Recuerdo muy bien cuando lo traje: una bolita de pelo polvoso y gris. Lo encontré en la esquina del parque, en una cajita de cartón. Me acerqué a él porque oí unos maullidos suaves, desesperanzados, del animal que intuye que nadie lo oirá, pero yo sí lo oí. Me acerqué porque empezaban a caer unas gotas gordas y salvajes que, de seguro, destrozarían la caja en poco tiempo. Sus ojitos redondos brillaron al verme y supe que no podría separarme de él. A Clara, mi mujer, no le gustó la idea de tener una mascota en el departamento. Además, decía, cuando quedemos embarazados tendremos que deshacernos de ella. Nunca le dije cuánto odiaba esa expresión, imposible que ambos estuviéramos preñados, ella sería quien cargaría con el peso del feto; yo sólo con las incomodidades de un embarazo tortuoso.

A Clara le molestaban muchas cosas del gato, como que se durmiera en la ropa tirada del baño, que saltara de sillón en sillón persiguiendo alguna mosca y tirando todo a su paso, que pasara horas frente a la ventana. “Parece poseído”, decía Clara, “como si pensara”. Aunque su molestia crecía en proporción a mi amor por el gato, muchas veces callaba para no iniciar una pelea.

Después de dos años de intentar embarazarse, un médico nos dio la mala noticia: Clara tenía matriz infantil, no podríamos tener hijos. Eso la devastó, pero yo hallé consuelo en el gato, tan cariñoso y dulce; siempre dispuesto al ronroneo. Clara propuso adoptar; yo, medio en broma, le dije que ya teníamos al gato, que podríamos traer otros mininos. Clara me miró fijamente con una tristeza infinita, creo que fue la primera vez que vio realmente lo poco que valoraba nuestro matrimonio. Tiempo después hizo sus maletas y se fue a vivir con su mamá; lo lamenté porque cocinaba muy bien y el sexo no era malo… una vez más me refugié en el gato.

Cuando él y yo nos quedamos solos, nos hicimos de rutinas. Me recibía en la puerta cuando llegaba de trabajar, luego me seguía a la cocina, donde le daba una salchicha. Después de que cenaba mi pan con leche, me sentaba en la sala a ver documentales policiacos; entonces el gato se acomodaba en mis piernas, cosa que antes no podía hacer porque Clara era quien se acurrucaba a mi lado.

Ya en mi cama, dispuesto para dormir, leía algunas páginas de uno de los tantos libros inconclusos que tenía en el buró. El gato, junto a mí, parecía seguir la lectura con su cabecita atenta. Dejaba entonces mis lentes, apagaba la lámpara de mal gusto, regalo de Clara, daba unas palmaditas en la cabeza del minino y me sumergía en un profundo sueño. A pesar de mi sueño pesado, sabía que él se quedaría junto a mí toda la noche, sobre la almohada.

Ésa era nuestra vida, llena de detalles minúsculos y rutinas bien aprendidas. A veces invitaba a alguna amiga, yo tenía mucho cuidado de cerrar la puerta de mi cuarto mientras teníamos intimidad, para que el gato no nos sorprendiera. Sin embargo, se quedaba afuera maullando tan desconsoladamente, que muchas veces nos fue imposible consumar el acto. Mi amiga en turno no se enfadaba, casi siempre lo tomaba con calma, abría la puerta e intentaba acariciar al gato que, huraño, corría y se escondía tras de mis piernas.

Hace un mes, sin embargo, conocí a Rocío. Llegó a suplir a la asistente administrativa de la empresa donde trabajo. Desde que la vi me agradó, un poco delgada para mi gusto, pero con una sonrisa amplia y sincera. Comimos un par de veces, otro día fuimos al cine y nos besamos. Esta noche la invité a cenar. Llegué tan cargado con las compras para la cena que pisé sin querer al gato que, como siempre, me esperaba en la puerta. Corrí a la cocina a guardar las cosas, el gato me siguió para que le diera su salchicha. Por primera vez olvidé comprarlas. En vez de eso, le di un poco de leche, que él volcó con un gruñido. Ya se le pasará, pensé. Me puse a cocinar para Rocío algo sencillo: espagueti y ensalada. El gato me estuvo esperando en el sofá, pero esta vez no pude acompañarlo. A las 8 en punto oí el timbre, me quité el delantal, me acomodé la camisa, me puse un poco de perfume y estaba pensando en la frase con que recibiría a Rocío cuando sentí el golpe en el cuello. Fue tan certero que caí al piso de rodillas, manchando todo de sangre. Creo que al gato no le gustó el cambio de rutina, pero aún creo que me mira con amor, mientras me desangro sobre la alfombra.

Imagen tomada de Pinterest

Escrito por:paginasalmon

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