Esa noche, como tantas otras, Lautaro decidió pasar por Morelos, su establecimiento de comida preferido. Una vez más, quería comer la especialidad del local: antojitos jarochos rancios y cerveza caliente que era imposible de tragar.

Posiblemente el menú no sonaba para nada apetitoso, pero no había muchas opciones. Después de todo, era el único local abierto a la una de la mañana que ofrecía comida a todo aquel que siguiera recorriendo las calles de la ciudad durante la madrugada. Pese a tener la pintura desconchada y los muebles desbaratándose por el uso, Lautaro no lo consideraba una opción tan mala para pasar parte de la noche antes de volver a encaminarse hasta su usual ruta nocturna.

Lautaro llevaba horas conduciendo el taxi que había heredado de su padre hacía treinta años cuando fue expulsado de la preparatoria por romperle los dientes a uno de sus compañeros.

Desde que inició su turno a las seis de la tarde, había estado lidiando con toda clase de clientes que únicamente compartían la urgencia por llegar a sus destinos. Todos los días parecía estar marcado por la misma rutina, los mismos caminos de aquella pequeña ciudad costera recorridos en múltiples ocasiones.

Aquella era una rutina que se volvía cansada conforme pasaban los años, y él siempre anhelaba que llegara la hora del descanso nocturno antes de continuar en el turno de la madrugada.

El reloj marcó la hora exacta cuando su taxi tomó el camino conocido. Lautaro se sentó en la mesa de siempre, en una de tantas mesas hechas con madera podrida que había en medio del comedor de Morelos, en compañía de la misma prostituta envejecida que lo miraba con un gesto de hastío, el mismo que le dedicó desde el día en que se conocieron en ese mismo cuarto. Mimi siempre lo había tratado así.

Su relación había tenido aquellos aires enrarecidos desde el instante en que él, pese a padecer de una fuerte dosis de inapetencia desde que su mujer lo abandonó, la llevó al mítico motel Diligencias para pagarle por unos servicios que ella jamás le había ofrecido.

Después de cada encuentro, siempre terminaba sudando encima de aquel cuerpo envejecido por tantos años ofreciendo su carne al mejor postor, o eso le había dicho Mimi a Lautaro cuando este se quejó por las limitadas posiciones que ella podía ofrecerle por doscientos pesos.

Ahora, varias horas después de haber salido de su casa, estaba de nuevo ante Mimi, en la misma mesa de siempre, con varias cervezas fundidas en su venas y surcando su torrente sanguíneo, enajenando su deteriorada percepción que le hacía pensar en ella como una diosa nocturna que podría proporcionarle lo que necesitaba.

Antes de dirigirse al motel, ella terminó de engullir las picadas de tomate que hacía poco le había encargado a la somnolienta camarera. Agarrada de su brazo, se encamino al interior del taxi, como si con aquel gesto premeditadamente galante él pudiera ganar una nueva clase de favor ante los cansados ojos que lo miraban.

Luego de conducir por un par de minutos sin estar muy convencido por los precios, optó por quedarse en el mismo motel en el cual habían concertado su primer encuentro, pensando con anticipación en aquella noche desganada que los aguardaba.

Una vez que llegaron el cuarto, Lautaro se sorprendió por el hecho de que hubiera espejos en las paredes y en el techo de la habitación. ¿Por qué nunca los había visto antes durante sus frecuentes encuentros con Mimi en ese mismo cuarto? Parecía como una escena sacada de alguna de las tantas películas pornográficas que había visto durante su juventud, cuando solía silenciar la televisión en la madrugada para que no lo descubrieran.

Luego de la sorpresa inicial por el cambio de cuarto, él comenzó a desvestirse, esperando en la cama a que su compañera se quitara la ropa de una buena vez. La observó detenidamente de arriba a abajo, como si fuera la primera vez que veía su piel marchita asomarse por aquel escote exageradamente pronunciado que ya era característico en ella. Lautaro no sabía si era por el alcohol que aún permanecía en su cuerpo, pero le pareció que incluso había algo diferente en Mimi, aunque la imagen de diosa nocturna ya se había evaporado de sus pupilas.

Se colocó en medio de la cama, dispuesto a seguir con la rutina que también había comenzado a establecerse entre ellos. Ella lo detuvo y le ofreció bailar para él. La danza fue lenta, los movimientos estuvieron fríamente calculados y al mismo tiempo, mostraron una pasión irresistible. ¿Cómo era posible que pudiera moverse de ese modo cuando ayer se quejaba acerca de un dolor de cadera?

Lautaro estaba hipnotizado ante aquel comportamiento que jamás había visto en su amante, seguía con sus ojos cada uno de aquellos movimientos, no podía dejar de mirarla. Ella se colocó a horcajadas sobre él e interpretó el mismo papel que se había encargado de ejecutar durante buena parte de su vida.

Poco antes de que dieran las dos de la madrugada, Mimi se incorporó en la cama y, ante la mirada atónita de Lautaro, comenzó a subir sus manos hasta el techo de espejos. Daba la impresión de querer atravesar el material del techo, como efectivamente lo hizo ante la sorpresa y el horror de su compañero. Él se quedó boquiabierto, con el cuerpo cubierto de los fluidos que acababan de compartir, pensando que se despertaría en cualquier momento para volver a la rutina.

Mimi únicamente sonrío de forma ladina desde el otro lado del espejo mientras cambiaba a su verdadera forma. Estiró su mano y, tomando el brazo de su amante con un potente agarre, se apresuró a atravesar el reino de los espejos.

En el otro lado del umbral, Lautaro solo escuchaba risas, múltiples quejidos de mujer y toda clase de sonidos que reproducían fielmente todo aquello que hicieron desde que llegaron al hotel. Incluso se escuchaban los gemidos directamente en sus orejas, como si buscaran enloquecerlo.

Se sintió desprotegido en aquel terreno desconocido. No sabía cómo actuar ante esa situación. Mimi, quien había completado su metamorfosis en una criatura hecha de la más fina plata, se le acercó luego de unos minutos en extrema soledad y, usando su mejor gesto maternal, simplemente le dijo a Lautaro:

—Bienvenido a tu nuevo hogar, el lugar donde toda la materia se reúne y choca.

Después de depositar un beso obsceno en los labios de su atónito amante, se desintegró y desapareció en el aire, dejando un retumbante sonido de risas.

Lautaro se quedó mudo, no tenía palabras para describir por lo que estaba pasando en aquellos momentos. Cuando se dio cuenta, ya era muy tarde, estaba comenzando a desaparecer, su carne se estaba desintegrando para ir expandiéndose poco a poco al compás del aire que había en ese lado del espejo.

Antes del amanecer, el cuarto del motel Diligencias ya estaba completamente vacío, únicamente quedó la ropa de Lautaro como único testigo de lo que ocurrió aquella noche.

Imagen tomada de Motel Register

Escrito por:paginasalmon

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s