Dedico esta versión a Xóchitl, que tanto me ha dedicado

por qué

se quedó tendido con sus manos así,

sin mirar el video,

sin escuchar el fango de tu latido,

sin ver los miembros inconclusos del embrión,

por qué lo dializaron, lo drenaron, le inyectaron albúmina;

por qué no vio la televisión que pagaste

.

cómo

se sentirá bloquear un cuello con tu pulgar,

empujar el cartílago de vuelta, qué complicado es,

qué pequeños son los guantes de hospital

.

si

esperó toda la noche que le llevaran cereal y cubos de hielo

o si le causó placer algo

.

cómo está echado el feto dentro del útero

hinchándose como un corcho que se deja en el mostrador,

dormitando, con el pelo de la cabeza creciéndole…

cómo se ven los estacionamientos de hospital al amanecer,

qué agotador sería embarazarse,

qué hiciste su última mañana;

no lo visitaste, deambulabas entre cafeterías

en busca de huevos estrellados, no hervidos;

cómo él no era él mismo 

por qué las nuevas figuras de cera están echadas en la cama,

color papel mezclado con Nescafé,

el color angustiado del pergamino artificial:

blanca, conmocionada, la cara desgastada

de una muñeca de trapo con la que una niña se aburre

.

que no hay una estación necesaria para las cosas

y que el nacimiento y la muerte ocurren en salas contiguas,

que los dos son trabajo: detener y empezar,

que las mujeres son siempre los intermediarios

que buscan las monedas…

.

ave, morituri te salutant.

respice…

.

🙦

Sentí que era muy valiente cuando empezaron los calambres.

Intenté dejar que mi esposo durmiera.

Estaba acostada, viendo la luz de la calle a través de las persianas,

sin encontrar nada qué oír en el cielo.

Incluso la ambulancia aérea estaba quieta,

en cuclillas, como un saltamontes en la rotonda,

y los aviones aún no empezaban a volar en círculos sobre Heathrow:

aún servían el desayuno sobre Irlanda,

o volaban en espirales como incendios desde Treviso.

Pensé en sus sombras sobre los Alpes;

quería pensar en nieve espolvoreada sobre nieve,

pero no podía dejar de ver gruesas rótulas de hielo

y flácidos pastizales de gencianas. 

.

Y luego soñé con un avión de la Cruz Roja.

Mi padre manejaba a través del gis cortado,

decía “Mira”,

y el avión se hundía en la escarpadura,

bamboleándose donde los papalotes rojos solían volar.

Ploc.

Y había otros, como dardos en un bar.

Ploc. Ploc. 

.

En cuanto me sentí ligera, los calambres se fueron,

y el bebé hipeaba y la llave de la regadera estaba abierta.

Así que bajé por otro tazón de piña.

Me había acabado el té de frambuesa.

.

Afuera, la magnolia se estaba volviendo reumática,

golpeaba sus dedos hinchados contra la cerca.

.

Primavera. Primavera.

Un pajarillo en el césped,

lombrices amontonándose una sobre otra

como recipientes de plástico.

. 

🙦

Piensa en la anguila en el restaurante de las afueras.

Quiere escapar del tanque, del chillido de las langostas,

de la monotonía de los banquetes de cuero sintético,

de la gente de negocios en su día libre, juzgando codiciosamente,

“lo quiero mitad sashimi, mitad seco-frito-picante”,

y también quiere no escapar del tanque, por siempre ser

elegida y no elegida, ni viva ni muerta,

arremolinada entre dos muros de cristal burbujeante.

Aprende algo sobre la indiferencia.  

Piensa en el Queen Elizabeth 2, el hospital construido en un barco,

con vistas a la estación de bombeo de Edgbaston

y el alto, caprichoso desperdicio de ladrillo

que construyó Perrot –unas torres gemelas– 

para alcanzar a ver la tumba de su esposa

o espiar a la mujer viva,

mientras se separaba, satisfecha, de las manos de otro hombre,

o las dos…

.

Piensa en tu padre explicándote

cómo Tolkien imaginó las torres gemelas,

mientras volvía de la casa de su tía pasando las fábricas de gas,

a través de los olmos, olmos que susurraban,

pensando y no pensando en su madre agonizante,

mientras ensayaba con sus dientes la reduplicación 

de los tiempos perfectos en griego.

. 

Piensa en las nectarinas arrugadas en el alféizar,

como figuras de porcelana en una cornisa.

.

Piensa en el alféizar sin nectarinas.

.

🙦

Aquí está el sonido que se apaga y la inhalación irregular,

aquí está la vocal abierta y la pausa, om.

Y ahí está, al amanecer, el chillido que viene del otro cuarto,

el acelerado crescendo del deseo del niño.

.

Om, om.

Su boca es como un mejillón abriéndose.

Aquí está la leche. Mamá.

Aquí está la sal que querías en tu lengua. 

Y aquí está la concha abierta con sus florituras y resortes:

castañuelas en la palma de tu mano.

En cada franja blanca calcificada

hay un año en el que algo estaba vivo.

.

Om

.

🙦

Me agaché con mi bata azul,

me sometí a que me rasuraran. Había mandado mis últimos e-mails.

Me sentí tan necia como quien ha ordenado demasiados cajones,

enfadada conmigo y con el mundo.

Seguía creciendo, a pesar de las dos semanas extra

y las tres amniotomías; la partera quisquillosa

y el feto inamovible, indiferente.

Desde luego, había empezado a enojarme con él

y con el empeño en que saliera.

Así que cirugía. Pero no era una emergencia.

Ni siquiera se parecía al cáncer. Era, más bien, como tener adenoides.

El cirujano parecía demasiado joven.

La anestesista me recordaba a un equipo de hockey. 

Había una cánula y golpearon mis piernas.

Era como si hubiera planeado volar a Grecia 

y hubiera terminado viajando en autobús, oyendo el estiércol del baño,

con sólo una tercera parte de mi libro sin leer

y con una botella tibia, y ya sin burbujas, de agua San Pellegrino.

.

Traté de cerrar mis ojos, rendirme ante el mecanismo del tiempo,

y luego me petrifiqué: pies, rodillas, muslos y, más arriba,

mis manos daban zarpazos a la nada, mis pulmones

aplastados por el bulto que sentía moverse dentro de mí.

Era como morir en la estética; unos dedos 

batiendo jabón en los surcos de tus oídos,

entre comentarios amables, in extremis.

.

La anestesista acomodó mis piernas,

tap, tap, mientras su trenza rompía el aire: ¿sientes esto?

¿qué tal aquí, sientes algo?

Quería vomitar, pero no podía voltearme, así que dije

“Me quiero morir”, en voz muy alta, y todos se enojaron.

No vas a morirte, vas a tener un bebé.

.

Apothanein thelo, voy a tener un bebé.

Después, todos coincidimos en que no había sido muy valiente.

.

……….Bajo un soto de capilaridades,

……….un bebé sueña con su viejo hogar.

……….La alberca de domingo

……….de los niños lejanos.

.

……….Refulgen amarillas las cortinas,

……….se abren las florecillas de su boca. 

……….El pecho nuevo está lleno de piedras,

……….halla la boca sus labios de pez.

.

……….Aquí está el mundo:

……….una máquina que limpia las calles, 

……….la basura lanzada lentamente,

……….el llamado de los pepenadores.

[1] “Hospital Windowsills” es la segunda sección del poema largo “The Sandpit after Rain” [“El arenero después de la lluvia”], que se publicó en el libro Three Poems [Tres poemas] (Londres, Faber and Faber, 2018), con el cual la autora ganó el prestigiado premio T.S. Eliot de poesía.

Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s