Durante el mes de junio de 2019, una serie de notas en periódicos y medios digitales como La Jornada, Animal Político y La Razón dieron cuenta de la decisión y los motivos del Fondo Editorial Tierra Adentro para suspender la publicación de libros que se publicarían tras ser dictaminados. El Feta aseguraba que la administración anterior les dejó 25 libros pendientes, de los cuales optaron por cancelar 12 por falta de personal para la edición. De los 13 restantes, nueve corresponden a las publicaciones obligatorias de sus premios de literatura y sólo cuatro a libros por dictamen que serían los únicos publicados en 2019.

Esta medida, que algunos consideraban ilegal incluso, no sólo afectaba a los autores. Tierra Adentro, pronto fusionada con el Fondo de Cultura Económica, amparaba y justificaba estas decisiones por problemas de distribución, ventas y logística editorial.

Aunque aseguraban que dicha medida no sería permanente, anunciaron que, por lo menos en 2019 y 2020, no habría más dictámenes externos. El panorama actual causado por la pandemia no parece que vaya a acelerar las cosas, aunque una nueva colección, ya bajo el sello del Fce, publicó una docena de títulos más durante el 2019.

Si bien esta decisión parece formar parte de la austeridad republicana del actual gobierno, no puedo dejar de lamentarla, primero, por la falta de compromiso que representa y, segundo, porque es muy posible que con estos recortes se esté privando a los lectores de leer este tipo de obras cuya dinámica de escritura es distinta de la de un libro estructurado exprofeso para un concurso. Metástasis McFly, de Pedro J. Acuña, Meth Z, de Gerardo Arana, El complejo Fitzgerald, de José Mariano Leyva y el volumen que nos atañe en este momento, Melancolía de los pupitres, de Jaime He, son grandes publicaciones del Feta que fueron escritas bajo una lógica distinta a la que sigue un volumen que participa en un concurso con miras a ganarlo; sus temáticas son más libres, su unidad menos forzada, sus estructuras no obedecen a la intención de obtener solamente el favor de un jurado.

Libros como estos no habrían podido ver la luz en un momento como el actual y eso es lamentable, por lo que espero que este rumbo se corrija o estabilice. Mientras tanto, creo que es importante leer y celebrar los libros que han llegado a nosotros de esa manera.

Melancolía de los pupitres presenta seis historias, siete si se cuenta un relato que salió de la versión final, en las que el fracaso sirve como hilo conductor de las historias de vida de sus personajes. Se trata, sin embargo, de una melancolía más cercana a la rabia de la frustración que a la nostalgia en sí misma, a la ruptura de la nostalgia ante ese momento en que se contrasta la vida presente con el pasado lleno de esperanza.

Las narraciones caracterizan a los personajes y a los propios narradores por acumulación. Cada uno constituye en sí un misterio. “González, Pacífico”, el primer cuento, narra una historia sórdida sin aparente importancia hasta que descubrimos que el narrador es un personaje en sí, y no cualquiera, sino el protagónico.

El día de mi independencia, a Pacífico le deslizaron un bisturí por la barriga. Yo hinqué los cuatro dientes lo más que pude, enganchándome a sus entrañas con la última fibra de mis tejidos; cuando menos se las iba a poner difícil. (27-28)

El tema de la usurpación cobra relevancia en “Lambarri, Génova”, que nos habla de una mujer que debe hacerse pasar por su hermana para cubrir un secreto escalofriante.

Esta idea de la usurpación también aparece en “Mendoza, Edson”, un cuento en el que la segunda persona narrativa sentencia y profetiza. Se trata del clásico tema del doble, del hombre que imagina su vida arrebatada por otro. Su final agridulce y lleno de tensión no dejará indiferentes los sentimientos de nadie.

Sobre todo en los relatos en los que la estructura es menos clara, el estilo elegido resulta fundamental para mantener el efecto. Tal es el caso de “Romagnoli, Mario”, cuento en tercera persona que se sostiene del estilo más que de la anécdota, pues aparentemente nada pasa en él, más que las elucubraciones fastidiosas de un pobre diablo fracasado que se teje castillos en el aire y chaquetas tanto mentales como de las otras. Este relato recuerda los procedimientos de caracterización del modernismo, en los que todo el tiempo parece que aparecerá una historia oculta, pero al final nunca es contada.

El libro también tiene un bonus track, “Jurado, Juan”, publicado con el título de “Mantenimiento percusivo”, un cuento que no se incluyó en la versión final del libro, como mencioné antes, y que nos habla de un bato que se madrea a sí mismo, gracias a un don que tiene para viajar en el tiempo.

Me preguntaste quién me dejó el ojo así, y esta es la respuesta: el moretón me lo hice yo mismo. Sí, como lo oyes. Yo mismo pero dentro de algunos años. […] Eso tiene un nombre; se llama mantenimiento percusivo. No es mamada, lo vi en un programa sobre máquinas e ingeniería que pasaron en el Discovery. Darle madrazos a las cosas hasta que funcionen, ni más ni menos. Pues bien, yo hago algo parecido, sólo que en este caso, el hambriento en apuros y la máquina expendedora son el mismo.

Este cuento en particular recuerda a películas como La chica que saltaba a través del tiempo, de Mamoru Hosada, o Efecto mariposa, de Eric Bress, pero con un giro hacia lo humorístico, a todo lo hilarante que puede ser un adolescente encabronado consigo mismo.

“Valero, Paula”, el quinto cuento, se trata de una anécdota desconcertante sobre una mujer que recorre las calles en busca de indigentes con hijos.

En la esquina, recargada sobre el portón de una fachada, una de ellas está descansando. Sobre su regazo carga a un niño despatarrado. Frente a ellos hay una cesta de palma llena de dulces, chicles y cigarros. Eliseo voltea a ver a Paula para pedir su aprobación. Prende las intermitentes y se apea del vehículo. Él sabe lo que sigue, lo ha hecho muchas veces. Se acerca a la india y le patea ligeramente una pierna para despertarla. Paula lo mira desde la camioneta, ansiosa, arrancándose pelitos naranjas de la ceja. Observa cómo Eliseo habla, mueve las manos, se hinca, gesticula, se levanta. Después da media vuelta y camina de regreso a la camioneta.

—No quiso —dice Eliseo, y pone en marcha el motor. (75-76)

Paula debe soportar la tensión de llevar ese modo de vida imaginándose a sí misma unos días en el futuro para entumecer el horror de estar viva. Para este cuento, el autor toma distancia a través de una narración en tercera persona que pierde el tono sarcástico de los anteriores de manera notoria, pues su anécdota oculta quizá sea una revelación nada sencilla de afrontar.

“Melancolía de los pupitres”, cuento que da título al libro y que cierra estas historias relacionadas, es quizá el mejor cuento del mismo. Al igual que el anterior, decide prescindir del tono irónico y cruel para sustituirlo por uno más contenido y melancólico. La historia gira en torno a la idea del fracaso y la pérdida, sentimientos que rondan la cabeza de un hombre que eventualmente deberá demoler el edificio abandonado que en el pasado ocupaba su escuela.

Si bien todos los cuentos ocurren en el Jaimeverso extendido, una especie de ciudad de Querétaro imaginaria, su lectura siempre es independiente; es decir, se trata más de una colección en la que hay vasos comunicantes, pero a pesar de ello prefieren, exigen, no ser leídos como una novela, pues no dependen el uno del otro

No solo muchas de las situaciones o conflictos principales de los cuentos que componen el libro resultan escandalosos y chocantes, sino que son acompañados por un lenguaje duro y corrosivo, por una serie de narradores insolentes que se burlan, especulan y desean ver el fracaso que anticipan desde las primeras líneas. Sin embargo, estas situaciones se ven contrastadas con el humor negro y la ironía de estos mismos narradores, con lo que el estilo cobra un papel protagónico.

Frustrados y apáticos, sus personajes se resignan a vivir sus vidas en piloto automático, a veces llenos de miedo; otras, simplemente viendo la vida deslizarse frente a ellos y tomando decisiones oportunistas y ventajosas que ponen a prueba su moral y la nuestra, la de los lectores. La mayoría de las veces terminan diluyéndose en lo indeterminado o directamente en finales cuesta abajo, trágicos incluso, en los que los narradores duros e inflexibles ante cualquier sentimentalismo no temen en repartir justicia a los protagonistas.

Melancolía de los pupitres (cuento) de Jaime He. Coedición: FETA Núm. 584. / Fondo Editorial de Querétaro. 2018. 99 pp.

El libro está disponible para lectura y descarga gratuita en la página de Tierra Adentro: https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/wp-content/uploads/2020/04/Jaime-He-Melcancoli%CC%81a-de-los-pupitres.pdf

Escrito por:paginasalmon

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