Anoche me topé con él en una esquina del barrio de los negocios y oficinas. Cabizbajo, estaba sentado en una jardinera. Era de una negrura exquisita y de sus ojos escurrían enormes y oscuras lágrimas que reflejaban las luces nocturnas.

La mayoría de las personas pasaban y, tras contemplarlo brevemente, aceleraban el paso en mutismo total. Algunos se atrevían a tomarle foto o video para luego huir como si él se fuera a levantar. Quizás todos tenemos pecados tan profundos y horripilantes que no nos permiten ver llorar de pena a un ángel negro.

Me senté lo más cerca de él que pude, su plumaje obsidiana caía desparramado a ambos lados. Su cabeza estaba cubierta por una cabellera de delgados hilos de mármol negro trenzados, cuyo extremo se escondía a sus espaldas. Tenía el ceño fruncido y los ojos cerrados. Las lágrimas no dejaban de brotar y se unían en un río oscuro que llegaba al mentón. De allí goteaban al suelo dejando una constelación pintada con tinta china sobre el gris del pavimento.

Esperé el tiempo que consideré prudente. El suelo se seguía tintando segundo a segundo. La gente era un manchón multicolor que fluía sin parar lanzando destellos al tomarnos fotos. Finalmente me decidí.

—¿Estás bien? ¿Te puedo ayudar? —expresé suavemente, de forma casual.

Miré a la multitud para hacer una pausa. El río de gente no se amilanaba a pesar de la hora. Noté que alguna patrulla se acercaba con sus molestas luces, nos observaban desde el interior y luego, con la indiscreción roja y azul de su torreta, se alejaba.

—¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres platicar?

Él apretó la mandíbula e intentó levantar el brazo derecho como intentando empezar una frase. Se detuvo, suspiró, irguió su torso mientras acomodaba las formidables alas detrás de él, giró su rostro para encararme y abrió los párpados. Me miraron dos abismos del color de la lava roja, tan profundos como si se descubriera un universo de incandescencia naranja cuyas estrellas y galaxias parecían cenizas apenas visibles.

—¿Estás dispuesto a escucharme? —la voz trueno resonó, aunque parecía que no había abierto los labios.

Un escalofrío recorrió la ciudad. La temperatura bajó de súbito y se abrieron las grietas del mundo. Ahora fui yo el que tardó en responder. Me costó trabajo alejarme de su mirada, aún colgado al borde de la locura, para ver el suelo.

—Si, háblame.

Me contó de ascensos y las caídas de las simientes divinas, de las eras que el tiempo no recordaba puesto que fueron antes de él, de los cantos cósmicos que refulgen en las oscuridades de la verdad, de las vetas al borde de este momento, de las sombras encarnadas que susurran ante los soles, de los vastos océanos en las cunas del más allá donde germinan posibilidades, de las bendiciones que se arrastran en los vericuetos del silencio pasado, de las inflorescencias del espíritu que yerguen nudos sin escape, y mucho, mucho más.

Pronto, al igual que a él, las lágrimas me asolaron el rostro ante las magnitudes de lo inextricable, de su belleza como de su condena, ante el milagro y el acto de poder escuchar. Había malentendido su pena y me disculpé en un momento de silencio.

Se puso de pie y me invitó a hacer lo mismo. Extendió el terciopelo obsidiana de sus alas para abrazarme con él. Dentro, acogido por el vientre mineral de su cuerpo, me tomó de los hombros, asintió con la cabeza y retiró el abrazo.

—Seguiremos platicando, espérame —susurró. Abrió las alas y partió. Azorado lo vi perderse en el cielo. A mi alrededor la multitud no dejaba de mirar al infinito.

Desde entonces sé por qué lloran los ángeles y he dejado de hacerlo por nosotros. Las únicas excepciones fueron cuando mis padres murieron y al nacer mis hijos. Por semanas los ríos azabaches marcaron mi rostro.

Ya lo he escuchado y pronto regresará. Entonces, yo le hablaré. 

Fotografía de Luis Armando Rodríguez Garza [de la escultura Bronce en plenitud de Jorge Marín]

Escrito por:paginasalmon

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