No sé a quién, pero a veces siento que le debo textos. A «El Gran Otro», al lenguaje, diría Žižek. No me importa empezar con una alusión pretenciosa a un señor nervioso que tiene un póster de Stalin en la sala de su casa. A la vez esto refuerza la idea de que uno le escribe a ese Otro, esa cosa intangible contra la que uno constantemente se mide éticamente; a Dios por ejemplo, pero yo no lo tengo tan a mano. Siento que le debo textos a mi padre.

No es que no hable de él. Siempre hay algo que me recuerda a mi padre, a mi pa, como le decía. Todavía si quiero puedo escuchar su voz en mi cabeza. Y qué difícil darse cuenta de que él es la vara con la que mido el mundo, con la que me evalúo y a partir de la cual modero o genero mis expectativas.

No es que fuera perfecto mi pa. Tuvimos muchas discusiones sobre género, sobre raza, nunca sobre clase, excepto cuando tocó la hora de hacernos examen y reconocernos un poquito aspiracionistas: «nunca había escuchado esa palabra hasta contigo», me dijo.

Fue la habilidad de ver sus errores la que me permitió hacer de sus vicios y pasiones desgarradas un speculum ad contrarium. Mi papá no lo sabía pero con sus enseñanzas y sus equivocaciones actuaba como los consejeros de los reyes que escribían espejos de príncipes. Si se me permite obviar la clara carga imperialista, mi papá me trató siempre como eso, un príncipe: «eres patrimonio de esta nación, mi niño». Evidentemente estaba exagerando porque eso solo se le dice a las cabezas de estado cuya vida y destino pertenecen a la comunidad, pero nunca dudó en asegurarse de que yo supiera qué tan orgulloso estaba de mí.

Dice Derrida que si es cierto que la Biblioteca de Alejandría se quemó con invaluables testimonios de la cultura, también ha corrido la tinta que da cuenta de ello de manera siempre inacabada pero no por ello poco ardiente: aunque no se puede restituir la Biblioteca, se trata de llenar su vacío. En ese sentido la escritura es un mecanismo del duelo. La cultura existe, dice Derrida, para llenar los vacíos. Es por eso que los cortejos fúnebres se prestan tan bien, dando un pasito atrás, para el análisis semiótico. Porque los rituales son citaciones encarnadas, son purísimo acto del discurso. Los rituales nos permiten relacionarnos con la realidad cuando la vida se siente como una Torre de Babel. Decía Góngora, y también el autor del Alexandre, que la confusión de la Torre no se debía a que los individuos hablaran lenguas distintas, sino que «en el mismo suyo ellos se confundieron, tomando piedra por agua y agua por piedra que esa fue la grandeza del milagro». Ante una situación de shock como es la muerte de un ser querido, o que Dios decida suspender la construcción de un rascacielos, es probable que no logremos encontrarnos en la realidad, que las palabras pierden su referente y entonces el ritual, que es otra forma de las palabras, nos dé cauce y causa. No es posible habitar por mucho tiempo sin referentes y no volver el estómago: es sumamente violento. Por eso los cristianos que conozco, cuando se sienten perdidos, buscan en la Biblia palabras que los habiten para darles calma. Otros, a veces, recurrimos a la poesía.

La poesía, no toda, ni tampoco tiene qué, pero alguna poesía hace eso de conectar dos referentes cuya relación no es «natural» y aún así la hace parecer obvia. Pero en cierto sentido el lenguaje mismo tiene una de las maneras más insospechadas de entrometerse. Debe ser por su capacidad de citación. Solo así se explica que sienta sosiego cuando escucho «Amores como el nuestro» de Jerry Rivera que es una canción a priori estúpida porque incluye líneas como las siguientes: «como los unicornios / van desapareciendo». Sin embargo, encuentro en su inocencia la base de un contraste que, al menos en mí, logra catapultar sus intenciones más fuertes, es decir, genera un mayor impacto después de una frase imposible como esa del unicornio, que diga «un amor como el nuestro / no debe morir jamás […] amores como el nuestro cada vez hay menos […] ya nadie se promete más allá del tiempo […] lo nuestro es algo eterno». Y entonces pienso en mi papá. Y no tiene sentido, la canción es una canción de amor romántico, no filial, pero nuestro amor también era «puro y sagrado» y por eso «no debe morir jamás». Y recuerdo otra vez esa cosa que decía Derrida, en la que yo encuentro una inusitada ternura más allá de que fuera intencional (porque fuck las intenciones personales de Derrida) en donde decía que las comillas entre las cuales se encuentran las citas para él semejan pequeños dientes, como cuando mordemos algo, lo separamos de su continente inicial y ahora está en nuestra boca. La cita muerde la materia para que la convirtamos en nuestro discurso propio. Y entonces aunque no recurra yo a las Coplas a la muerte de su padre o a la reversión de Sabines, el lenguaje entra como comida exquisita y determina cómo me siento.

Antonio Alatorre, en su libro de los 1001 años de la lengua española, tiene un fragmento muy interesante acerca de la sedenterización y el lenguaje. Ambos tienen fuertemente que ver con la cultura, porque cómo produciríamos cultura sin lenguaje y cómo nos sedentarizaríamos sin agricultura. No olvidemos que la primera acepción de «cultura» en el diccionario de la RAE es «cultivo» y quizá está ahí porque ese es el sentido de la palabra latina cultura. Cuenta Alatorre que al tiempo de sus investigaciones todo indicaba que la cuna del indoeuropeo era la península de la Anatolia, una zona sumamente fértil en donde por primera vez surgió la agricultura. Así, sedentarios y cultos, los anatolios tuvieron excedentes de producción, riqueza, que se convirtió en expansión geográfica y, así, llevando los frutos de sus cultivos, su cultura, llevaron a otros lugares sus formas de nombrar las cosas, su lengua: «el nacimiento de la agricultura, cinco o quizá seis milenios antes de Cristo, queda así firmemente vinculado con el nacimiento de las lenguas indoeuropeas» dice el maestro de mis maestros.

Así que los anatolios fueron el delivery de la cultura cuando llevaron sus alimentos a otros lados. Así como dice Žižek que el lenguaje es como un caballo de Troya porque si bien se muestra como un regalo que nos ayuda a relacionarnos con la realidad, a nombrarla y tener cierto control sobre de ella, a su vez, el lenguaje no avisa y estructura lacanianamente el inconsciente: cambia Troya por siempre. Los anatolios llevaron su comida pero con ella su forma de comerla, producirla, nombrarla, impusieron su cultura: más de la mitad del mundo habla alguna lengua indoeuropea, más de la mitad del mundo encarnamos un Héctor caído y un Eneas que emprende el camino.

Entonces el lenguaje es escurridizo, es herencia, es herramienta del imperio como dijo Nebrija, es ofrenda, identidad, herramienta de la militancia, es flexible, es convención cambiante para amarrarnos con la realidad. Es normal entonces que constantemente volvamos a él y que haya una estructura profunda que se reactualiza con distintos rostros pero que igual que el hambre, tiene un vacío en el centro. Cuando Beatriz muere en la Vita Nuova, Dante se vuelca más que nunca a la escritura de poemas sobre su amada: el lenguaje, como en la Biblioteca de Alejandría, aunque se vista de amor, se revela como el cemento que trata de tapar un hueco sediento infinito; y como es infinito, no podemos nunca dejar de hablar.

El diciembre pasado yo bromeaba con uno de mis hermanos (aunque técnicamente es mi medio hermano). Le decía que mi papá se había encargado de asegurarse de que yo siempre fuera parte de la cena de Navidad con mis hermanos porque soy el que sabe hacer su receta de lasagna. Es tradición que a fin de año se reúna la familia y que, entre otras cosas, comamos lasagna. Es inevitable que uno piense en mi papá en ese momento. Todos sentados a la mesa, ingiriendo lo mismo, probablemente pensando lo mismo. No está tan alejado de la comunión. Es curioso que uno se coma a Cristo y recordar que el «Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» así como todos, como mi pa. Cristo es el verbo. Y si bien decimos «lengua materna» para referirnos a la que desde el inicio nos atraviesa, y si bien sabemos que tradicionalmente quien amamanta también da la lengua, quien nutre el cuerpo nutre la mente y así es que nodrizas pobres han llevado sus canciones a las cunas de oro, ¿qué hacer en contextos en los que los roles tradicionales se desdibujan y nutren y dan las palabras tanto padre como madre? Cuando esa lasagna se come de recalentado, aconsejaba mi papá que se calentara en el microondas con un poquito de leche. En las reuniones con mi familia se habla mucho, y quizá el único momento en que no se habla es cuando se come, pero en este contexto, ya sea que hablemos o comamos, la reunión navideña es un ritual que en buena medida se trata de la ausencia de mi padre, y esas acciones repetidas que realizamos casi por inercia nos hacen sentido y nos dan una razón de ser. Mi pa es los anatolios que nos dieron cultura: lengua y comida. Es así como alimento, lenguaje y rito se hacen cargo de nosotros aunque sea por un momento, quizá sin que nos demos cuenta. Citamos y mordemos para que la vida tenga sentido.

En unos días mi papá cumple dos años de muerto. Este texto lleva varios meses en el tintero. No hay manera de terminarlo, nunca voy a dejar de deberle textos. Pero también este texto revela que al hablar de él, hacer algo como él, cocinar algo como él, comer algo como él, se actualizan ritos que son actos discursivos en torno a él. Este texto revela que mientras esté vivo, nunca voy a dejar de escribir para él.

Imagen tomada de Patii Jinich

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Llenar el vacío | Por Adam Vázquez

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