Fotografía de Manuel Alejandro

A pesar de que odio beber lo he hecho un sinfín de veces. Mi problema es que siempre busco, deliberadamente, inhibir un grado de consciencia. No existe un catador en mí para querer darle un sentido más profundo a unos tragos. ¿Qué carajos sé sobre fermentación siquiera? Tuve suerte de haber aprobado mis clases de Química. En fin, uno busca el efecto preciso que destruya ese grado de consciencia. ¿Cuál es el objeto? En mi caso, soportar a las “grandes mentes de mi generación”; sobre todo, soportarme a mí.

Todo sucedió en el cumpleaños de un gran amigo mío. Yo no planeaba asistir, no soy la clase de persona para esas cosas, además quería estar con mi pareja. ¿Qué clase de imbécil cambiaría estar solo con su chica por una fiesta? Ella estaba indispuesta y no podía asistir, pero si no hubiera sido porque insistió en que fuera de todas maneras, no estaría escribiendo esto.

–Solo iré un rato, nada más un rato –me despedí. No obstante, lo mundano de las fiestas siempre aparece y resulta eterno. Te mientes diciéndote que sólo será un rato, aunque sabes que no será de esa manera.

Me presento en la reunión con botana en mano, esto parece tranquilo. Solo hemos llegado cuatro, pero existe un gran error.

–C., tu pareja no pudo venir, pero mandó esto –me dicen mientras me enseñan una botella de tequila. Yo solo pienso en lo considerada que es siempre, aunque el subconsciente grite “¡Peligro!”.

Se hace tarde, llegan tres más y discutimos los trabajos que hemos realizado durante la última semana: un video para la clase más soporífera. Tengo de frente al equipo que hizo el mejor proyecto audiovisual. Yo, por mi parte, me encargué de hacer una basurita editada terriblemente con software libre, lleno de espacios donde solo hay voz en off y un fondo negro.

–Seguramente así lo planeaste, eso se hace mucho en el cine alemán – alguien me dice con un tono bastante seguro y profundo.

–Pero no puedes abusar tanto de ello, aunque se logró el efecto a la Méliès –alguien más le replica con ese mismo tono.

 ¿Ellos realmente pusieron atención en lo que vieron? Durante la clase, cuando se proyectaron los trabajos, quería que se acabaran lo más rápido posible, sobre todo el mío; entre más rápido terminara de proyectarse, más rápido me iba a casa. Poner o no poner atención me tenía sin cuidado y, de verdad, quería que nadie lo hiciera; ahora resulta que ellos, de alguna manera, lo vieron.

–Nada de eso –respondo de modo confuso. Luego me aventuro a dar algunas excusas de mi nulo talento cinematográfico y aclaro que me quedé sin material visual. Mis palabras nunca han sido tan honestas con respecto a un trabajo; esa pequeña cosa, si acaso quiso ser algo, no llegó a ser nada más que la pérdida de mi tiempo para una clase que no dio más que lo básico. Espero que no crean que, como Montaigne, es una falsa humildad, o peor, que crean que me adscribo a cualquier movimiento que tenga un prefijo.

Llegó el último invitado y se dispuso todo para abrir la botella de tequila. Si había un momento para huir, era ese. Ahora empezamos a beber… demasiado. Todo empieza a difuminarse en una sarta de necedades. De repente, solo quedamos tres en la sala.

–Tú eres mi mejor amigo ­–me dice otro y me comenta sus tristezas–. Sabes, la otra noche, ¿recuerdas la otra noche? pasaron cosas, muchas cosas —me dice con una sonrisa— y ahora no me importa–. La última línea la dice con un gesto de una persona a la que de cierta manera le importa.

Para amenizar, le mando al cumpleañero una playlist creada para estos momentos porque… ¿qué es mejor para las tristezas, que simplemente hundirlas en la contradicción de la música tropical? Letras tristes y música alegre. Ya con un poco de Margarita “la Diosa de la Cumbia”, Rigo es amor, Los Ángeles Azules y, sobre todo, Celso Piña se armonizaron las quejas. De repente, me percato de que el anfitrión desapareció, se fue a dormir. Literalmente entró a su cuarto y durmió, mandó todo al carajo. No lo culpo, yo hubiera hecho lo mismo, no sin antes correr a todos.

­–Te odio –me dice aquel que me llamó “mejor amigo”.

–Te amo –respondo. Estamos demasiado ebrios, simplemente quiero huir.

Le digo que ya me quiero ir, él duda. Al ver mi determinación, parece más asustado de quedarse con él mismo que de querer acompañarme. Suscribe la huida. Sin embargo, hay un problema: no encuentro la llave. ¿Dónde está la maldita llave? Sin poder encontrarla, voy a vomitar al baño, aún tengo suficiente grado de consciencia para no salpicar nada y lavarme las manos, pues incluso estando indispuesto los modales no deben perderse.

Así pasó el tiempo, le mando mensajes a mi pareja: ya me quiero ir, y no encuentro la llave. Aparece por fin alguien que no se encuentra ebrio y le pregunto por la llave.

–Ahí está en la puerta, siempre ha estado ahí.

Tomé la llave y nos fuimos.

Las luces de Guanajuato parecen fijas en un momento inexistente. Al ir bajando por la ruta, mi compañero me explica las ventajas de una sociedad anarco-comunista. Solo puedo reírme. No por escuchar otro oxímoron similar al de la música tropical, eso me lo dice sobrio y sobrio tengo que aguantarlo, sino porque desea tanto unos tacos que está dispuesto a expropiarlos a otro “camarada” borracho. Termino comprándole dos para que se calle y no le digo nada más. Quiero creer que no mentía cuando me dijo que me odiaba. Nunca tendré conciencia de clase. Por fin su callejón, nos despedimos.

Aún me falta mucho por recorrer; desde la casa de mi amigo hasta mi habitación son casi seis kilómetros. Si piensas que estar ebrio ayuda a no sentir tanto los pasos, no te equivocas. Sin embargo, por alguna razón empezaba a sentir el cansancio. Esta maldita ciudad se dice pequeña, pero es larga, rodeada de callejones infinitos que no pueden expandirse más, de distintas altitudes y olores, los cuales solo pueden existir en este microcosmos de pensamiento.

Llevaba un buen tramo cuando una figura se aproximó directo hacia mí. De repente sentí el puño en mi cara, pero no caí. Como si caminar ebrio y solo no hubiera sido lo bastante malo. Ya con el golpe dado, no supe qué hacer, ¿sería un asalto y al ver que no caía se arrepintió? Nada de eso tiene sentido, pero esta ha sido una noche sin sentido. Quizá sólo era un tipo resentido con la vida y decidió golpear al primer imbécil que pasaba frente a él, mea culpa.

Como es natural se la hice de pedo, sin embargo, con el poco grado de consciencia que aún me quedaba y tras la adrenalina del golpe razoné: “si empiezo un pleito tengo desventaja sustancial: estoy ebrio, no estoy armado y, lo más importante, tengo que llegar a salvo a mi hogar, con ella”. Así que nos enfrascamos en la típica pelea del gallito mexicano: mucho canto y pocos picotazos, todo ad nauseam.

Para romper con ello y para emprender la retirada, cometí lo peor que un estudiante de humanidades que se respeta puede hace: pronuncié las palabras más cliché, más soberbias y, sobre todo, más estúpidas que han pronunciado estos labios:

–Lee un libro.

En primer lugar, ¿cómo sé que no lee? Por lo que sentí, su puño pudo ser el resultado de una crisis existencial, de ver el vacío de la realidad, como Sartre. Quizá fue la insufrible tarea de leer libros de autoayuda y notar que la riqueza prometida no llegaba. Y si acaso no lee, ¿qué libro puede leer un tipo como aquel que golpea al primer imbécil que se le cruza de frente? Quizá cualquier recomendación que realice le pueda hacer un daño mayor. Ejemplos sobran, como aquel libro famoso que dicen que leyeron. Quizá a este tipo le pueda hacer mucho más daño y ahora no solo golpee a imbéciles borrachos en la noche, sino que lo haga a cualquier hora del día, y no exclusivamente a borrachos, presentando sus servicios como desfacedor de agravios y enderezador de entuertos. ¡Vámonos Goethe, que los perros ladren!

Después del enfrentamiento, y gracias a la adrenalina que me ocasionó, pude subir el callejón, aunque de cualquier forma mantenía un dolor en el pecho, una mezcla entre náusea, miedo, impotencia y odio que recorría mi cuerpo. Solo quería llegar a casa.

Entré en el cuarto solo para encontrarlo vacío. Me siento en el borde de la cama preguntándome si el golpe que me dio aquel tipo cambió toda mi existencia. Ella no está. ¿Acaso ya no es mi hogar? ¿Llegué o me perdí en el camino? De pronto el viaje parece a la deriva. Todo lo resume Pascal en que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa. Ahora las noches son solo mías, tristemente mías, en mi propio naufragio… Pero esta noche, el capitán, borracho… ¡salut!

Escrito por:paginasalmon

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