La literatura infantil se inscribe en el imaginario colectivo como fenómeno cohesivo, las figuras del lobo feroz, el hada madrina, la madrastra malvada, la bruja y el príncipe convertido en sapo no solo existen en la imaginación, sino también en la memoria de todos y todas. Cuando era niña, el lobo encerraba a la abuela en el armario y Caperucita se bastaba para derrotarlo y rescatarla. No fue sino hasta que leí el cuento en la escuela que me enfrenté a un lobo feroz que devora mujeres, y pasaron años antes de que ese mismo lobo feroz adquiriera el rostro del hombre con el que me topaba camino a la universidad. Porque todo aquello que se produce para niños está diseñado para leerse entre líneas. No, el contenido infantil son las líneas que traza la sociedad para que alrededor de ellas se escriban los individuos. Cuando era niña, el lobo solo era un lobo, para mi madre adulta no lo era, tal vez por eso el lobo de mi madre nunca se comía a Caperucita. De eso depende todo: quién se come a quién y por qué nos parece tan indecible un lobo come-niñas en un cuento para dormir. En este clásico, la comida es el hilo conductor de la trama, desde la canasta con pastel y vino, hasta la icónica frase “para comerte mejor”, el cuento de Caperucita Roja utiliza el registro de lo comestible –y lo no comestible– para representar los valores y las precauciones estimadas por una comunidad, pero la forma universal y atemporal de los cuentos infantiles permite que una obra como Caperucita Roja, escrita en la Europa Medieval, sea vigente en Latinoamérica del siglo XXI.

En la versión del cuento de los hermanos Grimm traducida y editada por Jack Zipes, el lobo devora a Caperucita y a su abuela, al final son rescatadas por un cazador que vagaba por el bosque y la protagonista aprende a no dejarse engañar por ningún lobo nunca más. La historia puede desgajarse, a grandes rasgos, en tres partes, cada una gira alrededor de un elemento comestible. Primero, el recorrido de Caperucita por el bosque camino a casa de la abuela y el primer encuentro con el lobo. Esta secuencia se centra en la canasta que lleva Caperucita para reanimar a su abuela enferma. Al salir de casa, la madre le advierte a la niña que no debe desviarse en el camino, “de lo contrario, te caerás y romperás la botella, y tu abuela no recibirá nada” (Zipes, 85). La madre no habla de lobos ni ningún otro potencial peligro para Caperucita, el objetivo del viaje es llevarle víveres a la abuela, y eso es lo que debe cumplirse a toda costa. Resulta curioso que el menú consista en pastel y vino, pues no es el tipo de comida que el doctor receta para combatir enfermedades. Sin embargo, no tiene porqué serlo, pues la comida en la literatura no cubre una necesidad fisiológica, sino simbólica. En un cuento infantil, tiene sentido que se presente algo que se asocia más con “comida para el alma”, que un caldo de pollo desabrido y una manzana hervida.

La elección de palabras para describir a Caperucita no debe pasar desapercibida, el cuento entero envuelve un concepto que, aunque termina atacando directamente, pareciera no querer hacerlo: Caperucita no debe ser comida, sin embargo, se le describe con adjetivos asociados con la comida en más de una ocasión. En la primera línea se dice que había una vez “una dulce pequeña” (Zipes, 85); este tropo es posiblemente uno de más comunes tanto en la literatura como en el lenguaje coloquial, nos habla de una naturaleza apacible, alegre y caritativa, de la promesa de convertirse en lo que Virginia Woolf llamaría “el hada del hogar”. Aquí vale la pena detenernos a considerar la labor de cuidados que desempeñan Caperucita, la madre y la abuela. Al presentarse con el lobo, Caperucita menciona que ella y su madre pasaron la tarde anterior horneando un pastel para levantarle el ánimo a la abuela. Las implicaciones de hornear un pastel no son evidentes, pero dicen mucho sobre la gastronomía trascendental y la carga afectiva de la comida: hornear un pastel requiere de mayor tiempo y esfuerzo que comprarlo, mismos que podrían invertirse en otra actividad, pero se decide invertirlos en el ser querido. El segundo adjetivo con el que se describe a la niña aparece durante el primer encuentro con el lobo, cuando éste piensa “¡qué jugoso bocadillo será para mí!” (Zipes, 86). La carga sexual de la palabra “jugoso” puede justificarse en un cuento infantil únicamente por su vínculo con la comida; el elemento sexual se difumina, pero la tensión sigue ahí. El cuento está construido sobre estas descripciones, es el guisante debajo del colchón que no se ve, pero que incomoda incluso a los lectores más pequeños, pero, sobre todo, a las lectoras más pequeñas. En ningún momento del cuento escuchamos: “Caperucita no es comida”, sino más bien un constante “Caperucita no debe ser comida”.

La segunda parte del cuento va desde la llegada del lobo a casa de la abuela, hasta la muerte de este; aquí todo gira alrededor de lo no-comestible, primero la abuela, luego Caperucita, y finalmente las piedras, y las implicaciones de comerlo. La bestia devora a la anciana sin parsimonia (nótese el contraste entre el cuidado de Caperucita y la madre al preparar el pastel, y la prisa con la que el lobo se come a la abuela) y procede a enfundarse su ropa y acostarse en su cama, convirtiéndose en la encarnación de la frase “eres lo que comes”. El lobo adopta la apariencia de la abuela, pero su cuerpo sigue siendo lo que Mijaíl Bajtín consideraría un cuerpo grotesco, y eso es lo que Caperucita nota al acercarse a la cama, en el diálogo más icónico del cuento:

–Oh, abuelita, ¡pero qué grandes orejas tienes!

–Son para escucharte mejor.

–Oh, abuelita, ¡pero qué grandes ojos tienes!

–Son para verte mejor.

–Oh, abuelita, ¡pero qué grandes manos tienes!

–Son para detenerte mejor.

–Oh, abuelita, ¡pero qué gigantesca boca tienes!

–¡Es para comerte mejor! (Zipes, 86-87)

Caperucita señala el cuerpo desbordado del lobo, mismo que refuerza la idea del cuerpo grotesco al relacionar cada uno de sus órganos con el mundo exterior. Éste es un cuerpo diseñado para acechar y cazar, de eso depende la animalidad del lobo que, a pesar de su comportamiento cuasi humano, no debemos olvidar su naturaleza salvaje.

Después de que el lobo se come a Caperucita viene una pausa, un silencio agobiante durante el cual el animal se queda dormido hasta que aparece el cazador y se da cuenta de lo que ha pasado, para rescatar a las víctimas decide usar unas tijeras para abrir la panza del lobo. Para deshacerse de la fiera y el peligro que representa, le llenan el estómago de piedras antes de volverlo a coser. Por si el castigo no fuera suficiente, el lobo cae al levantarse y muere instantáneamente. Comerse a la bestia parecería un desenlace adecuado, a fin de cuentas, ha sido cazado y Caperucita y la abuela deben estar hambrientas después de pasar todo el día en el estómago del lobo. Sin embargo, no lo hacen porque el lobo tiene tantas características humanas, que comérselo rayaría en el canibalismo.

La moraleja de la historia está estrechamente relacionada con la concepción de lo masculino y lo femenino y, aunque lo masculino puede cazar o ser cazado, lo femenino está limitado por su papel de presa con la opción de convertirse en superviviente. La dulce niña y la abuelita no pueden y no deben devorar a la bestia, de lo contrario, restaría su estatus civilizatorio. Pareciera que tanto Caperucita como la abuela son superiores a este juego de poder; pueden defenderse, pero jamás rebajarse al nivel de aquellos que se comen a sus enemigos.

La línea entre lo masculino y lo femenino, la cacería y autodefensa, el ser comido y el no deber ser comido, terminan de cuajarse en la última parte del relato, cuando, en otra ocasión, Caperucita visita a su abuela y en el camino vuelve a encontrarse con otro lobo. Esta vez, la niña sabe a qué tipo de criatura se enfrenta y no se deja engañar, continúa directo hasta casa de la abuela, a quien le menciona que “le dio los buenos días, pero su mirada era tan malévola que «me hubiese comido si no hubiésemos estado en medio del camino»” (Zipes, 88). Caperucita se ha familiarizado con el carácter predatorio de los lobos y ha aprendido a actuar con precaución. El registro del bosque y los animales que en él acechan coquetea con el del espacio público y el acoso, el espacio abierto por el que las mujeres debemos transitar, Caperucita no deja de visitar a su abuela por temor al bosque. Incluso sabe que el lobo se ha escondido en el techo para esperarla y poder devorarla cuando regrese a casa en la noche, pero ella y la abuela elaboran un plan para servirse de la gula del animal para deshacerse de él, privilegiando la astucia sobre la fuerza.

El lobo representa el deseo, somatizado a través del hambre, y termina ahogándose en su propio pecado al oler el agua que la abuela había utilizado para cocinar salchichas el día anterior. Una vez más, ese es el fin del lobo; a pesar de que se dan todas las condiciones para hervirlo y comerlo, hacerlo significaría traspasar una línea intraspasable, la línea entre lo humano y lo animal, entre lo decente y lo feroz. El lobo asumió el papel de la abuela tras devorarla, pero ellas no asumirán el rol de depredadoras. En cambio, el cuento termina con una pequeñísima victoria, “finalmente, Caperucita regresó a casa feliz y a salvo” (Zipes, 88). Caperucita aprenderá de la madre, de la abuela y de su propia experiencia a no convertirse en presa, pero jamás se convertirá en depredador. Caperucita y la abuela obran de manera preventiva. Ellas se cuidan solas en tanto evitan ser comidas, suceso que ni siquiera el astuto cazador pudo evitar. Tal vez mañana aparezca otro lobo, pero por hoy, Caperucita puede volver a casa segura. El final feliz del cuento reside en el no ser comida.

La simbología alimentaria está presente a lo largo de todo el cuento, tiene una relación estrecha con la feminidad y el lugar desde el cual se vive dicha feminidad: en el ámbito de lo doméstico, en tanto relaciones interpersonales, la comida implica afecto, cuidados y comunidad, mientras que, en el ámbito público, las connotaciones sexuales se vuelven mucho más evidentes con la representación del deseo. Este cuento puede interpretarse de dos maneras: como una historia más sobre enseñar a las niñas a protegerse de los acosadores en lugar de enseñar a los niños a no acosar, o como una historia en la que la niña deja de ser una damisela en apuros y aprende a cuidarse sola. Lo femenino no solo es lo doméstico en tanto que cuida y protege, sino también en términos de “lo domesticado”, lo que cocina, hornea y no devora. Este no es un cuento sobre estructuras de poder, de ser así, Caperucita y la abuela reafirmarían su victoria cenando un pay de lobo feroz. En este cuento, los y las lectoras se enfrentan cara a cara con su propia vulnerabilidad, la lección es que el lobo existe, depreda y debemos cuidarnos para no convertirnos en presas, sin embargo, todos podemos decidir no ser depredadores.

BIBLIOGRAFÍA

Gilbert, Sandra. “Master Belly and Our Daily Bread: A Brief History of the Literary Kitchen”. The Culinary Imagination. W. W. Norton & Company, 2014, pp. 81-112.

Zipes, Jack, traductor. “Little Red Cap”. The Original Folk & Fairy Tales of the Brothers Grimm: the Complete First Edition, de los hermanos Grimm. Princeton University Press, 2014, pp. 85-88.

Imagen tomada de INPRNT

Escrito por:paginasalmon

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