I

Sabishii. No recordaba más. Podía pronunciar las palabras, recordar los sonidos, pero no sabía lo que querían decir. Sobre un escritorio minúsculo había quedado el libro de japonés de la NBK. Uno de esos que enseñan qué decir en una fiesta y cómo contarle a un amigo lo que hay en la ciudad. “Migi wa eki desu; A la derecha está la estación” repetía, una y otra vez, como si en verdad fuese a ocupar esa frase en alguna ocasión.

Mekishiko jin desu– decía, intentando que la música no ahogara su, de por sí, diminuta voz. Otro fin de semana en un club entre luces y humos, fuera de su diminuto cuarto en el barato barrio estudiantil de Takadanobaba. “Soy mexicana”, exclamaba por tercera vez hasta que su interlocutor parecía captar los sonidos provenientes de su boca.

Aaa sugoi da… Kimi wa itsu Nihon o hanaremasu ka?

No había entendido lo último, pero podía echarle la culpa a la música o a los tragos. El chico repitió la frase. Ella no se enteraba de nada, la delató su confusión en la mirada. Él comenzaba a desesperarse.

Debía pasar apenas el metro setenta. Su camiseta le iba grandísima, de alguna marca europea, seguramente Versace original, con un pantalón holgado al mismísimo street-style nipón y llevaba un corte de cabello muy a la moda teñido de morado, como los que usaban los niños de barrios caros de Tokio; traía varios aretes en la oreja derecha, un reloj Gucci y una voz agudísima con la que repitió la misma pregunta, ya algo cansado… “No, no te puedes ir, no me puedes dejar” pensó Natalia. Na-ta-ria, como le llamaban ahora. Kimi, Nihon, Ka… sonidos que había escuchado una y otra vez.

He’s asking when do you leave­– le dijo Rezia, su compañera turca que estudiaba japonés desde los 11 años y se preparaba para presentar el examen de posgrado para la Universidad de Waseda. Rezia sí que sabía, con sus pestañas infinitas, su cabello tan lindo y su impasible mirada.

Eso sí que lo sabía responder: “¿Por qué los japos nunca usan las palabras que aparecen en los libros?”.

Futatsu shi de, ato de okuni wo kaerimasu– dijo señalando el número dos con los dedos, por si su acento o gramática, seguramente errónea, le impedía al chico entender que en dos días se iba. Siempre tenía que asegurarse de que la entendieran.

Yokkata– le contestó el chico con una sonrisa impregnada de indiferencia mientras le daba un trago a su bebida y movía la cabeza al ritmo de Hatsune Miku, la chica de sus sueños: con sus piernas largas, sus pechos grandes, su voz generada por computadora y sus enormes ojos de anime. Si tan sólo Hatsune Miku fuese real, no tendría que esforzarse por tener una conversación de dos minutos con una extranjera de pechos igualmente grandes, pero distante en todo lo demás a ese efímero ideal en 2D. La chica más hermosa de Japón ni siquiera era real.

Natalia sonrió. Tenía que ser linda siempre, parecer feliz todo el tiempo porque estaba en el jodido Japón, había gastado 25 mil pesos en un vuelo y había estado 16 horas en un avión como para pasarla mal con un chico con pulseras y aretes más bonitos que los que ella traía esa noche. Tenía que publicar en todas sus cuentas lo divertidas que eran las noches en cuartos de 5m2, qué linda era la vida aplastada en un tren, o como se la pasaba fenomenal con chicos de cabello morado y camisetas Versace, chicos que jamás encontraría en su pequeña ciudad en Querétaro. Querétaro my love. Querétaro fuck you.

Jasibe y Karen podían irse al cuerno con otro diplomado, una propuesta de matrimonio o con trabajar en una consultoría. También Iván y el amor eterno que le había jurado. Ella no quería nada de eso, aunque en noches como esa y con chicos como aquél, olvidaba por qué.

El sudor de la noche comenzaba a mezclarse con su perfume, el maquillaje se sentía pesado y el cabello perfectamente planchado comenzaba a volverse crespo. A veces se miraba en los espejos, notaba que sus atuendos ya no parecían los de una extranjera recién llegada: siempre cuellos hasta arriba, faldas largas o pantalones anchos, camisetas holgadas. Pero los viernes en Shibuya podía usar faldas cortas otra vez sin sentirse tan fuera de lugar.

Tanoshii ne– dijo ella para llenar el silencio. Pudo haber dicho algo como “Mira, cada año 50 personas reportan que los extraterrestres los abducen y nadie hace nada” y a cabello morado le hubiese dado lo mismo.

Kiutu– contestó él, un intento de decir cute con un marcado acento japonés. El corazón de Natalia dio un vuelco.

Nee– se esforzó en contestar con el acento más lindo y japonés que su garganta y lengua de gaijin le permitieron.

Atama ga ii da ne– le dijo el cabello morado, algo impresionado por las dos palabras que había logrado hilar la extranjera.

Ahora tocaban una canción de Big Bang, los idols coreanos que todo japonés había aspirado a ser hacía unos años, antes de los escándalos con sexo, drogas y redes de prostitución; cuando sus cabellos fosforescentes, tatuajes y piercings falsos bastaban para deslumbrar a todos y ocultar ese lado oscuro de la industria coreana. Todos querían ser como ellos en ese mar de trajes grises y modales correctísimos. Incluso tatuarse parecía tentador, fantasear con una novia coreana era cada vez más común, como si eso los conectara con ese vecino aparentemente más desenfadado y libre.

Natalia se sentía tosca y desaliñada junto a esas bellezas cuidadosamente fabricadas. Se sentía grande y poco agraciada con su cabello crespo, su mandíbula cuadrada y un cuerpo que no entraba en las finísimas tallas de las boutiques del Sunshine City. Pero sabía que tenía dos cosas a su favor: los ojos grandes y la nariz alta, un invento que se habían hecho los japoneses para describir las feas narices extranjeras, como la suya, que a ellos se les hacían bellísimas.

De repente, aquel chico japonés también le pareció bellísimo. Nunca vio cabello mejor acicalado, de un morado así; sus ojos almendrados, con párpado doble, prometían una personalidad suave y dulce, pero los aretes sugerían que podía tener un as bajo la manga. La piel del chico era blanquísima y lisa, como aparecían en los purikuras, esas máquinas de fotos instantáneas que agrandaban los ojos y afinaban los rostros. Su chico olía a sake, whisky y cerveza, sabía bailar al ritmo de G-Dragon y tenía una voz delgada y aniñada, típica de los chicos que gritan en voz alta en las calles de Shibuya “Oneesan… itsushio ni asobikimashyo nee”; “vamos a divertirnos señorita”.

Natalia bebió otro trago de la cerveza Kirin que tenía en la mano y se acercó más al chico, quien sonreía mientras imitaba los movimientos de esos idols coreanos. Lo que había extrañado desde el principio era bailar como lo hacía en México. Mover la cadera y que un chico supiera qué hacer, cómo tomarla y cómo pegar su cuerpo al de ella entre carcajadas. Acabó la canción de Big Bang y por fin sonó una melodía occidental. Al fin algo en inglés, algo que ella podía entender.

“If you think I was born yesterday you are wrong…l don’t need your love”.

Namae wa Toki desu.

Yoroshiku, Na-ta-ria des.

Kimi wa totemo kirei no hito da– dijo arrastrando un poco la voz, con el sake finalmente desinhibiéndolo ante la curvilínea chica que tenía frente a sí. –You are very beautiful– dijo acercando su boca al rostro de Natalia.

Las luces del lugar apenas le dejaban distinguir todo, sabía que Rezia estaba por ahí, intentando bailar con otro extranjero, al parecer ya cansada de los japoneses; Marcus estaba con su grupo de amigos todavía: David y Danny, François estaba rodeado de japonesas y ninguna parecía gustarle. Todos ellos no eran más que sucios y pervertidos gaijins que iban a corromper a la sociedad japonesa; niños consentidos y perdidos que salían una noche tras otra a intentar sentirse más parte de ese país que simplemente no era el suyo.

Ni con una abuela de descendencia china podría llamarse asiática. En realidad, no entendía nada de ellos, ni su obsesión por el cabello rubio, las lentillas para hacer sus ojos parecer más grandes o la forma en que funcionaba aquella cápsula de mundo que se hacía llamar densha, un lugar dónde estaba prohibido llorar, o reír, o besar a chico japoneses de cabello morado.

Toki la tomó por los hombros. Aun con su escaso metro setenta y unos 55 kilos podía decir “esta chica es mía”. A Natalia le sorprendió como un chico tan menudo la podía tomar con tanta fuerza, se preguntó si eso era algo universal, la fuerza con la que los hombres tomaban a las mujeres.

II

Unas copas y unos besos más tarde estaban fuera del club. Su tiempo ahí había sido la mejor parte, lo demás era un poco blando, frío… como alguien que reclama un premio o cobra un cheque después del esfuerzo. The prize is there but the excitement has fade. El chico le compraba tragos y la emborrachaba. A ella le empezaba a dar lo mismo si era él o el tonari no hito, si llevaba el cabello morado o blondo, y si la piel era blanca como los de Hokkaido o morena como los de Okinawa. Toki le besó el cuello, la boca… qué importaba si todos los miraban porque eso era reprobable aún en Tokio. Era también admirable, un chico japonés saliendo del club con una Gaikokujin.

Los tacones le molestaban a Natalia, agradeció que al menos en Tokio las calles fueran lisas y no empedradas como en Guanajuato.

Tokyo no toori ga ii desu.

Haihai…– decía Toki cantarín, sin hacerle mucho caso al intento de japonés de su compañera.

“Déjame imaginar que eres mío, déjame imaginar que me quieres, que mañana no vas a ser un patán, déjame imaginar que siempre es así, que me quieres… ‘daisukiii, daisuki Toki-kuuun”. No, tampoco era para tanto, pero tomó a Toki por la cintura, un poco para no caer, un poco para sentir el calor de su piel y sus brazos rodeándola con ternura antes de que la botara en la cama del LoveHo al que se dirigían y olvidaran sus nombres.

Todas las luces resplandecían, era medianoche en Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. Creyó que sólo la paseaba un poco antes de llevarla al hotel, pues había lugares menos decadentes para pasarla bien por la noche.

Toki olía a sudor, alcohol, tintura de cabello y productos de belleza para la cara. Olía a la noche en Japón, a la distancia entre los compañeros de clase, a esforzarse mucho, a competir todo el tiempo por ser el mejor, ha haberse rendido, a decir “al diablo con este país”, a no saber a dónde más ir, a sonreír siempre y a todos, a ser amable, cortés, educado y estar harto. Olía a un chico de 22 años un poco exhausto, un poco roto, excitado de estar con una chica y no saber qué hacer ni con ella ni consigo después de que pasara la noche; sin embargo, pensaría en eso luego. Podía posponer lo inevitable hasta que fuera demasiado tarde y el tinte morado se desvaneciera. Porque era japonés. Lo que no tenía era mucho tiempo.

Llegaron al LoveHo y entraron, las luces blancas del lobby casi cegaron a Natalia, que estaba demasiado borracha para hacer otra cosa que no fuera aferrarse a Toki para no caer. Tenía mucho sueño, le daba igual si esa noche cogían o no. Quería estar en Nishi Nippori o tumbarse en Ueno y ver un cielo sin estrellas, lo que más amaba de aquel lugar.

Eee, yadaI don’t want to– dijo de repente, cuando vio a Toki sacar la cartera para pagar un cuarto.

La máquina esperaba a recibir el dinero. Él metería los yenes y esta escupiría una tarjeta. En los moteles de Tokio nunca había nadie atendiendo. El sexo sería demasiado para los tenin y sus sonrisas perfectas. Simplemente no podían. Los encargados preferían esconderse en un cuarto trasero mientras los clientes insertaban sus billetes en las máquinas frías e impávidas. Todos en Japón querían tener sexo, pero nadie quería que se supiera.

Era algo vergonzoso: desnudez, caricias, sudor, ruidos extraños; el recuerdo de no ser más que animales que se montan sobre otros para sentir placer, para seguir viviendo. Los japoneses eran buenos evitando problemas, incluyendo la vergüenza. Toki se desconcertó un poco ante la negativa de Natalia, la miró con una sonrisa, aunque un poco aprensivo por cuál sería su siguiente reclamo.

–Ima wa hayai nee… Ueno koen he ikimashyoka?

–Heee… baka, Ueno ga tooi desu.

–Onegaiii… sora wo mitai.

–Doushite? koko wa ii ne.

–Sora wa romantiku ne.

–Romantiku ka? Romantiku sukiyanai desu.

Qué cabeza dura. Ella quería ver el cielo. Él quería meterse a un LoveHo tan temprano por la noche. Podrían ir a una Taito Station y fingir que aquello era una cita. “Por eso los japoneses están solos” quería decir, pero no recordaba las palabras. “Itsumo hitori de…” alcanzó a pronunciar, aunque no sabía si su tono había alcanzado la recriminación o se había perdido en un autocompasivo “me siento siempre sola”. Curioso idioma, pensó.

Toki no quería lidiar con ella, pero el rostro de Natalia sonrojado por el alcohol, sus pestañas largas y sus pechos grandes le hicieron pensar dos veces. Aquella chica era linda, en verdad linda. Tenía los ojos casi del tamaño de su rostro, los labios gruesos, la nariz rectísima, los pómulos salientes ¿por qué no, por unas horas, intentarlo?

–Jaa… okey, let’s go– dijo en inglés. Odiaba hablar en inglés, pero por una vez le pareció bien hablarlo, sobre todo si su fortuita cita sólo usaba el japonés para pedir locuras.

Jaaa, yokataa– gritó Natalia, demasiado emocionada para una visita al parque de Ueno.

–Urusai ne– la reprimió Toki. No estaba molesto, pero le daba algo de vergüenza estar con una chica que gritaba dos octavas más altas de lo usual en la entrada de un hotel.

Gomen– contestó Natalia como una niña regañada. Aquello llenó de una genuina ternura el pecho de Toki y decidió que por el resto de la noche sería bueno con aquella chica de ojos enormes, sonrisa traviesa y un extraño acento a pesar de cualquier locura que le pidiera, con tal de pasar un rato con ella.

Daijoubu–. La miró desconcertado, sin saber qué estaba haciendo esa chica en un lugar como aquel. Japón no parecía un sitio para ella. En realidad, no parecía un sitio para nadie, a veces ni siquiera para los japoneses.

No hablaron mucho el resto del camino. No había mucho de qué hablar. Tomaron un taxi a Ueno. Toki le prometió al chofer que no estaban tan borrachos y que ella era su novia. Natalia no se enteraba de nada, hablaban muy rápido y con palabras que no conocía y formas verbales que no dominaba. Al parecer el taxista felicitaba al chico por tener una novia extranjera, tal vez le advertía que no se casara con ella, que para eso era mejor una japonesa. Pero esas eran imaginaciones suyas. sólo entendía “nihon no onna” de vez en cuando, literalmente “mujer japonesa”.

La noche llena de luces pasaba por la ventana. Siempre se alegraba por estar ahí y al mismo tiempo sentía una tremenda nostalgia por no estar en casa. Tal vez por eso quería ir a Ueno. Le recordaba la primera vez que había estado en Tokio, visitar aquel sitio era como querer recordar por qué se había enamorado de algo o alguien en primer lugar, para intentar no dejar de amarle, pero todo le dolía. Las horas al día en el tren, las personas alejándose de ella, que nadie jamás volteara a verla, que nadie quisiera entender lo que decía. “Watashi wa koko ni, ga shimasu… Aquí estoy, existo”. No estaba segura de cómo era el verbo existir en japonés, jamás lo había comprobado en un diccionario.

“Hay tantas cosas que no sé cómo decirte” pensó mientras su mente retrataba los días que había pasado con Diego, el chico de Río que había regresado a Brasil hacía una semana. Apenas unos días atrás habían ido a comer helado juntos, pasado la noche en Harajuku, se había saltado clases para ir hasta su cuarto –dos edificios más adelante al de ella– y abrazarlo la mañana de su partida.  Hacía un momento que él también estaba ahí. Había sido tan rápido.

“Al final todos los extranjeros hacemos el kaerimasu, un verbo para decir que regresas a tu país…” un suspiró escapó de su pecho, la especificidad de la palabra le oprimía el alma. Llegaría el día en que ella también se cansaría de todo y decidiría volver.

Do you like it? – dijo Toki al ver que su acompañante veía la noche con añoranza en sus ojos y pensaba que a esas alturas debía estar perdidamente enamorada de él y de Tokio.

I want to travel and practice my English.

So da ne– contestó sin prestarle atención –Eigo wo dekimasuka?

Sukoshi… I study English in high school, but my friends never learn.

Your English is really good– dijo por cortesía, aunque en realidad no era verdad. Pero ya no le importaba. Inglés, japonés, incluso el español… Le dolía la cabeza, todo se volvía extraño para ella, como si jamás hubiera aprendido a decir nada, a decir algo. Nothing, everything. Nanimo, nanka. Todo era lo mismo.

“Toki, si te hubiera conocido en otro día y en otro momento, tal vez en otro lugar y en otro país, si mi corazón supiera lo que realmente quiere, y yo supiera qué hacer conmigo, ¿por qué te conocí Toki? ¿Por qué tú, de todos los chicos en Japón?” pensó. Miró al chico japonés que estaba junto a ella. Le parecía más guapo en el club. Se preguntó si a él le ocurría lo mismo. De todos modos, ya era tarde, llevaban unas tres o cuatro horas juntos, habían tomado el metro hasta Shinjuku y después un Taxi a Ueno. Hasta las cinco de la mañana no habría más trenes.

Natalia lo abrazó porque se sentía realmente sola esa noche.

La gente los miraba, seguramente pensando que eran amantes en otra noche sin estrellas en Tokio, él con su camiseta y pantalones demasiado holgados para cualquier occidental, sus ojos rasgados y la certeza de su ir y venir por aquella metrópolis todos los días. Ella, con la ropa ajustada, el corazón en la mano y palabras ajenas que salían en su boca, nunca segura de estar bien o mal.

Toki sentía el cuerpo suave de esa chica contra el suyo, la curva de su cuello escondido bajo su cabello ondulado, rebelde a los planchados y tratamientos que aplicaba para japonizarlo, el olor a perfume, demasiado para su gusto. De nuevo quiso besarla.

III

Ella quiso marcharse antes de que el alcohol se desvaneciera completamente. Encontraron un hotel en Ueno; otra vez las máquinas indiferentes, sábanas limpísimas en un cuarto minúsculo donde la gente se encerraba a hacer el amor, a intentar olvidarse de alguien, o a veces simplemente esperar a que el primer tren de la mañana saliera.

Se encerraron en esas cuatro paredes. Estuvieron juntos. Natalia dejó que todo el peso de aquel chico la aplastara y que sus manos la estrujaran a su antojo. No hubo mucho más que decir. A pesar de todo, ella le acarició el rostro con ternura mientras lo hacían. Quería, intentaba que él se diera cuenta de todo el amor que podría haberle dado en otras circunstancias. Sosegado, suave, dulce igual que esa caricia. Y que tal vez pensara en ella después. Aunque seguramente todas las chicas le acariciaran igual, en su desesperado intento de que los chicos recordaran que después del sexo había mujeres con el corazón un poco roto, con el alma un poco ansiosa de querer y amar.

“Al final todo es un poco de lo mismo” pensó Toki cuando terminaron. Comenzaba a darle sueño. Natalia cerró los ojos y lo abrazó, quería imaginar que él era alguien a quien amaba y que la amaba a ella. Él no le dijo que se moviera.

Se preguntaba si aquello era algo universal. La fuerza con la que las mujeres abrazaban a los hombres. Aprensivas, temerosas de las despedidas y de volver a estar solas. Como fuese, tendría que romperle el corazón por la mañana para tomar un tren hacia Yokohama, pensó Toki. Tendría que esperar hasta el siguiente fin de semana para salir a Shibuya y poder divertirse de nuevo. La noche continuó su curso; en algún lugar un grillo se moría entre la tela de una araña, un monje dormía en su tatami, algún salaryman salía de un bar en Ginza y una oruga se transformaba en mariposa.

Las sábanas se impregnaron de la tristeza de Natalia y Toki que dormían juntos, sólo esperando a que amaneciera para volver a casa.

Imagen tomada de Japan Aesthetics

Escrito por:paginasalmon

3 comentarios en “Crisálidas | Por Eloisa Cornelio

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