La primera semana en mi nuevo hogar coincidió con el inicio de la pandemia y transcurrió con aires de desánimo. Desempaqué y acomodé mis pertenencias más rápido de lo planeado. Lo siguiente fue adaptarme en medida de lo posible al aislamiento, trabajar desde casa, intentar sobrellevar las desorganizadas clases en línea, salir sólo para hacerme con los bienes básicos esenciales.

La rutina no fue consistente. Finalizadas las primeras dos semanas, hechos sobrenaturales se manifestaron sin previo aviso. Sucesos que a estas alturas de la historia humana pueden considerarse clichés escritos e imprescindibles dentro del terror, tales como: luces que se prenden y apagan, objetos que se mueven y cambian de lugar, amén de ruidos apenas perceptibles, entiéndase: susurros, lamentos lejanos, risas ocasionales y alguno que otro sonido de carácter animal semejante a gruñidos, gemidos y berridos. Mi postura ante la situación fue de completo desentendimiento. Al considerarme un gran escéptico, analicé la situación con la cabeza fría y, debido a diversas circunstancias de fuerza mayor, no podía permitirme más cambios que desembocasen en una prolífera fuente de problemas que condujeran a la eventual ruina.

Tal vez ante mi nula respuesta, las manifestaciones se tornaron más agresivas y frecuentes. Ahora percibía siluetas por el rabillo del ojo, las voces eran más claras y musitaban mi nombre, algunos objetos eran arrojados con violencia y muchos se rompían; incluso llegué a encontrar diversas marcas sobre las paredes, ventanas, espejos y demás superficies. El punto culminante del asunto se suscitó durante una noche de insomnio: no podía dormir, había realizado pocas actividades durante el día y las fuerzas aún residían en mi cuerpo; además, el hecho de sentirme observado no ayudaba. Comencé a conciliar el sueño a eso de las tres con treinta de la madrugada cuando me invadió una parálisis del sueño. Luché para abrir los ojos y en un instante me vi rodeado de… “apariciones”.

Todos estos seres me observaban en derredor. Los ojos de algunos lucían como tenues destellos rojos apenas perceptibles bajo el manto de la oscuridad, otros me apuntaban con sus cuencas vacías en total silencio. La mayoría tenía piel azulada, otros ni siquiera tenían piel o carne, pocos vestían el típico manto blanco con manchas negras y rojas de dudosa procedencia y también presentaban una que otra herida visible, algunos estaban deformes y los restantes desnudos o cubiertos de pelaje. Era evidente que se encontraban enojados o, cuando menos, irritados. 

Una sombra proyectada en la pared rompió la quietud y reclamó mi falta de consideración ante los múltiples intentos por tan siquiera sacarme un susto. En el momento en que todos exclamaron sus quejas ya no parecían tan amenazantes. Fue un sentimiento bastante agridulce, he de decir. Luego de un prolongado intercambio de palabras les puse al tanto de la situación con respecto a la pandemia mundial y llegamos a un acuerdo de convivencia. 

Al menos mi rutina se ha vuelto más interesante. Por las mañanas me siento a desayunar frente al espejo para conversar con Fernanda, cuando tomo una ducha ensayo canciones a capela con Jorge, el pequeño Luis y yo dibujamos y pintamos en la mesa, en las tardes veo películas junto a las sombras y con pequeños seres tímidos que no se dejan ver; de manera involuntaria, me he enterado de algún que otro chisme de los vecinos gracias a Aurora; por las noches, el monstruo bajo mi cama y yo jugamos juegos de mesa y, en las madrugadas, tengo batallas de baile por mi alma contra el demonio de mi habitación. 

Ahora sé por qué el alquiler era tan bajo.

Barbara Diener “Shadow Figure“.

Escrito por:paginasalmon

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