Al ocaso, llegan las patrullas, miro las luces rojas y azules entre las persianas. Esperaba que mi primera reacción fuera miedo, pero no lo es, entiendo que al fin han venido por mí, pero no siento absolutamente nada, registro la información como si fuera un dato mundano más, como que el mar es azul porque refleja el color del cielo, la muralla china mide más de veintiún mil kilómetros… Me van a meter a la cárcel por haber matado a alguien hace tres días.  

            No le tengo miedo a la muerte. Me parece que es tan necesaria como la vida, pues esta es lo que es solo porque no es muerte. Una no puede existir sin la otra, siempre van de la mano, como si estuvieran enamoradas y manifestaran su unión a través de la libido. La libido, como la muerte, ha regido mi compás desde que era bastante joven: trece años exactamente, cuando un perro se me murió y, como estaba triste, dejé que un chico cinco años mayor que yo me tocara debajo de la falda, y me gustó. ¿No le llaman a eso, después de todo, la muertecita? 

            Ojalá nunca hubiera nacido. Mejor aún, ojalá hubiera nacido sin cuerpo o con un cuerpo inservible. De esa forma, jamás habría podido obsesionarme con Juan, ni estaría en esta situación. Todo es culpa de mi maldito cuerpo, este vehículo de carne semipodrida que existe para provocar a la bestia irracional que inherentemente soy.  

            Los policías llegan corriendo y golpean mi puerta con tanta violencia que cierro los ojos instintivamente. Me gritan que abra, que ya saben que estoy adentro, que me llegó la hora. Son varias voces, todas masculinas. Siento repugnancia. Preferiría quedarme ciega a ver un hombre a la cara de nuevo. Impulsada por este desprecio, interrumpo mi estado de sopor, tomo mi bolso y me salgo de la habitación por la ventana. Este motel es de un solo piso, por suerte, y los idiotas de los policías no saben de esta ventana trasera; ni se les ha de haber ocurrido preguntarle al encargado. Idiotas, ineficientes, mediocres, como todos los funcionarios públicos en este país. Quiero largarme a otro lugar. Debí haber hecho eso desde un principio. Cualquier pinche lugar bastaría, con que fuera lejos de aquí. Estambul, Lagos, Sri Lanka, Santiago, donde sea, solo lejos del motel y las patrullas y el centro comercial y el venado de luces y los gritos de dolor de Juan.  

            –¡Oye tú! 

            Corro hacia la cerca oculta tras los árboles. Si me la brinco, entro a un cerro inclinado, por el cual puedo escapar. Seguramente los policías están gordos, así que no podrán alcanzarme ni corriendo, y como no pueden meter un carro hasta acá, podré ocultarme entre los matorrales hasta el anochecer para finalmente regresar a la ciudad, subirme a un camión rumbo al sur y dirigirme al aeropuerto más cercano.  

            En cuanto llego a la reja y empiezo a treparla, me doy cuenta de lo mucho que mi bolso estorba, pero al principio me rehúso a dejarlo. Necesito mi cartera y mi teléfono, y sin el bolso me estorbarían más. Pero entonces escucho a los policías acercarse, los veo de lejos y noto que un par sí podrían alcanzarme. Rápidamente, suelto el bolso y vuelvo a intentar trepar, pero estoy demasiado nerviosa, los hombres se acercan, no entiendo cómo es que llegué aquí, aunque todavía puedo oír claramente el sonido de sus huesos romperse bajo las llantas.  

Me va a interrogar una mujer y eso me alivia porque en cada barba, quijada, ceja poblada de un policía, veía a Juan. Esperando en el cuarto de interrogación con una Coca fría entre las manos esposadas, no puedo evitar recordar la primera vez que lo conocí.  

Fue en un bar el verano pasado. Yo estaba celebrando con mis primas que una de ellas se había graduado de la universidad y él estaba en la despedida de soltero de uno de sus mejores amigos. Los grupos de ambos terminaron ahogados de borrachos, pero yo y Juan éramos los que más aguantábamos, e incluso empezamos a competir con shots de tequila. Recuerdo que él los pagó todos y no dejaba de mirarme los senos.  

            Nos vimos solamente cinco veces y en ninguna ocasión mencionó a su familia. Solo me dijo que me amaba, que nunca se había sentido así antes, que le temía a la vulnerabilidad, pero conmigo se sentía tan cómodo que deseaba bajar la guardia, que sí lo quería intentar. También me dijo que se quería casar conmigo, pero esa no se la creí, pues lo dijo en el suspiro justo después de venirse. De todos modos, decidí interpretarlo como una hipérbole del amor tan profundo que él sentía por mí; por eso le respondí que yo también me quería casar con él. La cosa es que, al poco tiempo, yo dejé de ser hiperbólica. 

            La policía, o detective, o lo que sea, llega en ese momento. El rostro lleno de ternura de Juan se desvanece y es reemplazado por el rostro angular y tenso de una mujer morena en sus treintas. Me mira fijamente con las cejas bien rectas, los labios apretados y los brazos cruzados sobre su amplio pecho.  

       –Señorita Jiménez –dice–, mi nombre es Susana Cortés y…  

      –Ya confesé que lo atropellé a propósito. No quiero un abogado ni nada, solo enciérrenme y ya.  

            La mujer frunce el ceño. 

            –Soy una especialista en salud mental, señorita. Me encargaré de determinar su estado psicológico. Con esta información se podrá tomar una decisión pertinente en cuanto a su sentencia.  

            Entonces solo tienen que decidir entre mandarme a una cárcel o a un hospital psiquiátrico. Ojalá que sí me manden al hospital; de seguro hay gente muy interesante ahí y, además, podría estar drogada todo el día.  

            –Señorita Jiménez –continúa la especialista–, necesito que me responda unas preguntas. 

            Pongo los ojos en blanco, pero asiento. Inmediatamente, ella saca una libreta pequeña y una pluma del bolsillo de su chaqueta. 

            –¿Por qué motivo cometió su delito? 

            –Porque me enamoré.  

Cuando volví a verlo después de que me bloqueó, yo ya estaba saliendo con alguien más, otro hombre que había conocido en un antro. No me interesaba en absoluto, pero él no dejaba de buscarme y ese día era catorce de febrero. Le pedí que fuéramos al concierto de Sin Bandera porque, usando una cuenta nueva que Juan no conocía y por lo tanto no tenía bloqueada, vi en su Instagram que estaba con una mujer rubia de dientes grandes y que le había regalado boletos para el concierto por San Valentín. Vi también que en realidad llevaba siete años de casado con ella y tenían un hijo pequeño. Juan siempre me llevaba a un motel –el mismo al que me fui a esconder de la policía– y decía que era porque los moteles le excitaban. Asumí que en algún punto me llevaría a su casa al fin, que solo tenía que ser paciente y dejarlo entrar en confianza, pero eso nunca sucedió, ni sucedería, y ahora sabía por qué. 

            Me sentí traicionada, enojada y profundamente triste, pero necesitaba verlo de nuevo, aunque sea un rato y de lejos. Solo quería comprobar la realidad, verlos juntos, ver si se amaban. A lo mejor solo estaba con ella por el niño. A lo mejor la odiaba y me extrañaba y necesitaba mirarme una vez más para recordar que me prefiere a mí, que yo le doy la vida que él realmente quiere y merece.  

            –¿Fue esa la primera vez que acosó a Juan Gutiérrez? 

            –Sí. 

            –¿La primera de cuántas, aproximadamente? 

            Lo pienso por unos instantes. El concierto de Sin Bandera fue en febrero y ya estamos en… ¿noviembre? No, diciembre. En el centro comercial ya estaban las decoraciones navideñas. Él se distrajo con el venado de luces gigante, por eso lo recuerdo bien.  

            –Lo seguí una vez por semana, por casi todo un año. Hágase las cuentas. 

            La especialista escribe algo en su libreta y, mientras está distraída con eso, observo su rostro de cerca, esperando hallar algún indicio de lo que opina de mí. ¿Ya habrá decidido si estoy loca? ¿Me odia por lo que hice? ¿Cree que merezco ser castigada cruelmente? ¿Empatizará conmigo? 
            –¿Usted ha estado enamorada, señorita Cortés? 

            Se detiene en seco y me voltea a ver con su perpetua seriedad sombría. Ni siquiera así logro sacarle una reacción legible.  

            –Eso no es relevante –me contesta en un tono nivelado–. Por qué no mejor me cuenta acerca de la noche del dom… 

            –Es el sentimiento más hermoso que he sentido en toda la vida. Me llena e hincha el pecho y me acelera el pulso con solo recordarlo, ¡de verdad es mejor que un orgasmo! –me carcajeo–. Es el estado más puro y noble del alma misma. Podría seguir intentando describirlo, pero creo que no hay palabras que le hagan justicia. Es algo que se vive, no se describe. 

            –¿En eso pensaba la noche del domingo pasa…? 

            –Algún día se enamorará, señorita Cortés, y le prometo que se acordará de mí. 

Me pregunto si su último día de vida habrá sido feliz. Imagino que sí. Fue un domingo soleado pero frío y la familia salió de casa desde las once de la mañana. Fueron a andar en bici al parque y luego a almorzar al restaurante de mariscos favorito de Juan. Después de eso, regresaron a casa y, como a las cuatro, se fueron al centro comercial, bien arreglados y sonrientes: la imagen de una joven familia de clase media-alta perfecta. Los seguí de cerca por las avenidas, portando una gorra y gafas de sol, por si acaso, porque me había asegurado de cambiar de carro para que Juan no me reconociera.  

Logré seguirles la pista hasta que llegamos al estacionamiento del centro comercial y ellos encontraron lugar antes que yo. Tuve que dar varias vueltas hasta que encontré un lugar al fin. Con el pulso acelerado, entré al centro comercial y me puse a buscarlos entre la densa multitud. Por suerte, sabía las tiendas que a Juan le gustaban y los encontré en la de electrónicos. De verdad se veían muy contentos los tres: Juan besaba la mejilla de su esposa y acariciaba la cabeza pequeña de su hijo, sonriéndoles como jamás me había sonreído a mi. Quizás el niño lo merecía, pero ¿ella? Con solo verla estuve segura de que yo sería una mejor esposa y tal vez, hasta mejor madre. Me imaginé siendo la madrastra ideal, esa que les daría todo lo que ella no era capaz de darles, y el pulso se me aceleró.   

Pasó media hora y poco a poco empecé a sentirme como si estuviera viendo por la ventana de una casa ajena desde la calle. Me sentí avergonzada. Por eso me tuve que ir.  

–Pero no se fue a casa después de eso, ¿verdad?  

–No, me quedé por ahí. Quería seguir viéndolos, pero más de lejos para sentirme menos invasiva. Se fueron a comer un postre en un café que estaba en contra-esquina del centro comercial. Me volvería a tardar mucho en encontrar estacionamiento, así que solo estuve manejando por ahí, dándole vueltas a la cuadra una y otra vez, a pesar del tráfico. Por poco no llegué a tiempo para verlos cruzar la avenida de regreso al centro comercial. De verdad había mucho tráfico. Esquivar carros estaba difícil, tuve que acercarme lo más posible… 

Algo se mueve en la mirada de la mujer. Al principio creo que es intriga, pero luego me parece que es algo más. No puedo evitar sonreírle entonces. Ese mismo impulso que se tiene al pasar cerca de un accidente automovilístico, o al ver a dos personas golpearse por diversión, o al dar click en ese video de crueldad animal: es eso lo que brilla en sus ojos oscuros ahora. Y es gracias a mí, a nadie más que a mí. 

–Se distrajo con el venado de luces –continúo sin dejar de sonreír–. Juan y su esposa cruzaron la calle y no se dieron cuenta de que él se había quedado atrás. Así son los niños, ¿sabes? Solo estorban. Sé que Juan solo regresó con esa mujer por él. Sin él, se hubiera quedado conmigo. Sin él, sé que va a regresar a mí. 

Imagen de Pinterest

Escrito por:paginasalmon

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