Mi abuelo murió y me di cuenta de algo en lo que antes no me había detenido a pensar: que nunca es lo mismo ser nieta, que hija. Las obligaciones, las interacciones y los temas son distintos, pero hay algo que no cambió: las muestras de cariño. Fue un hombre que tuvo el privilegio de ser siempre él mismo, incluida su capacidad para transmitir afecto. Porque la gama de sentimientos y emociones humanas es sumamente amplia, pero junto con otras imposiciones asociadas a los roles de género, hombres y mujeres no estamos autorizados para expresar lo mismo. A los varones, en muchos casos, se les va atrofiando desde la infancia para no manifestar, por ejemplo, tristeza o miedo, pues ambas se asocian con una debilidad indeseable. La efusividad, las expresiones corporales, el contacto físico son «cosa de mujeres».

Pienso en cómo hay personas que pasan su vida anhelando un abrazo, una palabra amable, un gesto dulce de papá, que nunca llega. Sin ir más lejos, está la imposibilidad de tener una conversación cercana, entre iguales, un involucramiento por parte del padre en los intereses, preocupaciones o deseos de los hijos. Cercanía y entendimiento que, en muchas ocasiones, deben ser compensados por una madre confidente, incondicional e incluso sobreprotectora. Características que son estereotípicamente atribuidas al modelo ideal femenino. Las mujeres han de asumir no solo las funciones de crianza que se les asignan en automático, sino aquellas que representen un balance frente a las ausencias, materiales y abstractas, de los padres.

Hace un tiempo leí un artículo en el que se relataban, con base en una serie de entrevistas, como parte de una investigación, los testimonios de 33 exnarcotraficantes. La inmensa mayoría de los entrevistados confesaron tener una fantasía en común, que evocaban incluso al momento de ejercer actos de tortura contra otras personas: matar a su padre (García).  Este deseo parricida no es accidental o atípico, si consideramos los relatos de violencia intrafamiliar de la que fueron testigos como niños, como hijos. Esta violencia, proyectada generalmente contra la madre, contra ellos, contra todos por el padre, no pueden evitar volverla a reproducir como adultos. Analizar este tipo de historias y experiencias es humanizar al otro, entender que es posible que el dolor que ha sido causado le fue infringido primero, en muchas formas que solo son asequibles para nosotros, a través de su propio testimonio. No con el propósito de justificarles o disminuir la relevancia de sus actos, sino de entenderles y así generar las medidas de prevención que nos ayuden a todos a evitar que se repitan sus historias. Dimensionar el costo de no atender y cuidar las infancias no es una tarea sencilla.

¿Cómo sanas a un adulto herido? ¿A una persona enojada con otra, que debió orientar y cuidar y, en lugar de ello, no hizo más que vulnerarla ¿Cuál es la línea que separa la experiencia individual (que determina a alguien) de la colectiva (que genera un problema social)? Con esto no pretendo hacer un reduccionismo o análisis simplista. Tampoco espero generar una imagen absolutista y diabólica de la paternidad o un mal ejercicio de la misma. En otra época, la función principal, por no decir única, del padre mexicano era proveer: suministrar económicamente lo necesario para mantener el hogar en pie. Sin embargo, los avances aparejados a la igualdad de género han puesto luz sobre las deficiencias que genera esta idiosincrasia. Actualmente, la paternidad se ha repensado de tal modo que comenzamos a abandonar expresiones como “él le ayuda con la casa/los niños”, haciendo alusión a un hombre que participa activamente en la crianza de sus hijos o con las tareas domésticas. Pero no es suficiente, de hecho, es bastante poco.

Cambian las instituciones porque los paradigmas cambian, pero ¿este tipo de modificaciones tienen el poder de cambiar a la sociedad? En octubre de este año, se tomó la decisión histórica de ampliar a tres meses la licencia de paternidad, a la que pueden acceder los trabajadores del Consejo de la Judicatura Federal. Es decir, antes del alumbramiento y hasta que cumpla los 9 meses de nacimiento, o a partir de la integración de su hija o hijo al núcleo familiar (se incluyeron también los supuestos de adopción y gestación subrogada), el trabajador tendrá la opción de ejercer este derecho con goce de sueldo íntegro. Esto representa un avance enorme en el tema de reconocimiento de igualdad. Una de las razones para equiparar las licencias de maternidad con las de paternidad es desincentivar las prácticas discriminatorias laborales. Probablemente, la más recurrente se da al momento de contratar a una persona, teniendo en mente el gasto que implica cubrir una licencia, planteando preguntas al momento del reclutamiento, respecto del deseo e intención de embarazarse y en qué plazo, cuestiones encaminadas a determinar si habría que darle prioridad a alguien más que no pueda gestar. Me gusta pensar que, en el futuro y por imitación, sector público y particular deberán homologar sus políticas y prestaciones, tomando en consideración el mayor beneficio para las personas. Naturalmente lo ideal es ambicionar una reforma más profunda, para todos. Coqueteo con la idea fatalista de que, en algún momento, empezará a hablarse de la paternidad activa como un privilegio. Retomando las mismas razones de siempre: la falta de tiempo, la falta de dinero, la falta de conocimientos y ahora la falta de derechos. El machismo que trunca la capacidad de los hombres para involucrarse en la crianza de sus hijos, para expresarles afectos, para permitirles construir un canal de comunicación asertiva, atraviesa a todas las clases sociales. La imposibilidad para lidiar con sus conflictos internos y externos desde el diálogo, sin sucumbir al impulso de la violencia, hacia los otros y hacia sí mismos, no es exclusivo de los hombres con una baja escolaridad. La necesidad de reafirmarse a través de actitudes misóginas, de comentarios sexistas o discursos homofóbicos también la vemos en hombres con estudios de grado. Ni el conocimiento, ni las licencias de paternidad, ni los cursos de género pueden hacer una diferencia sustantiva en nuestras vidas si no partimos del reconocimiento de que es preciso reaprender mucho, si no es que todo, lo que culturalmente nos ha sido transmitido. Hombres y mujeres tenemos la misma responsabilidad de pensar en la crianza fuera del molde en el que probablemente crecimos y muchas veces encontramos incluso inofensivo. Construir una nueva identidad implica estar dispuestos a soltar acuerdos que son aparentemente funcionales, para asimilar objetivamente que no son equitativos, sanos ni justos. Ya no solo como padres o madres, sino como cuidadores de las próximas generaciones. No es un cambio de la noche a la mañana, pero si hay algo en lo que vale la pena empezar a trabajar es en esto.

Referencias

García Reyes, K. (2020) “Morir es un alivio’: 33 exnarcos explican por qué fracasa la guerra contra la droga”. El País.

Escrito por:paginasalmon

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