Cada norma tiene su excepción que la confirma. Así, hasta el matrimonio feliz tiene sus propias irregularidades. Y antes de la separación o el divorcio, debe haber un engaño o infidelidad, tan antiguos como el matrimonio mismo. El Código de Hammurabi, uno de los primeros conjuntos de leyes de nuestra historia, estipula a qué castigo debe someterse el hombre o la mujer que engañe a su cónyuge; asimismo, el derecho romano también dicta el suyo sobre el tema. Con la llegada de la moral judeocristiana, quebrantar el sagrado matrimonio se presentaba como impensable, pero no por ello menos común. El Renacimiento y el Barroco nos dejó a los Médici, a Enrique VIII, a María Antonieta, todos ellos conocidos por sus amantes. Ni siquiera el siglo XIX y su moralidad victoriana se salvaban.

No importa cuántos años pasen ni cómo cambie la sociedad: el adulterio es una constante que se manifiesta de forma distinta en cada época y con consecuencias muy distintas para los implicados. Bien entrado el siglo XX, dos cineastas de estilo, origen y contexto distintos reflexionan sobre ello en sus respectivas películas: Ida Lupino en El bígamo (1953) y Agnès Varda en La felicidad (1965).

La propuesta de cada directora es inseparable del momento y lugar en que fue concebida. Por un lado, tenemos a Ida Lupino (1951-1984), única directora en Hollywood durante los cincuenta tras la retirada de Dorothy Arzner (1897-1979) a finales de la década anterior. El momento y el lugar la obligaban a ceñirse al Código Hays, una serie de reglas que velaban por la rectitud moral del cine en Estados Unidos. Sobre la sexualidad en general, decía que toda película debía mantener “el carácter sagrado de la institución del matrimonio y del hogar”; sobre el adulterio y otros comportamientos sexuales ilícitos en concreto, que no deberían “ser objeto de una demostración demasiado precisa, ni ser justificados o presentados bajo un aspecto atractivo”. Así pues, una película con la infidelidad como tema no podía ser estrenada sin su correspondiente comentario moral o, al menos, sin que el protagonista asumiera las consecuencias de sus actos. Por otro lado, Agnès Varda se considera parte del movimiento francés de la Nouvelle Vague. Este, además de estar libre de las ataduras del Código Hays hollywoodiense, buscaba la innovación, sobre todo técnica y formal, pero también temática. Por lo tanto, la creadora gozaba de una libertad incomparable a la de Lupino, lo cual se refleja en el tratamiento de la infidelidad sin juicio alguno en su obra.

¿Cómo influye el contexto en cada filme? Para empezar, se diferencian en la estructura y género. El bígamo, a pesar de ser descrita como drama o melodrama, se acerca al cine negro, tanto por su filmación en blanco y negro como por su estructura en forma de flashback. Los Graham, pareja de clase alta aparentemente perfecta, desean adoptar a un niño. Pero desde el principio el jefe de la agencia de adopción, el señor Jordan, un hombre de valores morales muy claros, sospecha que Harry Graham oculta algo. Por eso, decide seguirlo hasta descubrir qué ha hecho. Tras una primera mitad de persecuciones, el señor Jordan descubre que Harry tiene dos esposas: Eve en San Francisco, con quien pretende adoptar al hijo, y Phylis en Los Ángeles, con quien tiene un bebé de pocas semanas. Aquí empieza la segunda mitad de la película, un flashback donde se narra qué llevó al señor Graham a cometer tal acto. Aunque el señor Jordan decide no denunciar a Graham, la culpa carcome a este último, que se entrega a la policía. La película acaba con un juicio a los actos del protagonista.

En cambio, La felicidad es una película que vive en el presente. Fiel a los principios de la Nouvelle Vague, la acción se acelera por momentos hasta llegar a la escalofriante escena final. Varda deja a los personajes vagar a placer, convirtiéndose en una espectadora más. La historia sigue a François, padre de familia modesto casado con Thérèse y con dos hijos, Pierrot y Gisou. En la cotidianeidad familiar aparece un elemento disruptivo: Émilie, una chica joven e independiente de quien François se enamora y con quien empieza una aventura. Sin embargo, al contrario que Harry Graham, François no siente remordimiento alguno por su decisión. Su aventura con Émilie no afecta a sus sentimientos por su mujer ni sus hijos, a quienes sigue amando con locura. Él vive su infidelidad con naturalidad, y hasta plantea la opción de la poligamia mediante una metáfora floral (en sintonía con la estética pastoril de la película). Tal es su falta de remordimientos que cuando confiesa a Thérèse que está viendo a otra mujer, le expresa que está más feliz que nunca, en una escena alejada del drama y la culpa asociados a este tópico en el cine. A primera vista, la mujer acepta la infidelidad de su marido. Pero entonces, en la parte final del filme, se produce un giro abrupto: el cadáver de Thérèse aparece en el río, sin quedar claro jamás si se trata de un suicidio o un accidente. Ante la imposibilidad de criar a sus hijos sin una madre, François propone matrimonio a Émilie, que sorprendentemente acepta. Toda posibilidad de poligamia, de romper con la idea de familia burguesa, ha quedado en el pasado. Y una vez más, la mujer, no importa cuán independiente sea, debe asumir el rol materno reservado a ella desde su niñez.

Las motivaciones detrás de cada obra, así como la conexión de cada cineasta con ella, también son distintas. Ida Lupino, actriz y directora, se había divorciado recientemente de Collier Young, guionista y productor de El bígamo, que en ese momento estaba casado con Joan Fontaine, quien interpreta a Eve Graham en la película. La misma Lupino da vida a la “otra” esposa en el filme, una elección arriesgada que refleja su propio pasado con Young. Curiosamente, la directora dedica un momento a reconciliar a ambas mujeres, que se miran con complicidad. No hay rencor ni odio, puesto que todos se sienten superados por las circunstancias, el señor Graham incluido. Por su lado, Varda ideó, escribió y dirigió su película. Al crearla, dijo que pensó en “un melocotón veraniego con sus colores perfectos” dentro del cual hay “un gusano”, y “pinturas impresionistas”, y “Mozart” y en “la preponderancia de la muerte”. Así pues, concibió su película como una espectadora, pensando en analizar una realidad ajena. Esto se ve reforzado por su trabajo como documentalista; ella estudia los sujetos de la acción de manera fría. No hay implicación sentimental ni juicio moral alguno, solo una exposición de los hechos.

Por lo tanto, cada cineasta presenta el adulterio de un modo distinto. En el caso de Lupino, es loable la osadía de tratar temas tabú tales como la bigamia o incluso la adopción en un momento en el que la sociedad decidía cerrar los ojos a ello. A pesar de estar forzada a tratar su historia desde un punto de vista estrictamente moral (los carteles publicitarios y tráiler tenían por eslogan “¿Qué precio debe pagar una mujer por un desliz?”), logró centrarse en la psicología de los personajes y cuestionar el statu quo con un guion que subvierte los roles de género. Al contrario que en la mayoría de las historias, lo que lleva a Harry al adulterio es la falta de atención por parte de su mujer, totalmente centrada en los negocios. La aventura, pues, es un encuentro de dos almas solitarias y desgraciadas. Aunque sabemos que deberá pagar por sus actos, su abogado habla claro en la escena del juicio: ese hombre está siendo juzgado porque, al casarse con su amante, buscó lo mejor tanto para la mujer como para el hijo. Si hubiera sido egoísta, la sociedad habría hecho oídos sordos. De hecho, tal y como anuncia el juez, todo quedará en las manos de esas mujeres, “ambas respetables”. La historia de Varda es algo más cínica, y su mensaje, críptico. Se plantea la poligamia sin tapujos, sabemos del protagonista que es buen padre y podemos entender sus motivos para actuar. Sin embargo, la falta de escrúpulos con que habla de ello nos escalofría. En su momento, algunos criticaron el rol femenino presentado en la película, puesto que parece que la mujer solo puede ser ama de casa. Posiblemente Varda, abiertamente feminista, no iba por ahí. En vez de hacer un panfleto, cuestionó el rol de la mujer reducida a ángel de la casa con una escena final que, aunque aparentemente perfecta, es espeluznante. Así pues, nos demostró que para hacer juicio moral no hace falta ser explícito; a veces la estética nos sirve para ello.

En definitiva, el adulterio permite gran cantidad de lecturas, sirvan de ejemplo las interpretaciones de Lupino y Varda: condicionadas por su época y contexto, pero jamás sin renunciar al estilo propio. Ambas cintas son un buen punto de partida para iniciarse en la filmografía de dos de las cineastas más importantes del siglo XX.

Imagen adaptada del poster oficial de The Bigamist

Escrito por:paginasalmon

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