Fotografía de Manuel Alejandro

Nunca sabrás que día llegará la desgracia.


Todos vivíamos normalmente en el pueblo de San Mateo, una población de no más de cinco mil habitantes. Se disfrutaba bien de sus extensos valles, fértiles tierras y de sus ríos llenos de peces. Cada uno de los pobladores aprovechaba lo que tenía, lo apreciaba como un tesoro que debía cuidar con todo el tiempo que pudiera, pues tarde o temprano podría acabarse. Nos habíamos acostumbrado también a ver salir de los hogares a familiares que tal vez nunca regresarían: era parte de vivir en San Mateo, si bien parecía una maldición, era un pago hacia la abundancia y fertilidad de todo lo que crecía y brotaba de sus tierras. Suculentas frutas exóticas, ricos vegetales, borregos lanudos, grandes vacas y toros, hongos de todos los colores y hermosas flores, un agua cristalina tan limpia y fina en los ríos, enormes montañas que guardaban secretos y riquezas.

El clima era templado y regularmente caía una lluvia tan abundante que presagiaba lo peor…  para quien fuera alcanzada por ella.

Cierto día Alberto acudió al mercado del pueblo. Debía comprar algunos ingredientes para las comidas de unos días, en los periódicos se notificaba que la temporada de lluvia llegaría pronto y estas serían más comunes que de costumbre. Cada uno de los pobladores debía asegurarse con provisiones, para no morir de inanición, porque durante eso no se debía salir.

Pronto, el cielo se oscureció, una gran cantidad de viento azotaba a los árboles y formaba pequeños remolinos que desaparecían al cabo de unos segundos. Unas descomunales nubes grises se acercaban a lo lejos. Alberto cargó sus bolsas y corrió hacia el tejado de una gran casa. Ahí se acomodó y trató de subirse sobre un barril que estaba ahí afuera. Se sentó y presenció el fenómeno.

Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer y mucha gente se resguardaba en cualquier lugar que les diera un poco de cobijo. En la lejanía, el torrencial de agua se acercaba como un velo, poco a poco avanzaba y consumía todo a su paso. Algunas personas corrían intentando huir de la lluvia, pero eran atrapados. De a poco, las gotas empezaban a desintegrar sus cuerpos y sus pertenencias caían al suelo y, tal como tenue capa de vapor, su existencia era consumida por la lluvia. Su ropa caía al suelo tal como una piel sin dueño.

Algunas personas, por alguna extraña razón, acudían a la lluvia con una inusual devoción. Se quitaban sus prendas y salían a la calle, ahí miraban al cielo y lentamente desaparecían, evocando un vapor celeste que subía hasta las nubes. Algunas personas aplaudían y otras solamente lloraban de tristeza o alegría. Era un acto sagrado entregarse a la lluvia. Fuera por accidente o mera ofrenda, todo era parte del proceso de vida dentro del pueblo.

Entregarse a la muerte líquida.

Alberto se quedó asombrado al ver semejante espectáculo. Trataba de asimilar aquello, y aunque todo eso era tan normal como la salida del sol por las mañanas, la escena no dejaba de ser perturbadora. La tormenta eventualmente se disipó y el cielo despejó sus nubes, dejando a su paso un tibio sol.

El joven prosiguió su camino a casa y pudo observar los restos de las personas evaporadas: quedaban a su paso unas grandes rosas de color celeste que salían de la tierra. Aquello era una muestra del amor que rendía la naturaleza al pueblo, pues los familiares pasaban a llevarse aquellas flores, las plantaban en sus patios y quedaban como un recuerdo de sus parientes.

A cada persona que desaparecía, se le rendía especial tributo. Su nombre se plasmaba en el tronco de una enorme secuoya que se hallaba en el centro del pueblo. Era denominado el árbol de los ancestros. La vida seguía y seguía en el poblado. Por cada persona ida, algún bebé nacía en algún lugar de San Mateo. Todo formaba parte de un equilibrio, un cambio sincronizado lleno de completo misterio.  

Escrito por:paginasalmon

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