Se levantó de la cama con un fuerte zumbido retumbando en lo más profundo de su cabeza. Gino Stecadia, ciudadano italiano que radicaba en la Ciudad de México desde hacía un buen tiempo, se preparó para cumplir los deberes que lo aguardaban a lo largo del día a pesar del creciente dolor que se iba apoderando de su cabeza. Caminaba pesadamente, con la respiración entrecortada, el dolor punzando en regiones ocultas de su cerebro, sintiendo palpitaciones en sus sienes. La gente se apartaba insensiblemente de él, pensando que seguramente tendría alguna enfermedad contagiosa. Simplemente lo miraron con asco, como si el hecho de estar enfermo lo volviera menos humano.

Tratando de encontrar un remedio, el italiano se acercó a una farmacia en cuanto cumplió con la primera diligencia que había consumido toda su mañana. La cajera era una jovencita morena bastante guapa, o al menos así se lo pareció a Gino unos instantes después. Mientras frotaba enloquecidamente sus sienes, intentando aliviar por un instante el dolor que lo acosaba, Gino le dijo a la cajera, usando el mejor español que había aprendido en aquellos años, que le vendiera lo más pronto posible un paracetamol. La chica observó detenidamente aquellos ojos dilatados, inyectados en sangre por la presión y decidió aplicarle “el tratamiento”. Guio al italiano hasta la bodega de la tienda, y abriéndose los primeros botones del uniforme, intentó encandilar al hombre delante de ella. Debido a la debilidad que estaba padeciendo en ese momento, Gino apenas podía ver, pero se quedó quieto en cuanto pudo observar a la chica.

Ella simplemente agarró la cara del hombre entre sus manos y, tratando de moverlo lo menos posible, le asestó un mordisco en medio de la nuca. El italiano quiso gritar por el nuevo dolor que estaba experimentando, pero aquellas delicadas manos se lo impidieron, era como si el insufrible dolor de cabeza que había padecido se hubiera evaporado. Más que nunca, fue consciente del ruido que hizo su carne al desgarrarse. La sangre comenzó a salir a grandes chorros, manchando el piso blanco del almacén…

Cuando Gino se despertó, estaba en la camilla del consultorio de la farmacia con un pañuelo frío sobre su frente. Ahora se sentía mucho mejor, el dolor de cabeza había desaparecido. La chica sonrió amablemente mientras lo ayudaba a levantarse y lo condujo hasta la salida.

Gino Stecadia estaba bastante seguro de que aquello no había sido un sueño, se tocó la nuca para comprobar que tenía razón, pero no sintió nada. Se alejó de la farmacia con un gesto confundido mientras la chica se relamía los labios por el pequeño festín que acababa de darse con el malestar de su paciente.

“En verdad, amo mi trabajo”, pensó ella antes de seguir esperando por su siguiente comida de la tarde.

Ilustración, “The love potion” de Evelyn de Morgan, 1903

Escrito por:paginasalmon

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