La casa de la abuela huele a ropa arrumbada y a popó de gato. La televisión solo tiene un canal y no me gustan los programas, pero de todas formas los veo, hasta los que no son para niños. Me aburro. Mamá dice que de todos modos la tengo que esperar aquí, que no me mueva del sillón y no ande agarrando las cosas de mamá Joana. Me conformo con mirarlas en las repisas. Tiene figuras bonitas y otras que son demasiado feas; mis favoritas son las de ángeles delgados y blancos, de cabellos chinos y largos, largos hasta las nalgas. No se parecen nada a mí. Mis tías dicen que soy fea, gorda y prieta; cabello de niño, cortito y enmarañado, cabeza espinuda, cabeza de biznaga. 

Todo el mundo está en el trabajo y Mamá Joana en la cocina, como siempre. Se muere del coraje si me aparezco junto a ella. Estorbo, buena para nada, tripona, me grita. La distraigo, no la dejo concentrarse. Aun así, ella es menos mala que mis tías. Ellas me pellizcan con sus uñas de caracara, me levantan pedacitos de pellejo. Cuando entro al baño apagan las luces y atrancan la puerta. Hacen que bese sus sobacos y embarran su sangre de pañal en mis cachetes. Las odio, quisiera que se murieran. Que en su trabajo una máquina las agarrara de las greñas, las arrastrara hacia adentro y las masticara con sus dientes de metal. Así pasó con una muchacha de la tortillería. Mi amiga Lola, una señora que también es amiga de mamá, me contó que ella escuchó los gritos, que la pobre tenía buen cabello: grueso y largo, por eso no pudo zafarse. Pobrecita, ella con tan mala suerte y mis tías tan afortunadas. Los engranes le reventaron la cabeza y la masa de las tortillas quedó empapada de su sangre. Ahí es cuando yo me alegro de tener el cabello corto, delgadito y débil; se me cae solo cuando me baño o me rasco la comezón de los piojos. A veces mis tías me desgreñan y se quedan con manojos enteros en los puños. 

Según ellas soy una chismosa, me meto en lo que no me importa, en sus asuntos y en sus cuartos. Bueno, eso último sí es cierto. Cuando ya no puedo con el aburrimiento me escurro sin que nadie se dé cuenta. Es fácil porque sus cuartos no tienen puerta, nada más cortinas que los dividen uno del otro. 

Tía Cata tiene cosas bonitas: botellas pequeñitas de perfumes, de todas las formas y colores.  Ramos de flores secas colgando de pabilos. Su cuarto huele a perfume de vainilla y a veces a lima. Debajo de su cama guarda cajas de zapatos llenas de fotos. Unas son de muchachas muy bonitas, mucho más que ella o cualquiera de mis tías. Las fotos tienen hoyos de cigarro, alfileres ensartados y dibujos de arañas en la parte de atrás. Algunas dicen groserías. Ahí aprendí aquellas que son muy fuertes, las que hacen que mamá me reviente la boca de una cachetada. También tiene cartitas en sobres de colores y hojas perfumadas. Algunas dicen cosas que me gustan y otras cosas que no entiendo, pero sé que hablan de luchar sin ropa. 

La tía Cata tiene un novio diferente cada día. Cuando vienen a verla a la casa, ella sale corriendo y deja un fantasma de perfume en el aire. Yo los espío por la ventana mientras platican sentados en la banca, entre las sombras tan oscuras de las matas. Apenas dejan de hablar, tía Cata se monta en las piernas del muchacho y lo besa como si quisiera arrancarle los labios. Pero yo no soy la única que los espía, a veces tía More también los observa desde la ventana de su cuarto. Cuando lo hace, se soba entre las piernas y las chichis como si tuviera una comezón insoportable. 

El cuarto de tía More es un poco diferente al de tía Cata y es al que más veces entro cuando nadie me ve. Cada día cambia algo en su altar, en sus paredes y en las cosas que esconde debajo de su cama. Tía More tiene las paredes invadidas, así dice mi mamá, invadidas de estampitas de santos, de todo tipo de santos que no conozco. Santos que cargan en las manos su propia cabeza. Santos con el cuerpo lleno de heridas sangrientas. Una santa encadenada quemándose en la lumbre. Un santo encuerado, de rodillas y con un crucifijo en la mano, al que lo rodean caballos y elefantes con patas de mosquito. Tienen la mirada de espanto, la boca abierta, cargan cosas en el lomo: techos de oro como los de las iglesias, mujeres sin ropa con chichis enormes. Pero la estampita de la mano gigante es la que más llama mi atención: llena de nubes, con los dedos abiertos y una cortada en la palma. La sangre que le escurre de la herida cae en una copa dorada y de ahí beben varios borreguitos. A veces, en mis pesadillas, esa misma mano me tapa la boca y yo me ahogo con la sangre de su herida, los borreguitos me muerden el cuerpo y arrancan pedazos de carne.  

El altar de la tía More tiene estatuas de calaveras con vestidos de novia, cabezas de santos con sangre en el rostro y coronas de espinas. Santos patas para arriba. Mechones con cabellos envueltos en listones rojos. Veladoras negras y flores marchitas. Su cuarto huele a cabellos quemados, a sudor y a culo. 

Debajo de su cama guarda cajitas de madera, adentro tiene chuparrosas muertas envueltas en hilo rojo. Sapos secos con los labios cocidos. Arañas y alacranes vivos en frascos vacíos de mayonesa. Tiene macanas largas y prietas, como de burro. Revistas de hombres que se agarran y chupan las macanas, que luchan desnudos entre ellos. A mí me gustan los frascos con bichos: a veces meto una araña al frasco de alacranes, para ver cómo la despedazan con sus tenazas. Luego me da un poco de tristeza y las dejo escapar a todas; en cuanto mamá Joana se descuida me salgo al corral y las dejo libres, lejos de los pollos y los marranos. También dejé escapar a los pájaros que mamá Joana tenía enjaulados. A causa de eso, ella me aborreció más de lo que ya me odiaba. En castigo, tía More quemó mis manos con un cigarro. Por eso no quiero pensar qué me haría si se entera de que libero a sus bichos, ha de pensar que se comen entre ellos, porque nunca se ha dado cuenta. 

Pero con Pipo sería diferente. Pipo es único. Con Pipo lo notaría al instante y me pondría las manos en el fuego de la estufa. Pipo es un bebé chiquito, diminuto y muerto. Pipo flota en un frasco con agua amarilla. Tiene ojitos negros como dos puntos en medio de la cara. Su corazón se trasluce en el pecho como las ranas. Está lleno de venas finitas, una maraña de hilitos rojos. Sus piernitas y sus bracitos son como alambres de cobre. No me animo a tocarlo porque siento que podría desbaratarse. 

Me gusta hablar todos los días con Pipo. Yo digo que es niño porque tiene un pitito largo que sale de su panza. No está dormido ni despierto, está quietecito siempre en la misma posición. Por eso digo que está muerto, aunque tenga los ojos abiertos. Es muy posible morir con los ojos abiertos, lo he visto en las gallinas que Mamá Joana despescueza. Las cabezas que caen al suelo nunca cierran los ojos, a veces siguen abriendo y cerrando el pico por un buen rato. Pipo tiene los ojos abiertos pero también está muerto, aunque parece que estuviera atento, que me hiciera caso cuando yo le platico. 

Ahí debajo de la cama de la tía More me siento acompañada, no tengo tanto miedo. Con Pipo hablo sobre la escuela, las maestras que me caen mal y los niños que son malos conmigo, que son casi todos: me tiran piedras y me dicen cerda, fea o tonta retrasada. Pipo dice que les prenda fuego en el cabello o que las corte con las tijeras. Imagino que tiene voz de susurro, voz suave de ratoncito güero.  

A Pipo le gusta el azúcar, de vez en cuando abro el frasco y le echo terroncitos. Cuando se disuelven imagino que se relame la boquita. A veces siento tristeza por Pipo, cuando me tengo que ir y se queda solo, rodeado de insectos ponzoñosos y santos que dan miedo, que provocan pesadillas. Luego pienso en las cosas que me dice mi mamá: para que los niños muertos puedan ir al cielo deben de ser enterrados y deben de tener un funeral. Es la única manera. Por eso creo que Pipo debería ser sepultado, que se merece una misa y un velorio, toda una ceremonia con flores y oraciones.

Anoche soñé a Pipo con alas de chuparrosa, volando en círculos alrededor de mi cabeza. Y era alegre y me hacía reír. Pero de pronto se acercaba a mi cara y tenía la boca de araña. Hoy decidí que debo de enterrar a Pipo, lo pensé toda la noche y me dolió la cabeza. Me da tristeza porque ya no voy a tener con quien platicar, pero me pone más triste verlo ahí encerrado en ese frasco. 

Lo llevo al patio, escondido en el resorte de mis calzones. Paso a gatas por debajo de la barra de la cocina para que mamá Joana no me vea. En el corral busco un lugar bonito debajo del árbol de guayabas. Ahí hago un pozo con una cuchara de madera que agarré de la cocina de mamá Joana. Los pollitos pían alrededor de nosotros. Vinieron a dar la despedida, serán los invitados del funeral. Echo a Pipo al pozo con todo y el agua amarilla. Su cuerpecito cae a la tierra como los pellejos que mamá Joana lanza a los gatos, se desparrama como un huevo estrellado en la cacerola. Miro por última vez sus manitas, sus dedos diminutos como cabezas de esquilines. Echo tierra encima, palada y palada. Cerro de tierra con dos palitos encajados en forma de cruz. Pistilos de buganvilia. Rezo al ángel de su guarda. 

Al poco rato mamá Joana interrumpe la ceremonia. Me llama a los gritos desde la cocina. Cuando llego, ella se quita el cigarro de la boca y me dice que vaya al corral a traerle hojas de guayabo. Tiene una mano en la panza, hace ruidos raros con la garganta y luego eructa. Me explica cómo debo de escoger las hojas, pero yo ni siquiera la estoy escuchando. Pienso en las cosas que tía More hará conmigo cuando me descubra. Siento miedo y mucho arrepentimiento por la ceremonia. Si saco a Pipo de su tumba, lo enjuago y lo vuelvo a meter al frasco, quizás ella no se dé cuenta. Para reponer el agua amarilla bastarían unas gotitas de pintura, o de ese tepache que mamá Joana se la pasa bebiendo. ¡Eh, burra! ¡Ponme atención! Córrele por las hojas que las necesito para un remedio, me dice Mamá Joana.  

Salgo disparada de vuelta al corral. Tengo que regresar a Pipo al frasco, pero primero las hojas de Mamá Joana y luego lo otro. O primero saco a Pipo del pozo y luego corto las hojas. Sí, así mero voy a hacerle. Pero al llegar me doy cuenta de que las gallinas escarbaron en la tumba y se pelean por el cuerpecito hecho trizas de Pipo. Jamás podría volver a armarlo. Me quedo ahí parada como mensa, viendo cómo se lo comen todo y no dejan nada. Lloro en silencio un buen rato hasta que vuelvo a escuchar los gritos de mamá Joana. Corto las hojas del guayabo y se las llevo. 

Mamá Joana está amarilla como nata, eructa y parece que estuviera a punto de vomitar, pero no lo hace. En vez de eso vuelve a fumar desesperada, se acaba el cigarro de una sola sorbida. Le entrego las hojas y regreso a la sala. 

Aquí me quedo hasta que mamá regresa por mí. Apenas la escucho en la puerta, salgo disparada, le digo: ámonos ya, amita, ámonos que tengo ganas de hacer caca. La verdad es que no quiero estar aquí cuando tía More regrese del trabajo. Mamá me regaña por no haber hecho caca desde antes, pero me hace caso porque tampoco le gusta pasar mucho rato en casa de la abuela. Suegra, ya me la llevo. Gracias, grita ella a mamá Joana que todavía está metida en la cocina. 

Al día siguiente mamá me trae de vuelta a la casa de la abuela, me deja del otro lado de la calle porque ya se le hizo tarde. Le había rogado que me dejara en nuestra casa, que podía cuidarme sola, que por favor no me obligara a venir. A mí tampoco me gusta esa señora, pero si te dejo sola quemarías la casa, dijo muy molesta. Me resigno y me persigno como dice mi amiga Lola. Todavía no llego cuando a lo lejos veo a mis tías en la entrada, el corazón me late como zumbido de chuparrosa y la panza me duele como si tuviera empacho. No hay nada qué hacer, me resigno y me persigno. La tía More y la tía Cata están sentadas en la banquita de la calle, casi escondidas entre las matas de la jardinera. Tía Cata soba la cabeza de tía More, que tiene las manos en la cara. Apenas me ve, se seca las lágrimas que le escurren por los cachetes, se pone de pie y viene hacia mí. Me mira de cerquita, tiene el rostro hinchado, los ojos colorados y los labios llenos de mocos transparentes. Los dientes me tiemblan y un chorrito de meados me escurre por las piernas. Tía More me jala hacia ella y me da un fuerte abrazo. Tía Cata se arrodilla junto a mí y hace lo mismo. Huelen a cloro, a humo de cigarro, a sudor y perfume de vainilla. 

Fotografía del proyecto “Tierra de Brujas” de Maya Goded

Escrito por:paginasalmon

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