“Yo no sé nada de literatura infantil”, pensaba mientras esperaba mi entrevista de trabajo. Había llegado allí casi por casualidad y estaba a punto de quedarme por suerte. En toda una carrera de Letras no hubo ninguna alusión a aquella rama de la literatura. “Yo no sé nada de literatura infantil”, me repetía, y trataba de recordar algún libro de LIJ —en caso de que me aplicaran el peñanietazo— que se hubiese cruzado por mi camino en la escuela primaria. No recordé ninguno. Y no precisamente porque me encontrara leyendo Cien años de soledad a los ocho, sino más bien porque fue un período de mi vida casi carente de lecturas más allá de los libros de texto gratuito. En mi escuela importaban más las matemáticas. “Yo no sé nada de literatura infantil” recuerdo que me decía con tanta seguridad que, si en ese momento me hubieran puesto a escribir un ensayo para calificar mis habilidades de redacción, yo habría sido perfectamente capaz de llenar tres hojas explicando por qué no era la persona idónea para el puesto. Pero mientras iba armando en mi cabeza los argumentos para ese ensayo imaginario, olvidaba que en las vacaciones de mis doce, cuando pasé a la secundaria, mis padres me habían regalado la colección completa de los libros de Harry Potter, que devoré en un par de semanas; olvidaba también que después de ese verano, las canastas plásticas de los Libros del Rincón parecían de pronto más fluorescentes de lo normal, y que tomé prestados de ellas cuantos tomos cargaban, de los cuáles aún recuerdo Dedos en la nuca con especial cariño; por último, e irremediablemente imperdonable, también pasé por alto que mi libro favorito era, es y será por siempre El principito. Si bien era cierto que no sabía casi nada de literatura infantil, estaba ignorando el hecho de que el estar ahí sentada, muerta de nervios, era gracias a que la LIJ había llegado a mi vida en el momento justo.

La fortuna a veces nos juega a favor y, con todo e inseguridades, pasé a formar parte de la Coordinación de Obras para Niños y Jóvenes del Fondo de Cultura Económica. Una de mis principales labores era encargarme de que los libros indicados llegaran a los ojos indicados para que, después de una lectura cuidadosa, se tomara una decisión con respecto a su posible publicación. Recuerdo que un libro llegó en un correo con carácter urgente: una editorial alemana nos ofrecía sus derechos y requería una respuesta casi inmediata. Eran momentos de mucho trabajo y ese correo urgente llegó a acumularse con otros tantos, también urgentes, en la bandeja de entrada de las personas indicadas para leerlo. Pasó quizá más de una semana antes de que pudiéramos reunirnos a comentar las propuestas, como solíamos hacerlo. Aquella en específico había causado en todo el equipo reacciones diversas: no solo trataba sobre la muerte de un ser querido, sino que lo hacía desde una perspectiva tan cercana y honesta que había removido fibras sensibles en cada uno: sí, a todos nos duele ver sufrir a una niña, pero ser parte de ese sufrimiento, desde dentro, te vacía. “Es demasiado intenso”, dije tratando de argumentar porqué me parecía que no era una propuesta ideal para agregar al catálogo; “¿Y por qué consideras que los niños no pueden sentir intensamente?”, rebatió alguien. Creo que fue ese momento en el que entendí de qué se trataba la LIJ en realidad.

De aquella experiencia aprendí lo que para mí debería de ser la clave para todo aquel que pretenda editar LIJ: no subestimar al lector. Así como que la buena alimentación desempeña un papel fundamental en el óptimo desarrollo infantil, tendría que resultar evidente el hecho de que hay que nutrir con productos literarios de calidad a las mentes jóvenes que están ávidas de conocimiento como jamás volverán a estarlo. Jorge Volpi anota en Leer la mente que la literatura guarda en sí la memoria de lo que históricamente ha significado ser humano. Pues bien, una de las principales funciones de la LIJ es acompañar al infante en el descubrimiento de su humanidad: orientarlo en el reconocimiento de sus emociones, habilitarlo para ser una persona empática, situarlo en su papel como ente social, estimularlo a hacer uso de su incipiente capacidad crítica y, con todo lo anterior, hacerlo consciente de su propia complejidad.

En mi chapuzón vertiginoso a esta literatura descubrí obras como Secreto, Los días raros, La marca indeleble y Los fantasmas de Fernando que, entre muchas otras, apelan a públicos de diferentes edades para comunicarles que no solo es normal, sino que es deseable y necesaria la autoexploración: ¿por qué actuamos como actuamos? ¿Por qué sentimos lo que sentimos? ¿Cómo se relacionan nuestros sentimientos con nuestras acciones? ¿Qué hacer con esos sentimientos? El primer paso para poder manejar algo es nombrarlo, y ¡cuánta inteligencia emocional está siendo negada a los niños al apartarlos de la literatura! También me encontré con títulos como El cristal con que se mira, Buenas noches, Laika, La niña del canal y Una botella al mar de Gaza, que son una apuesta doble por la empatía: por un lado, la lectura conlleva siempre “pensar” las palabras de alguien más, internalizar el discurso ajeno; por otro, están sus personajes, que se deciden a emprender ellos mismos la exploración hacia qué es lo que pasa cuando te atreves a ponerte en los zapatos del otro. Libros como La abuela tejedora, Gravedad artificial y Paisaje con mano invisible exhortan al cuestionamiento del entorno en el que vivimos, y alientan a ser agente de cambio.

Resulta indispensable decir que esa búsqueda humana no se detiene en los primeros años: en la adolescencia también surgen nuevas sensaciones y emociones, otras inquietudes por explorar. Aún recuerdo que, en mi clase de literatura, en segundo de secundaria, el profesor decidió que ese semestre leeríamos Aura. ¿Qué clase de ecos podía producir en nosotros aquella obra? No se trata, nuevamente, de subestimar a los jóvenes o de pensar que por su falta de experiencia sean incapaces de disfrutar un texto como el de Fuentes; se trata más bien de ser empáticos, de buscar material que resuene al mismo tono que el lector, y de reconocer, finalmente, que la LIJ no es una suerte de género “menor”, ni carente de calidad literaria. Juan Villoro dijo alguna vez que no se entra a la literatura por la puerta grande, y es una verdadera pena vivir en un país con una producción de LIJ tan vasta que es ignorada y, por ello, reducida, cuando debería de ser utilizada como puente para conectar los libros indicados con sus potenciales lectores. Vivo convencida de que el rumbo de muchas vidas podría ser redireccionado con ese sencillo acto.

En las carreras de Letras hay un gran número de estudiantes que, posteriormente, se dedicarán a la docencia, y por ello resulta de primera importancia empezar a incluir esta literatura en los planes de estudio, pues su invisibilización deviene en desconocimiento, y éste, a su vez, en marginación. Me gusta pensar que, para los estudiosos de las letras, incubar lectores no es una meta profesional sino personal, y que el cambio social que le atañe a nuestra trinchera empieza por allí. La LIJ resulta esencial.

Ahora bien, hace falta especificar que, aunque la LIJ sea una herramienta útil para utilizar en las aulas y para orientar a niños y jóvenes, ésta no se reduce a una serie de manuales, ni a un conjunto de fábulas moralizantes que les indiquen qué creer y cómo pensar. Por el contrario, el papel de la literatura siempre será el de expandir horizontes, y es quizá esa cualidad la que hoy cobra más relevancia social que nunca. Las infancias y las adolescencias enfrentan cada una sus propios retos en términos generacionales y, en la actualidad, uno de los principales es el cúmulo de información desmedida a la que están expuestas: no solo están en contacto más directo con otras culturas, lo que puede llegar a ser confuso, sino que sus mismas sociedades están experimentando procesos significativos de transformación, influidos muchas veces por ese contacto. No hace falta decir que establecer en la literatura nociones dogmáticas entre bien y mal, correcto o incorrecto, sería insuficiente y caduco. En pos del discernimiento, resulta indispensable proporcionarles lecturas tan diversas, complejas y variopintas como el mundo que habitamos. No necesitamos ciudadanos adoctrinados, sino personas críticas. La tarea del nuevo lector es aprender a cuestionar, a penetrar la membrana de lo evidente y profundizar en las causas para llegar a conclusiones más conscientes, no solo de la lectura sino de sus propias nociones. Louise M. Rosenblatt lo apunta en La literatura como exploración:

Al poner al descubierto sus propias generalizaciones los alumnos pueden llegar a sentir la necesidad de ordenar su espacio mental. Verán con cuánta frecuencia los han dominado algunas ideas, solo porque las han oído repetirse una y otra vez […] y verán la necesidad de un fundamento más razonado para sus pensamientos y juicios, de un sistema de valores más conscientes.[1]

Lo anterior constituye un argumento del porqué no se debe sobreproteger a los pueriles lectores en su acercamiento con los textos. Durante mi estadía en el Fondo, algunos colegas solían pedirme recomendaciones de lecturas para sus alumnos, y se aseguraban de añadir el requisito de que no contuviesen “nada que pudiera escandalizar a los padres”, ¿qué clase de juicio ejercitaremos si solo les proveemos libros de situaciones ideales? Tampoco pretendo ser demasiado dura: entiendo que el límite puede llegar a ser poco evidente, sobre todo en la sociedad actual en la que, por fortuna, se está tomando cada vez más consciencia de las implicaciones del discurso.

Recuerdo que yo misma dejé de leer El Cuentacuentosspoiler alert— después de que Ana, la protagonista, le perdonase a Abel su abuso sexual. Abandoné el libro en mi buró como forma de protesta, y rematé enterrándolo bajo otros títulos. Cuando terminé de leer el resto, volvió a quedar en la superficie y decidí terminar lo poco que me faltaba, pero nuestra reconciliación no fue total. Tiempo después vino a México la autora, Antonia Michaelis. Entre sus actividades dentro de la FIL Guadalajara se encontraba la visita a tres preparatorias, pues su libro había sido seleccionado para el concurso Cartas al Autor. En dos de los centros educativos, los alumnos cuestionaron a la autora —de manera casi desafiante— sobre la decisión de Ana, ¿no era una forma de inducir a los jóvenes a la creencia de que “el amor todo lo perdona”? En ambas ocasiones, la respuesta de Michaelis fue contundente: en primer lugar, debíamos dejar atrás esta idea —que nos viene como reminiscencia colectiva de los exempla y los speculum principis, supongo— de que los libros son ejemplos a seguir; que en ellos hay personajes circulares que toman buenas y malas decisiones, y que en sus libros, de hecho, había por lo general bastantes de las últimas; ésa, agregaba, era su forma de incordiar: un lector incómodo era mucho más activo porque tenía que echar a andar su maquinaria mental para analizar y resolver por sí mismo el dilema de la forma que le pareciera mejor; y que un lector contrariado hablaba, discutía y generaba espacios de diálogo.

¿Cuál era, entonces, el límite con la normalización? Después de escuchar a la autora me hice aquella pregunta por primera vez. Me di cuenta de que no había nada en el texto que, pese a la decisión de Ana, le restara gravedad al abuso sexual, y a los sometimientos a los que Abel era constantemente expuesto por necesidad. En cambio, si nos remitíamos al desenlace, nos hacíamos conscientes de las implicaciones que tienen la marginación y la violencia cuando están inmersas dentro del ambiente en que se desarrollan los niños y jóvenes. Aunque son panoramas totalmente indeseables, son también, por desgracia, totalmente posibles, si no en su entorno más próximo, quizá puedan encontrarlos por ahí, en la casa de un amigo o al rodear la esquina. La lectura de todo tipo de situaciones, con una amplia gama de personajes, nos orientan a ser más conscientes del mundo que nos circunscribe, nos aguzan la sensibilidad, nos vuelven empáticos y nos aportan herramientas para saber cómo reaccionar.

Conozco la importancia de generar espacios de reflexión sobre la LIJ porque no pretendo que todos allá afuera conozcan lo que yo aprendí por mera serendipia. Entiendo a mi vieja yo, intentando no perturbar el ánimo de los jóvenes lectores al leer ese libro; entiendo el llamado de atención que me hizo Horacio —ahora Coordinador del área—, en su afán de hacerme saber que, ahí afuera, podría haber una niña buscando reconocer en alguien más sus propios sentimientos y, con ello, sentirse acompañada; entiendo la necesidad que hay de proveerle literatura a los niños que no los sobreproteja, ni los subestime, y los reconozca como individuos que cohabitan con nosotros este mundo naturalmente intenso, en calidad de iguales; y, finalmente, comprendo la responsabilidad que tienen los editores, los promotores, los docentes y todos quienes se dedican a acompañar a nuestros niños y jóvenes en el reconocimiento de ellos mismos y del mundo, de hacerles saber cuán valiosa resulta la literatura en esa hazaña.

Ese libro se publicó, pero no fuimos nosotros. En esa semana de retraso, la editorial ya había cerrado el trato con alguien más. Muy poco tiempo después, me encontré con la nueva edición en algún estante de la FILIJ. La compré sin dudarlo y volví a leerla. Algunas de las partes más “intensas” se habían ido.

Ilustración “Dragon reading to a group of children

de Quentin Blake


[1] Rosenblatt, Louise M., La literatura como exploración, FCE, México, 2002, p. 143

Escrito por:paginasalmon

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