Versión del texto en audio.

Las cuatro de la mañana. Al borde de una de las ciudades más grandes del mundo comienza el día. Libertad se levanta contra su voluntad, molesta toma sus sandalias y su toalla para recibir agua caliente de la cabeza a los pies, media hora atrás su mamá preparó el baño, hirvió agua en una olla, la niveló en una cubeta de 20 litros con agua fría, limpió el cuarto de baño y dejó la ropa preparada para la preadolescente.

Sin tiempo para sentir el cansancio, Matilde planea el día, prepara una torta para su hija, toma un insipiente café soluble y reúne los documentos necesarios para acceder a la cita médica dispuesta a las siete de la mañana. Los minutos avanzan y no hay tregua para preparar el desayuno para el resto de sus hijos, “gracias a dios ellos están bien”, piensa mientras apura a Libertad.

Con la luz a medias de las calles de la cuna del Programa Nacional Solidaridad, la pareja se dirige hacia la autopista y espera el transporte público. Un primer camión las conducirá al segundo autobús que las llevará por casi dos horas hasta su destino, el oasis médico en el sur de la ciudad. Libertad sabe lo pesado del recorrido, así que pide y exigirá su derecho como discapacitada, tomar un lugar reservado para ella y dormir.

Su madre, mientras tanto, de pie frente a ella, carga el peso de su destino. En sus años de adolescente Matilde jamás pensó que tendría que dedicar su vida a averiguar cómo ser la mejor madre, ama de casa, cocinera, enfermera y especialista en cuidado especial con solo la primaria concluida. Para ella la vida se medía en pasos de baile, en huapangos, cumbias y salsas. Ahora, años después de aquellos sueños de juventud, debía preocuparse por mantener con vida a su hija pequeña.

Cuando Libertad nació, un diagnóstico sorprendió a sus padres: Síndrome de Down. Jamás habían escuchado el término, ni siquiera sabían de qué se trataba: “¿Esa enfermedad se cura?”, preguntaron incrédulos sobre el destino de la pequeña, sintieron un nudo en la garganta al escuchar al médico decir que, además, no viviría más de cinco años.

Al dirigirse al Hospital de Pediatría, Matilde recuerda que la esperanza de vida de su hija era limitada, pero después sonríe porque Libertad tiene ya doce años. Rebasó el pronóstico que recibió al nacer.

Viendo a su hija dormir en aquel autobús, la mujer que llegó a la Ciudad de México a los once años, se alegra de la vida que tiene. Al final de cuentas, no es tan mala.

Entrar a un hospital siempre genera tristeza, misma que se agudiza cuando se trata de uno especializado en niños. Matilde ya superó la depresión de ver “a tanto niño malito”, se siente bendecida porque Libertad es una persona autónoma, camina, come sola, se mueve libremente, entiende una conversación. Los problemas que la llevan al hospital son sus órganos, tenía un corazón más grande que cualquiera.

Libertad conocía su rutina hospitalaria. Ingresar al vestíbulo, saludar a la recepcionista, entrar en la puerta lateral, buscar el elevador, subir al quinto piso, esperar unos minutos, escuchar su nombre, saludar al doctor, quitarse la ropa, ponerse la bata, seguir instrucciones, volverse a poner la ropa, sentarse y esperar a que su mamá platicara con el médico.

Todo era tan mecánico porque por más de una década ha hecho lo mismo, algunos años con ingresos a terapias, otros con visitas al laboratorio, otros más con cirugías, pero en todas las citas tiene que pasar por el mismo procedimiento.

En la visita actual todo fue rápido. El corazón funciona bien, los ojos también, tenía un pequeño problema intestinal, pero puede tratarse con medicamento. Poco antes de las diez de la mañana la cita médica concluye. Como un regalo por la jornada, madre e hija se disponen a disfrutar unos tacos de cochinita pibil sobre Av. del Imán, donde esperarán el transporte que las lleve a la mitad del camino a casa.

Alegres por las buenas noticias y por tener aún tiempo para llegar a casa a preparar la comida, Matilde y Libertad suben al autobús, la pequeña busca su asiento reservado pero, contrario a otras ocasiones, esta vez no se lo ceden. No importa, tanto ella como su madre están tan de buen ánimo que dejan pasar la desventura. Unos kilómetros adelante dos asientos se desocupan y los toman. Una frente a otra.

Nunca antes se habían sentado de esa manera, Matilde siempre se encontraba al lado de Libertad, tomándole la mano, o parada frente al asiento reservado. Esta ocasión era especial, no dudaron en tomar los asientos distanciados, tal vez la emoción o la rutina del camino cambió esa costumbre.

Luego de planear mentalmente las actividades del día, el cansancio se apodera de sus párpados. Matilde y Libertad se rinden ante el poder del sueño y cada una, desde su asiento, viaja a su propio mundo.

Matilde despierta y no siente la mano de su hija, recuerda que estaba en el asiento de la fila de enfrente, la busca.

—¿Libertad, mamacita, dónde estás? —preguntó sin recibir respuesta.

Mira el lugar en el que estaba su hija y no la encuentra. Desesperada se levanta y grita: “¿Libertad dónde estás?”.

Los pasajeros la miran con asombro, como si se tratara de una lunática. Mientras tanto Matilde recorre el autobús sin respuesta. “¿Mi hija, dónde está mi hija, la vieron?”, pregunta con el llanto a punto de brincar de sus ojos.

Se dirige al conductor, avanzando por el largo pasillo, mira de un lado a otro, con los ojos ajenos clavados en su cuerpo, pero no tiene respuesta favorable a su pregunta. La angustia la enmudece hasta que la mujer que estaba al lado de Libertad responde con un susurro: “bajó del autobús en la parada de atrás”.

Imagen tomada de El Universal

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Asiento reservado | Por Anabel Clemente Trejo

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s