Me gustan los libros dirigidos a infantes. En mi formación han sido primordiales, pero ahora alimento con sumo interés y dedicación nuestra colección de libros infantiles. Actualmente adquiero libros para edades muy tempranas; nunca lo había hecho y estoy gratamente sorprendida con algunas obras. Por ello, en este texto me referiré a dos que me parecen notables: Luna y Jugar y soñar.

Los libros son, particularmente para la niñez, una herramienta de exploración del mundo y además acompañan como cómplices que impulsan la creatividad. Cuando niña, mis libros favoritos fueron Ubaldo el inconforme (formador de mi carácter) y ¡Hola piedrita! (a éste se le rompió la portada y mi madre le adaptó una: cortó y pegó un cartón, ahí pintó unas piedritas y el título del libro; lo amo aún más por este afortunado incidente). Los conservo junto con otros ejemplares igual de valiosos. Creo que lo más atractivo y emocionante era que reconocía objetos en el mundo con los cuales relacionaba estos libros: Ubaldo es un personaje peludo, naranja y gigante que duerme en una antena, descansa tan profundamente que su nariz roja se ilumina. Cuando salíamos, yo iba por la ciudad buscando antenas con foquitos brillantes en la punta para saludar a Ubaldo; recuerdo una en particular, era mi Ubaldo en los recorridos nocturnos de vuelta a casa, gracias a ella sabía que estábamos cerca. Por otro lado, en ¡Hola piedrita! un niño encuentra una piedra afuera de su casa, ahí empieza todo un viaje de posibilidades. Sobra decir que las piedras son objetos maravillosos que encantan a las niñas. En casa teníamos varias piedras con las que jugábamos (a mi mamá y papá les gustan mucho también). Y cuando íbamos de paseo, no tardaba en encontrar alguna piedrita especial. Aún de adulta encargo piedritas de otras latitudes a mis amistades viajantes.

Volviendo al tema, nunca dejé de coleccionar libros infantiles pues observo en algunos una serie de cualidades que me gustaría encontrar en mis libros para “persona grande”. Entre ellas: el cuidado en la edición, los materiales (algunos por ser de excelente calidad y durabilidad, otros por animarse a experimentar); aunque principalmente encuentro fascinante la relación entre texto e imagen, desde la elección de la tipografía, la ubicación del texto, la variedad en tipo y técnicas de las imágenes, la capacidad de narrar sin texto (aquí hay muchísimos ejemplos, pero menciono a otro de mis favoritos: La sorpresa), o la narración visual con la inclusión de textos de diálogos; entre muchas otras posibilidades.

El mercado y la oferta de títulos es enorme. Sin embargo, no bastan (no deberían bastar) muchos colores para ser un objeto dedicado a la niñez. Es un público exigente. Aunque la sorpresa es, afortunadamente, una emoción incesante en la infancia, hace falta mucha frescura, imaginación, tacto y diversión para generar sostenido interés. Por ello, muchos libros para las infancias exploran sin temor los límites de los géneros, las disciplinas y los medios. Si bien, como dice Mieke Bal, no todas las imágenes tienen la capacidad de narrar, también ella en cada oportunidad hace lo posible para recordarnos que “las líneas, los motivos, los colores y las superficies […] contribuyen a producir significado”.[i] Los artistas visuales, plásticos y contemporáneos suelen tener esto muy presente en su trabajo diario. Aunque en el ámbito de los libros no es requisito expreso, sí debería serlo para quienes producen libros de la categoría “infantil y juvenil”.

La mayoría de estos libros producen significado con elementos visuales y textuales en relación, pues suelen ser ilustrados. Pero me interesan los que rebasan la “normalidad” en dicha relación; la cual, según Thomas Mitchell “implica una clara subordinación y sutura de un medio al otro, a menudo con una división del trabajo clara y evidente”;[ii] son singulares los autores y editoriales que se aventuran en este sentido.

Antes de continuar, debo resaltar que Luna y Jugar y soñar están dirigidos a un público muy novel; se encuentran bajo la clasificación de “prelectura”, para edades de 0 a 3 años. Alrededor de ese período de la vida se inicia la adquisición y socialización de la lengua. No hay lectoescritura aún y el vocabulario suele variar entre individuos. Muchos de los libros dirigidos a ese sector ofrecen compendios de “primeras palabras”. La mayoría de ese tipo de libros tiene fotografías o dibujos con la etiqueta-palabra: un pato es ese pato. “100 primeras palabras” señalan algunos, dando gran valor al factor cuantitativo en los inicios del habla. Incluso es señal de un correcto desarrollo: durante la consulta pediátrica de rutina se suele preguntar cuántas palabras dice el bebé. Por supuesto que es indispensable tener suficientes palabras para nombrar y relacionarnos con el mundo. Sin embargo, y en esto muchas profesionales del habla[iii] estarán de acuerdo, es de suma importancia en esa etapa socializar y contextualizar la lengua, así como aprehender sus mecanismos mediante su uso cotidiano. Es entonces un gran reto para los autores que se dirigen a este público lograr ser una herramienta que colabore de manera oportuna e ingeniosa en este asombroso camino de la comunicación.  

Luna, luna, luna

Luna, luna, sol

Luna, luna, luna

Luna, caracol

Con recursos sencillos en las imágenes y un ritmo más pegajoso que el mismísimo Baby shark, Antonio Rubio y Óscar Villán nos han cautivado con Luna. Esta secuencia de lunas con un sol, un caracol, un girasol, un ruiseñor y un corazón es un “poema visual recitable”[iv] según la descripción en el sitio web de la editorial española Kalakandra. Este poema se despliega a lo largo del libro, cada par de páginas es un verso. El texto es sencillo, breve. Y las imágenes están provistas de una atinada economía visual: el elemento que se repite es la luna y siempre es la misma imagen. Sólo las primeras dos tienen un rasgo diferente (una tiene los ojos cerrados, la siguiente abre uno, las demás tienen ambos abiertos).

Para indicar por qué estimo la relación entre imagen y texto en este libro, debo referirme antes a ciertas características que se consideran cuando se entablan comparaciones entre medios. Suele pensarse que la imagen está fuertemente anclada a su materialidad; no es que la imagen no posea información o “no sea discursiva”,[v] pero “posee aspectos que son irreductibles a ser información”,[vi],[vii] así lo afirma Norman Bryson al reflexionar sobre las posibilidades de inserción de un medio en otro, de las singularidades de su convivencia. El autor, por otra parte, describe al texto como “información pura”;[viii] el texto pasa rápidamente a su forma de imagen sonora, es ligero, flota, tradicionalmente no está anclado a elementos como el color, por mencionar uno. Además, Bryson añade que “la estructura del texto es la diferencia”.[ix] Ante estas proposiciones es pertinente recordar que Ferdinand de Saussure sentó las bases actuales para analizar la lengua. Y algo que él destaca ciertamente es la diferencia, pues a partir de ella distinguimos y construimos discursos, asignamos significados.[x] Un ejemplo clásico de la diferencia estructuradora del lenguaje es el cambio de significado como consecuencia de la permutación de un rasgo o elemento: barco/parco.

Ahora bien, todo esto está en juego en las páginas de Luna, porque si bien la oposición binaria (grande/pequeño, frío/caliente, sobre/debajo) suele ser una estrategia usual para ejemplificar la diferencia significante en los libros infantiles, este libro nos muestra que hay otra manera. En Luna la rima descubre la diferencia. Los versos están compuestos de un elemento estable “luna” y un elemento que cambia. Los elementos que varían tienen rasgos similares “caracol/girasol”. Esta permutación propone una estrategia para aprender sobre el valor del cambio. Entonces, más allá de ilustrar y ser el vehículo para añadir una palabra más al vocabulario, el elemento visual ayuda al infante a consolidar este conocimiento evitando la confusión, atribuyendo significado a la variación, más que a la asociación nominal.

Es entonces cuando notamos que el hecho de que la luna sea la misma imagen tiene peso para esta función, pues refuerza el contexto, la relación en la que se da la diferencia. Es decir, Luna podría ser un poema escrito en una sola página, con un solo dibujo de una luna y un sol en la siguiente página; esa sería una relación tradicional entre el texto y la imagen. Sin embargo, el poema ocupa el espacio de un libro. Lo cual involucra al cuerpo en la lectura. Aquí la materialidad manifiesta la oralidad. Nos encontramos con el ritmo, otra sutileza de la lengua, gracias a las gruesas páginas de cartón, a los elementos sencillos en un plano, al espacio que ocupa cada elemento.

La musicalidad de este libro es un tercer medio en la relación texto-imagen. La palabra flotante en la cabeza del hablante viaja a otra materialidad. Su ligereza en ese estado permite seguir jugando en la oralidad, Luna nos invita a crear nuestros propios versos y rimas, a practicar la diferencia. Al menos en nuestro caso particular, en nuestra lectura, activa en la musicalidad, mantenemos el elemento estable y seguimos jugando con significantes ya conocidos, permutándolos en la canción. Incluso el elemento estable ha sido alternado, pero conservamos el sonsonete. Cierro pues mi comentario a este libro con esta variación hecha en casa: Madi, Madi, Madi / Madi, Madi, Cló.

Dormir

Abrazar

Dibujar

Una vaca que hace popó, una bebé mordiendo una sandía. Morder, cantar, pintar, leer. Son algunos de los verbos de la vida cotidiana imagotextuados[xi] por la chilena Maya Hanisch en Jugar y soñar. En este libro encontramos una lista de palabras (verbos) desplegadas a lo largo de sus páginas. A cada palabra, la autora le dedica dos páginas, en cada una hay una imagen: la primera es alguien realizando el verbo, la segunda es algún objeto, animal o lugar asociado a la acción.

Dentro de los límites de lo posible para su público en plena adquisición no sólo de vocabulario sino de los mecanismos que nos hacen darle sentido al mundo a través de las palabras, Hanisch decide hacer un libro un poco menos tradicional. Quiero volver a mencionar que la gran mayoría de libros dedicados a las primeras palabras tienen una imagen con una etiqueta. Pero recordemos que la lengua es maravillosa porque es un consenso y una de sus características más importantes es estar dotada una grandiosa arbitrariedad[xii] gracias a la cual, afortunadamente, mi perro no es tu perro.

Ahora bien, Hanisch decide escribir verbos en lugar de sustantivos. Apostando a que los infantes pueden empezar a relacionar las imágenes (sonoras y visuales) con acciones. Es probable que sea difícil esta asociación pues primero se nombra lo cercano; vamos a nombrar a las personas y las cosas (por eso primero los sustantivos). Pero esa no sería razón para comunicarnos con los infantes omitiendo los verbos porque no los “saben”. Y al revés, que asocien un sonido a algo, no quiere decir que “comprendan”.[xiii] La comunicación infantil, la humana en general, asocia no sólo sonidos a significados. La lengua es una de las herramientas y su aprehensión es un proceso largo en el que las y los prelectores se encuentran. Para comunicarnos hay mucha participación del cuerpo, en el caso de las y los bebés, se agitan, señalan, imitan, lloran, tocan, mueven y hacen gestos.

Las imágenes de Hanisch aprovechan esta variedad de la comunicación infantil para entablar relaciones entre un verbo y un cuerpo en acción. Así, una bebé mantiene el equilibrio para permanecer sentada con sus piernitas cortas a sus costados, mientras que con una mano lleva a su boca un pedacito rojo. En la siguiente página vemos una sandía. “Morder” es el verbo. “Aaaaaam” decimos en casa frente al libro mientras llevamos una mano a la boca.

Aunque encontramos algunas páginas un poco más difíciles. Por ejemplo, un sonriente niño sentado de lado sostiene un libro en sus manos, “leer” leemos. En la siguiente página hay un faro (con un par de nubes y unas cuantas estrellas). Creo que este tipo de vínculo permite a las pequeñas lectoras acercarse a uno de los niveles simbólicos más hermosos de la lengua, las metáforas que nos hacemos para vivir el mundo. George Lakoff y Mark Johnson afirman que “nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica”[xiv] y que esto además está en todos los niveles “impregna la vida cotidiana, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción”.[xv] Ponemos cosas en lugar de otras, leopardos en lugar de niñas veloces, faros en lugar de la imaginación. Si bien ahora representan una duda, estas imágenes van a ser leídas muchos años pues en cada lectura tendrán otro sentido, en una creciente relación con el mundo y la expresión propia.

Finalmente, no quiero dejar de comentar otra característica singular de Jugar y soñar: la diversidad de personas semejantes a sus lectoras. La representación de los individuos varía en el color de piel, además son niñas, niños, bebés, y tienen diversas capacidades de movimiento (alguna gatea, alguna está en una silla de ruedas). Esto y la inclusión de texturas en vez de colores sólidos son detalles muy valiosos, son regalos para crecer.

Para concluir este texto sólo quiero añadir que para descubrir y explorar el mundo no hacen falta muchos recursos materiales. Con unos recipientes, unas hojas de papel y unos rollos de cartón podemos pasar días y días jugando. También viendo por la ventana, tocando plantas. O simplemente platicando. Sin embrago, el acceso a libros que valoran la inteligencia y capacidad de la infancia es un valor agregado del cual, por un lado, deberíamos estar hablando cada vez más. Y por otro, deberíamos hacerlo posible para muchos más individuos. Porque, como dice Calcetín con rombos man (y la Ley General de los Derechos de las niñas, niños y adolescentes en su artículo vii): “Niñas, niños y adolescentes tienen derecho a vivir en un medio ambiente sano y sustentable, y en condiciones que permitan su desarrollo, bienestar, crecimiento saludable y armonioso, tanto físico como mental, material, espiritual, ético, cultural y social”.

Libros infantiles en orden de mención

Rubio, Antonio y Óscar Villán, Luna, col. De la cuna a la luna, Pontevedra, Kalandraka Editora, 2018.

Hanisch, Maya, Jugar y soñar, col. BB, Santiago, Amanuta, 2016.

Crosgrove, Stephen y Robin James, trad. Flora Fernández y Ma. Del Pilar Noriega, Ubaldo el inconforme, col. Serendipity, 3a reimp. México, Fernández editores, 1984.

Bradfield, Roger, trad. Ma. Luisa Puga, ¡Hola, piedrita!, 5a ed. México, Organización editorial Novaro S., 1977.

Van Ommen, Sylvia, La sorpresa, col. Los especiales – A la orilla del viento, México, Fondo de Cultura Económica, 2004.


[i] Mieke Bal, trad. Yaiza Hernández, “Conceptos viajeros en las humanidades”, Estudios visuales: Ensayo, teoría y crítica de la cultura visual y el arte contemporáneo, no. 3, 2006, p 34.

[ii] W. J. Thoms Mitchell, trad. Yaiza Hernández, Teoría de la imagen. Ensayos sobre representación verbal y visual, col. Estudios visuales, no. 5, Madrid, Akal, 2009, p. 86.

[iii] Menciono aquí como ejemplo a María Fernanda Gómez, fonoaudióloga argentina quien, gracias a la creciente popularidad de profesionales de la salud en redes sociales, atinadamente decide compartir, dirigida al público en general, información sencilla para divulgar los elementos primordiales de la adquisición y desarrollo de la lengua en la infancia <https://www.instagram.com/mamayfono.ok> En una entrevista sobre crianza y fonoaudiología precisamente habla sobre la contextualización y socialización de la adquisición de la legua y menciona que no está de acuerdo con las pautas cuantitativas como índice de la adquisición de la lengua “Crianza Respetuosa | Fernanda Gómez – Fonoaudióloga”, Conclusión TV, <https://www.youtube.com/watch?v=FaeWAikgcj8&feature=emb_logo>, 17 de octubre de 2018, 13:45.

[iv] Catálogo en línea de Kalandraka, Luna, <https://www.kalandraka.com/luna-978-84-933759-7-3-castellano-849.html>.

[v] Norman Bryson, “Intertextuality and Visual Poetics”, Style, vol. 22, no. 2, Summer 1988, p. 188.

[vi] Ídem.

[vii] Más allá de que estas aseveraciones sean estables o verdaderas para todos los casos, funcionan muy bien para las relaciones más usuales entre texto e imagen. Y estos libros si bien experimentan bastante, necesitan conservar elementos tradicionales que permitan que su novel público los reciba. Cabe señalar que más adelante Bryson se refiere a la caligrafía como un texto cuya materialidad importa. Así que tampoco es una aseveración rígida.

[viii] Bryson, op cit., p. 188.

[ix] ídem.

[x] Y por lo tanto así es como sugiere el estudio de la lengua: “La ciencia de los sonidos no adquiere valor hasta que dos o más elementos se encuentran implicados en una relación de dependencia interna”. Ferdinand de Saussure, trad. Amado Alonso, Curso de lingüística general, 24 ed., Buenos Aires, Losada, 1945, p. 76.

[xi] En la obra citada de Thomas Mitchell, se refiere a dos tipos de relaciones entre texto e imagen, las “imágenes textuales” y los “textos pictoriales”. Las primeras evocan, dice Mitchell, la imagen desde el texto (p. 99). Y aquí se refiere sobre todo a la écfrasis, peor también a la materialidad del texto. Uno de los ejemplos emblemáticos para él es la escritura en los dibujos de William Blake. Si bien en el libro de Hanisch no hay una complejidad en la materialidad del texto como en los dibujos-pinturas de Blake, el texto tiene una tipografía particular y participa en la imagen. Por otro lado, la imagen no es solamente ilustración del texto, pone en página, como veremos, otras relaciones. Por eso me atrevo, tal vez aventuradamente, a decirles verbos imagotextuados, en vez de ilustrados.

[xii] El primer principio del signo lingüístico según Saussure es la arbitrariedad y se refiere a que no hay algo intrínseco en el objeto que lo haga tener como su apelativo una secuencia específica de sonidos: “es inmotivado, es decir, arbitrario con relación al significado, con el cual

no guarda en la realidad ningún lazo natural” (op cit., p. 93), no es que cada quién le pone su etiqueta o sea al azar, más bien que no está en el objeto (o muy pocas veces) alguna característica que le asigne una imagen sonora, si así fuera, todas las lenguas tendrían perro como palabra para ese animal y en cambio hay hund, chien, etc.

[xiii] Existe un desfase entre la comprensión y la producción del habla. Ma. Fernanda Gómez me recomendó leer a Juana Levin. A propósito, encontré algunos videos en donde sintetiza algunas de sus ideas sobre la adquisición de la lengua. En este video se refiere a la etapa entre 0 y 3. Y aquí también explica este desfase entre la producción y la comprensión. Además de hablar sobre la categoría de tiempo en los infantes, cosa que dificulta el aprendizaje de los verbos, mas no de las acciones: Juana Levin, “04 – El niño y el lenguaje. Parte 1/3”, <https://www.youtube.com/watch?v=DpkRd8NTrh0>, 21 de julio de 2013.

[xiv] George Lakoff y Mark Johnson, trad. José Antonio Millán y Susana Narotzky, Metáforas de la vida cotidiana, col. Teorema, Madrid, Cátedra, 1986, p. 39.

[xv] Ídem.

Ilustración de Maya Hanisch

Escrito por:paginasalmon

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