Solemos decir entre nosotros: “Si quieres saber de la muerte, basta con que la pruebes”. Para ustedes puede ser algo muy distante, pero le conocerán con tiempo de sobra. De este lado no queda espacio para distracciones. Hemos conocido la vida y sabemos que, cuando la tierra nos reclama, ya no hay vuelta de hoja. Eso debería estar en el entendido de quienes han nacido alguna vez, sin embargo, como pasa con aquellos que han tenido consciencia, no todos terminan por resignarse con lo que les ha tocado.

Así es él, aquí nos gusta llamarlo Lázaro. Nadie conoce su verdadero nombre porque su tumba ya no lo dice. El paso del tiempo, y los azotes del clima, han terminado por hacer de su lápida un mero monumento desgastado, antaño levantado en recuerdo de un muerto sin más nombre que el que nosotros le hemos dado ahora.  

Lázaro se levanta todas las noches, ya cercana la madrugada, y va muerto por la vida. A decir suyo, es porque aún busca algo que no recuerda en dónde dejó, su nombre quizá. Y es que no se da cuenta de que, para nosotros, el eterno descanso radica precisamente en eso: el olvido de una vida a la que ya no pertenecemos.

—Lázaro —le he escuchado decir al ocupante de la tumba más antigua dirigiéndose a él cada que lo escucha revolcarse en su tumba y con ganas de volver a levantarse—, pequeño e insignificante Lázaro, ya no estés penando y déjanos descansar también. Te van a pegar un susto de muerte por andar jugándole al vivo —. Lázaro no hace caso. Se levanta y anda con paso ligero, arrastra el denso viento del cementerio hasta las calles y casas cercanas a él que después se cuela entre ventanas y grietas, y eriza los vellos de quienes se desvelan a solas. Levanta un coro de aullidos perrunos que anuncian su andar taciturno y etéreo. Y entonces, a lo lejos, con esa voz lastimera, que de patética provoca un hueco en estómago, se le escucha lamentarse con la misma queja de siempre:

—¡Ay de mí! ¡Qué soledad la del sepulcro anónimo! —profesa entre lamentos descarnados, y algún pobre noctámbulo desprevenido se lleva el susto de su vida.  

Lázaro sigue de largo con alguna satisfacción maliciosa, que se le nota entre las comisuras y muecas de su rostro traslúcido, revelado bajo la pálida luz de una luna muda que lo alumbra avergonzada, y se oculta tras un grupo de nubes. Así va él por la noche. A pesar de la ausencia de vida, al saberse parte de las cosas que asustan, ha encontrado una pequeña luz de ella en los ojos de sus víctimas.

De pronto, y al andar por una cierta calle de un cierto camino en donde es sabido que ciertas cosas pasan, sus quejicas se entremezclan con un sonoro lamento que precede a un largo y tendido “¡aaaaaaaay mis hijos! ¡dónde están mis hijos!” Que se escucha a lo lejos. Lázaro gira entonces sobre su propio eje fantasmal y en dirección hacia donde cree que provienen los lamentos, para después dejar escapar una risita nerviosa, la cual pronto se transforma en una horrible carcajada histérica incrustada en el corazón de quienes la escuchan aterrorizados. Al momento, y con ojos encendidos como llamas, él avanza mientras sus gritos y los del otro engendro se acercan cada vez más unos a otros hasta que, sin previo aviso, y como si ambas entidades se presentaran de la nada una frente a otra, sus miradas abrasadoras chocan entre chispas, el estrepito de sus lamentos y risotadas. 

Ella lo mira con rencor y él, con todas las fuerzas de su voz ausente de vida, se lanza sobre ella hasta quedarle de frente para, sin reparar en ello, preguntar con la voz de la incertidumbre: “¿mamá?” Después, los lamentos y risas se pierden entre el chirriar de grillos y el ulular de un tecolote parado sobre la tumba sin nombre. 

Pero, noche a noche, Lázaro se sigue inquietando y, movido quizá por ese poco olvido que aún conserva y le recuerda que no está vivo, le da por levantarse, hacer su recorrido habitual, renegando de lo mismo y con un único propósito… hasta que se da el encuentro. Después, ambos regresan al panteón y ella, tras recostarlo sobre la tierra mansa que le conforta el ardor de estar muerto, lo abraza y toma su rostro entre sus delgadas y huesudas manos para arrullarlo hasta que él vuelva a descansar. Más tarde, la madre adoptiva se pierde entre las criptas, se convierte en un fuego fatuo que sube al cielo nocturno entre destellos y luces de vidas pasadas que, por otra noche y ya casi rayando el alba, se vuelven a olvidar.

Escrito por:paginasalmon

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