—¿Por qué están aquí, niños? —preguntó el profe loquero. Que quién sabe si era profe, porque no daba clases en la escuela. Y que no era loquero loquero, porque no era psicólogo ni ninguna de esas cosas. El tipo barbón y medio calvo, con suéter negro y camisa blanca, que quién sabe de qué daba clases o dónde, y que hacía de loquero de la escuela.

—¿Por qué están aquí, niños?

Nadie contestó. “Estamos aquí porque la directora nos mandó aquí”, pensó Ana, “Más bien díganos usted para qué se supone que estamos aquí”. Pero no lo dijo. En vez de eso, recorrió discretamente con la mirada la pequeña “sala de orientación”: a su izquierda, Roldán estaba enfurruñado y de brazos cruzados; del lado opuesto, Lucía mantenía la misma cara de culpa de siempre; un poco más allá, Danielito balanceaba su silla hacia adelante y hacia atrás, como siempre hacía (por más veces que se cayera); en el último asiento, Pepe-pelón jugueteaba con sus lentes de fondo de botella, como si así pudiera ocultar el miedo que le daba estar allí.

—¿No? ¿Nadie quiere decir? —insistió el profe. Hablaba lento, como si estuviera repitiendo una nueva palabra para que la memorizaran.

Ninguno abría la boca. Ana también permaneció muda: ella solo oía. Afuera, el patio emitía el griterío de todas las tardes a la salida. En la calle se oían los claxonazos de siempre; de hecho, estaban más odiosos que de costumbre, porque el típico tráfico de la hora de comer empeoraba con la reparación de la fuga de la alcantarilla, que provocaba un nudo de tránsito. Y los trabajadores que reparaban la fuga estaban taladrando la calle a todo vapor, haciendo un escándalo de los mil demonios.

—A ver, vámonos en orden —dijo por fin el profe— Félix. ¿Tú por qué estás aquí?

—No me gusta que me digan Félix —contestó ásperamente Roldán.

—Félix es tu primer nombre. Pero ok, Roldán, ¿por qué estás aquí?

Ahora tiene que contestar, pensó Ana: rompió su silencio para decir lo de su nombre, así que ya no puede quedarse callado. Pero Roldán solo cerró los ojos con fuerza, como si estuviera tragando un jarabe amargo. Con toda la resistencia que había puesto, con todo lo que había discutido tratando de no estar allí, esa era seguramente la última pregunta que quería oír.

—Estás aquí porque agrediste a una de tus compañeras —dijo el otro.

—¡Ni es compañera de nadie ni la agredí: la callé, y ella fue la que empezó! —estalló Roldán.

Mal comienzo, se dijo Ana. La cara de Roldán había enrojecido y su voz adquirió ese tono rasposo que la irritaba un poco. Pero la molestó más oír a Danielito murmurar “¡Ahí va otra vez este chillón!”.

—Nadie “empezó” —dijo el profe. —No puedes ir por allí gritándole a los demás, menos ese tipo de cosas, y menos todavía si es una niña. La próxima vez que tengas un desacuerdo con alguien…

—No fue ningún “desacuerdo”: ella me estaba molestando. Siempre lo hace, se burla de quien le da la gana y nadie la para.

—Eso es verdad —dijo Ana.

No tenía muchas ganas de hablar, pero eso tenía que decirlo, porque era cierto: Diana-manzana, la dianita, se la pasaba “provocando” a los demás, y luego se las daba de víctima. Y Ana lo sabía mejor que nadie, porque tenía que aguantarla todo el día, a diario, sentada junto a ella, burlándose, quejándose, criticando, presumiendo y diciendo burradas con su odiosa voz de mosquito: “no inventes Ana, ni que se escuchara de verdad”, “uy, qué delicadita, eh?”, “pero QUÉ – EXAGERADA – ERES”; o también: “danielito está loco”, “qué patético es pepe, me desespera”, “ash, qué hueva me da lucía, siempre llorando por todo, pues ella se lo busca por ser tan rarita y sin amigos”… y eso solo cuando no buleaba directamente a alguien. Lo menos que se merecía la dianita es que Roldán le gritara “Vete al infierno”.

—Por favor no interrumpas, Ana —la regañó el profe calmadamente, y siguió con Roldán: —Nadie en esta escuela quiere hacerte daño, Félix. Aquí no hay pleitos, solo malentendidos, ¿ok?

“¿En qué mundo vive este?”, se preguntó Ana.

—Y, además, nunca debes olvidar: el que se enoja, pierde.

Roldán dio un respingo y frunció el ceño. Ana lo entendía: ella también se hartaba de esa frasecita. “Es la frase que usan los molestones para quitarse la culpa y echártela a ti”. También los adultos la decían, quizás con buena intención… pero ¿qué sabían ellos? A quien sale con una frase tan condescendiente es obvio que nunca le tocó ser “el que pierde”, razonaba ella. Además, ¿qué le significaría a Roldán, que lo que quería era desquitarse de las que le hacían?

—No, no hagas caras, Félix: acepta. Luego volvemos contigo, porque eso de atacar a una compañerita es algo grave, muy grave —aseveró el profe. Luego volteó a ver a los demás: —Ahora, ¿alguien más quiere decir por qué está aquí?

—Yo —dijo de pronto Pepe-pelón. Todos lo miraron sorprendidos, porque él nunca se lanzaba a pedir la palabra de esa manera. De hecho, todo lo contrario.

—Es porque me equivoco de las respuestas en clase —dijo.

Y, por supuesto, lo dijo mal: el pobre no podía hablar. Pepe siempre había hablado raro cuando se ponía ansioso, pero desde el “incidente” no había sido capaz de responder bien una sola pregunta: la perspectiva de meter la pata lo aterrorizaba desde antes. ¿Qué es lo que había contestado aquella vez? “El orden de la alteración no factura los productos”, o algo así. Desde ese día no había tenido un segundo de paz.

—Bien, qué bueno que lo reconozcas, Pepe. Sabes que todos los maestros se preocupan por ti y por las afectaciones en tu desempeño escolar.

“Afectaciones en tu desempeño escolar”; empezar con una frase así, pensó Ana, es mala señal. Afectaciones, afectaciones…

—Pero lo más alarmante de todo, y no lo has querido decir, es que llegaste al extremo de escaparte del salón. Entonces ya deja de tratarse de tu desempeño, Pepe, y se vuelve un asunto de conducta —añadió el profe, subrayando esa última palabra.

Esto le arrebató a Pepe su inesperada valentía; se hundió en su silla, con cara de haber sufrido un jaque-mate. Pero el tipo lo formuló mal, pensó Ana: decir que “se escapó” del salón sonaba a que salió a escondidas para volarse la clase. Pero Pepe no se había escabullido: había salido huyendo a la vista de todos.

—Es que no pudría con el exa- ya no podría, po-pod-í-ya con el exa—mmen– tartamudeó él trabajosamente.

—Pero nadie puede salirse así de clase. Así no se hacen las cosas. Oye ¿Te imaginas que cada vez que uno de tus compañeros no se supiera la respuesta saliera corriendo? A diario tendríamos una estampida en la escuela.

—¡Una estampida de bueyes! —soltó Danielito con tono triunfal, como si acabara de meter un gol. Era cuestión de tiempo, se dijo Ana: llegó a su límite en mantener la boca cerrada. Ya no se contendría más.

—Daniel, te voy a pedir de favor que te abstengas de tus chistecitos; aquí tus compañeros vinieron a hablar de asuntos serios —dijo el profe con severidad (“¿Cómo es que no se ha dado cuenta de que para Danielito esa es una misión imposible?”, se preguntó Ana).

—¿Entonces, Pepe, en qué quedamos? —continuó el hombre, mirando fijamente a su acusado.

Pero Pepe no le sostuvo la mirada, ni respondió. No respondió porque estaba tan nervioso que no se atrevía a hablar y arriesgarse a que se le enredaran las palabras. Pero si hubiera podido responder, habría dicho que se sabía las respuestas, tanto como cualquiera, pero no era capaz de formularlas porque se ponía tan nervioso que no se atrevía a intentarlo y arriesgarse que se le enredaran las ideas… justo como le estaba sucediendo en ese mismo momento.

—Me… me hago muchos bolas cuando me propongo nervioso —logró decir, finalmente.

—¿Muchos bolas? —interrumpió Danielito; era obvio que estaba a punto de desatarse, pero el profe lo cortó con un gesto y siguió con lo suyo.

—Por supuesto. A todos nos pasa. Pero eso no justifica salirse del salón. Si tienes problemas vienes a mí ¿Ok? Para eso estamos los profes: para ayudarte

Mientras el sujeto hablaba con Pepe, Ana se ponía cada vez más ansiosa. El griterío del patio no cesaba y los claxonazos iban en aumento: más, más fuertes, más largos, más enojados. El taladro de los trabajadores continuaba con su propio recital. A lo lejos empezaba a oírse el sonido de una sirena… una de las lentas, las que se tardan una eternidad en cumplir su ciclo subir-bajar, como si lo arrastraran. Trató, como tantas veces le aconsejaban, de concentrarse en otra cosa para calmarse. Otra cosa que tampoco fuera ese supuesto profe de suéter negro, que también le estaba crispando los nervios; le extrañaba que la escuela no pagara por un especialista (y recurriera a “un conocido” de quién sabe dónde), pero sí por un festival de navidad, donde todos estaban obligados a bailar con las coreografías estúpidas que se le ocurrían al maestro de deportes.

Afectaciones: la palabra por alguna razón regresó a su cabeza, y la utilizó como escape. Afectaciones suena a alteraciones. Como “estar alterada”, que es lo que siempre le decían a ella: “no te alteres, Ana”. También suena a eso que decían los policías en la tele: “alteración del orden público”. O como la misma ley matemática que Pepe no había pronunciado bien y lo había condenado. El orden de los factores no altera el productoEl orden de la alteración no factura el producto, más o menos ¿O había sido El orden de las alteraciones no facta el resultado? De repente, sonaba súper interesante, ¿qué otras opciones habría para ordenarla?

Mientras tanto, el sujeto había dejado a Pepe y ahora estaba amonestando a Danielito, que acababa de hacer otro comentario bobo: “conque el Pepelón ya es un rebelde”, o algo parecido.

—Mira, Daniel: tú te has convertido en un problema y los maestros ya no saben qué hacer contigo. Tal vez no es tu intención, pero el hecho es que tus payasadas constituyen un sabotaje a las clases. De una manera u otra vas a tener que asimilar que para ser respetuoso y poder aprender tienes que quedarte callado. Pero ya hablaremos más tarde: a ti no tengo más remedio que dejarte para el final.

Dicho eso, se dirigió frente a Lucía.

—A ver, Lucía ¿Tú por qué estás aquí?

Ella apenas reaccionó: se mantuvo cabizbaja. Muy derechita en su asiento, pero cabizbaja. El sujeto claramente no esperaba respuesta esta vez, porque casi de inmediato se respondió solito.

—Estás aquí porque todos estamos muy preocupados por ti.

Una siguió sin reaccionar. El otro siguió sin esperar reacción.

—Los conserjes dicen que te han encontrado llorando en el baño dos o tres veces. Eso ya es bastante preocupante. Pero lo más grave es que también te has echado a llorar en clase, ¿te acuerdas?

“¿Cómo no se va a acordar?”, pensó Ana. Además, el hombre estaba mal informado: Lucía lloraba por lo menos una vez al día; en el baño, detrás de un árbol en el patio, en el armario del salón… pero “todos esos [adultos] que estaban muy preocupados por ella”, fueran quienes fueran, aparentemente no se enteraban. Notó que Lucía cerraba los ojos; si un minuto antes había querido ser muda, ahora también quería ser ciega, y probablemente sorda. El mundo, percibía Ana, era doloroso para ella. ¿Cómo no iba a querer aislarse de él?

—Interrumpiste la clase de matemáticas porque te pusiste a llorar. La de matemáticas, por si fuera poco —continuó el otro.

—Se puso a llorar por lo que le dijo la maestra, no para interrumpir la clase —dijo Ana, muy seria—Y si luego lloró más fuerte es porque los demás se empezaron a burlar de ella, sobre todo esa Diana del Manzano.

—Exacto —añadió Roldán.

—Ana, ya te dije que no interrumpas a tus compañeros. Aquí cada quién habla en su turno, todos nos escuchamos…

—Sí, Ana, ¿qué te pasa, eh? —se soltó Danielito, sarcástico—. Mira que interrumpir a tu compañera a mitad de su discurso, y con lo que le gusta hablar…

—Daniel, cállate —dijo el sujeto.

—Pero eso fue lo que pasó —reiteró Ana.

Le molestaba cómo el tipo le hablaba a Lucía, como si fuera tonta. Le molestó que insinuara que era más grave llorar una vez en clase que dos o tres (o mil) fuera de ella, o que matemáticas era más importante que otras materias. Le molestó que no se enterara del contexto, o que le diera igual. Y sobre todo la molestaba todo ese maldito ruido exterior, que nomás no paraba: el griterío, los claxonazos, el taladro y la sirena, que subííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííííabaajaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaauba, azotándole las neuronas hasta el fin de los tiempos. El bullicio se convertía en un remolino, en una inundación mental, en un enjambre sónico que muy pronto ya no la dejaría ni pensar. Apretó sus manos sobre la falda del uniforme: sabía que estaba cerca de perder la compostura, y eso no terminaría bien.

—En mi otra escuela las cosas eran distintas —dijo Roldán; su voz se estaba quedando ronca—. Si alguien te molestaba, lo denunciabas, se defendían en público y los demás alumnos decidían quién tenía razón.

—Ah, aucusón, con razón saliste tan rajón, maric… —empezó a decir Daniel, pero el tipo lo volvió a callar.

—Chicos, por última vez, respeten los turnos para hablar. Ana, deja que Lucía se explique sola, por favor —parecía que no estaba poniendo atención: ni siquiera captaba que Lucía no quería ni podía explicarse sola.

—Ahora sí, Lucía, háblame, ¿qué necesidad tenías de llorar a media clase?

“¿Qué necesidad tiene la de matemáticas de hostigarnos, o usted de interrogarnos?”, se preguntó Ana (la verdad no hubiera sabido explicar bien qué significaba “hostigar”, pero había escuchado mucho esa palabra últimamente).

—Mira —continuó aquél—, lo primero que tienes que entender es que llorando no solucionas nada.

Allí estaba, otra de esas frases gastadas que ni venían al caso. Llorar no sirve de nada. ¿Y eso qué? Si te dan ganas de llorar, lloras y se acabó, solía razonar Ana: ¿por qué la gente no entiende eso y te deja en paz? ¿Qué necesidad tienen de empeorar todo diciendo cosas como esa? Llorar no sirve de nada; pues si a esas vamos, se dijo entonces, los exámenes no sirven de nada, ni dejar tarea en deportes sirve de nada, ni el festival de navidad sirve de nada y, para acabar pronto, que estemos aquí ahora tampoco sirve de nada; y sin embargo nos obligan a todo eso.

—Lucía, mírame. Mírame y contéstame, por favor —decía el tipo. Era en vano: entre más la presionara para que lo mirara y le hablara, menos fuerzas tenía Lucía para mirar y hablar. Pero él seguía con lo mismo. “Empiezo a pensar que este es medio tarado”, se dijo Ana.

—Cuando tengas un problema, lo que tienes que hacer es hablarlo con tus profes, ¿ok? Sea en clase de matemáticas, o en cualquier otro lado. Como le dije a Pepe: nosotros estamos aquí para ayudarte

Pff. No la de matemáticas —soltó Roldán.

Ana se sonrió, Lucía se sorprendió, Pepe se quedó pasmado y Danielito se aceleró otra vez:

—Uuuy, nombre, primero Pepelón se pe-pela de clase, y ahora el infélix se pone…

—Cállate Daniel —dijo tajante el tipo. Ahora sí estaba molesto.

—A ver, Félix: en primer lugar, no se vale que interrumpas a tus compañeros, así como no te gustó que Ana te interrumpiera a ti —(“Tarado no, está loco”, pensó Ana)—. En segundo lugar, tú no puedes faltarle al respeto a una maestra, esté o no presente. ¿Está claro?

—¿CUÁL… faltar al respeto de QUÉ?

Y empezaron a discutir. Que había interrumpido a Lucía, que eso había sido un insulto, que no replicara, que el respeto irrestricto a los mayores, a los maestros, a las damas, blablablá blablá, un montón de cosas que Roldán nunca iba a aceptar como argumento: su cabeza debió de convertirse en un volcán. Y soltó él también su lava: que no fue interrupción, que eso no era un insulto, que la de matemáticas no merecía respeto, que no contaba como maestra ni como “dama”, que era una abusiva que les hacía esto y aquello, que ya era hora de que le dijeran sus verdades…

Una vez más, todo le daba vueltas a Ana. Sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. Griterío-cláxones-taladro-sirena, afuera; adentro, Roldán peleándose casi a gritos con aquél. Peor: los cláxones indicaban impaciencia, y eso la impacientaba; la sirena indicaba una emergencia, y eso la alertaba; Pepe estaba nervioso, y eso la ponía nerviosa; Danielito estaba impaciente y eso la impacientaba; Lucía tenía ganas de llorar, y eso la acongojaba; Roldán estaba furioso, y eso la enfurecía; y todo y todos seguían y seguían y seguían con su ruido y su estrés y sus emociones y el ruido de su estrés y de sus emociones y todo amontonado y acumulándose y

—¡YA PÁRENLEEEE! —explotó.

Silencio en el cuarto, silencio al fin. Ella se dejó caer sobre el respaldo de la silla con los ojos cerrados. Su propia voz gritona la disgustaba, pero ¡qué bien se había sentido!

Percibió las miradas mudas de todos sobre ella. Seguramente estaban esperando que abriera los ojos. Pero no lo pensaba hacer, porque sabía lo que seguía: de inmediato el tipo la iba a regañar y le echaría a perder su satisfacción. Al dar el grito había ganado: el grito estuvo bien, era correcto… pero solo mientras ella tuviera la última palabra, y solo la conservaría si se mantenía ausente. En el mundo real solo los adultos pueden tener la última palabra, así que, en cuanto abriera los ojos y volviera, el adulto en turno la iba a sermonear y su grito, su maravilloso y satisfactorio grito, se iba a convertir en una infracción. Así que cerró bien los ojos: esta vez no le quitarían su victoria.

—Ana… —oyó al cabo de unos segundos. Era la voz de aquél.

No pudo evitarlo: en un gesto automático respondió a la llamada de la autoridad y abrió los ojos; al instante se maldijo. Él estaba parado justo frente a ella, mirándola fijamente.

—Ana, parece que estás muy ansiosa por hablar. ¿Tal vez quieras comentar tu caso ahora?

—No —contestó ella con vehemencia. Ni siquiera añadió nada más: no hacía falta.

—Pues esta reacción que acabas de tener es muy preocupante, MUY preocupante. Y también muy grosera.

El tipo arrastraba las palabras. “No”, se dijo Ana a sí misma: había sido la reacción más sensata del mundo, y no podía dejar que la convencieran de lo contrario.

—Pero tampoco es la primera vez que te pasa algo así, ¿verdad? Es por eso que estás aquí. Tus maestros dicen que pierdes mucho la paciencia. Especialmente la maestra de matemáticas: dice que el otro día le pediste por enésima vez salir del salón, y como no pudiste te negaste a hacer el ejercicio.

—Es el ruido que hacen todos. No puedo concentrarme con tanto escándalo, menos si se trata de hacer operaciones. Antes me dejaban salir a hacer los ejercicios afuera, al lado de la puerta, y podía hacerlos. Pero ella no me deja, así que ¿cómo voy a hacerlos? Yo no “me negué”, simplemente no pude.

—No, Ana. Sí puedes, claro que puedes, y en el fondo lo sabes. A lo mejor tus otros maestros te consintieron, pero ya estás grandecita y tienes que aprender. No por ser lista mereces trato privilegiado —(“¿Se cree que estoy pidiendo privilegios?”)—. Además, el mundo está lleno de ruido, y uno tiene que acostumbrarse porque…

Mientras el tipo seguía hablando, Ana se quedó petrificada. “¿Es en serio?”, se dijo: ¿Estaba allí atrapada después de clase en viernes, con los más atarantados y neuras del grupo después de ella, a la hora del griterío y del tráfico, el día del taladro y de la sirena… para que ese farsante poser se pusiera a decirle eso?

Entonces se dio cuenta de que la sirena había comenzado a alejarse, lentamente. El taladro repentinamente se detuvo: los trabajadores debían estar tomando un descanso. Hasta le pareció que los gritos del patio y los claxonazos finalmente habían empezado a disminuir. Un ligero alivio empezó a recorrerla, como si le quitaran una espina clavada… y entonces interrumpió:

—¿Qué está haciendo usted aquí?

Silencio en el cuarto. El dizque loquero se quedó pasmado, como sin entender. En todo ese rato no había entendido nada, pero ahora sí se había dado cuenta.

—¿Discúlpame?

—Es que no sabemos ni qué es usted. Yo lo único que sé es que no es psicólogo y que nunca ha dado clases en esta escuela. Pero no sé si siquiera da clases ni de dónde lo mandan llamar. Así que, ¿qué es lo que sí es? ¿qué hace aquí con nosotros?

Nadie habló. Súbitamente, cosa increíble, el único ruido que importaba era el silencio en la habitación: ese zumbido mudo y tenso que delataba la ausencia de palabras… y de ideas. El profe-loquero que no era ni profe ni loquero se ajustó la ropa, muy incómodo.

—Ana, no sé qué tratas de insinuar, pero lanzar acusaciones así no es forma de dialogar: es desviar la conversación, lo cual es una manera muy baja de defen…

—Es que la verdad no entiendo para qué estamos aquí. Nos mandaron venir después de clases porque somos… no sé, alguna cosa; nos ponen con usted, que quién sabe de dónde salió, y no entiendo qué es lo que se supone que está pasando en este lugar. Lleva una eternidad hablando sin escuchar y no ha dicho nada que no hayamos oído antes o que nos ayude: solo hace preguntas inútiles y se responde a sí mismo con clichés.

—¡Ana, detente ya! Este comportamiento es indigno.

—¿De verdad se cree que está haciendo algo? Nada de lo que ha dicho nos va a servir de nada. Nos vamos a ir de aquí después de todo este sermón. ¿Y luego qué? Yo me voy a seguir desesperando, Roldán va a seguir enojándose, Lucía va a seguir llorando, el menso de aquí va a seguir igual de hiperactivo, Pepe va a seguir confundiéndose, la de matemáticas va a seguir maltratándonos, y Diana y todos los demás brutos van a seguir molestando. Nada va a cambiar con todas esas cosas trilladas que nos suelta, así que de verdad no sé qué onda con todo esto.

—¡Ya basta Ana, te lo advierto!

El farsante hablaba, pero su voz estaba vacía. Lo que fuera que tuviera antes había desaparecido. Y no solo la voz, sino todo su ser: su seriedad se había convertido en chiste, su autoridad en cáscara, su misterio en hueco, su mármol en paja. Y para terminar de una vez con todo eso, Ana se levantó de la silla y, sosteniéndole la mirada al farsante, dijo lo primero que le vino a la cabeza:

—El orden de las alteraciones no factura el resultado.

—¿Qué? —dijo el otro, estupefacto.

—El orden del resultado no altera los factores. El factor del orden no produce alteraciones. El producto de los factores no ordena la alteración. El orden de los productos no altera el factor. La factura de la alteración no produce órdenes. La alteración del producto no ordena los resultados. El producto de las alteraciones no ordena el factor. La producción de alteraciones no facta el orden. La orden del producto no altera la factura…

Formuló, con tono desafiante, cada posible versión que se le ocurría; ni siquiera se fijó si las repetía o no. Los demás, incrédulos ante lo que pasaba, empezaron a reírse. Ella oyó, pero como detrás de una pared, que el farsante la conminaba de nuevo a detenerse; decía que estaba saboteando la reunión, agitando a sus compañeros…

—¡La alteración del orden no produce factores! —dijo ella como respuesta.

Y continuó desordenando y reordenando las palabras al azar, mientras sus compañeros se carcajeaban cada vez más fuerte y el farsante calvo barbudo de suéter negro se hacía cada vez más pequeño e inaudible. De pronto, lo único que Ana podía escuchar era a ella y sus compañeros alzándose por encima del odioso ruido del mundo: era lo más milagroso, lo más sublime que le había pasado.

Entonces se subió a la silla y continuó su improvisada letanía a gritos. Danielito también se subió a la silla; se le ocurrió ponerse a saltar y al segundo brinco la silla se fue para atrás y él se cayó de bruces del lado contrario, dándose un trancazo en la cara; se incorporó como si nada y se celebró a sí mismo con una especie de baile, tarareando. Roldán y Pepe le aplaudieron su hazaña y, sin entender ellos mismos por qué, los tres empezaron a cantar. Súbitamente, Lucía, inspirada, también se puso de pie y empezó a bailar ballet, siguiendo su propia melodía interna…

Y así habrían de seguir hasta que otro adulto oyera la alharaca, fuera, abriera la puerta y preguntara escandalizado qué estaba pasando allí.

Algún día, se dijo Ana al final de aquella tarde, el resto del mundo tendría que ser el que la escuchara a ella y el que se incomodara por ella. Algún día, ella iba a poder decir las cosas como son sin que nadie la intimidara, ni siquiera un adulto. Algún día ella iba a decirle sus verdades al resto del mundo, y el resto del mundo la iba a tener que escuchar.

«Boy alone in the classroom» de Oliver Pavic

Escrito por:paginasalmon

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