Con amor para mi hermana Cecilia.

Un trabajo que se acopla a la vida de una estudiante de preparatoria es el de construir a un personaje para ganar dinero en el tiempo libre: convertirse en payaso. Eso lo sabía Cecilia, quien estaba a punto de terminar su bachillerato estatal y veía en esa profesión un alivio financiero para su familia.

Llevaba un año como animadora de fiestas, su personaje era la payasita Pilli. Junto a su mejor amiga de la escuela pidió trabajo en una agencia de payasos en el oriente de la Ciudad de México, cerca de la parada “Cárcel de mujeres”.

Cada jueves, viernes, sábado o domingo, asistía a fiestas infantiles con la tarea de entretener a los festejados y a sus invitados. El destino lo definía el encargado de la agencia, quien se basaba en la zona en que habitaban los artistas para que los traslados no se convirtieran en un pesar para llegar a tiempo al show.

Cecilia y Valentina eran equipo, se presentaban como El show de Pilli y Milli. Entre las dos se maquillaban y auxiliaban para ponerse el atuendo: un vestido ampón color verde o azul, sobre una playera blanca de manga larga, un moño rosa que ceñía la cintura, mallas blancas con cuadros de colores y zapatos gigantes.

No se veía nada de piel, usaban guantes para esconder lo morenas de sus manos y se maquillaban la cara y el cuello para dejar una base blanca, el resto eran colores rosas, amarillos, azules, en las mejillas, los párpados, los labios. Las chicas de 17 años se convertían en un personaje distinto al de su personalidad.

Un viernes, Valentina tuvo un problema en casa y no podía cumplir un contrato previamente calendarizado, así que avisó a Cecilia que era necesario cancelar la presentación o encontrar a otro compañero.

El tiempo era muy corto para conseguir a una pareja en la agencia, así que la payasita que sí tenía oportunidad de cumplir con el contrato decidió llevar a su hermana, una niña de 10 años que había visto en varias ocasiones el show y siempre pedía acompañarla a su trabajo.

En casa, Cecilia no era el dulce personaje de las fiestas, era más bien una joven enojona, con mucha confianza y sentido de la responsabilidad, tanto que su salario se iba íntegro al gasto del hogar, se lo entregaba a su madre y solo conservaba lo necesario para los pasajes. Su hermanita sabía de su difícil carácter, le había tocado recibir una serie de regaños cuando agarró su libreta de la preparatoriana, así que estaba al tanto de que acompañarla a su trabajo no sería fácil, aún así tenía la ilusión de ser un payaso.

Con el tiempo medido, Cecilia buscó un atuendo que convirtiera a su hermana en su patiño, la idea era que ella llevaría el peso del espectáculo y su acompañante solo respondería las preguntas que ella le hiciera.

Luego de vestirse y maquillarse, ayudó a su pequeña pareja, le puso un vestido colorido, la cubrió de brazos y piernas y la peinó con dos colitas chuecas. Con maquillaje le tapó todos los lunares, incluso uno en forma de mariposa que tenía en la mejilla izquierda, esa marca la cubrió con un corazón color rojo.

“Te vas a llamar Roxy, acuérdate, Roxy es tu nombre de payasa”, dijo al terminar de arreglarla. Y salieron de casa con una bolsa de basura que llevaba en el interior pelotas, juguetes de plástico y de cartón; además cargaban una mochila con los globos, los espanta suegras y el maquillaje.

La celebración era en Iztapalapa, cerca de la autopista México-Puebla. Para llegar al lugar del festejo las payasas debían tomar dos transportes, uno que las dejara sobre la autopista y otro que las cruzara y metiera a la zona. Después debían caminar sobre una calle inclinada.

Con la bolsa negra sujetada sobre la espalda y con la otra mano sosteniendo a su hermana, la payasita Pilli confiaba en su arribo puntual al lugar de la cita. Roxy avanzaba con emoción a su primer trabajo profesional.

El cumpleaños era de un niño de 10 años llamado Jonathan, era de la edad de la payasita, por lo que la expectativa era mayor. Desde su ingreso a la casa la niña fue ovacionada por los invitados, quienes se sorprendían al ver a “la payasa más pequeña del mundo” (así la anunció Pilli), y el show comenzó.

Roxy se sabía todos los chistes, así que contestaba como si fuera parte del público; Pilli intentaba corregir esos errores sobre la marcha.

— A ver, que pase el cumpleañero, ¿quién es el cumpleañero? —decía Pilli.

—Es ese niño, se llama Jonathan, está ahí sentado —, completaba Roxy.

—Que pase Jonathan. Roxy, tráele el regalo al festejado, ¿qué le daremos, el obsequio pequeño o el grandote?

—Elige el pequeño Jonathan porque el grande es una bolsa de basura, yo ya me sé esa trampa.

—Pero Roxy, no le soples las respuestas, mejor siéntate con los invitados para que les ayudes a aplaudir.

Pilli improvisaba para causar risas entre los asistentes. Por una hora lidió con un público difícil y la imprudencia de su patiño, pero con la dulzura de su personaje logró un espectáculo exitoso. Incluso Roxy le aplaudió porque hubo chistes y dinámicas nuevas, la payasa principal se inventó nuevos números sin que el público lo advirtiera.

Para terminar el espectáculo se partía el pastel, y los payasos debían iniciar el canto de las mañanitas y organizar la repartición del mismo. Sin embargo, Roxy se sentía un niño más en la fiesta, así que se formó esperando una rebanada, una acción que estaba penalizada en la agencia, pues los payasos solo debían organizar la celebración, no entretenerse en comer ningún tipo de platillo en las fiestas.

—Roxy, ayúdame a cantar con tu voz tan bonita, aquí, al frente de todos organiza las mañanitas—, pidió la hermana mayor.

—Pero yo quiero pastel, no quiero cantar—, respondió, y el público soltó las carcajadas empujando a la niña hacia al frente para que comenzara su canción.

Roxy, desconcertada por las risas, se acercó al frente de todos y comenzó a cantar, lo hizo tan rápido que las risas volvieron. Desde que aprendió a hablar, esa niña cantaba fuerte y rápido Las mañanitas, ya que esperaba recibir pronto su rebanada de pastel.

Pilli la sostuvo para que no se regresara a la fila de niños, así, al terminar la canción la tomó de las dos manos para realizar un baile improvisado mientras se entregaban las rebanadas. Las payasitas reían, la más pequeña se sentía especial porque su hermana por primera vez jugaba con ella sin gritarle y porque era la estrella del show.

Con la emoción al nivel más alto, terminó el espectáculo. Los niños, con pastel y gelatina en mano, ya no se ocupaban de las payasas, quienes recogían su equipo y se acercaban a la salida sin interrumpir la celebración. Siempre salían sin que los demás lo advirtieran, solo los papás del festejado, quienes debían pagar por el servicio brindado.

—Quédense a comer, tenemos mole con pollo y arroz, siéntense por aquí—, dijo el padre del cumpleañero.

—No, muchas gracias, tenemos otro espectáculo en unos minutos—, dijo Pilli mientras su compañera asentía con la cabeza con la esperanza de probar uno de sus platillos favoritos.

—¿Seguras que no quieren una rebanada de pastel, aunque sea?—, insistió el padre.

—No, porque se arruina el maquillaje, jajaja—, respondía con una gran sonrisa la payasa principal.

—Pero yo sí tengo hambre—, decía la niña mirando a su hermana.

—Es que eres bien tragona, jeje; no es cierto, en verdad nos tenemos que ir y Roxy ya empezó con el siguiente show—, se rió Pilli para después salir de la casa situada en la cima de una calle empinada que estaba a 50 minutos de su hogar.

Roxy no volvió a decir una palabra, caminaba cansada y escuchando los regaños de su hermana que la acusaba de haber arruinado el espectáculo. La niña no atendía mucho los reclamos, simplemente estaba cansada y quería llegar pronto a casa, así que solo andaba lo más rápido posible.

Una vez en la combi que tomaron en la autopista, la pequeña se quedó dormida, sosteniendo con las manos su barriga. Al verla en esa posición, Cecilia se arrepintió de haber regañado a una niña, a su hermana, que además no de no haber comido, no tenía la obligación de trabajar. Tal vez ella tampoco tenía esa responsabilidad, pero la había asumido sin cuestionar.

Cecilia se vio reflejada en su hermana, cansada de una tarea que no le correspondía, ser soporte económico de una familia completa. Estaba a punto de terminar la preparatoria, pero no se había quedado en la UNAM, que era su única opción para realizar una carrera profesional ya que sus padres no podrían pagarle inscripciones, colegiaturas y mensualidades de una universidad estatal, y ni pensarlo de una escuela privada.

Una vez que terminara sus estudios de preparatoria debía dedicarse al ciento por ciento a trabajar, a conseguir un empleo con prestaciones, salario base y horario fijo. Su futuro no era en la educación, sino como fuerza laboral, así que debía pensar cuál sería ese futuro.

Con esos pensamientos, aquella hermana mayor sintió el llanto comenzar a salir y para evitarlo, escudada en su personaje, empezó a reír, despertando a su compañera e iniciando un nuevo show para los pasajeros del transporte.

Imagen tomada de Magazinehn.

Escrito por:paginasalmon

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