¿Les parece que lo más profundo de uno está en la piel? ¿Concuerdan con que cada uno cargamos en los ojos los vestigios de otro tiempo lunar? Permítanme contarles la historia de cuando crucé camino con la soledad; de la metamorfosis más extraña que se adueñó de mí. Era el comienzo de la última noche invernal, me encontraba fatigado y aburrido; estaba habituado a la oscuridad, compañero de almas viajeras que solo a esas horas cobran sentido. Al final de la calle en la que me encontraba la vi venir: el cuerpo echado hacia adelante, sus brazos taciturnos por necesidad, parecía más bien una figura sonámbula que pasaba arrastrando los pies. Su cara era la de una niña a medio gritar, una niña que se encontraba vagando en la oscuridad. No había nadie detrás, nos acompañaban las ramas vivientes de mezquitales a medio evaporar que como encaje adornaban cada lado de la calle y la blanquecina luna a medio expirar alcanzaba a rozar sus mejillas. Entonces la vi sollozar, a cada paso que daba el corazón me quería estallar. La comencé a seguir y me camuflé detrás del riachuelo de agonía, ella se sabía en la oscuridad. Después de unos minutos, a mitad de camino, apareció una casa con muros interminables y una puerta. 

Finalmente, se detuvo delante de una casa, como dentro de una fotografía se quedó; al principio pensé que era el momento, pues tardaba en abrir aquella puerta, no alcanzaba a ver si ella giraba la perilla o si esperaba a que alguien le abriera. Me acerqué un poco y quedé atrás de ella, justo al otro lado de un arbusto. Por voltear y divisar la continuación de la calle, esta se esfumó. En su espalda se dibujaba el miedo. Apurada, ella esperaba a entrar; yo simplemente calculaba el momento del salto. Pero otra vez la calle oscura me envolvió con sus ramas polvorientas; el silencio invocando a los grillos y mosquitos rezándole a las siluetas nocturnas.

De repente, me topé con la puerta abierta sin ella a medio camino; salté de la nada y casi la alcancé. Dentro de la casa, en el jardín de la entrada, imaginaba que todo sería más fácil, seguro que mi piel ya descansaría. Ella gritó y golpeó con sus puños la segunda puerta: “¡Apúrate!”, gritaba desde sus entrañas. Al instante, una mujer abrió la puerta, pero intrépido yo logré aventurarme al destino que fuera: bien el triunfo, bien la muerte segura. Ya en la sala de aquella casa, quedamos frente a frente, sin obstáculos y sin el tiempo obturándonos. 

Ella me veía aterrada, me acerqué unos pasos y solo atinó a cargar a una niña pequeña que estaba en el sillón; la protegería hasta de mi mirada. La sangre me hervía, ya nada me contenía, me acerqué y las dos cayeron en el otro sillón, no había manos ni piernas para luchar, mi turno.

Decidido, abrí mi boca. Ella se sorprendió cuando despertó de su rigidez, cuando sintió el contacto de mi lengua con su mano. Hice esto un par de veces más cuando estuve frente a ella. Finalmente, abrió sus grandes ojos, fue cuando me reconoció, la piel de la esquina de sus ojos estaba fulgurante. Solo quedaron dos miradas: la mía a sus ojos tan tiernos; la de ella a mi lienzo dorado. Parpadeó una vez y seguió recorriendo las lagunas ennegrecidas que arrastro de mis antepasados. Con su aliento probó que mi piel es tersa, con su dedo palpó mi elegancia. Todo aquello que veía era un espejo de colores radiantes, mis ojos electrizantes, simples frutos caídos de aquel paraíso. Los bigotes no le asustaron, fueron cenizas de huesos vivientes; mis orejas pequeñas, cuevas para su llanto. 

Mi pelaje sin rugosidades, que cubría mis voluntariosas extremidades, envolvía mi secreto más oscuro. Le conté que los otros no me entendían, soy el amanecer en carne viva, en el abrazo eterno con la noche que nunca renuncia. Conservo en el cuero lo oscuro de la noche porque recuerdo mi morada silente y reconfortante; oscuras eran aquellas paredes. Cuando el rayo cayó sobre mi cara, cuando el viento golpeó mis entrañas, cuando me descubrí sin esa telaraña oscura, me negué y quise conservarla. Llevo el manto de aquella dama, llevo las manchas que son mi apellido, que delatan que me encuentro entre el día y la noche; entre el oriente y el poniente, entre adentro y afuera de ella.

Cuando por fin cesó su confusión; cuando por fin quitó el velo de su cristalino, aquel con el que todos nacemos, manto traslucido de pájaros que nos precedieron, del que Quignard nos recitó un poema, cuando por fin me vio en mi desnudez, volví a nacer.

Al día siguiente, el primer día de primavera, me vestí apresurado, iba tarde a la escuela. Casi sin ver, me peiné, me acomodé el uniforme y antes de salir me traté de quitar algo del ojo. Molestia pasajera, pero que me hizo descubrir en el espejo unas manchas moteadas en mi iris, una especie de laguna verde-dorada con lirios negros zozobrando.

Fotografía de Flor Garduño, tomada de MX City

Escrito por:paginasalmon

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