Al pueblo de Cotundo, que dista de Quito 173 kilómetros, se llega por un camino asfaltado, ribeteado de arcilla roja. La gente transita descalza por las aceras mojadas. Los niños salen de la escuela y corretean bajo el aguacero tibio, las camisetas se vuelven transparentes, sus cabellos gotean, no les interesa nada más que salpicar en los charcos amarillos. El aire es húmedo, la ropa se vuelve una incómoda segunda piel que asfixia el cuerpo. El verde borroso abraza las casas del pueblo mientras la lluvia disuelve el paisaje de la selva amazónica del Ecuador. Cerca de este lugar los ríos crecen sobre negras piedras pulidas por el agua e ingresan en cavernas rocosas. En los enormes pedruscos de los ríos quedan petroglifos como vestigios de una civilización perdida y se dice que, en las cuevas, estalactitas y peñascos ocultaron a los líderes aborígenes que resistieron la colonización española.

Al ver cómo la carretera cruza entre los árboles pienso en esos hombres blancos que hace siglos se aventuraron por este camino tras la pista de una legendaria ciudad de oro. Algo más que ambición debió mover a los conquistadores para atravesar la maraña de ramas, envueltos en este aire espeso, cargados con espadas, cascos y pecheras. La historia nos ha dicho que eran hombres de metal que desafiaban los chubascos torrenciales de este lado del mundo con el anhelo de encontrar más metal, para seguir forjando máquinas y naves de guerra. La ambición y el deseo de gloria que se les atribuye a los españoles opacan otro vicio humano que se ha subestimado: la curiosidad.

El cuento de América está tejido con las voces de navegantes y exploradores que, metidos en la espesura, hallaron riquezas insospechadas. Quizás porque un viajero es un coleccionista de experiencias, a veces encuentra lo que no buscaba. Las joyas de la selva son invisibles para la mirada no entrenada, pero ahí están, susurrando en secreto: minúsculas garras recorren las ramas, silbidos mezclados con el rodar del agua, algo croa, chilla, vuela entre las hojas y no podemos saber con certeza qué es. 

Hace más de quinientos años los españoles caminaron bajo estas gotas que golpean el cuerpo con fuerza, con el lodazal hasta las rodillas, llenos de picaduras de insectos. Cómo no pensar en la sorpresa que causaría encontrarse con las oquedades rocosas en medio de un bosque de canela. Es posible que el temor de ser atravesados por flechas envenenadas no les haya dado tiempo a los conquistadores de contemplar la belleza de las grutas que se abren en esta selva. El capitán Francisco de Orellana recorrió estos parajes y siguió incursionando tenazmente en el boscaje, sin desanimarse por el hambre. En sus expediciones perdió un ojo y finalmente falleció, poseído por fiebres malignas, a orillas del río-mar, al que dio el nombre de Marañón. En todo viaje se encuentra algo y se pierde algo. Ahora recorro el mismo camino; también busco, sin saber, otro tipo de tesoros ocultos en el paisaje, no se trata de aves exóticas o de anfibios coloridos, sino de seres callados que descansan junto a los habitantes de Cotundo: las piedras.

Piedras vivas

En el parque central del poblado reposa una enorme piedra de río, como ballena encallada, en cuyo lomo trepan los niños, arriesgándose a resbalar sobre la húmeda piel pétrea. Nuestro guía, un chico de unos diez años, nos cuenta que esa roca había sido una anaconda descomunal que devoraba a los caminantes, por lo que el chamán la convirtió en masa pedregosa. Ahora, desde su sueño profundo, la bestia inanimada protege el pueblito y a sus habitantes. La historia me dice que aquí las piedras, las montañas, los ríos, las quebradas todavía se manifiestan como seres vivos, son espíritus protectores o demonios.

El relato de mi guía cuestiona el límite entre lo vivo y lo inerte. Me pregunto desde cuándo se empezó a pensar en las categorías de lo vivo y lo no-vivo. Tal vez Aristóteles y su afán de nombrar y ordenar todo lo que se mueve bajo el cielo haya sido el primero en dividir el mundo natural. Después, los pensadores ilustrados, de Descartes a Linneo, completarían las clasificaciones que separan a los seres vivos de su entorno. Afortunadamente, la existencia de un Nuevo Mundo ha cuestionado desde siempre la ciencia occidental. Pienso que hoy mismo, habito un espacio en el que se difumina la línea entre ser y no ser: vivo en un valle de Quito, cerca del pueblo de Guangopolo, donde los chamanes invocan al espíritu del cerro Ilaló para que llegue, humanizado, a bendecir sus ritos. Las montañas, que sin duda se mueven y escupen humo y fuego, están vivas en el imaginario andino. No quiero usar la palabra animismo para hablar de esta creencia porque creo que ese término tiene una connotación de superioridad frente a un pensamiento primitivo. Y me parece que hoy nada hay de primitivo en derribar esas categorías que separan lo humano de lo natural, como sucede con la anaconda petrificada en el parque central de Cotundo.

Petroglifos

Después de ver la enorme roca, nuestro guía se interna por un sendero empedrado. Lleva una ramita pulida como bastón para caminar. Le hemos pedido que nos guíe para ver los petroglifos. Deslizándonos sobre un estrecho camino arcilloso, marchamos. La lluvia ha dejado canales vivaces al borde de la vía. A veces se siente como si estuviéramos pegados al suelo, otras veces es inevitable resbalar y caer, avanzar es un juego de equilibrio. Lodo en las manos y en las piernas, lodo por todas partes. La hierba crece salvaje al lado del camino, el niño gira a la izquierda y nos internamos entre los matorrales. Nos movemos bajo la sombra de palmeras cuyas raíces sobresalen de la tierra como manos con uñas que apenas tocan el suelo. 

—Estas palmeras caminan —dice un niño de nuestro grupo — lo vi en Youtube, se mueven un poquito cada año. 

En la selva todo está vivo: las hojas van en hileras y los árboles caminan. Se escucha sisear al río. El sendero desemboca en una piedra voluminosa. Sobre gris irregular, aparece una línea fina, casi imperceptible, que delimita geometrías intrincadas. Cuando era niña había un juego al que llamaban la firma del diablo: consistía en dibujar, sin levantar la mano, una equis, dentro de un recuadro rematado con medias circunferencias. En la roca, el petroglifo más grande que se ve es como una firma del diablo, pero más compleja y bella. Hay otras líneas y formas menos reconocibles, flechas con volutas, espirales, ¿ideogramas o primeros intentos de un alfabeto? Imposible saber, nadie investiga estos rasgos perdidos en la Amazonía, quizás nos hemos conformado con el discurso de los vencedores y por eso seguimos afirmando que los pueblos nativos no tuvieron escritura; sin embargo, ¿no son los petroglifos los antecesores del discurso escrito? Todo signo posee significante y significado. El significante son esas líneas blancas. Paso mi mano sobre ellas y cierro los ojos, buscando el significado. Perdido, susurro. O quizás, como muchos de los tesoros de esta selva, solo se esconda de los ojos de extraños. La roca ha guardado, pacientemente, un mensaje enviado hace siglos y ya no lo podemos entender. La voluntad de comunicar está ahí, intacta, blanco sobre gris, signo sobre materialidad inmutable. Palabra sobre piedra, idea sobre piedra. Qué insondables resultan estos rasgos hoy para quienes grabamos nuestros mensajes en nubes. Es inevitable preguntarse quién encontrará nuestra escritura, registrada en el aire o en indescifrables partículas magnéticas y microtransistores. 

La piedra cansada

Al mirar los peñascos del río y los petroglifos, recuerdo que el poeta peruano César Vallejo escribió una obra teatral, ambientada en el incario, llamada Piedra cansada. Este título lo toma de una leyenda andina que cuenta que varios hombres arrastraban un potente bloque lítico para la construcción de un templo o fortaleza en los alrededores del Cusco. En una cuesta del camino la piedra se cansó y no quiso moverse más, dicen que incluso lloró sangre, por lo que tuvieron que abandonarla donde estaba. Los incas la llamaron piedra cansada. Varios cronistas como Pedro Cieza de León, Juan de Betanzos y Guamán Poma de Ayala recogen esta historia; sin embargo, el inca Garcilaso de la Vega ofrece una explicación para entender el llanto de sangre:

La verdad historial como la contaban los Incas amautas (que eran los sabios, filósofos y doctores en toda cosa de su gentilidad) es que traían la piedra más de 20 mil indios, arrastrándola con grandes maromas. Iban con gran tiento. El camino por donde la llevaban es áspero, con muchas cuestas agras que subir y bajar. La mitad de la gente tiraba de las maromas por delante, la otra mitad iba sosteniendo la peña con otras maromas que llevaban asidas atrás, para que no rodase por las cuestas abajo y fuese a parar donde no pudiesen sacarla. En una de aquellas cuestas, por descuido que hubo entre los que iban sosteniendo (que no tiraron todos a la par), venció el peso de la peña a la fuerza de los que la sostenían y se soltó por la cuesta abajo y mató tres o cuatro mil indios de los que la iban guiando. Mas, con toda esta desgracia, la subieron y pusieron en el llano donde ahora está. La sangre que derramó dicen que es la que lloró, porque la lloraron ellos y porque no llegó a ser puesta en el edificio. Decían que se cansó y que no pudo llegar allá porque ellos se cansaron de llevarla, de manera que lo que por ellos pasó atribuyen a la peña. (De la Vega, 1995).

En la versión de Guamán Poma de Ayala (en Van de Guchte, 1984), la piedra cansada era arrastrada desde el Cusco hacia la región de Quito, a la ciudad de Tomebamba (actual Cuenca), en donde se encontraban la residencia de Huayna Cápac.

Quito, el Cusco, Lima, La Paz, las piedras cansadas siguieron llorando sangre, siglos después, sobre las espaldas de los esclavos de las minas y de los constructores de iglesias y palacetes de las ciudades mestizas. ¿Qué piedras cansadas poblarán las urbes actuales y en qué espinazos llorarán? Sin embargo, en la selva, las piedras no están cansadas, vibran con el trepidar del río, con el aleteo de los murciélagos dentro de las cuevas, se comunican con trazos escritos por civilizaciones perdidas.

Piedras que hablan

A un lado de la iglesia de Cotundo se encuentra el museo. El párroco es la única persona que tiene la llave del candado que guarda una pequeña puerta metálica negra, que da acceso a la exhibición. El museo no es más que dos o tres cuartitos en penumbras, bajo un techo de zinc. Es un pequeño gabinete de las maravillas: vitrinas y paredes guardan una diversidad de tesoros empolvados, por ejemplo, se conservan las lanzas que usaron los huaorani para matar a dos misioneros católicos, piedras con fósiles, canastos artesanales, cuarzos de diversos tamaños y colores, radios antiguas de evangelizadores estadounidenses, fotografías en blanco y negro de hombres, mujeres y niños de pueblos amazónicos. Los objetos son testimonios de historia natural mezclada con historia humana, que dan cuenta de la resistencia y de la catequización colonizadora.

En un cuarto aparte, reposan varias piedras en el suelo, pegadas a la pared. El párroco nos invita a pasar a esa sala y nos cuenta: 

—Según la creencia local, estas piedras son seres sagrados, por eso las tenemos aquí. 

Levanta una roca del suelo y nos permite cargarla. Es extremadamente pesada. 

—Dicen los chamanes que estas piedras les hablan y les protegen, porque cuando sienten un enemigo cerca, gritan.

Mira desconfiado y nervioso las piedras que están a su alrededor y admite que teme quedarse solo con ellas, especialmente de noche.

El párroco es nativo de Cotundo y, a pesar de haber sido ordenado en la fe católica, parece muy convencido de que, en cualquier momento, podríamos oír cómo sale de la piedra un alarido de alerta si se llegara a percibir hostilidad de nuestra parte. 

La curiosidad por auscultar la voz pétrea me mantiene mirando las rocas. ¿Qué bocas se abrirán para emitir esos sonidos? ¿Serán gritos agudos o guturales los que salen de estos seres? Pienso en Ulises, que se hizo atar al mástil de su nave para poder conocer el canto de las sirenas sin sucumbir al deseo de arrojarse a las aguas. ¿Qué podríamos hacer nosotros para escuchar el grito de las piedras? Es posible que haya sonidos que solo perciba el oído humano en los estados alterados de conciencia que producen las decocciones mágicas de la ayahuasca, la “soga de los muertos”. Quizás para escuchar a las piedras, lo que se necesita es atar a un mástil la razón, o al menos adormecerla con plantas sagradas.

Me despido de Cotundo y de sus rocas, que ciertamente están vivas en el imaginario de los contadores de historias.

Referencias

De la Vega, Garcilaso. (1995). Comentarios Reales de los Incas.  Fondo de Cultura Económica.

Van de Guchte, Marteen. (1984). El ciclo mítico andino de la Piedra Cansada. Revista andina, 2, 539-556.

Imagen tomada de Sitios turísticos Napo Ecuador

Escrito por:paginasalmon

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