Fotografía por Manuel Alejandro

Estoy sentado en la banqueta de madera que fuera de mi abuelo. La fabricó cuando comenzó con el oficio de carpintero, hace ya más de 80 años. Fue en el tiempo posterior a que lo echaran de la fábrica, cuando tuvo que rebuscárselas en un país que le era ajeno y no le brindaba demasiadas alternativas. Con hambre y el par de ojos tristes de ese chiquilín que lo miraba con angustia, se vio obligado a aprender el noble oficio de moldear la madera. En el barro de aquel sufrimiento y la necesidad de subsistir, nació el mueble que ahora me sostiene.

Me acomodo mejor en la superficie plana y de figura redonda, y miro una vez más con súplica la tela blanca que se despliega ante mí. Soy artista plástico, más precisamente, pintor. Hace meses que no vendo un cuadro y la escasez de dinero se hace sentir; el hartazgo de comer fideos y racionar la yerba comienzan a socavar mí integridad. Busco desesperadamente en ese blanco impoluto una idea que me libere del bloqueo creativo que arrastro hace semanas. He recurrido a todas las técnicas aprendidas en la facultad y también aquellas que adapté a mí forma de ser a lo largo de los años. Ninguna funciona. Me siento perdido, aunque siendo honesto, me encuentro definitivamente asustado.

Para relajarme y permitir que la chispa creativa encienda mis sentidos, preparé la tela y ensamblé el bastidor con paciencia, prestando atención a los detalles. En otras ocasiones me ha funcionado, pero hoy los esfuerzos resultan infructuosos. Es humillante. Hasta intenté preparar una paleta de colores en la gama del rojo y el violeta, por si ese abanico de tonalidades seducía mi imaginación y la embriagaba con promesas de una obra que valiera la pena; mas el confinamiento de las ideas se ha mostrado tan sólido como la muralla china.

Conozco bien lo que me preocupa. No es la falta de ideas, es esa tozudez moral sobre mi concepción artística, lo que considero que me define y obliga como artista, la de representar mi obra y no parecerme a la de otro.

Sin embargo, observo a mis amigos de otras disciplinas subsistir, adaptarse a la realidad que nos envuelve: aquellos que son músicos se refugian en los covers para juntar unos pesos mientras continúan ensayando lo suyo; los audiovisuales filman ilusiones de un par de minutos para políticos o el estado y, en algunos casos, publicidades de dudosa calidad; los que se dedican a las letras mendigan su arte y oficio en periódicos y revistas que en otras circunstancias no se atreverían siquiera a leer, y los menos favorecidos —¡pobres ellos!— escriben ocultos en las sombras para desprenderse de sus ideas por un puñado de billetes y ver cómo otro disfruta del farsante reconocimiento.

Yo no puedo. Me resisto a intercambiar la inspiración y la búsqueda personal de la obra que me identifique por el deseo de un cliente que lo único que pretende es dar color y vida a una pared. El arte para mi es otra cosa: es identidad, locura, esencia y herencia materializada en una tela, no una burda representación. Eso es lo que me enseñaron en la facultad de Bellas Artes y por eso me convertí en pintor. Pienso esto y tenso los músculos de mi cara; la tela, blanca, no me devuelve nada.

Hace dos días recibí el llamado de una señora; buscaba que copie en una tela la foto que sacó en un museo en uno de sus tantos viajes. Intenté explicarle mi forma de ver el arte y los argumentos que sostienen mi integridad como artista, pero su respuesta solo consistía en aumentar la cifra. Argumentaba que me había buscado porque la recomendación sobre mí es que yo era realmente bueno y que dibujaba como los dioses, pero el obstáculo que me planteaba era que mí estilo no combinaba con su casa. Mal predispuesto por aquel comentario, pero necesitado de vender un cuadro, la invité a pasar al estudio. Con explicaciones complejas y cargadas de rigor académico le fui mostrando todas las obras que guardaba en mi atelier, buscando desesperadamente convencerla de la importancia de contar con una pieza original del artista. Amable y con cortesía, me acompañó en todo el recorrido sin esgrimir más devolución que algunos vocablos aislados y sin convicción. Argüí, como en una clase magistral, el vínculo de mi estilo tan original con el de grandes artistas de la historia de la pintura en un intento de seducir su elección, pero todo fue en vano. La simple señora solo quería aquel insulso cuadro que le remitía al instante de felicidad vivido en aquel lejano museo. Luego de ensayar un último intento de su parte de aumentar la cifra, nos despedimos cordialmente y regresé a mi atelier atiborrado de obras sin vender.

Desde aquel encuentro no he salido a la calle; perturbado por la experiencia regresé a los libros de arte clásico, aquellos gruesos volúmenes con la historia y las pinturas de los artistas del renacimiento, buscando en esas obras magníficas encargadas al autor algún indicio de confirmación de mi teoría. Las representaciones únicas de esos personajes y de aquellas familias adineradas, solo aportaron confusión a mi necesidad de certeza. Recorrí las páginas de los modernos, mis influencias, y también allí encontré una gran contradicción entre la búsqueda personal y la comercialización del arte.

El dilema me persigue y ha puesto en pausa mi deseo de crear. Para romper la inercia de esta parálisis es que decidí hace ya varias horas preparar este nuevo bastidor que se encuentra allí parado, indiferente, aguardando la crucial decisión de que un pincel lo acaricie y cubra de color. Pero la inspiración hoy se divierte conmigo y me arrastra a la locura.

Sin despegar los ojos de la tela blanca, abstraído de mi presente, deslizo con suavidad los dedos por el borde redondeado del banco de mi abuelo. El sufrido rostro de aquel viejo laburante se dibuja en el paño y allí comprendo todo. Le sonrío tristemente a su imagen difusa mientras tomo el pedazo de papel y marco el número de la señora.

Escrito por:paginasalmon

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