Fotografía de Manuel Alejandro

A Diana, Mónica y la Norteña

Una tarde, mientras el sol se ponía en el horizonte, Laura se preguntaba una y otra vez la razón de sus desgracias. No sabía qué había hecho mal o qué karma estaría pagando. Agachando su mirada y tocando su abdomen, que iba en aumento cada día, suspiraba de coraje mientras se dirigía a su cocina. Atrás de ésta, al costado de un pilar de madera se encontraba Consuelo, su sirvienta, quien la contemplaba cual depredador a su presa para cazarla. Salió de su escondite con prisa y se aproximó a Laura para ofrecerle unas quesadillas y un licuado de plátano con su receta especial. A Laura últimamente se le dificultaba hacerle frente a la tentación de comer pues siempre cuidaba su línea. Pero desde hace unos meses al presente, la comida de Consuelo había despertado en ella un apetito voraz que la incitaba a la glotonería muchas veces al día. No solamente le encantaba la comida. ¡La amaba!

Consuelo era una persona extraña. Siempre se la pasaba en la pequeña choza de madera que en casa de Laura ocupaban como almacén. A pesar de que sus patrones le habían ofrecido un cuarto para dormir y dejar sus cosas, siempre se negó apelando a que no quería molestar en la casa. Siempre vestía la misma ropa que se componía de una falda negra hasta las rodillas y una blusa típica de la región Zoque con distintos bordados en el cuello y mangas. Siempre solitaria y sombría, se iba a dormir hasta altas horas de la noche cuando el último integrante de la familia había apagado la última luz. Cada que se le preguntaba algo en referencia a su familia, se limitaba a contestar con monosílabos. Lo único que sabían de ella era que venía de un pueblo cercano al volcán Chichonal y que tenía a su esposo aguardando por ella en casa ya que él padecía una enfermedad muy grave que limitaba sus actividades cotidianas, así que por el momento Consuelo era el sustento de su pequeño hogar. Decía que sólo eran ella, su esposo y su madre, quien era una persona muy culta pero nada más. Lo que hacía muy a menudo era lamentarse del hecho de no poder tener hijos, y a Laura siempre le decía palabras de halago por ser tan “galana”.

‒De donde vengo, las mujeres como tú pueden tener muchos hijos ‒le decía Consuelo a Laura en un intento de levantarle el ánimo cada que la veía cabizbaja a lo que Laura siempre respondía en tono grosero con un:

‒Ya deja de decirme eso, Consuelo. Me siento peor. Yo no busco y no quiero tener hijos todavía.

Laura siempre se preguntaba si su sirvienta no tenía otros objetivos en la vida a parte de tener hijos, cocinar, lavar y mantener al holgazán de su marido. No se tragaba la historia de que su marido estuviera gravemente enfermo.

‒Mami, obviamente él la maltrata. Mira nada más cómo tratan los hombres a las mujeres aquí. ¡Imagínate cómo será allá de donde viene Consuelo! Está más que claro que es un machito de rancho. Cómo me cae de mal.

‒Hija, sea como sea no podemos meternos en su vida. ¡Ahí que lo vea ella! Nos conformamos con que sabe hacer muy bien su trabajo. Y la comida le queda de maravilla.

*

Laura no tenía idea de lo que le pasaba. Sus pantalones pasaron de ser talla 2 a talla 15 en un corto periodo de tiempo. Cada día engordaba más y más, lo que la llevó a diferentes visitas médicas en busca de alguna enfermedad. Endocrinólogos, internistas, dietistas hasta oncólogos se encargaron de buscar en ella la causa de ese desproporcionado aumento de barriga pero todos los estudios que le realizaban eran normales. La hipocondría que sentía iba en aumento.

‒¡Es que debes de cuidar más lo que comes! ‒le decía Josefa, su madre, cada vez que salían de una nueva consulta.

‒¡No, Mami! No entiendes. No solamente es hambre. ¡Tengo algo que me dice que me alimente cada vez más! Esto no es normal. Cada que acabo de comer, mi estómago se retuerce de hambre. No puedo controlarlo. ¡Únicamente comiendo! Pero el gusto se me pasa pronto ‒ sollozaba Laura.

‒Pues ponte a hacer ejercicio y se acabó.

Josefa le reprochaba mientras veía que su hija peleaba con el cinturón de seguridad. Su madre le ayudó traccionando el otro extremo de éste mientras que al rozar accidentalmente el abdomen de Laura, se percató que éste se movía y daba saltos que se apreciaban en su piel, cual patadas de un bebé.

‒¡Hija de la chingada! ¡Tú estás embarazada! Ya sabía que no era bueno dejarte sola con ese muchachito tuyo.

Laura asombrada por el reclamo de su madre se tocó el abdomen sin percibir movimiento alguno.

‒¡Claro que no! El doctor dijo que no era eso, me hizo estudios y no salió nada. ¿Por qué no me crees?

‒¡Te voy a llevar con doña Gertrudis! Ella sí nos va a decir qué tienes. Laura no estaba muy segura de haber escuchado a su madre decir que la llevaría con la bruja del pueblo pero no le quedaba mucho qué hacer u opinar. Estaba desesperada y solo le quedaba obedecer.

Al llegar con doña Gertrudis, comenzó su verdadero calvario. No toleraba los lugares en donde hicieran brujería porque tenía un poder de sugestión impresionante y siempre que se ponía nerviosa le daban más ganas de comer, se le abultaba el abdomen y comenzaba a tener gases, lo que le resultaba sumamente vergonzoso.

‒¡Pásenle, hijitas! ‒doña Gertrudis con voz temblorosa las invitaba amablemente con una sonrisa a entrar a su casa mientras bajaba con visible dificultad del balcón y se dirigía hacia la grande y pesada puerta ornamentada de la entrada.

‒¡Pórtate bien, hija! ‒le susurraba Josefa a Laura en tono amenazante al bajar del carro.

Una chamana que vivía en una casa tan antigua resultaba aún más aterrador para Laura. Trataba de disimular una sonrisa al subir los grandes escalones de piedra que se encontraban al pie de la entrada mientras se limpiaba el sudor de sus temblorosas manos con su pantalón.

‒¡Ya hija! Tranquila, no va a pasar nada.

‒Ay mamá, ¿y que tal si me encuentra algo ella? No sabes por lo que estoy pasando. En este pueblo todos te hacen brujería ante la más mínima provocación. Y a mí me da mucho miedo eso ‒gemía Laura mientras su madre le dirigía una efusiva mirada de enojo.

Se escuchaba que doña Gertrudis luchaba por embonar la enorme llave de hierro a la chapa de la antigua puerta mientras ésta crujía al abrirse. Al entrar a la casa se sentía el olor a madera húmeda y copal. Vitrinas llenas de jarrones de vidrio con infusiones, hierbas y sepa Dios qué otras cosas, llenaban la sala de estar y el largo corredor que rodeaba un enorme patio, el cual estaba repleto de enormes plantas de sombra, como algunas especies de orquídeas, filodendros, costillas de adán, helechos gigantes y varias ramas de pothus que colgaban de los grandes pilares de concreto y ladrillo. El espeso follaje de aquel jardín soltaba un olor a tierra mojada que daba la sensación de encontrarse dentro de una selva húmeda. La anciana chamana las dirigió a pasos arrastrados hacia la cocina que se situaba al otro extremo del patio. El sol se ocultaba en el horizonte y la casa se tornaba cada vez más oscura y fría. La sinfonía de los grillos y alguna que otra rana orquestaban la llegada de la noche alumbrada por algunas bombillas viejas y desgastadas por los años de función. Doña Gertrudis puso a calentar agua en una olla de barro a la que agregó un poco de piloncillo y canela mientras acomodaba a sus invitadas  alrededor de una mesa de madera dentro de la cocina.

‒Díganme hijas, ¿en qué les puedo ayudar?

‒Mire, le traigo a mi hija porque creo que le están haciendo algún trabajo.

‒¿Trabajo? ¿Cómo es eso?

‒Es que va a ver usted. Tiene unos meses que empezó a engordar mucho y ya la llevé con varios doctores, pero no le encuentran nada. Mire su panza. ¿Verdad que parece de embarazada? ‒le decía Josefa mientras subía a forcejeos la blusa de Laura y que ésta se defendía con un: ¡Ya, mamá! No soy chamaquita.

La anciana se levantó de su silla para aproximar unos tarros de barro, entreteniéndose con la pelea de madre e hija, mientras servía él agua para preparar café.

‒Mire, puede ser que solo esté empachada la niña. No creo que sea un trabajo de brujería ‒decía doña Gertrudis con tono calmado.

‒Dele algo, por favor. Porque mi hija ya lleva mucho tiempo así. Además yo creo que sí es brujería porque embarazo no es.

Doña Gertrudis dejó los tarros con café caliente y le pidió a Laura que se levantara de la silla para que la revisara. Le agarró la cara, le levantó los brazos para verle las axilas, le tocó los senos y se los apretó, a lo que Laura sólo reía nerviosa y se retiraba rápidamente de las arrugadas manos.

‒Yo creo que sí está embarazada.

‒¿Qué? No lo estoy. No he estado con mi novio y obvio no estoy embarazada. Es sólo que tengo mucha hambre y siento que mi estómago se mueve mucho.

‒Déjame tocarlo ‒decía doña Gertrudis mientras se abalanzaba con ambas manos al abdomen de Laura. Al colocar ambas manos sobre su abdomen, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda casi como de placer y rápidamente las quitó. Laura solamente sintió un fuerte dolor de estómago seguido de unas intensas nauseas que casi la hicieron vomitar en un arriate de plantas fuera de la cocina de donde se encontraban.

‒Hija, esto es un entierro que están haciendo en algún panteón. Ven. Te voy a dar algo para que te sientas mejor. ¿Te has peleado con alguien o sabes de algún familiar que te tenga envidia? ‒le decía la viejecilla mientras la jalaba del brazo al interior de la cocina.

‒No, nadie. Bueno… que yo sepa ‒respondía Laura.

‒Bueno, mira. Esto es muy fuerte y creo que si te tomas esta raíz te hará sentir mejor‒. Doña Gertrudis abrió un frasco que contenía unas raíces en forma de pequeños fetos que desprendían un olor parecido al jengibre. Los limpió y se los entregó a la mamá de Laura quien rápidamente cogió un par de servilletas, las colocó ahí y las guardó en su bolso.

‒Hay que ir a buscar quien te haga el desentierro que de seguro lo has de traer en el panteón de aquí. Pero primero lo primero. No vayas a dejar de comer. Tu cuerpo necesita mucha energía para reponerse. Para eso te estoy dando esas raíces. Pones a hervir agua y pones una raíz y cuando esté hecho el té, lo tomas todos los días por las noches. Vas a ver que en pocos días te sentirás muy bien.

‒Hágame la buena doña Gertrudis, que estoy desesperada.

‒Estarás bien hija.

Habiendo dicho esto, tomaron del café de olla, platicaron de los peligros de la magia negra y las envidias mientras disfrutaban de un rico pan casero con azúcar que era la especialidad culinaria de doña Gertrudis. Laura, como lo hacía a menudo, dobló raciones de café y pan. Moría de hambre.

Esa misma noche, al llegar a su casa, la mamá de Laura y ella se pusieron a hervir la raíz que les había dado la chamana. El agua, al entrar en contacto con la raíz, se tornó color rosado y al soltar el primer hervor, cambió a un azul marino que le daba un aspecto tóxico, si no fuera por los olores que despedía la bebida. Olía a frescas rosas y anís. Ambas lamentaron que el aroma se perdiera con el viento de la cocina que se encontraba al aire libre. Del otro lado del lugar, Consuelo sintió aquel dulce aroma y se dirigió rápidamente a la cocina. Laura escuchó el chancleo de las sandalías de Consuelo cruzar el jardín con dirección a la cocina. Consuelo se asomó para ver la extraña pócima que hervían y sus ojos se alegraron al ver el intenso color de aquella sustancia. Corrió por una taza de peltre y se ofreció a servirlo. Laura casi hipnotizada por aquel aroma y sin prestar atención a la desconfianza que por dentro le brindaba la bebida, se la tomó poco a poco, mientras que, casi al instante, sintió un alivio estremecedor en su estómago, como si este se acomodara y se relajara. Sus músculos ya no se sentían tensos y por primera vez en mucho tiempo, se sintió menos inflamada. Siguiendo las instrucciones de doña Gertrudis, no dudó en darse su última cena ya que por fin su estómago se dejaba de mover. Le pidió a Consuelo que le preparara unas empanadas y un licuado. Ésta no dudó ni un segundo, se puso su mandil y salió corriendo ondeando su falda con dirección al pequeño huerto que tenían atrás de la cocina y luego hacía la choza en donde dormía. Se apuró a preparar la masa para las empanadas e hizo su licuado favorito. Laura, al dar el primer bocado de aquella suculenta cena, sintió que regresaba a la vida. Ya no se sentía mal y el hambre implacable se apagó con una sola ración de comida. Aquella noche, después de muchas anteriores sin pegar el ojo, pudo dormir cómodamente.

*

Los días pasaron y sus síntomas mejoraban poco a poco. Ella siguió al pie de la letra la receta que le había dado la chamana y que estaba surtiendo efecto. Los retortijones que tenía en el estómago desaparecieron de inmediato desde la primera toma de aquel té y conforme pasaban las semanas, ella iba volviendo a su peso normal. Laura regresó a sus actividades diarias mientras notaba que poco a poco su abdomen se deshinchaba y desaparecía casi como por arte de magia. La energía que había creído perdida, la iba recuperando y se sentía de nuevo joven y vital. Bajó varios kilos y su familia lo notó con asombro. Su cabello regresaba a la tonalidad castaña así como también sentía que estaba cada vez más sedoso. No se podría decir que estaba más que agradecida con la vida, doña Gertrudis y con aquellas extrañas raíces.

Una tarde, antes de preparar su té, se dio cuenta de que el jarrón de vidrio en donde había guardado las raíces se encontraba casi vacío por lo que decidió ir a casa de doña Gertrudis para comprarle una dotación más y de paso agradecerle por el enorme favor que le había hecho. Al no encontrar a su madre, tomó la primer moto taxi que encontró y se dirigió hacia el pueblo en donde vivía la chamana.

Al llegar a aquella tétrica casa, se extrañó que la viejecilla no estuviera afuera en su balcón como de costumbre.

‒¿Se habrá enfermado? ‒pensaba Laura. Subió de nuevo las escaleras de piedra de la entrada y tocó estruendosamente, pero no obtuvo respuesta. Al asomarse por la ventana del balcón pudo notar mucha calma y mucho orden en aquella salita. Al fondo, sobre la mesa del centro se encontraba una taza con aparente café a medio terminar y la televisión de antaño se encontraba encendida. Las cortinas empolvadas no le permitían tener una vista más panorámica del lugar. Tocó por la ventana de vidrio de aquel balcón pero tampoco obtuvo respuesta.

Al bajar del balcón que se encontraba a metro y medio del suelo, cayó sobre su rodilla, obligándola a agacharse para observar si había sufrido alguna lesión. Mientras se limpiaba los restos de polvo y piedrillas de su pantalón, escuchó un fuerte crujido detrás de ella, por lo que al voltear, vio cómo se abría la gran puerta de madera de la casa. Se reincorporó y entró al oscuro pasillo.

Todo parecía en aparente orden, pero el aspecto del lugar se veía más sombrío y nada acogedor como la primera vez que visitó esa casa. Los objetos que antes colgaban de las paredes y grandes estantes de madera de aquella tienda, parecían haber perdido vitalidad. Los frascos que se encontraban con menjurjes y más sustancias desconocidas se encontraban ya vacíos. Las plantas parecían tristes con las hojas lacias, como si hubieran perdido humedad, y el ambiente en sí se encontraba en un completo silencio que si una araña hubiera saltado, se escucharía su aterrizaje en la superficie de la tierra.

‒¿Hay alguien? ¿Doña Gertrudis? ‒preguntó en voz alta de nuevo, sin obtener respuesta.

Avanzó por todo el patio central de aquel lúgubre lugar y se dirigió hacia la sala que se miraba por el balcón. Examinó el lugar y todo parecía indicar que hacía días que alguien no había pisado esa parte de la casa. La taza de café se había convertido en un recipiente con agua turbia y polvo sobre la superficie. Sintió en su cuerpo un penar muy grande al pensar que algo muy malo pudo haberle pasado a aquella ancianita al estar sola, por lo que se apresuró a buscar algún indicio de su paradero en la casa. Fue hacia la cocina y no encontró nada, se dirigió rápidamente al cuarto en donde aparentemente dormía y no encontró más que su ropa. Abrió la puerta que daba hacia un inmenso jardín trasero lleno de árboles frutales y una cocineta de madera al fondo. Le costó abrirse paso ante la crecida maleza y las ramas que parecían tener vida propia, pues éstas impedían que Laura llegara a la cocineta enredándose entre sus cabellos y ropa. Al llegar al fondo del jardín no pudo evitar taparse la nariz y boca para contener el asco y repulsión que un nauseabundo olor a carne descompuesta emanaba de aquella vieja cocineta de madera. Examinó el lugar y las nubes del cielo oscurecían todo haciéndose cómplices de algo realmente perturbador. Laura, al levantar una viga de madera, pegó un grito de pánico. Ahí, en un esquinero se hallaba una masa invertebrada y amorfa de piel y cabellos canosos que pertenecían a doña Gertrudis. Las larvas de las moscas que volaban en círculos se abrían paso por todas partes como si de una explosión se hubiera tratado. No encontraba explicación ante tal macabro hallazgo. La sangre coagulada y descompuesta pintaba toda la madera del lugar con múltiples formas y jeroglíficos de alguna civilización. Sobre el techo de lámina, se abría paso un agujero salpicado de sangre dejando entrever que una noche nublada y sin estrellas se aproximaba.

Trató de ahogar otro grito al acercarse a los pellejos inertes de la pobre anciana, pero al alzar la vista, vio cómo un par de ojos amarillos se vislumbraban por la oscuridad mientras se caían al suelo las ollas y vasos de barro. Laura salió corriendo a toda velocidad de aquella atemorizante escena y sin darse cuenta ya se encontraba a los pies de la puerta de la entrada. Con las manos temblorosas y el corazón a punto de salirse por la boca, abrió la pesada puerta y la azotó fuertemente. Ya en la calle trataba de guardar la compostura y ocultar su ola de emociones en ese momento. Le hizo la parada a un moto taxi que pasaba por el lugar y le pidió que se fuera a toda prisa con dirección a su casa. No lograba entender qué era lo que había visto en ese lugar, o qué le había pasado a doña Gertrudis. Pero sin duda no podía contárselo a la policía. No le creerían. Su única alternativa era decírselo a su madre con el temor de que la considerara una loca. Tenía que contárselo a alguien pero ¿a quién? Sólo había una persona que le daba la suficiente confianza y que podría tener alguna explicación ante lo que sus llorosos ojos no podían dejar de ver. Se lo contaría a Consuelo. Tal vez ella le podría ayudar. No en vano temía tanto por las cosas relacionadas a la brujería. Sabía que podían ser reales. Y se lamentó una vez más viendo el oscuro firmamento. Esta vez, no había crepúsculo de la tarde para observar y calmarse, nuevamente reforzaba su idea de que hay cosas que son mejor no saberlas o conocerlas.

Durante el camino imaginó que algún asesino cometió aquel crimen atroz y que era él quien se encontraba escondido aún ahí y que su mente propensa a imaginar otras cosas o creer en lo sobrenatural le estaba pasando una mala jugada. Las cosas se tornaron borrosas y cada vez más sentía que su cabeza iba a explotar. Tenía la sensación de estar en medio de dos muros de concreto bajo el agua. Le apretaba, le zumbaban los oídos y su abdomen comenzaba a dolerle nuevamente de una manera terrible. La moto taxi salía de aquel pueblo y su miedo y pánico crecían. La noche había caído mientras se aproximaba a su casa.

Al entrar, corrió rápidamente hacia su habitación. Se encerró bajo llave y se dirigió hacia su baño. Ahí, frente a su espejo, notaba su demacrado y pálido semblante. Se apresuró a vomitar mientras el dolor en su vientre incrementaba. ¡Necesitaba comer desesperadamente! Se lavó la cara y se apresuró a cambiarse de ropa, ya que sentía que tenía impregnado el aroma a muerte. Una vez que terminó de cambiarse, salió de su habitación y fue directamente hacia la cocina a ver si encontraba algo que comer con desesperación. Al abrir el refrigerador, empezó a llevarse a la boca todo lo que encontraba. De pronto, sintió que alguien la observaba desde el otro lado del patio. Al voltear vio a Consuelo con una sonrisa de oreja a oreja. Esa expresión le causó miedo y angustia a Laura, pero al mismo tiempo alivio de ver una cara conocida que le pudiera brindar ayuda.

‒Consuelo, tengo algo que contarte.

‒Dime, Laurita. ¿Quieres que te prepare de cenar?

‒Sí, por favor. Muero de hambre, pero ven. Acércate. Te tengo que contar algo‒. Laura trataba de hablar sin que su voz se cortara.

‒¿Va a preparar su té de mandrágora?

‒¿De qué? ‒Laura se reincorporaba después de un cólico y no podía creer lo que sus oídos habían escuchado. Era la primera vez que le mencionaban el nombre de esas raíces y Consuelo pasó de hacer un gesto de sorpresa a uno relajado y sereno. Toda ella cambió súbitamente. Se dio la vuelta, comenzó a prender la estufa y a colocar agua en un vaso de peltre.

‒Esa planta creció debajo del árbol en donde Judas se colgó en época de Cristo. Yo no sé cómo pasó, pero creó que fue el semen de Judas quien dio a luz a estas plantas. Por eso la forma de sus raíces.

Laura miraba incrédula y con sorpresa al escuchar una conversación fluida de Consuelo después de varios meses de sólo mencionar hijos y su casa cerca del volcán.

‒¿Cómo sabes esa historia, Consuelo? ‒preguntaba Laura.

‒Porque yo misma corté las raíces y las guardé todos estos milenios. Se las entregué a mi madre para que las guardara y pudiéramos encontrar a la persona ideal para dársela.

‒¿Tienes mamá? ¿Tu madre es doña Gertrudis? ¿Tú la mataste?

‒Ella no está muerta. Regresó al volcán de donde venimos para hacer una bienvenida.

‒¿De qué bienvenida hablas, Consuelo? ‒Laura le preguntaba mientras acto seguido soltaba un grito de dolor que la hacía encorvarse para tocar su abdomen. De nuevo sentía que crecía cada vez más y más y sentía que perdía las fuerzas de sus brazos y piernas. Ésta vez no crecía lentamente. ¡Se estaba inflando como sapo!

‒Consuelo, ayúdame ‒le rogaba una débil Laura.

‒Espérame aquí. Te prepararé tu licuado. Ese es el que te ayuda. Ten el té, es muy importante que lo tomes ‒le decía Consuelo mientras agarraba un vaso de vidrio del estante y se dirigía hacia su choza.

Laura, al no poder estar en sus cinco sentidos, tomó el té de mandrágora y sintió un alivio impresionante que la hizo recobrarse de nuevo. Pero después de esa extraña revelación de Consuelo, no podría quedarse de brazos cruzados por lo que se puso a buscarla. Atravesó todo el maizal detrás de su cocina para dirigirse hacia la choza de Consuelo. Mientras se acercaba al lugar, escuchó un idioma extraño que no coincidía con un lenguaje humano reconocido. Rodeó el lugar sigilosamente y vio entre las tablas a un hombre alto y delgado. Era tan alto que no cabía en la choza. Calculaba que medía aproximadamente tres metros y su aspecto era totalmente extraño. Tenía una cara alargada con pequeños ojos de anfibio casi como dos puntos rasgados y de un fondo amarillo. Una nariz inexistente y unos labios finos y escurridos. Sus extremidades eran totalmente alargadas y en los extremos de sus manos tenía alguna especie de tentáculos de los cuales emanaba una secreción blancuzca y ligosa que la depositaba en el vaso de licuado. De no ser por el traje de tela que portaba, juraría que se trataba de una especie de artrópodo vestido de humano. Sus ojos no podían creer lo que veía. Se sentía mareada y todo le daba vueltas, por lo que poco a poco, casi a pasos arrastrados se dirigió de nuevo a su casa para acostarse en la cama. Al voltear para asegurarse de que no la estuvieran siguiendo, se percató de que la sirvienta estaba ya delante de ella. Fue casi como una aparición, por lo que Laura se detuvo bruscamente y se apartó pegando gritos de miedo con la adrenalina hasta el tope. De manera casi fugaz, Consuelo la detuvo de la blusa y la obligó a beber el licuado. Ahora sabía de donde venía su receta secreta y por qué tardaba tanto en prepararla. El hambre fue tan voraz que se tomó contra su voluntad todo el vaso de licuado.

‒Hemos pasado tantos milenios buscando un reservorio para nuestra descendencia. Y no voy a permitir que tú la arruines.

Laura sentía que todo su cuerpo temblaba de manera incontrolable y que mucho sudor emanaba de su piel.

‒Somos la raza olvidada y tú serás el vehículo de mi descendencia.

‒¿Descendencia? ‒preguntaba Laura aletargada y con dolores en todo su cuerpo.

‒Mi hijo ‒decía Consuelo mientras bajo su falda asomaban dos enormes brazos negros parecidos a las garras de una iguana seguidos de una pequeña cabeza peluda con grandes ojos amarillos que miraban fijamente a Laura.

Laura, con el gran malestar que sentía, no tenía miedo ni sentimientos algunos. Su único instinto fue echarse a correr pero le fue imposible. Sus piernas ya no le respondían por lo que se desplomó en las manos humanas de Consuelo, ésta la tiró al suelo y Laura haciendo bocanadas de aire en un anhelo de introducir oxigeno a sus pulmones, comenzó a temblar de nuevo de manera incontrolable. De todos los orificios de su cuerpo comenzó a brotar sangre en grandes cantidades y todos sus huesos comenzaron a triturarse sin parar. Sin sentir dolor, ni dar crédito a lo que pasaba en ella, Laura quedó poco a poco reducida a piel y sangre. En su abdomen se acomodaba una forma humanoide, luego comenzó a estirarse y a rasgarse como cera derretida, de la carne desgarrada salía un cráneo humanoide seguido del cuerpo de cefalópodo amarillo.

‒La mandrágora te maduró bien, hijo mío. Aunque no hayas salido de mí, eres mi hijo.

Consuelo tomó a la pequeña criatura de los tentáculos y observó el cuerpo invertebrado de Laura que yacía en medio del patio en un charco inmenso de sangre.

‒Alguien vendrá a limpiar este desastre. Vámonos solos tú y yo. Tu padre se tiene que quedar pues no vivirá mucho tiempo, pero yo te cuidaré por toda la eternidad hasta que puedas encontrar otro planeta para formar tu familia.

Sosteniendo tiernamente a su pequeño hijo, Consuelo levitó hacía el cielo oscuro y nublado de ese lugar, aterrizando lentamente en el volcán Chichonal, donde se sumergieron en las aguas termales para continuar su vida dentro de la tierra y así irse del planeta en la siguiente erupción volcánica.

Escrito por:paginasalmon

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