A Sally Guzmán, Laura Rivera y Zully Cruz. Y a las personas de Oreganal, fundamentalmente.

Cinco años atrás, conocí el mar. Fue, como para toda persona que se traslada del frío centro de Colombia hacia el Caribe, una experiencia estrambótica; no me alcanzaron las casi 24 horas en flota de Bogotá a La Guajira para quitarme de encima la ansiedad. Experimentar —en cada escala que se hace para estirar, comer o fumar— cómo varía progresivamente la temperatura para el cuerpo en su contacto con el aire, es algo que no puedo cambiar todavía por la sensación gaseosa de viajar en avión. En definitiva, estaba aterrado y feliz: con terror, porque no se trataba de un viaje turístico; feliz, porque no se trataba de un viaje turístico.

Me explico: cinco años atrás sucedió algo de suma importancia para las comunidades regionales de La Guajira. Diversas organizaciones sociales, en conjunción con los habitantes de varios corregimientos, propiciaron el desarrollo del Tribunal Popular para denunciar las afectaciones físicas, mentales y comunitarias que las transnacionales ocasionaban en las poblaciones de esa región producto de su actividad minera. La idea fue, entonces, conformar grupos de personas que voluntariamente decidieran apoyar la orientación de unos talleres en donde la población expresara cada cosa que el zapato del desarrollo minero deja a su paso por los territorios. Yo fui una de esas personas, perteneciente al comité educativo; debíamos pensar en actividades para que los niños y niñas de Oreganal, un reasentamiento al suroriente de Riohacha, le contarán al país sus percepciones sobre tal situación.

Con este ánimo viajé, cargado de miedos y expectativas. Y también iba a conocer el mar. Ambas invitaciones me atraían con fuerza. Y un poco así las viví. Me recuerdo sentado junto a Laura en la flota, riéndonos a carcajadas de unos kiwis que habíamos guardado para el camino, pero que se dañaron solo unas horas después de iniciado el trayecto. Asimismo, nos recuerdo aseando el colegio del corregimiento en donde armaríamos nuestras carpas y donde se desarrollarían los talleres al otro día o visitando una pequeña tienda junto a Zully. Los dos estábamos sorprendidos por encontrar cerveza fría y deliciosa por tan sólo mil pesos.[1] Una locura. Pero el lugar, a pesar de la alegría propia de los territorios caribeños, era un poco triste —algo como escuchar un son, ese particular contraste de la alegría sonora con la nostalgia rítmica—. Sus habitantes llegaron allí como desplazados de otros sitios del departamento, por una violencia que es armada pero también económica y ambiental: si no se mueven, los matan    los grupos armados o el abandono estatal o la contaminación del agua y el aire. Aunque bueno, todo ello es una variación del mismo fenómeno. ¡País de mierda![2]

Nos dispusimos a llevar a cabo los talleres en la región, era la primera jornada del Tribunal, luego de mi primera noche durmiendo en carpa. He de decir que el día fue, según una pequeña ilustración fioliana, una montaña rusa en donde “tanta curva, tanta vuelta, te pone la mente confusa”. Y también el espíritu. Desde bien temprano comenzó el difícil vaivén de sensibilidades particulares y colectivas: un desayuno organizado por la comunidad que nos hizo sentir acogidos, una serie de relatos sobre las afectaciones de la minería en el territorio que nos crujió en la frustración y el deseo de rebeldía, una conversación para dimensionar el carácter monstruoso que las transnacionales generan en la población; porque sí, yo palpitaba mi personal “no han visto el mar mis ojos”de León de Greiff, mientras que las personas de allí perdían un río —el Ranchería—, y entonces no había manera de que el anhelo marino no se tiñera del color pétreo que toma el agua cuando es intervenida para extraer carbón y petróleo.

Las personas de la comunidad acudían a la pequeña escuela del reasentamiento —a donde, por cierto, iba un carrotanque dos veces a la semana, pues no había agua potable—, pasaban por donde estudiantes de la Nacho[3] y otras universidades a que los valoraran medicamente, luego acudían al taller de derechos humanos y más tarde a las actividades de cuidado de recursos naturales y reciclables. Y, mientras esto sucedía, nosotros estábamos con los niños y niñas. Recuerdo con toda claridad el rostro de un pequeño bastante extrovertido que no hacía otra cosa que hablar de cómo El Cerrejón[4] había enfermado a alguno de sus familiares. Y así lo dibujó en una de las cartulinas que le dimos. Por esas horas, claro está, yo no pensaba en la inmensidad del mar que me esperaba, sino en la carencia del río que estas personas habían empezado a vivir tiempo atrás y sentía mucha vergüenza. En la capital no hay manera de dimensionar todo lo que pasa. Más aún: en la capital se hace muy poco frente a todo eso que pasa e, incluso, se descree, se ignora, se vive en la apariencia de la pacificidad y el orden sin advertir que toda esa presunta tranquilidad está erigida sobre la violencia y el despojo ejercido a otros y otras, tal como afirmó Chantal Maillard en una de sus conferencias.

El caso es que después de que los talleres terminaron nos fuimos con Laura y Zully a conocer el poblado. Habíamos guardado con mucha congoja los dibujos y relatos escritos por los niños y niñas —dispuestos a llevarlos a Riohacha para que en el segundo día de Tribunal se expusiera esa perspectiva infantil sobre lo que estaba pasando— y teníamos ganas de andar. La sorpresa es que Oreganal era pequeñísimo; tanto así que en media hora ya lo habíamos caminado de extremo a extremo, desconcertados no sólo por su extensión geográfica, sino por la lejanía que había entre ese territorio y la idea usual que tenemos de un corregimiento. A propósito, en algún lugar Emmanuel Lévinas dice que “la violencia no consiste tanto en herir o aniquilar como en interrumpir la continuidad de las personas, en hacerles desempeñar papeles en los que ya no se encuentran…”. Yo pienso ahora, en este puñado de años después de ese día, que reasentarse significa precisamente reiniciar la constitución de una cotidianidad común que ha sido reprimida en otro sitio de manera violenta, pero en ese momento no lo entendía del todo así, y entonces caminaba aterrado de que las únicas estructuras más o menos grandes del lugar fuesen la escuela y el cementerio. Justo allí dolía el viaje, profundo. Justo allí, el deseo de conocer el mar no era más que vanidad estúpida.

Al volver a la escuela, cayendo la tarde ya, emprendimos el viaje hacia Riohacha. Dos horas. Había que llegar a preparar todo para la plenaria con los representantes de El Cerrejón y a descansar. Partimos en una pequeña buseta con música de Los Chiches[5] de fondo: “esto no puede continuar…” comienza una canción suya, y aunque es de tono romántico, creo que era lo que pensábamos todos y todas en ese instante, llenos de una mezcolanza agridulce entre dicha e indignación: lo que la minería a gran escala le estaba haciendo a las comunidades guajiras  no podía seguir así.Arribamos, nos instalamos en el coliseo Jhon Medina Toro y, pese a que debíamos dormir —era la medianoche— no hubo forma de contener lo inevitable: la bahía riohachera estaba a veinte minutos en taxi. Y entonces sí, insospechadamente conocí el mar a medianoche, con una cerveza en la mano, brindando pese a todo por la vida, por Laura, por Zully, por la amiga que nos abrió la puerta para ir a ese voluntariado, Sally Guzmán. Ningún fenómeno natural me ha cruzado tan así desde entonces como ese primer acercamiento a un mar que no veía, sino que sólo escuchaba y olía. Frente a mí había una inmensidad tan insondablemente oscura, que desde entonces me sé verdaderamente pequeño en el mundo. No hay religión que iguale ese encuentro.

Encandilado así, volví con las demás personas al coliseo. Descansamos, y muy temprano estábamos listos para el día más importante del Tribunal: la denuncia pública en presencia de delegados de El Cerrejón. Fue impresionante ver arribar comisiones de tantísimos corregimientos guajiros, ya que además de Oreganal había personas de Palmarito, Saraita, Media Luna, Marcelo Rancho, Las Casitas, Roche Viejo, Jamiche, Chancleta, Patilla, Manantial y Bahía Portete, todas cargadas de testimonios gráficos, escritos y un inusitado deseo de justicia. Pero los vaivenes seguían aconteciendo. La delegación de la minera no se asomó y entonces el relato de las víctimas —que se hizo a pesar de todo— estuvo cubierto de ese dolor particular que sólo produce la indignación y la mofa que del pueblo hace el poder. Recuerdo a un señor que lloraba debajo de su sombrero vueltiao de pura impotencia, mientras contaba los desastres que la minería ocasionaba en su territorio. Y, de la misma manera, se expusieron los testimonios recogidos en Oreganal; pero el desconcierto era descomunal. Es imposible decir algo cercano a esa angustia. ¡País de mierda!

Todo lo que sucedió después de esa jornada es fugaz y un poco vacuo. Tuvimos espacio para ir a la bahía durante la tarde y claro, aunque tenía mucha emoción por ver el mar con la claridad del día, estábamos desahuciados. Las casi 24 horas de retorno a la ciudad fueron silenciosas, excepto por un último relato que me esperaba: una señora que viajó desde Bogotá con nosotros, oriunda y exiliada de La Guajira, me contaba cómo fue que Jorge 40 asesinó a su esposo, a su hija y la obligó a partir de su tierra caribeña. El exterminio de líderes y lideresas sociales es una historia remota aquí, latiendo difícil todos los días hasta hoy como corazón fatigado.

Así pues, lo personalmente vivido se resume en dos evocaciones. Por un lado, yo volviendo a tomar el Transmilenio al arribar a la ciudad; todo lo que me dolía dentro tenía el color granate de ese bus que me traía de vuelta a casa. Por otro lado, mi encuentro conflictivo con el mar. Pienso ahora que, tal como dice el dicho, hubo un “agua que pasó por aquí…” honda, descubierta aquella madrugada de octubre en Riohacha. Esa agua me sigue pasando, humedeciéndome dentro rato tras rato. Pero ahora, ¿a qué ese recuerdo, esa humedad, si hubo un agua que pasó por allí —llamada desde mucho tiempo atrás río Ranchería— oscurecida también, por la que pude hacer demasiado poco, porque la que hemos hecho demasiado poco todos y todas como país?

Otra es el agua que corre ahora. Cinco años después, la situación no es en ningún punto distinta. Las personas que habitan las regiones del país siguen sometidas a violencia armada, económica y ambiental. También se han secado algunos otros ríos y han asesinado a más personas en nombre del desarrollo y la insensibilidad. Entonces sí, un agua pasó por aquí, estremeciendo, horadando, haciendo vértigo, pero ¿de qué sirve todo eso si han sucedido los años y no hay manera de que a aquellas personas les vuelva a pasar esa agua tan suya, tan estremecedora, tan necesaria y vital? Y, además de todo, El Cerrejón siguió con su ejercicio minero impunemente, otras empresas de ese tipo ocasionaron desastres similares o peores —solo hace falta pensar en Hidroituango[6]— y hay madres, padres, hermanos, hermanas, vecinos y vecinas que han llorado desapariciones, desplazamientos, abandonos estatales. Otras son las aguas que corren, y pasa de todo, menos un agua furibunda, vitalicia, que termine con todo esto, que transforme todo esto y me pregunto, ¿para qué ese ejercicio de llover otra vez sobre mojado? No lo sé, la verdad, pero Sally, Laura y Zully comprenderán perfectamente que esta memoria compartida quizá vaya a sobrevivirnos, quizá vaya a acompañarnos hasta la vejez, muy a pesar del mundo, muy a pesar de este país de mierda que, de vez en cuando, nos permite empaparnos otra vez a plenitud de nuestras propias nostalgias.


[1] Como datos de referencia: $1,000 colombianos equivalen a poco menos de $6 mexicanos o a 28 centavos de dólar estadounidense.

[2] En 1999 el periodista y humorista Jaime Garzón fue asesinado tras realizar una sátira en contra de la clase política colombiana y su papel en la consecución de un acuerdo de paz. Ese día, en uno de los noticieros de cobertura nacional en donde se dio a conocer el asesinato, César Augusto Londoño cerró la emisión con esta expresión en medio de la desazón, haciéndola popular.

[3] Nombre coloquial de la Universidad Nacional de Colombia, institución pública más grande del país.

[4] Se trata de una mina de carbón a cielo abierto que ocupa buena parte del departamento de La Guajira y es propiedad del Estado. Se ubica en la cuenca del río Ranchería y es una de las minas más grandes del mundo de este tipo.

[5] Agrupación vallenata del norte de Colombia.

[6] Hidroituango es un proyecto hidroeléctrico de carácter estatal desarrollado en el departamento de Antioquia, el cual ha estado rodeado de múltiples polémicas que implican desapariciones forzadas, desplazamientos de poblaciones civiles, detrimentos patrimoniales y desastres ambientales, especialmente hacia el año 2018.

Fotografía “Póster oficial del Tribunal”. Tomada de La Guajira Resiste

Escrito por:paginasalmon

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