Al Trevi, 

por ser escenario de tantas historias de amor. 

Desde niña siempre me había gustado el centro y del centro me gustaba el café Trevi. Durante muchos años lo observé; me llamaban la atención los colores rojos de sus asientos, las luces neón de sus anuncios y los grandes ventanales con los rótulos de ese estilo viejo tan atractivo que ahora se ha vuelto a poner de moda y se ha replicado sin demasiado éxito. 

La primera vez que cruzamos su puerta era una noche de invierno de nuestro segundo año de universidad. 

Él pidió café y yo una malteada, creo que también pedí lasaña y me advirtieron que el plato metálico estaría caliente, seguramente no hice caso y me quemé un poco, pero no recuerdo haber sentido dolor. 

Pusimos los codos sobre la mesita cuadrada y hablamos durante horas sobre libros, sobre nuevas películas, sobre viejos amores y sobre lo mucho que nos íbamos a extrañar.

Yo estaba por hacer un viaje pasando Nochebuena, tenía proyectado ir a las selvas del sur y no sabía con claridad cuándo volvería. 

Fue entonces cuando tomé esa foto, llevaba una sudadera negra, el cabello corto, una patineta bajo la mesa y la cabeza llena de sueños. Y sí, eso se notaba en la foto, estaba tomando café alzando demasiado el codo, sus labios rozaban la orilla de la taza blanca despostillada, su mirada estaba desviada y sorbía lento el café. 

Esa escena era para mí un espectáculo, pero la verdadera razón por la cual decidí tomar la fotografía fue por el anciano; con un libro en la mano y una taza de café, levantando el codo para beber, de la misma forma que lo hacía él con tan solo 20 años. 

Yo le tomé la foto y se la mostré de inmediato, él dijo que algún día quería llegar a ser ese anciano al que la mesera le hablaba con familiaridad e ir a leer y tomar café al Trevi. Yo le pregunté que si le gustaría que me sentara frente a él cuando eso pasara y por supuesto asintió con una sonrisa.

Llevábamos un mes de novios y todo era dulzura. 

Yo volví de mi viaje llena de más y más sueños en mi cabeza y él estuvo ahí en la terminal, aguardando con paciencia para comprobar que en efecto no nos habíamos separado ni un segundo. 

Durante mi viaje tuve días muy duros, vivir en una comunidad rural no fue sencillo después de pasar toda mi vida en la Ciudad de México. Allá no teníamos comunicación con el exterior, pero teníamos miles de granos de café secando al sol y cosechamos frijoles frescos para cada comida, desayuno y cena. 

Con el paso de los días comencé a olvidar la ciudad, el ruido de los autos, mis clases en la universidad y los rostros de mi familia. Cada día era igual al anterior, cada noche estrellada, cada tortilla en el comal, cada baño en el temazcal y cada hectárea de tierra. 

Al cabo de unos días había optado por apagar mi teléfono celular, para ahorrar batería, pues de cualquier manera no podía utilizarlo, pero cada cierto tiempo decidía encenderlo en la oscuridad, porque había noches que temía olvidarme de quién era yo, cuál era mi origen y cuál era mi vida, pero sobre todo quería recordarlo a él. 

Ahora, sentada frente al computador me parece incluso ridículo, pero dentro de mi estancia en la comunidad no tenía forma de saber que iba a regresar a la ciudad, incluso no tenía pruebas de que ella siquiera existía. 

Las personas con las que convivía en la cotidianidad nunca habían ido siquiera a su ciudad capital, siempre habían vivido (y siguen viviendo) entre las bellas hierbas comunicándose con idiomas ignorados que yo apenas comprendía y tomando café todos los días… ¿qué pruebas tenía yo de que volvería? 

He de decir que, a pesar de la inigualable belleza de cada amanecer, muchas noches tuve la convicción de que debía tomar mis cosas y caminar a la terracería más cercana para alzar mi dedo pulgar y pedir que me llevasen al pueblo más cercano, pero las cosas que pasan en este país a las mujeres solas o acompañadas me daban aún más miedo y decidía esperar más pacientemente a que se diera una fecha adecuada para volver a mi amada ciudad y a mi amado. 

Una vez de regreso, volvimos a maravillarnos con lo que es vivir una ciudad cuando se está enamorado. Las calles del centro fueron una vez más nuestro punto de encuentro y con ello volvimos al Trevi, ese lugar atemporal en el que podíamos pasar horas hablando y tocando de vez en vez nuestras manos sobre la mesa.

Lo cierto es que el restaurante era difícil de costear para dos estudiantes universitarios, así que pedíamos siempre café americano y nos sentábamos a ver pasar la vida de la Alameda Central a través de sus grandes ventanas. 

Con nuestra imaginación viajábamos en el tiempo y nos preguntábamos quiénes habíamos sido, pero aún con más ganas nos preguntamos quiénes llegaríamos a ser. Algunos días planeábamos a dónde nos íbamos a ir a vivir, cuándo nos íbamos a casar y aún más importante fantaseamos sobre el momento en que sus libros y los míos descansaran en el mismo librero.

Pero todo lo que sube baja y con el tiempo los lazos comenzaron a parecer incompletos y dejamos de ceder, como todas las parejas que dejan de intentar.

Durante un tiempo solo nos vimos en la universidad y en los vestigios de proyectos en común que se fabrican cuando se planea una vida juntos y duelen porque son el recuerdo de lo que no pudo ser.

Después decidí convertirme en la protagonista de una nueva historia, me compré una bicicleta y comencé a salir con alguien más. 

Él hizo lo mismo y nuestros caminos se separaron de forma paralela, hasta que un día nos citamos en Bellas Artes, vimos fotografías en blanco y negro y luego fuimos al Trevi a comer pizza. 

Nos sentamos en la esquina, pusimos los codos sobre la mesita cuadrada y hablamos durante horas sobre libros, sobre nuevas películas, sobre viejos amores y sobre lo mucho que nos extrañábamos. 

No estábamos a kilómetros de distancia como cuando hice aquel viaje en ese invierno ya años atrás, ahora nos separaban las decisiones que habíamos tomado, nuestras nuevas parejas y los viejos fantasmas que vivían en ese café.

Miré a mi alrededor contemplando el lugar. Era el mismo del primer día en el que nos decidimos a entrar, el color rojo de las sillas, los uniformes de las meseras, las luces neón, las vajillas despostilladas y el café. 

En la mesa de junto había una chica joven con un vestido y un sombrero negro de ala ancha en la mesa, leía un libro y bebía café. 

Algún día quisiera ser como ella —le dije— quiero ser una chica joven e independiente, que use un sombrero y se vaya a leer sola a un café.

Recordé entonces al anciano de la fotografía, me pregunté si aún seguiría vivo y si aún vendría a leer. Me di cuenta entonces de que esa promesa de envejecer juntos ya había quedado olvidada y me sentí muy triste, pero no dije nada. 

Ese día nos despedimos con la promesa de volver a vernos otra vez, yo salí corriendo porque tenía que ir a trabajar y, poco tiempo después, volví a tomar caminos inciertos al comprar un boleto de avión sencillo y con muy poco dinero en mi bolsillo. Esta vez me aventuré al norte para averiguar qué tenía esa tierra roja para ofrecerme.

Cuando regresé, él se había enamorado y fue al aeropuerto por mí, pasó tiempo antes de decidir entregarse a ello, esas cosas no se planean ni se contradicen así que comencé a visitar sola los cines, las banquitas de la Alameda y los cafés. 

Pasaron meses así. Incluso tuve una cita en el Trevi, nos vimos en la noche y pedí un capuchino, pero no nos sentamos en la mesa de la esquina ni tampoco planeamos una vida juntos. 

Poco después estalló la pandemia y nos condenamos a vivir sin cines, sin Alameda Central y sin cafés. Para ese entonces yo no podía dejar de trabajar. Recorrí el centro un par de veces por cuestiones de la oficina. Me sorprendió ver el Trevi abierto incluso en los primeros días de confinamiento, pero para el día que me dispuse a ir ya lo habían puesto también en cuarentena. 

Hoy me he enterado de la desaparición definitiva del Trevi que, como muchos otros locales, han perecido ante la elitización de esta ciudad que ya no tiene espacio para los viejos cafés y las viejas nostalgias.

Poco a poco el centro de mi ciudad ha absorbido como una mancha voraz a todos aquellos negocios familiares que durante años habían permanecido alzados orgullosos de sobrevivir décadas y de ver pasar la vida de esta ciudad y con ella las miles y miles de historias de amor como ésta.

Los que habitamos esta ciudad hemos visto cómo las grandes empresas sustituyen con rapidez a aquellos negocios que el tiempo parecía haber congelado, pero que no pudo congelar el entorno que terminó por absorberlos. 

Dentro de unos meses el Trevi será estrictamente territorio de nuestros recuerdos y, aunque no sé si pueda envejecer a su lado, aún tengo unos meses para ponerme un sombrero, pedalear al centro después de la oficina, pedir una lasaña y leer un libro. 

Tal vez antes de que se consuma el tiempo tenga la oportunidad de pedirle que vayamos una última vez, que volvamos a poner los codos sobre la mesa y que levante una vez más el brazo para posar los labios sobre la tacita blanca.

Por muchas razones, tengo la certeza de que dirá que sí y que tendremos una cita más en esa misma mesa, que hablaremos ahí una vez más durante horas, porque esa es una capacidad que nunca hemos perdido y se agudizará con el tiempo, porque ahora tenemos algo más en común: habitamos una ciudad que deja de existir.

Cuando sea muy mayor, esté sola o acompañada, no dejaré de frecuentar cafeterías y leer libros. Y cada vez que lo haga, lo recuerde o no, brindaré por la memoria del Trevi y por todas las historias de amor inconclusas que enmarcaron sus paredes y que, tengo la certeza —de alguna manera inmaterial—, serán eternas. 

Imagen tomada de Donde Ir

Escrito por:paginasalmon

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