Rosa  perseguía por horas a los gansos que criaba su tía en el patio y les cambiaba el agua de la pileta donde se bañaban aquellos bípedos alados. Otras veces, miraba por horas a las iguanas que descansaban en la albarrada y movían la cabeza de arriba abajo como si la saludaran. Cuando se aburría, se quedaba sentada por horas mirando la ceiba que se encontraba casi al final del lugar o se entretenía dándoles de comer a los animales.

Era primavera, y por los aires revoloteaban mariposas de colores. Rosa se concentró en atraparlas, aunque estas se elevaban huyendo de ella. En el árbol había un racimo de ellas,  Rosa intentó escalar el muro de piedras para alcanzarlas y se cayó. Se golpeó y terminó con raspaduras en todo el brazo y las piernas, además de que su pequeño vestido amarillo se manchó de sangre. Lloró y se metió a la casa. Al entrar, se encontró con su madre quien abrazaba a su tía Irene.

–Mami –dijo Rosa sollozando.

Su mamá la miró y se apartó de su tía, quien también sollozaba.

–¿Qué pasó, mi amor? –le preguntó preocupada al verla sobarse el brazo y sangrar de las rodillas.

–Me caí y me raspé las piernas y el brazo.

Su madre se levantó y se le acercó, le revisó las heridas, se cercioró de que estas no fueran graves y fue por el botiquín de primeros auxilios para curarla. Al salir su mamá, la niña quedó a solas con su tía Irene, ella fingió estar bien.

–¿Qué te pasó, Rosita? –preguntó.

Rosa se calmó, se concentró en el rostro de su tía, en sus brazos; en los moretones y rasguños de su cuerpo.

–Tía, ¿tú también te caíste? –preguntó Rosa limpiándose la cara embarrada de tierra y mocos. Irene se quedó en silencio, como una estatua en medio de una plaza.

–No, mi amor –dijo su tía–, me peleé con un gato.

–¿Y le ganaste? –preguntó Rosa.

La tía sonrió al percibir la inocencia infantil que se dibujaba en cada palabra de su sobrina.

–No, Rosita. El gato huyó como un cobarde.

Su madre regresó, le limpió los pequeños raspones y le puso una curita.

–Ya, mi amor, ya casi nos vamos. Ve a ver un rato la tele–. Antes de irse, Rosa se acercó a su tía, le dio un beso y le dijo como compartiéndole un secreto:

–Voy a encontrar a ese gato malo –su tía la cargó en sus brazos y la llenó de besos.

–Es un gato blanco y feo. Si lo ves, me dices.

Rosa le prometió buscarlo y salió al patio. Ahí permaneció al acecho, en espera de aquel felino que le había hecho daño a su tía. Se llenó las manos con pequeños montículos de piedras por si el gato aparecía. Una hora después, su madre la llamó.

–¡Rosa! ¡Ya nos vamos! –corrió hacia su madre, no sin antes espantar a los gansos y decirles adiós a las iguanas.

–Rosa, ¿qué traes en las manos? –preguntó su mamá.

–Son piedritas, se las voy a dar a mi tía por si el gato viene de nuevo.

Al oír esto, su tía sonrió, le quitó las piedras, le acarició el cabello con parsimonia y le dijo:

–Ese gato ya no volverá.

Su hermana interrumpió la conversación.

–Si el gato regresa, me avisas –le dijo en tono de complicidad. –Si necesitas ir a dormir a la casa, puedes venir.

–No, hermanita –le dijo. –Voy a estar bien ­–y las acompañó a la salida. Se despidieron, prometieron verse al día siguiente. 

Al llegar a casa, Rosa estuvo planeando su redada contra aquel gato. Y a la hora de la cena, le contó a su papá que un gato le había hecho daño a su tía. Su padre al oír esto esbozó una sonrisa nerviosa y miró a su esposa por aquel ingenioso invento. De pronto, golpearon la puerta. Intrigado, por la hora que era, su papá se levantó a abrir, les dijo que no se movieran, que a lo mejor era la vecina que estaba recolectando firmas para las mejoras de la colonia. Abrió la puerta y vio a Irene bañada en sangre.

–¿Pero qué te pasó? –preguntó desconcertado y la hizo pasar.

Al oír esto, su esposa se levantó de la mesa y fue hacia la puerta solo para descubrir a su hermana con la mirada perdida, caminando como dando pasos de ciego con la blusa ensangrentada y con su semblante frío.

–¿Qué pasó Irene? ¿Estás bien? –le preguntó asustada, al mismo tiempo que la atrajo hacia ella para  socorrerla. Rosa la vio, sus ojos se iluminaron.

–¡Sube a tu habitación! –le ordenó su madre.

Pero la niña no hizo caso. Sus padres quedaron petrificados por lo que estaban viendo y sin que se dieran cuenta, Rosa se escurrió sigilosamente entre ellos. Llegó a su tía, quien tampoco la vio acercarse.

–¡Tía, tía! No me digas que al fin le ganaste al gato ­–le preguntó emocionada.

Irene regresó en sí misma, como si despertara de una pesadilla. Contempló sus manos, dejó caer el cuchillo y la miró como si hubiera descubierto una triste epifanía.

–Sí –le dijo intentando no llorar por fin ese sucio gato está muerto.

Imagen tomada de The Epoch Times.

Escrito por:paginasalmon

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