Los océanos y mares tienen autopistas milenarias, arcaicas, no hay fronteras: el abismo y el horizonte son eternos, y sobre ellos yace la extensión del cielo, otro abismo en las alturas. Por estos senderos peregrinan libres, pero en peligro, cientos de seres esplendidos, maravillosos. Por la corriente del golfo transitan tiburones, delfines, ballenas jorobadas, cachalotes y, entre ese concurso de viajantes, navega una solitaria tortuga boba. Es una criatura errante desde su distante nacimiento, hace ya 20 años.

Ha entrado al corazón de la corriente del golfo, esa carretera antiquísima de agua cristalina que conoce muy bien, pues la ha superado desde sus primeros días hasta hoy que es adulta. Es primavera y viaja, como todos aquellos peregrinos, a causa del clamor de la naturaleza.

Los rayos del sol penetran en las aguas, las iluminan y otorgan el aspecto de otro cielo, un espacio sin nubes, tranquilo, un paraíso. La tortuga se aparta de la corriente. Tal sendero está marcado por millones de años de historia, cuando los grandes dinosaurios las obligaron a abandonar la tierra y conquistar los mares y océanos, recorriéndolos todos; aquella cartografía quedó impresa en la memoria genética de tales reptiles, un mapa eterno grabado en el espíritu. Este llamamiento no pertenece al recuerdo de sus antepasados, sino al suyo, constituye el retorno a su infancia, a la playa de su nacimiento.

Hace tiempo, impelida por la naturaleza, la tortuga buscó aguas poco profundas. Yacía en el caribe, alimentándose, entre otras especies, de cangrejos; su afilado pico y poderosas mandíbulas rompen la armadura de caracoles y crustáceos. Entonces acaeció el sentimiento maravilloso, la razón de su existencia, emprendió otro viaje en busca de un sobreviviente, de un guerrero, para ser fecundada y brindar esperanza al mundo. Y al encontrarse sucedió el ritual, ambos se buscaban, habían esperado 20 años hasta ese momento; fue la revelación, el despertar, una epifanía. Navegaron por el mundo hasta encontrarse y dieron lugar a la vida.

Al abandonar la corriente del golfo encuentra una balsa de algas y los recuerdos son inminentes, acude la memoria…

***

Sucedía el amanecer cuando la tortuga ganó la superficie, había roto el cascaron y ascendió por la húmeda tierra y descubrió el cielo diáfano, apenas surcado por un par de nubes bermejas teñidas de sol. Respiró el aire, sus pulmones se llenaron de él, pero apenas lo exhaló se enfrentó a la cruel vida; la bella imagen que se presentaba como analogía del nacer, del despertar, mostró los colmillos, sobrevino el horror, la muerte se ciñó sobre la atmosfera. Mientras ella aún contemplaba la playa, otras tortugas ya se arrastraban hacia el mar, la voz milenaria de la naturaleza grita desde el abismo marino, llama a cada una de ellas por su nombre, entonces acuden cegadas por el instinto. Pueblan la playa, ¡qué grandioso espectáculo! Apenas nacen sabe qué hacer, caminan y aún indefensas retan a la muerte.

El mar se halla a cuarenta metros, una distancia que para algunos será infinita, nunca probarán la sal de sus aguas. Las aves las depredan, su caparazón es inútil, aún no constituye una defensa, sino alimento; de la tierra emergen cangrejos hambrientos que capturan a las diminutas tortugas, algunos crustáceos desmiembran allí mismo, en el punto de captura, a su presa; otros las toman y desaparecen al interior de sus guaridas.

La tortuga, que hasta ahora era espectadora de la masacre, huella la tierra, se arrastra tan rápido como puede, pero se encuentra con múltiples obstáculos: piedras, pequeños promontorios que parecen montañas, basura humana. Estuvo a punto de morir cuando ascendía un borde, pero al intentar superarlo cayó, justo en ese instante el pico de un ave golpeó el bordillo de tierra; el impacto fue duro, los granos de arena saltaron por todas partes cual explosión de una granada, y el agresor se perdió en las alturas para preparar un nuevo ataque. La tortuga yace patas arriba hasta que con un gran impulso de su cuello y cabeza logra volverse. Emprende su derrotero una vez más. La misión se diría el día D de la Operación Overlord, En las fauces de la muerte, el desembarco en Normandía. Pocas, sólo muy pocas de estas criaturas llegan al mar, y su número disminuye con su travesía, el hombre es el mayor culpable de tal exterminio.

Atraviesa aquel cadalso, el Gólgota, y gana el mar. Entonces se enfrenta contra las olas que, violentas, la empujan a la playa, a tierra; el largo y eterno brazo de la muerte parece sujetarla. Pero la voz de sus antepasados grita con fuerza: «¡Vive, vive!». Agita sus patas, es una mariposa en el mar; y escapa, conquista las olas y se sumerge, pues aún ahí corre peligro, las aves se precipitan a las aguas para cazar a las tortugas que han llegado hasta allí. Sin embargo, ella evade la muerte y nada sin parar, aunque el dolor se cierne sobre sus aletas.

Por fin llega, por primera vez, a la corriente del Golfo, ha recorrido 70 kilómetros. Allí encuentra una balsa de algas y se aloja en ella y, agotada, se abandona al sueño, cierra sus ojos y suspira; el ritmo de su diminuto corazón genera ondas vibratorias que se extienden a través de la profundidad.

La balsa es un condominio, alberga residentes estables y refugiados, hasta ella acuden más tortugas sobrevivientes y gran diversidad de peces. Las algas salvan su vida, hay alimento; por fin, el primer bocado. La corriente es suficiente, descansa tres días y tres noches, qué importa a dónde la lleve, es una peregrina, nació para conquistar los mares, para ser libre…

***

Esta balsa que ahora encuentra debe ser otra, pues hace ya bastante tiempo de ello. Entre su ramaje lleva vida, algún día albergará más, es un nido. Y pasan de largo, sus caminos se cruzan y se separan. Eso es todo.

La primavera ha quedado atrás, hay pocos compañeros de viaje, entre ellos, entre los miles que atravesaron los mares al lado de ella, aún se encuentra un trío de ballenas jorobadas. A pesar de ser más viejas todavía las puede reconocer; el sonido de su voz, cada una de ellas, es singular, son artistas, todas; su canto es una ópera que revela los misterios de los abismos del mar.

En su primer viaje la tortuga conoció a las ballenas, era invierno y apenas tenía siete años de vida. El reptil se dirigía a África, allí era verano, los cetáceos buscaban aguas más heladas y profundas. Hicieron el recorrido juntos, atravesaron en silencio la neblina bajo el agua y cada legua se hacía más fría, más oscura; el sol apenas se dejaba ver; su corazón de reptil necesitaba de él, latía más lento, pero continuó, los animales nunca se dan por vencidos, su naturaleza siempre los impele adelante.

No, jamás dicen: «Imposible, debo volver». No hablan, actúan.

Y así lo hizo, nadó aun con las aletas congeladas, débiles, con sus mermadas fuerzas. Superó aquellos mares, vio desaparecer a las ballenas en lo profundo del abismo nebuloso, ya sólo escuchaba, alejándose, el eco de su canto hermoso.

Llegó a mares africanos, cálidas aguas. Y transcurrió allí algún tiempo, alimentándose de cangrejos; era su revancha.

En sus recorridos por los mares se encontraba con múltiples peligros, desde tiburones, a quienes ya no temía, pues ahora era una gran tortuga de un metro de longitud, hasta el predador más sanguinario: el hombre.

La suerte la acompañaba siempre, pues había escapado de las redes y sedales de los barcos. Cuántas veces, al surcar el océano, se encontró con cadáveres de tortugas y peces cautivos en las redes, ahogados, muertos de hambre o comidos parcialmente por otros. Sólo una vez fue prendida por un anzuelo al morder el cebo de un pescador, se hallaba hambrienta y cayó en la trampa; el gancho penetró en su carne y la expulsó del agua, su boca sangraba y parpadeaba una y otra vez a causa del dolor. Pensó que esa hora era su última, e hizo lo que creyó que era su postrero parpadeo antes de cerrar los ojos para siempre; pero el pescador retiró el anzuelo de su boca y la arrojó al mar. Entonces la tortuga, asustada, se sumergió tanto como pudo, hasta perder de vista el barco. Desde entonces no se acerca a los navíos ni sus trampas. Su memoria permanece herida.

Su viaje transcurrió entre memorias de su vida, sus veinte años, adulta ya, y el anhelo del horizonte, su destino, la coronación de su derrotero.

Sucedieron los días y acaeció el amanecer cuando arribó a la playa donde había nacido. No era la misma, la imagen de aquella tierra es imborrable, y la estampa presente es otra, los grandes hoteles han abarcado gran parte, hay barricadas para detener los golpes de las olas. Pero no se rinde, lucha contra el agotamiento, asciende con la marea, gana tierra y se arrastra, exánime, sobre la arena; ha vuelto al origen.

No ha terminado. Dolorida por el pronto alumbramiento cava un hoyo en la arena, entonces por fin se acomoda en él y realiza el milagro. Uno a uno deposita los huevos en el fondo, luego los cubre. Había peleado contra la fuerza de la naturaleza, cientos de tormentas, y estaba ahí, gloriosa, ni las olas más fuertes que la golpearon contra afiladas piedras pudo detenerla. Había triunfado, era su victoria, el largo viaje, su entera existencia radica en ese acto: conquistar la vida y dar vida.

La tortuga parte al mar, se pierde en su profundo azul. Volverá en algunos años más, es su deber, para ello existe. Dar vida, verdadera vida.

***

La noche es calma, las olas llegan exhaustas a la playa; a pesar de los hoteles, no hay más luz que la de la luna llena, plateada, tranquila, constante, limpia. De pronto sucede un minúsculo temblor, la arena se fractura y de ella emerge una diminuta tortuga boba; y más allá sucede lo mismo, y el acto se replica en la largura de aquella tierra, las tortugas bobas han nacido y toman la tierra.

Allá va una de las crías de nuestra tortuga, guiada por la luz de la luna, su largo brazo luminoso toma a cada una de ellas y las encauza al mar. Emprenderán solas la aventura de la vida y la muerte. Por desgracia sólo unas cuantas volverán luego de veinte años o más a esta playa, las voces de sus antepasados así lo reclaman, la vida es la ofrenda que demandan.

Imagen tomada de La Vanguardia

Escrito por:paginasalmon

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