Era la noche de Navidad, estaba en casa, con mi esposo y mis dos hijas. Cada uno entretenido con sus actividades para la cena. Yo, por más que intentaba concentrarme, no podía. Elisa se había adueñado de mis pensamientos.

Horas antes había ido a visitar a Elisa. En su sonrisa al verme se reflejó el cariño que sentía por mí, o por lo menos era lo que yo quería creer. Me quité el abrigo, lo dejé sobre una silla en el salón principal, al lado de donde ella estaba sentada. Se intentó levantar, no dejé que lo hiciera. La abracé, sentí el calor de su piel, aun cuando afuera hacía un frío de cero grados. La calefacción funcionaba bien.

—Mae, qué bueno que me vino a visitar en Navidad, mire tenemos muchos adornos —dijo Elisa al verme, con una mirada perdida.

—Qué hermosos están. Te acompañaré un rato. Tengo que llegar temprano a mi casa, mis hijas y mi esposo me esperan.

—Sí, Mae, está bien. Venga, le muestro mi casa y cómo celebramos la Navidad. Mire, esta es la sala, aquí está el árbol, tiene muchos adornos, le pusimos un gato de peluche con gorrito rojo, arriba está la estrella grandota para que Santa se guie y me traiga regalos. Al lado está la chimenea, puse aquí unos clavos para colgar las botas, y dejarle galletas a Santa. En el sofá están las almohadas que hice con mi mamá.

—Qué bonito todo. ¿Para quién son esos regalos debajo del árbol?

—Uno es mío, otro de mi mamá, uno de mi papá y el otro es el de mi hermana Rosita. El de mi mamá son unas muñecas navideñas que hicimos en la escuela, los otros no me acuerdo que tenían dentro, mi mamá creo que no me dijo.

—¿Te gusta mucho la Navidad?

—Me encanta, Mae, me emociona mucho, todo es felicidad. Y me encanta el frío, provoca acurrucarse. Ahora le enseño el comedor. Sobre la mesa, cubierta por un mantel rojo y blanco con caritas de Santa, está el pavo grandote echando humo, unas papas fritas, un pastel de fresa, y mucho refresco para deleitarse. Aquí en esta silla va mi mamá, al lado papá, en frente mi hermana, al lado yo, y aquí en la punta de la mesa va a sentarse usted, con su abrigo verde y su pantalón negro que la hacen ver tan buenamoza.

—Qué hermoso todo. En mi casa hicimos un pesebre, sobre unas cajas y las forramos con papel verde, mis hijas estaban muy felices cuando lo hicimos.

—A mi mamá no le gusta el pesebre, a mí me gusta, pero ella cree que son tonterías. En la casa hay tres cuartos. Este es el mío, mi cama, con sábanas de corazones bordados, al lado tiene una peinadora, en la pared un dibujo que hice del Gato Félix y al otro lado está mi armario ordenadito. No me gusta el desorden. Eso se ve muy feo, el que una niña sea desordenada.

La enfermera nos interrumpió, dijo que ya finalizaba la hora de visita. Le dijo a Elisa que en la tele iban a pasar la película Canción de Navidad, que la iba a llevar al comedor para que la viera.

—Bueno, Elisa, me tengo que ir, te traje un regalito, un cuaderno y colores para que sigas dibujando tan hermoso como lo haces, te faltó dibujar el frente de la casa con muchas flores.

—Muchas gracias, Mae, luego lo dibujaré. Al rato me voy ya a dormir, no quiero ver televisión.

Con un abrazo me despedí. La enfermera preguntó si me había reconocido, le dije que hoy había sido su Mae. A veces era su hija, a veces su hermana, siempre una persona diferente. Le pregunté a la enfermera si no les harían ninguna actividad en la noche, por ser Navidad. Me respondió que era la única residente que pernoctaría, a todos los demás se los llevaron sus familiares para pasar la nochebuena. Me recordó que ella solo tenía una hija, y nunca la visitaba. Sollozando caminé hacia mi camioneta, pensando por todo el camino lo triste que debe ser pasar esa fecha tan especial en soledad, aunque quizá ella al día siguiente lo olvidaría, no había como saberlo.

Llegué a mi casa, mis hijas estaban dando los últimos toques para la cena. En la mesa estaba el pavo, el arroz y la ensalada, las copas en su lugar, el vino esperando su descorche. Esteban —mi esposo— se sentó en el sofá, veía en la televisión videos de canciones navideñas.

Me paré junto a la mesa, pero no podía concentrarme en nada, solo pensaba en Elisa. Aura —mi hija menor— hacía movimientos repetitivos con su mano frente a mis ojos, me preguntó si había llevado el postre. Olvidé comprarlo. Salí corriendo, me monté en la camioneta y me fui hacia el centro. Entré a la repostería, compré un pastel de chocolate. Lo subí a la camioneta. Me fui con la velocidad de un guepardo al geriátrico que quedaba a unas cinco cuadras.

Le pedí a la enfermera que me permitiera llevarme a Elisa por Nochebuena. Me dijo que era difícil, se requería un permiso por escrito firmado por la directora, eso en caso de ser familiar, en caso de no serlo, como era mi caso, la situación era aún más complicada. Vio lágrimas correr por mis mejillas, me abrazó y dijo: «ojalá hubiera más personas como usted. Quizá me meta en un problema, pero usted ya lleva casi un año visitándola, algo de confianza hay. Llévesela, hágala muy feliz esta noche. Solo le pido que mañana a las nueve de la mañana, a más tardar, la traiga de regreso». Elisa sentada en el salón, apoyada sobre la mesa, dibujaba el frente de la que alguna vez fue su casa. Le pregunté si le gustaría pasar la noche conmigo y mi familia, con un: «ya estoy lista», se levantó y la enfermera le entregó un abrigo grueso.

No sé si fue la mejor Nochebuena de su vida, pero esa noche rio con los chistes de Esteban, cantó con mis hijas, o por lo menos tarareó, y hasta bailó. Mostraba, con orgullo, el puente que hacía la ausencia de uno de sus incisivos. Esa noche fuimos para ella: sus papás, su hermana, y su amiga de la escuela.

Imagen tomada de Holidappy

Escrito por:paginasalmon

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