No sé nada de pájaros, pero cuando el ave de plumaje blanco, pecho amarillo y coronilla roja se para en la verja, al menos se me ocurre que no es de por aquí. Dejo escapar lentamente el humo de mi cigarro mañanero mientras el ave se acicala tranquilamente un ala, como si no notara que se acaba de parar al lado de una persona. Los únicos pájaros que he visto acercarse así a los humanos son las palomas y pienso que este pájaro tan confianzudo y con plumaje exótico debe tener una historia interesante que contar. Seguro ha venido a parar a la ciudad de contrabando cuando era un polluelo y se ha escapado de la casa en donde lo tenían. –Bien por ti– pienso y hago como si brindara con mi cigarro a medio consumir. El pájaro sigue limpiándose muy quitado de la pena y yo sigo fumando, haciendo tiempo antes de tener que prepararme para mi día.

Escucho un murmullo indistinto y no hago mucho caso porque puede ser el vecino de abajo asomándose a su balcón para fumar, o la señora de arriba que siempre se levanta muy temprano a hacer su quehacer.

—…aún no…puedo…

El murmullo se distingue mejor ahora, también más alto y me llega demasiado claro como para venir de arriba o abajo. Volteo hacia el ave, que sigue con la cabeza metida abajo del ala y ajena a mis alucinaciones auditivas.

—¿Dijiste algo? —le pregunto sonriendo, de buen humor.

El pájaro deja de acicalarse, supongo que lo he desconcentrado con mi pregunta. Es curioso cómo se voltea hacia mí y se me queda viendo fijamente, más curioso todavía el brillo inteligente en sus ojos oscuros que me perturba un poco. Mi sonrisa flaquea.

—Es que —el ave dice— aún no me acostumbro a este cuerpo.

Me atraganto con el humo y empiezo a toser violentamente, me sostengo de la baranda con fuerza y me doblo por la mitad, me desgarro la garganta y miro con ojos acuosos al ave mientras me observa impertérrita ante mi ataque de tos. Cualquier otro pájaro ya se habría echado a volar, pero este pájaro está ahí viéndome.

—¡¿Qué?! —le preguntó en un silbido.

Mueve las alas, casi como si se encogiera en hombros y se va.

Yo me quedo ahí, con medio sistema respiratorio de fuera, viendo cómo se va.

*

El asunto se olvida de la misma manera en que uno olvida al ex que te engañó: no lo haces. Pero lo bloqueas de tus redes sociales, borras sus mensajes y pretendes que eres un ser humano nuevo y que la experiencia no te ha arruinado la vida.

No tengo mensajes que borrar, ni perfiles que bloquear, pero decididamente no volteo a ver a ningún pájaro en ningún momento. Hago como que son invisibles cuando me los cruzo por la calle, recogiendo ramitas o frituras; finjo que no los oigo, como que no escucho su cantar en las copas de los árboles, y por si acaso, ya no salgo al balcón. Eso me ha ayudado a dejar de fumar, a lo mejor el pájaro era una señal divina, ¿eres tú, Dios? ¿Es lo que querías de mí? ¿Que mi causa de muerte fuera un infarto y no cáncer?

Mi vida parece recobrar un poco de sentido ahora que he decidido que todas las aves se han extinguido y que, sea lo que sea que haya pasado en mi balcón, en realidad no pasó. Incluso he olvidado lo que dijo… así como con mi ex.

Todo iba bien hasta que un día, sentada tranquilamente en el área de fumadores de mi oficina, viene volando un ave de plumaje blanco, pecho amarillo y coronilla roja. Empiezo a sudar y la mano me tiembla ligeramente mientras me llevo el cigarro a los labios, planto la vista en el horizonte, viendo el smog acechando a la ciudad, e ignoro con todas mis fuerzas al pájaro que está picoteando las colillas en el piso.

Resulta que no puedes ignorar algo con mucha fuerza porque al final terminas prestándole demasiada atención. Mi vista periferia me traiciona y sigo los colores brillantes de su plumaje. Se me está acercando, lenta y tranquilamente, no se da cuenta de mi aprensión porque ¡claro! ¡Es un pájaro! ¡No tiene por qué notarlo!

Sigo fumando como si no pasara nada porque bueno, no está pasando nada, ¿verdad? Se me acerca lo suficiente como para que la pierda de vista y aletea. Siento sus plumas rozarme las medias y trago duro.

—Es de lo que más extraño —dice.

—¿Qué…qué cosa? —me escucho diciendo con los vellos de la nunca erizados.

—Fumar.

Volteo hacia abajo y ahí está, sosteniendo una colilla en su garra, con los ojos oscuros llenos de nostalgia.

Se me cae el cigarro y ahora sí, Dios, ¡aquí está el infarto que tanto buscabas! Pero antes de que mi corazón decida abortar la misión, el pájaro agarra el cigarro que se me cayó aún encendido, y se va.

*

No intento olvidarlo porque no es algo que se pueda olvidar. Tampoco se lo cuento a nadie porque no es el tipo de cosas que le cuentes a alguien. No es como cuando platicas que te espantaron de noche en tu casa, o cuando sentiste la presencia de Dios al estar en un apuro, o como cuando un familiar fallecido te visita en un sueño. No, esas cosas tienen algo de sentido, pero ¿esto? ¡Los animales no hablan! ¡No fuman!

Los pájaros pueden imitar sonidos, repetir frases, pero no arman oraciones y ¿en qué contexto un pájaro aprendería a decir una cosa así? ¿Cómo podría mantener una conversación o responder una pregunta?

No dejo de pensar en eso, ¿qué diablos quiso decir con que no se había acostumbrado a ese cuerpo? En primer lugar, ¿cómo lo dijo y por qué a mí?

El recuerdo de los encuentros me persigue, me he hecho ideas loquísimas sobre lo que podría significar, si ese no era su cuerpo, entonces ¿cuál era el original? ¿Cómo llegó ahí? ¿Antes era una persona? Debió serlo si extraña el vicio de fumar, ¿no?

¿Me podría pasar a mí? No he vuelto a ver a ese pájaro ni a otro igual, pero ahora cada pájaro que veo me parece de lo más sospechoso, casi espero quedarme a solas en el parque con las palomas para ver qué tienen que contar, pero me da terror la idea de que de verdad platiquen conmigo, de que todas hayan sido personas algún día.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Aves y otros desvaríos | Por Diana Andrea Hernández Méndez

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