En el principio fue Hera. Hoy vagamente la recuerdo, inaprensible hasta en el aliento derramado que vieron partir todos ellos. Mucho se ha hablado de ella, poco se le volteó a ver a los ojos, y nunca se le tendió aquella mano que llegara hasta las entrañas. Conservo una imagen furtiva de Hera, me topé con ella justo en la esquina de la avenida que yo tomaba todas las tardes después del café. En esa época yo me encontraba sola, sola en varios sentidos: sola de familia, sola de amoríos, sola una tarde caminando por la calle. Solía salir del café presurosa hacia el porvenir, o quizá deseosa del pasado, no recuerdo si me dedicaba a hacer pendientes académicos o si sólo me iba a desparramar a uno de esos sillones. Tampoco recuerdo mis marañas que como viejo casete me dejaban exhausta todo el día, vaguedades que como una planta trepadora brotaban de mis sienes. Hilos verdes bifurcándose por mi cuello, una vuelta al codo izquierdo, una arborescencia cubriendo mis senos, carreteras de salvia invadiendo mis piernas, aguijoneando mis venas…

En ese estado solía por las noches esperar afuera de casa, no la mía por supuesto. Por lo general en mi coche permanecía sentada y solo me dedicaba a esperar, al cabo de una media hora solía desistir y regresar. Pero sólo una noche me atreví a bajar del coche y timbrar, huyendo salí, imagino que ni tiempo dio para que encendieran la luz y menos para que respondieras: “¿Quién es?”

A Hera se le ha odiado, es la mujer colérica que deambula presa de sus pasiones, la villana que al grito de “Córtenle la cabeza” dejó ciego a Tiresias; es la venganza en carne viva. Yo sólo la vi, pero no la conocí. Una tarde, justo al salir del café y doblar a mi derecha la vi de reojo, la vi como ola regresando al manto oscuro. Un vestido largo y blanco, cotidiano hasta bostezar, sandalias de piel que hacían denotar su edad y su blanca piel…sí, algo tiene el piso que me atrae al caminar. Avanzamos unas dos cuadras más, mismo paisaje: Hera fluida en su caminar, yo con la misma enredadera palpitándome con los rayos del sol.

Por poco se volvió una más, Hera toda de blanco y silueta deshilvanada, el cuerpo hendido buscando reposo junto al árbol del olvido. Ya casi al doblar a la derecha por el cine Avenida, tuve que levantar la cabeza y sorpresa la mía pues el blanco vestido se perdía con las hebras rojizas de sus cabellos alborotados… ¡Qué digo alborotados, en llamas! Torbellino de palabras, conjuros y hechizos; de entre las ráfagas de su cabeza alcancé a ver a Plath, Pizarnik, Woolf; también a Dávila, Pardo Bazán, y hasta la “Y” de Yourcenar. Cabellos revoloteando al viento, llamaradas que como avispas me alcanzaron la vista, me cubrí con mis brazos como Perseo ingenuo, unos segundos duró aquel fulgor. Cuando por fin giré a mi derecha casi choco con una persona, fue cuando bajé los brazos y quedé inevitablemente frente a una pared espejeada del edificio, ahora era yo la del vestido blanco y las sandalias de piel. Yo, la que atrás de Zeus va.

Ese día conocí a Hera, poco supe de su ira descomunal. El corazón de la mujer no está en el pecho o en su ombligo, está ardiendo en su cabello.

Imagen tomada de Pinterest

Escrito por:paginasalmon

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