No es que me quiera quejar, pero si dispone usted de tiempo para conversarle mi problema, con gusto intentaré explayarme. Gracias por escucharme, estoy segura de que lo que tengo que decir le sonará raro en el mejor de los casos, y descabellado en el peor; pero es que soy tan tímida que no puedo dejar de pensar en que le incomodo. Cuando era niña tenía miedo de contestar el teléfono; lo dejaba sonar hasta que ya no insistían. O cuando el timbre del aparato se volvía insoportable, levantaba el auricular y colgaba. Pero no le quiero cansar ni desviarme del tema.

Le explicaré qué hago aquí. La primera vez que lo noté fue en el autobús. Sí, sí, usted dirá, una mujer tan crecida y todavía viaja en transporte público. Mi sueldo no me alcanza para comprarme un carro, ¿entiende? ¡Qué va a entender! Bueno, no tengo que darle explicaciones sobre mi economía. Como le decía, el chofer… ¿se dice chófer o chofer? Y aún más importante que eso: ¿todavía se usa esa palabra? No quiero importunar con incorrecciones políticas.

Pero, está bien, está bien. Le contaba que me encontraba de pie en la puerta del bus y dispuesta a bajarme cuando llegase a la parada. Pero el señor conductor me ignoró por completo, pese a que carraspeé un par de veces e incluso, algo no propio de mí, le dije “gracias”. Yo no hablo con extraños, ¿sabe? Creo que ese es un factor que debí tomar en cuenta antes de estar aquí, quejándome. Hablo con usted en este momento, sí, pero porque ha sido usted quien me ha dirigido la palabra; de otro modo me habría quedado en silencio, como siempre. Debería corregir, entonces. No hablo con desconocidos, a menos que ellos me hablen primero. Sí, eso está mejor. Continúo.

Ahora que lo pienso en retrospectiva, las señales se manifestaron mucho antes. Un fin de año de 2010 me quedé en casa y nadie lo notó. Ni siquiera yo, para ser sincera. Me levanté y ya era primero de enero. Nadie llamó; ningún saludo, ningún “¡Feliz año!” En ese entonces no le di mucha importancia. Miento, sí le di importancia, pero me hice la desentendida. Si no fuese así no lo recordaría. Además, me alegró; para mí es muy incómodo estar entre la gente. No es lo mío.

Después, ocurrieron otras cosas. La gente no percibía acercamiento físico de mi parte. A veces, me aproximaba a sus espaldas; luego, cuando volteaba, les asustaba en serio, como si me hubiesen confundido con alguna aparición. Este hecho no se dio una, sino varias veces. Otra señal fue, sí, permanecer en mi oficina mientras trabajaba —¡qué más iba a hacer en mi cubículo!— y que la gente se olvidara de que me encontraba ahí. Llegaron inclusive a cerrar la puerta con llave, conmigo adentro. Nadie había notado que seguía en el lugar ni se había acordado de mi existencia. Yo creo que un poco de ambas.

Luego, mis compañeros dejaron de hablarme. Fue paulatino, sí, pero no por ello menos doloroso. Ya no me invitaban a sus reuniones (o creo que nunca acepté o confirmé mi asistencia, no lo recuerdo). Iban solos al almuerzo, o en grupos, pero sin mí. Cuando me refiero a que iban solos hablo de que no iban conmigo. Sí, es arrogante, y creo que no me he ganado el derecho a la arrogancia, ¿verdad? Continúo, claro.

También, en el restaurante donde almorzaba de forma cotidiana, ya nadie se sentaba conmigo. Al principio saludaban; luego, pasaban de largo. Mi mesa era la única que, aunque hubiese más espacio disponible —por lo general tres o cuatro asientos—, se mantenía ocupada sólo por mí. Llegué a pensar que podía incomodar a los dueños del comedor, usted entiende, porque acaparaba tres asientos que no serían ocupados por nadie, pero lo raro es que no parecía importarles. Existía solo para que se me cobrase el almuerzo acumulado al final de la segunda quincena. Mi única prueba de existencia era la factura emitida, a mes caído, por la dueña de la fonda.

Con la renta del departamento ocurría un fenómeno similar. La casera se olvidaba de cobrarme o era yo quien a veces, por algún evento fortuito, retrasaba mis pagos. Para cuando tenía el dinero y me acercaba a la puerta de la dueña de casa, me recibía sorprendida. Ignoraba por completo que le debía. Ojalá el banco o la telefónica hubiesen padecido de ese tipo de amnesia. Pero ellos y sus llamadas de cobros, constituyeron para mí, por mucho tiempo, otra prueba de vida.

El odontólogo se olvidaba de apuntar mis citas. La modista apenas recordaba que existía cuando acudía a su taller para retirar una obra encargada. El taxista arrancaba antes de intentar siquiera subir o bajar del vehículo, y podría seguir con más ejemplos. Primero fue con desconocidos o con quienes mantenía otro tipo de relaciones menos cercanas, yo diría que instrumentales. Luego fue con los más allegados.

No es que sea demasiado amiguera, no, pero, de tener amigos, los tenía. Hablo en pasado: se olvidaron poco a poco de mí. Y luego fue la familia. En un inicio, las llamadas se hacían una vez a la semana. Se espaciaron a medida en que, bueno, en que dejaron de contactarse conmigo, no sé si por su propia voluntad o por la fuerza de las cosas. No, no, yo no les marcaba, ¿le mencioné que odiaba hablar por teléfono? Tengo esa idea, ese tonto pensamiento, como decía mamá, de que llamaré en el instante menos oportuno y que me contestarán de mala gana, como si quisieran despacharme lo más pronto y, ¿sabe?, no lo podría soportar.

Sí, por eso acabé aquí, igual que usted. Veo que hay muchos como nosotros por estos lados. No se me resienta, pero imaginaba que todos serían mayores, como usted. Y no, claro. Por eso le digo que me equivocaba. Discúlpeme si le ofendí. Gracias. ¿Puedo continuar? Los hay de todas las edades, por supuesto. La mayoría como nosotras, de treinta para arriba. Pero los hombres también llevan su parte; sí, sí, sin duda.

¿Que cómo ocurrió? Bueno, en la calle. Prefiero que haya sido así. Con allegados hubiese sido muy incómodo. Lamentable, sí, esa es la verdadera selección de palabras. Caminaba hasta mi casa. Creía que todos los taxis estaban ocupados o reservados. Pero, tal como acabaron las cosas, al parecer no, ¡ja! En fin, no me di cuenta al cruzar la calle porque tomo recaudos. Siempre con el semáforo en rojo, siempre por el paso cebra. Y, además, los carros no respetan al peatón: no importa cuánto tiempo se mantenga una en la acera, no pararán a menos que se les obligue a hacerlo y, tal como iban las cosas, ya era imposible para mí forzarles a que se detuvieran. ¿A quién engaño? Siempre lo fue. Bueno, usted entiende. De modo que para mí no hubo tanta sorpresa, ya que se había vuelto costumbre, por lo que no me di cuenta hasta el mismo instante en que ocurrió. O, para ser sincera, ya lo sospechaba, pero necesitaba una prueba, no una circunstancial, sino una prueba material, ¡qué ironía!

Y sucedió, como le dije, esa misma tarde, mientras caminaba por la vereda. Duró unos dos segundos, los más horrendos de mi ¿vida? En el pasado, solía ser yo la que esquivaba a los transeúntes, ya sabe, para no molestar. Pero esa vez, como no tenía nada más que hacer, decidí que serían ellos quienes debían hacerse a un lado. Y fue ahí cuando ocurrió. El tipo, un peatón cualquiera, me atravesó como si fuese una gelatina. Así fue: escuché un chasquido coloidal, como cuando una cuchara se sumerge en la jalea para extraer una porción del frasco. SU olor de carne recién faenada no lo podré borrar de mi memoria en un largo tiempo. Y lo que vi, ¡Cristo!, lo que vi. No como en las películas, no. No un rojo Ferrari, sino un color a vino tinto, pero más cercano al óxido que al clavo de olor. Además de esa textura pulposa y tibia, bajo la forma de su tejido adiposo, de sus vísceras, de sus nervios. Y luego, la dureza de sus huesos que cortaban lo que creía que era mi carne, como mantequilla asoleada. Me encogí y cerré los ojos el último milisegundo. Demasiado tarde como para haber evitado con éxito la experiencia plena de la incorporalidad, ¿así se dice? ¿No? Bueno.

Esa fue la confirmación de mis sospechas. Sí, sí, le entiendo, no fue la forma más elegante de despedirme de ese mundo, pero al menos aquí se está mejor. Se respeta mi turno, cosa que en el banco había dejado de hacerse semanas atrás. E, incluso, usted, una desconocida, me ha hecho la conversa. Yo lo veo como un nuevo comenzar. Sin embargo, presiento que todavía conservo las mismas características —por decirlo de algún modo— que me llevaron a desmaterializarme, en primer lugar. Así que, de existir algo parecido a la reencarnación, considero que pasarán algunas vidas hasta que aprenda a comportarme tal como aquel mundo lo exigía. Si es que algún día lo hago.

Escrito por:paginasalmon

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