Fotografía de Gerardo Alquicira Zariñán

Lo compré en un lugar lejano, después de negociar un poco con el vendedor llegamos a un acuerdo.  Seguí las instrucciones tal como venían en la parte de atrás:

Deposítelo en un vaso de agua que haya estado en contacto con la luz de la luna, déjelo reposar todo un día y toda una noche. Duración: tres días.

Cuando lo saqué del agua y lo puse sobre la mesa, rompió la cáscara blanda y sacó una de sus manitas azules, después una piernita y enseguida su diminuta cara.  Su rostro me impresionó, era la definición misma de tristeza; sus ojos caídos me miraron contemplativos, su mirada melancólica me hizo recordar la soledad humana y la desgracia de estar vivo.  Comenzó a llorar una vez que salió por completo del huevo blancuzco. Fue un llanto silencioso, no había gritos ni berrinches como lo habría hecho un bebé, en cambio, hacía gemidos ahogados como si no quisiera dar molestias con su lamento. Cuando sus lágrimas empapaban su rostro, se pasaba sus manitas para secarse. A veces sacaba su pequeña lengua rosa y probaba las lágrimas que se escurrían por su boca, torcía el gesto y lloraba más. Jamás había visto una criatura tan desdichada como esa. La noche de ese mismo día, mientras yo estaba en mi estudio, se acercó y me dijo: “por favor mátame”. Había aprendido a hablar con tan solo oírme. Me miró con sus ojos llenos de vacío, llenos de muerte y desolación, yo no pude sostener la mirada. 

Al ver mi negativa, se fue sin decir nada, comenzó a rondar por la casa, descubriendo, explorando y una que otra ocasión lo vi jugando silenciosamente algo que solamente él entendía, como lo hubiera hecho un niño. Aquella criatura sabía que iba a morir en tres días, él se detenía para apreciar con aire nostálgico cualquier cosa: un florero, una ventana, una flor, lo hacía como si se despidiera de cada una. Yo lo dejé ser, lo dejé que anduviera por donde quisiera, incluso si rompía algo no me molestaba. Cuando terminó de explorar o al menos creyó que ya era suficiente, me pidió un libro, le dije que tomara el que quisiera; tomaba los libros con mucha dificultad porque sus manitas apenas lograban sostener el peso completo, se ayudaba de todo su cuerpo para cargarlos. Leyó casi toda mi biblioteca en una noche, desde los autores clásicos hasta los más vanguardistas; leyó todas las novelas y cuentos, ensayos y poesía. Disfrutó las novelas de fantasía, de amor, y no paraba de reír con la literatura de terror.

A veces se sentaba en la mesa de la cocina viendo hacia la ventana y contemplaba cómo caían las hojas de otoño, cómo el viento frío entraba y chocaba con su cuerpo; conocía su destino y lloraba todo el tiempo. La segunda noche volvió a pedirme que lo matara. Lo llevé a la cama y le leí un cuento hasta que se quedó dormido. Su último día lo pasé jugando con él; no hubo ni una sola lágrima en todo ese tiempo, en la noche, mientras cenábamos un cóctel de frutas, murió de repente entre un sollozo y un pequeño grito de dolor, dejando una ciruela a medio comer.

Fue la última vez que compré algo así.  

Escrito por:paginasalmon

2 comentarios en “Efímere | Por Rotvardem

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s