida, se sitúa en el abismo, pero no le atemoriza. Recuerdo El abrazo de Gustav Klimt y creo que ese cuadro, sin entrar en sus detalles, es una suerte de columna dorada donde surge una obertura simbólica marcada por una voluntad de revelación del otro. Ahí el tema es cómo el abrazo arriesga el rastro del otro. Se hace entrañable su presencia. Abrazar a los seres queridos es una especie de búsqueda total, demanda sobreponerse a los miedos que supone la existencia. No importa tanto adornar o instrumentalizar el verbo porque en esa heterotopía del corazón –como el lugar que produce una posibilidad de amor– aparece la dimensión del silencio. Toda pregunta por el «sentido del abrazo» contiene un silencio por venir. Es el instante del reconocimiento de la piel; es también la suspensión del juicio. Quizá por ello la palabra desvanece su fijeza y rodea al cuerpo del otro.

Ahora que vemos la injerencia del logos en el abrazo, ahora que se hace patente la necesidad de diferenciar tipos de abrazos, podemos hacer las siguientes consideraciones. Como es obvio, hay abrazos cortos y largos según su duración. El abrazo que te da tu pareja, en un día que los dos están fatalmente enamorados, puede durar un buen rato. En cambio, un abrazo que te da por tu cumpleaños un compañero de trabajo suele ser corto. Según su contexto, los hay públicos y privados. Es diferente el abrazo político Reagan–Gorbachov y el abrazo de un par de amantes que tienen sexo desaforado en su intimidad. Según su intención, se podría pensar en el sincero o auténtico, el hipócrita o inauténtico y el irónico o cínico. Cuando te dan un abrazo inauténtico de compromiso aleatorio y sin telos amistoso, sientes el roce estéril de un cuerpo sin intenciones amables –que puede ser violento–, pero el auténtico despierta una fecundidad poética, donde la poiesis es la expansión de uno mismo, que a la vez posee la esperanza de una ética para vivir juntos; y, digamos, el cínico es por ejemplo aquel que irrumpe tu paseo en las plazas públicas y de repente te inquiere con una pregunta típica: «¿Me das un abrazo?». Según sus efectos, por otra parte, abrazar tiene sus connotaciones ideológicas y de resistencia política como catarsis. En una línea muy etológica, finalmente, abrazar es una conducta de interacción social que ha evolucionado en varias especies de primates.

Sin duda, hay un montón de tipologías –clasificar es una faena complicada no por lo que incluye sino por lo que excluye–. Es interesante la que mencionó en estos días la actriz Athenea Mata, en respuesta al glosario pandémico del Círculo de Bellas Artes de Madrid: hay abrazos que estrujan, que te hacen volar [sic], que te miras en los ojos de la otra persona, de muñeco de trapo, abrazos candado, abrazos de dar dos palmadas, abrazos del carterista, abrazos políticos, abrazos que han acabado con guerras.

Para mí, el abrazo (re)crea un territorio de la escucha, configurado en el propio cuerpo, que, con el acercamiento a otro, da lugar a la simpatía. Los abrazos no devienen ternura o cariño espontáneamente, generan ese efecto por un rejuego de sensibilidades benévolas en algunos casos inefables. En el reino sensitivo del contacto humano, el abrazo se recuerda como un acontecimiento que es capaz de dar sorpresas. Si abrazo sé que entro al juego del goce, no como embaucamiento sexual sino como liberación, como tensión que hay en la proximidad de un pathos penetrado por el otro.

No obstante, el abrazo en medio de la cuarentena también está rodeado de vitalidades obsesivas, de pretensiones absurdas, de espectáculos y simulacros. En el contexto mexicano el presidente propuso convocar a una «jornada de besos y abrazos» en el Zócalo de la capital y en todas las plazas públicas en cuanto termine la emergencia sanitaria. A partir del imaginario político centrado en ciertos afectos, el abrazo es un atractivo performance que amalgama las formas de proyección de liderazgo político. El problema está en la manipulación y la zozobra. Mientras numerosas familias no pudieron dar el último abrazo de despedida, no podemos maravillarnos de la propuesta presidencial. Paralelamente, ¿de qué resulta que famosos propongan «abrazos solidarios»? Día tras día, hora tras hora, revolotean proyectos morales con la fe en los entornos mediáticos; como si la preocupación fuera la sobrevivencia de la intención, transformada en abono para la historia general de los virus. No importa la extenuación en los momentos finales de la vida; importa probar la autoestima de la persona solidaria. Es la idea de la solidaridad individual e idealizada y no de la solidaridad total e incondicional. Este bloque de simulacros acaba generando una nueva esperanza. La nueva (a)normalidad ha querido potenciar la vida tras la pantalla, desde ahí ser resilientes y esperar la reorientación de la happycracia.

Ante la enajenante cosificación que se infiltra a la mente de millones, lo mejor sería reeducar los sentimientos y, más que nunca, tratar de comprender la afectividad del cuerpo. El punto no es viralizar el discurso visual de los abrazos en un entertaintment seductor ante la mirada de quien no ha sido tocado o acariciado. Ahora no queda más que recuperar el cuerpo y su voz frente a la saturación de imágenes sin sustrato táctil. Habrá que sentirse, saberse y escucharse en medio de los rituales del confinamiento. No sabemos cuánto durará la emergencia global, pero sin abrazos quizá se abrirá otra emergencia: la indolencia. Se espera un preludio de la delicadeza. Nos imaginamos que en el período post-vírico todos habrán considerado una idea simple y compleja en el fondo: la idea de cuerpo. La covid-19 nos ha señalado el límite de la individualidad corporal. Si el futuro del tacto va a sufrir de desatinos tiene que haber hoy una restitución del abrazo, porque se van a necesitar brazos para desahogarse.

Imagen tomada de Foreign Policy

Escrito por:paginasalmon

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