El humo no te deja dormir. Una tos áspera te levanta de la tumba del sueño. La asfixia te devuelve a la vida. Te arden los ojos y los tallas con fuerza. No comprendes qué pasa, así que te levantas de la cama para averiguar de dónde proviene. Tienes miedo. Temes lo peor. Cualquiera creería de inmediato que la casa se está incendiando. Y tú eres como cualquiera, piensas. Y seguramente el fuego ya lo ha arrasado todo mientras tú dormías y las llamas mortuorias te acorralaron en tu cuarto. Te olvidas de las pantuflas. Las plantas de tus pies impactan contra el suelo helado que te saca al instante de la somnolencia. Presa de la humareda y los tosidos caminas hacia la puerta de tu habitación con cuidado de no pegarte con los muebles en algún dedo del pie. Sales de tu cuarto. Lo primero que piensas es que has dejado la estufa encendida antes de dormir. Vas a la cocina, pero no hay nada sospechoso. Luego piensas en un corto circuito, o en última instancia, en una colilla de cigarro suelta y aún viva. Espera. Tú no fumas. No pudo ser eso. Ni tampoco hay señal de ningún corto circuito. Debe ser otra cosa. Ánimo. Necesitas tener más imaginación. Nunca se sabe. Puede que, si imaginas la causa más absurda para un problema, atines. Qué tal un dragón que estornudó muy cerca de tu casa, o un duende pirómano que vive en el sótano, o tal vez sí fumas en el sonambulismo del que no te has enterado.

Recorres tu hogar de extremo a extremo, todo está infestado de humo, pero no hay rastros de fuego por ninguna parte. ¿Qué es esto? ¿Una broma? No me mires a mí, yo también estaba dormido. Calma. Sé que la incertidumbre por no saber lo que ocurre es tan voraz como las llamas que no encuentras, pero debes guardar la calma. Piensa. Imagina. ¿Qué haría otro hombre en tu lugar? ¿Qué harías tú en el lugar de un hombre que persigue un fuego que no existe? Dicen que la ficción puede ser un instructivo para la vida. Por eso guarda, piensa, imagina. La confusión arde, recorre tus venas, se convierte en la sal que emana por tus poros con el sudor que se disipa, vuela y te traiciona dándose al humo. Ya ni tu sudor es tuyo. Tú eres el invasor. Estás en medio del ritual orgiástico entre el humo y tu desesperación. Ya no cabes aquí. Fuera. ¡Largo! Esta casa ya no es tuya. Fuera. La casa está tomada por un huésped sin cuerpo, gris. Una tiniebla espesa se traga tu hogar desde adentro. ¿Lo vas a permitir? Quiere sacarte de tu espacio. ¡Jamás! Todo esto es tuyo. Nuestro. Por eso ardes de rabia. Ardes. En tu imaginación también estás cubierto por el fuego de la cólera. Comienzas a abrir las ventanas. Te resistes a entregar tu territorio sin pelear. Tomas una camisa que encontraste en el sofá y tratas de ahuyentar el humo agitándola con furia. Quieres liberarte, liberarnos del secuestro, estamos infestados por una extraña peste. ¡Ya sé! ¿Por qué no llamas al control de plagas?

Fumigaciones Samsa S. A. de C. V., ¿en qué podemos ayudarle?

Mi hogar está infestado de humo.

¿Cuál es su domicilio?

Calle Praga, número 83.

No se preocupe, vamos para allá.

Ojalá esas cosas pasaran, ojalá en realidad existieran los exterminadores de humo. Eres muy imaginativo, ¿has pensado dejar tu trabajo de fumigador para ser escritor? ¿No? ¿Nunca?

El infiltrado no se rinde, la humareda no deja de dispararse como si se exhalara a sí misma. Una vez comprobando que no hay llamas, intentas tranquilizarte pensando que quizás el invasor proviene de algún incendio cercano, puede ser la vivienda del vecino o la fogata que algún vagabundo dejó prendida. No sé, piensa, tú eres el fabulador aquí. Pero te desvías. Dejas de pensar en el origen de tu plaga para convencerte de que esto es injusto. Y que contra la injusticia espontánea nada se puede hacer. Y te engañas y crees que los incendios no les suceden a personas como tú, honestas, trabajadoras, aburridas, y que en el peor de los casos, todo se trata de un malentendido, una trampa de los sentidos. No pasa de que esta noche duermas en el jardín y tengas que dejar puertas y ventanas abiertas de par en par. Dejar que tu morada respire. Que limpie sus cuartos como pulmones de fumador empedernido. A lo mucho, quizás mañana llegues tarde al trabajo o no asistas. Por un día no pasa nada. Esto es más urgente. Pero tal vez no haya un mañana, o tal vez haya incendios por mañana.

Sales de tu hogar intentado encontrar algún testigo de tu suerte, alguien que te brinde su lógica y te diga si todo esto es posible. Pero eres el único en la calle a estas alturas de la ciega madrugada. Acéptalo. Estás en un punto recóndito en el universo en el que algo extraño ocurre y te está pasando precisamente a ti. Debes sentirte afortunado. Estás cosas no pasan muy a menudo. Por suerte me tienes a mí, cuando me lo cuentes no diré que estás loco, yo también lo estoy viendo. No hay nadie más que tú y yo en la calle, ni gente ni rastro de fuego a la redonda. Nada. Ninguna llama, ni una colilla de cigarro fugitiva. Cierras los ojos y respiras profundo, esperando que al abrirlos todo se esfume. Menos tu casa. Claro. Te repites que mañana todo volverá a la normalidad, lo suficiente hasta que te lo crees.

Te sientas en la banqueta a ver tu hogar cubierto por la maleza gris. ¡Mira! ¿Qué es eso? Ves una silueta salir por la puerta, va ganando nitidez conforme se aleja del humo y se acerca a nosotros. ¿Eres tú? ¿Soy yo? Te miras a ti mismo en el rostro de esa persona. Cubre su boca mientras huye de la humareda con la misma premura que lo hiciste tú. No sabes qué diablos es todo esto y él te observa poco extrañado de verse replicado en ti. Se sienta junto a nosotros para tomar aire fresco sin decir palabra alguna. Normal. Como si nada. Tú tampoco sabes qué decir, estás anonadado. ¡Mira! ¡Otro! Viene hacia acá. Reconoces tus ademanes, tu pijama, tus pies descalzos. Otra vez eres tú. Y otra y otra y otra. Un desfile de réplicas sale de la casa, uno por uno, abandonan la infestación entre tosidos y manoteos. Observas la escena con una copa de incredulidad desbordada. Boquiabierto. Te convences de que algo tan asombroso solo puede ser un sueño. Tiene sentido, estas cosas no pueden pasarle a un tipo como tú, rutinario, aburrido. Te asombras de ti mismo, de las maravillas que puedes crear en sueños. Te digo que si no fueras fumigador podrías dedicarte a la literatura, sin duda. Tal vez te vaya mejor escribiendo historias que siendo exterminador de bichos en masa. Contemplas extasiado la sutileza onírica del escenario, los detalles, la nitidez de tus dobles, has perdido la cuenta de cuántos son. No lo crees. Te sorprendes de todo lo que puede guardar la cabeza de un exterminador de plagas mientras duerme y sueña que fumiga a los insectos que viven en su cabeza.

Escrito por:paginasalmon

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