No hubo necesidad de traer a nadie, 

ya todos estaban ahí.

No era para menos la admiración que Ramiro Gamba generaba entre los reos y autoridades del penal donde purgaba condena, pues tenía tatuada de bella manera la imagen de la virgen de Guadalupe. La ilustración se extendía en todo su torso: la cara de la virgen empezaba en el cuello y los pies terminaban en su sexo. Parecía que el cuerpo de Ramiro Gamba había sido diseñado para lienzo de la Guadalupana. A la hora del baño, todos los presos buscaban entrar al mismo tiempo que Ramiro Gamba para santificarse. Algunos, al no poder introducirse al recinto, tan sólo se contentaban con verla, aunque fuera de lejos, a través de las pequeñas ventilas que rodeaban el galerón; aquello era una romería todas las mañanas. Esas enormes y frías galeras se llenaban completamente de calor humano generado por tantos reos seguidores de la morenita. Una de las grandes ventajas que Ramiro Gamba tenía era que nadie se atrevería a apuñalarlo, porque “eso sería pecado y de los grandes”, como decía Diodoró Chabot, al que apodaban el Topo, su compañero de celda. Ramiro Gamba se paseaba por los patios del penal casi siempre con la camisa abierta y los pantalones a la cadera. Ramiro Gamba los mandaba arreglar con Tarsicio Creel, apodado el Sastrecillo valiente, el sastre del reclusorio. Tarsicio Creel tenía una caída de ojos medio rara, a consecuencia de haberse puesto gotas de limón con bicarbonato por más de un año, recomendadas por el yerbero de su colonia, Hasta que un día amaneció con los ojos cerrados, llenos de lagañas y ya nada se pudo hacer para que los pudiera abrir completamente de nuevo. Como resultado, le quedó esa caída de ojos, razón para que muchos presos dijeran que era puto. Ramiro Gamba le había pedido al Sastrecillo valiente que les realizara a sus pantalones un diseño moderno y a la cadera, para que dejara ver lo más que se pudiera de la imagen santa. “Claro, sin caer en lo prosaico y mucho menos en lo extravagante”, decía Ramiro Gamba con cierto aire aristocrático, ganado en el tiempo que trabajó de cadenero en una discoteca de prestigio.   

Ramiro Gamba presumía que el tatuaje se lo habían hecho en el gabacho, en uno de los muchos brincos que se había echado para matar a unos compas que se la debían. Se lo hicieron unos batos que le hacían trabajos a Madonna y a un  luchador. Decía el Topo que una vez Ramiro Gamba le había contado que el material que utilizaron para tatuarle la imagen eran remanentes de pintura fluorescente que utilizaba la NASA para sus naves espaciales. Por lo que su celda todas las noches permanecía iluminada tenuemente. Había que aprovechar ese resplandor, pues a las ocho en punto cortaban la corriente y toda el área de celdas quedaba en penumbras. El Topo aprovechaba para leer noticias en periódicos viejos, lo que le daba un aire de adivinador gitano. Desde la primera vez que a Ramiro Gamba se le ocurrió colgar un bote por fuera de su celda solicitando ayuda económica para la manutención de la imagen, no hubo día que no le cayeran por lo menos cinco pesos. 

Luis Alberto Zamacona, alias el Tonel, despiadado sicario de la zona mazatleca, en un acto de alevosa envidia, quiso tener una imagen semejante, por lo que le pidió a Jorge Yepez que se la tatuara a la mayor brevedad, y que por dinero no se preocupara pues le había caído una lana que le envió su jefecita. “Te la voy a pagar bien pagada, cabrón”, le dijo Zamacona al Falsas mostrándole su enorme barriga. Jorge Yepez, el famoso falsificador de cheques de viajero y bonos del tesoro mexicano, quien fuera detenido porque en una ocasión que realizaba un retiro de su propio dinero en el banco, dudaron de su firma y, al cotejarlo, apareció su foto en el archivo de la procuraduría con un nombre falso, y ahí mismo lo aprendieron. Jorge Yepez, el Falsas, había sido un excelente dibujante, pero el tiempo y el encierro habían dañado mucho su habilidad, su destreza en el dibujo se había perdido casi en un 90 por ciento, sin tomar en cuenta el mal de Parkinson que lo había atacado unos años atrás. Aunque él nunca quiso reconocer que ya no era ni la sombra de lo que había sido, se ponía a hacer trabajitos que le caían, cosas sin importancia. Otra cosa que perjudicó su tarea fue la tinta utilizada, tinta de una pluma Werever Caravel, punto fino, tan vieja y tan reseca que casi era una obsidiana, ya que llevaba varios años guardada dentro de un bote en la celda de Yepez. La tinta no aguantó al ser mezclada con solvente y mucho menos con la grasa que el Tonel mantenía bajo su pellejo. Otros dicen que fue un castigo divino, porque la imagen de Ramiro Gamba era la oficial, la certificada por el concejo Vaticano. Los primeros días el tatuaje “chafa” de el Tonel no estaba tan mal, tal vez un poco borroso en el contorno de la cara y en una que otra estrella. Era una imagen tristona en su composición, tal vez porque era monocromática: estaba realizada con azul marino, y por eso, no la hacía llamativa. Fue un domingo cuando el Tonel, después de haber dormido hasta tarde, se dio cuenta de que la imagen se le había chorreado, se había regado por todos los poros de su enorme barriga, Convirtiendo al Tonel en un enorme moretón andante. 

Ramiro Gamba aprovechaba los días soledados para sacar a la morenita del Tepeyac. Los domingos la llevaba a la misa del padre Salgado, ahí lo tomaban como estandarte, el mismo padre Salgado decía que nunca había visto una imagen tan prodigiosamente realizada, y eso que él era un experto en el tema. “En el cuerpo de Ramiro Gamba es como si cobrara vida”, decía mientras las lágrimas asomaban en sus ojos. Los años pasaron y Ramiro Gamba fue imbuido por un fervoroso espíritu religioso a causa del respeto que todos los reclusos le brindaban. Esto hizo que cambiara completamente su actitud de sicario sinaloense a un verdadero Karol Wojtyła; cansado de andar de penumbra en penumbra, se reencontró con el ser humano que habitaba en él, luego de una ausencia casi absoluta. Eso era ahora el multiasesino: un santo. Algunos llegaron a decir que en el fondo de los ojos de Ramiro Gamba y tras esa mirada glacial y nada amistosa, se veía la  imagen  de la Virgen. Esto tendría que ser muy en el fondo de sus ojos, porque su rostro era el de un verdadero hijo de la chingada. Aprendió palabras en latín para santificar a los compañeros que se lo solicitaban y cultivó el arte de escuchar, lo que le hizo escalar de estatus dentro de la mafia presidiaria y ser respetado por la mayoría del gran grupo de hijos de puta que controlaban el penal. Después, empezó a correr el rumor de que había sido sentenciado injustamente, se dijo que los 139 muertos que le achacaban podrían ser errores al juzgarlo. También se llegó a pensar que alguien del Vaticano intervendría para sacarlo de su cautiverio, pero la verdad fue que ni los sacerdotes, ni las autoridades movieron un solo dedo para su liberación, muy por el contrario: le cargaron nuevas acusaciones, lo que sumó una sentencia más extensa a la que ya tenía y se le sumaron dos cadenas perpetuas y tres días. Todo esto se hizo sin que Ramiro Gamba tuviera la más mínima idea de lo que ocurría. Así, las autoridades aseguraron su estadía en aquel presidio por los siglos de los siglos. 

La fuerza milagrosa de la imagen era tal, que llegó una solicitud del reclusorio Oriente para que Ramiro Gamba fuera extraditado para allá. A lo que se negó rotundamente don Natividad Garza, quien era el director del penal: “Por ningún motivo y de ninguna manera se dará la autorización para que Ramiro Gamba sea extraditado, removido o cambiado de este penal”, declaraba con el rostro engarrotado por la molestia.

Al crecer la fama y los milagros que le eran atribuidos a la imagen, en un boca a boca interminable, llegaron reporteros de las televisoras de todo el mundo. Hubo un reportaje especial de Discovery Chanel, cuya aportación fue una colección de libros religiosos para la biblioteca del penal y ninguna gratificación para Ramiro Gamba. Dicen que Ramiro Gamba comentó por lo bajo: “Culeros, ni un pinche dólar me dieron”. También iban muchos políticos a pedirle consejo acerca de los problemas nacionales. Ya para ese tiempo las palabras que emanaban de Ramiro Gamba daban la impresión de que las pronunciaba la mismísima Virgen. Llegó el momento en que las cámaras de televisión menospreciaban el cuerpo y la persona de Ramiro Gamba. Las tomas televisivas solamente enfocaban del cuello hacia bajo. “Queremos la pura imagen”, decían los directores de cámara. 

Como la imagen empezaba exactamente en el cuello de Ramiro Gamba, la nariz y la boca de la Virgen estaban tatuadas sobre la manzana de Adán y cada vez que Ramiro Gamba tragaba o la movía, parecía que la Virgen masticara algún pensamiento o que quisiera mandar un mensaje de paz a su pueblo. Un reportero llegó a decir que él la había escuchado decir unas palabras de paz para sus hijos. Después de eso, se detectaron a muchos visitantes falsos que, sin tener ningún  motivo para ir al reclusorio, alquilaban internos por una paga mensual para poder tener un pretexto y de ese modo entrar al reclusorio los domingos, que era uno de los días en que Ramiro Gamba se paseaba por el patio central. Así, los falsos parientes podían ser testigos del estandarte viviente. 

Cuando el Azteca y el Chololo empezaron con sus intrigas, principiaron los problemas para Ramiro Gamba. El Chololo, profundamente molesto, lo acusaba de una posesión ilegal de la imagen y consideraba que deberían despellejarlo y hacer con su piel un cuadro, un retablo que estuviera de fijo en el recibidor para que todos los familiares de los presos pudieran persignarse al llegar a su visita. El Azteca no era tan extremoso ni tan malintencionado, él sólo solicitaba que encerraran a Ramiro Gamba en una celda de cristal móvil y que lo bañaran todos los días para disponer de él en el momento en que se le solicitara. Por ejemplo, los miércoles y jueves lo pondrían cerca del pasillo donde se encontraban los cuartos para la visita conyugal; el domingo por la mañana en la recepción para que todos se santificaran frente a él y más tarde llevarlo al auditorio donde se celebraba la misa oficial; los sábados lo llevarían a la cancha, y lo pondrían cerca de la portería del equipo local para que los protegiera de que cayera un gol en su contra. El Chambotas, por su parte, hacía airadas protestas, diciendo: “es un verdadero sacrilegio que los piecitos de la santa estén cerca del sexo de ese cabrón que ahora se las da de santo”. 

En febrero, Ramiro Gamba empezó a enflacar de forma inexplicable. Las estrellas que circundaban a la virgen tomaron una apariencia  tridimensional al estar sobre la piel que ya se pegaba a sus costillas. Se notaba su pérdida de salud. Una palidez cadavérica lo acompañaba siempre hasta el punto de que muchos reos empezaron a temer por su vida y presentían algún riesgo para la imagen al estar en un cuerpo tan venido a menos. Fue una mañana de diciembre, un martes, mientras Ramiro Gamba estaba sentado en una banca del patio central dándole las últimas fumadas a una “bacha” de mota, mirando los volcanes que estaban rebosantes de nieve,  en aquel momento exacto e infinito de la vida donde todos los seres humanos precipitan sus pensamientos, en el punto absoluto donde el nacer y el morir se fusionan incorporándose a la energía eterna, que Ramiro Gamba pensó: “Al fin y al cabo la vida no ha sido tan mala conmigo”.

En aquel crepúsculo matutino, se le acercó la doctora Frígida Cienfuegos y le anunció: “Después de los estudios que le hemos practicado, descubrimos que tiene usted un tumor maligno en el cerebro, un tumor del tamaño de una uva”, se lo dijo fríamente, sin ningún rasgo de compasión, mirándolo directamente a los ojos. Cuando Ramiro Gamba observó la gélida mirada de la emisaria de la muerte, pudo comprender y sentir en aquel instante, paradójicamente, la sensación que él mismo habría proyectado sobre sus víctimas. 

Mientras tanto en su oficina, don Natividad Garza daba vueltas como un animal herido, muy molesto al enterarse de la pésima noticia. “¡Me lleva la chingada! ¡Qué pinche suerte! Ahora que nos estaba entrando más lana. Entre la venta de los recuerditos las visitas guiadas y las demás pendejadas que hacen nuestros presos, casi triplicamos nuestros ingresos, ¡chingada madre! ¿En qué momento se nos viene a enfermar este pendejo? Bueno, bueno, aquí ya Ramiro Gamba no tiene la menor importancia, lo que nos debe ocupar es salvar la imagen a como dé lugar”. Esto lo expresaba casi con espuma en los labios. 

La directiva, tras resolver cómo mantener la imagen, se enfocó en encontrar a alguien que se hiciera cargo del delicado proyecto. El director del penal, en un interés por la comunidad presidiría, mandó llamar a Vladimir Yunosky, el gran taxidermista ruso-judío de quien una de sus más legendarias proezas era la de mantener el cuerpo de Lenin en perfecto estado. Vladimir Yunosky era nieto de Yazkin Yunosky e hijo de Anatoli Yunosky, varias generaciones de Yunoskys habían pasado la vida en el Kremlin preservando lo impreservable. Vladimir Yunosky era el único heredero de los secretos que mantenían la piel muerta, viva por siglos. 

El día que Vladimir Yunosky llegó a revisar a Ramiro Gamba se desilusionó al observar el estado en que se encontraba su piel. Motivo por el cual les informó que no podía garantizar su permanencia perpetua. Los ojos de Vladimir Yunosky recorrieron la famosa imagen y, después de algunas preguntas y un interrogatorio concienzudo, pudo ofrecer un diagnóstico muy acertado: llegando a la conclusión de que Ramiro Gamba, desafortunadamente para la causa que los ocupaba, no había tenido un desarrollo armónico y su alimentación había sido deficiente en largos periodos de su niñez, motivo por el que su piel se había vuelto chiclosa y seca a la vez, una mezcla que era muy difícil de explicar, pero que era muy común en los países donde se acostumbraba cenar bolillo con frijoles negros y Coca Cola. A pesar de la problemática que presentaba la piel de Ramiro Gamba, Vladimir Yunosky, como todo un profesional y sin más interés que el económico, les informó que por el momento no tenía la solución, pidió a las autoridades no exteriorizaran nada de lo que él les había dicho, que se comprometía a hacer su mayor esfuerzo para que esa imagen tan hermosa no terminara tragada por los gusanos. A Ramiro Gamba lo engañaron haciéndolo firmar una hoja en blanco, el cual las autoridades llenaron como si fuera un documento oficial en el que acreditaba la donación voluntaria de su cuerpo. 

Llegó el día en que el pequeño tumor maligno finalizó su labor y terminó con la vida de Ramiro Gamba. Murió sintiéndose, en cierta forma, un santo, un santo que sucumbió en una cruzada muy particular. En el reclusrio corre la leyenda de que en la imagen que se encuentra en el auditorio se puede ver en los ojos de la Virgen de Guadalupe a un hombre muy parecido a Ramiro Gamba, con ese rostro de un verdadero hijo de la chingada. Dicen los que lo han visto que se le ve resplandeciente y lleno de paz.

Imagen tomada de Días festivos México

Escrito por:paginasalmon

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