De tantas veces que había trabajado con el agua, sus manos se habían vuelto casi casi transparentes, como si toda su fuerza se hubiese resbalado debido a las décadas en que se desgastaron lavando ajeno. Eventualmente, dejaron de contratarla. Aquella última vez, cuando le cerraron la puerta en su rostro, la mujer sintió de nuevo que se ahogaba, ¿a quién se acude en medio del abandono? Ella le rogó a Dios que lloviera y sucedió: la tierra fértil le permitió sembrar más semillas antes de que sus ojos perdieran de manera definitiva la luz. Desde entonces se dedicó a andar junto al sol. Sosteniendo su rosario, ella ha dejado ir la cuenta de los años que ha vivido en la rutina: despertar antes que las aves para que la paciencia le alcance en su paulatina caminata hacia el núcleo de la ciudad, ahí, en frente de la catedral. 

La dama de reboso grisáceo suele sentarse sobre la banqueta, lleva consigo un morral abastecido de pepitas y de cacahuates, acomoda un par de bolsas en sus manos y repite: «A 10 pesos». La mayoría de la gente cruza de prisa en son de fantasmas, no tienen tiempo de decirle ni «buenos días», ni «gracias». Ella sabe que debe evadir a los azules y por eso no puede mantener un sitio específico, pero se observa a menudo que se queda al margen de las puertas, a veces de la iglesia y, en otras ocasiones, de alguna tienda cuyo dueño se compadezca. Así, la senectud intenta defenderse mientras el centro se disfraza de antigüedad. 

Los fines de semana, sobre todo en los festivales de vacaciones, la gente acostumbra a ir a bailar las jaranas. A ella le consta que ninguno sabe hablar de verdad maya, puesto que se ha acercado a ellos en su primera lengua y estos no le dedican ni una palabra. Es que son hombres diferentes y mujeres pintadas, no son mestizos sino algo distinto. Taciturna, es testigo de que estas actividades suelen rodearse de aplausos mientras que, cuando ella intenta acercarse con sus trenzas y bordados originales, nadie la percibe. De manera inevitable, se aleja y cuestiona el porqué de tantas incoherencias: no está ahí, afuera, pero tampoco le permiten quedarse adentro de las tiendas aunque estas porten los mismos colores que su vestimenta. 

La catedral es el único sitio donde nunca le han negado la entrada, ahí ella ha reconocido a un par de gotas de la misma agua… Entre los demás, diferentes feligreses, existen particulares que optan por esquivarla, también hay otras personas, inocentes, que la saludan e incluso se han presentado limitados individuos para ayudarla, pero la mujer no dice nada. Antes de anunciar su voz, la dama ha preferido leer; no importa que el antiguo misal se difumine en su mirada, ella jamás lo guarda pues le recuerda a sus primeras palabras escritas que fueron de fe: 

«En mi infancia no se conocían a las mujeres de libros, solo se nos permitían las flores: rosas para vender, margaritas para bordar, pero yo siempre quise más. Dios me concedió aprender a leer en confidencia mientras soñaba que las letras se acomodaban como las olas del mar». 

Después de la misa, los domingos suele continuar en alguna banca del parque, espacio donde se acostumbra a admirar la algarabía de quienes comparten la belleza naranja de todas las tardes. Algunos caminantes nuevos se preguntan por la mujer cuyas pupilas de oscuro cenote sumergen a quien la observa… Y así, hoy, esos únicos ojos se han detenido y, para la mujer cansada, no pasó desapercibido puesto que sintió que ella ya había sido encontrada. Entonces, abrazó sus codos con el fin de reiterar el calor de sus viejos huesos e intentó acercarse tímida a la niña que parecía su anterior reflejo. 

Lloviznaba. Cientos de ideas fluyeron en la mente de la anciana por lo que fue imposible que la resistencia de sus pies no se deshilachara cuando vio que la infante corrió hasta alejarse. El refugio que buscó la pequeña era de la mano de un par de adultos que de seguro era su familia. La señora quiso seguirlos, creyó que quizá alguno de ellos podría ser su hijo; sin embargo, ella se resbaló. 

La distancia hizo que un pestañeo bastara para no tener nada, lo único que le quedó por hacer fue dejar que el agua emergiera sobre sus mejillas de modo que todas las líneas de su rostro se volvieron ríos, después, se dio cuenta de que sus manos estaban vacías: había extraviado hasta el último hilo de su morral. Con los latidos que le restó a su sangre, la mujer buscó en la esquina de una banqueta un espacio para recostarse, fue de esa manera que, al frío del sereno, se le unió su último suspiro. Al día siguiente, los turistas llenaron otra vez el centro y, a lo lejos, se oyó que alguien más dijo de nuevo: «A 10 pesos». 

Imagen tomada de Desinformémonos

Escrito por:paginasalmon

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