Una madrugada, el poeta decidió tirar a la basura todo lo que había escrito en los últimos tres meses y se fue a la cama aliviado. Muy temprano al otro día (era otro día: era la renovación del tedio), la campana de la basura lo arrancó de un tranquilo arrullo fúnebre: con mucho esfuerzo se levantó de la cama, se vistió con la primera muda que encontró regada a la mitad del cuarto, se limpió las lagañas, se tragó un gargajo y salió a deshacerse de sus indigestiones múltiples.

En el bote llevaba los recibos triturados de la tarjeta de crédito, la luz y el internet; diez papelitos de 7 x 12 cm en los que escribió la última lista del súper, garabatos descuidados que redactó al paso para tratar de fundar el mérito de la última novela de L… y un imperativo impróspero que decía: “No olvides el paraguas”. También había una bola de pelo y cuatro bolsas de alimento que Gautiva y Miss Ándrea devoraron sin piedad; catorce caguamitas, nueve envolturas de pizzas congeladas, cuatro envases de coca de seiscientos, diecisiete cajetillas de cigarros y nueve latas de atún soya que él mismo devoró; y cuatro cajas de revistas que nadie leyó jamás. En la cima de esta loma, había tres bolsas llenas de papel de baño, condones, tampones, hilo dental, dos pruebas de embarazo y vómito rojo.

Los papeles embarrados con los desencantos textuales de los últimos tres meses también iban en estas bolsas. La asociación no fue azarosa: el poeta concedió que, de un tiempo acá, escribir se había sentido como limpiar una deposición hedionda y abyecta; que el texto es una vanidad sádica y escribir, una actividad pujante pero gozosa; que la escritura es una evacuación de sentido, una desposesión del ego, una desposición sentada en la que el tiempo se espesa y las piernas hormiguean, una indisposición del lenguaje y el decoro (un despojo del sí mismo, vaya); y que los malpartos de la textualidad y la tripa se consignan en ámbitos homogéneos (la letrina y el mundo editorial, el papel de baño y el del cuaderno, las cloacas y el olvido).

Uno deyecta el bolo y se aleja para admirar su deriva en el agua, como si fuera un cadáver hinchado en un naufragio. Luego de este ejercicio de coprocultura devocional, uno tira la palanca y desampara su obra, le regala al mundo un poco de sus entrañas y así se convence de que le sobran fuerzas para repetir la operación al rato (la de vivir, no la de escribir ni la de cagar). (Vital 2018)

Aquel fue un miércoles soleado, y el poeta lo recuerda bien por tres razones:

  1. Ese día impartió la última sesión de su curso sobre las posibilidades poéticas del asco, y Armando -un pequeño y cogotudo imbécil de nariz pronunciada e ideas blandas- estuvo callado, para variar.
  2. Los miércoles son días de basura orgánica, “De residuos biológicos que se desechan sin remordimiento porque no flotan mil años en el mar; porque aún pueden alimentar a los pájaros, los ratones y el planeta; porque le hacen bien al pasto y a los árboles. Vualá”. (Vital 2018)
  3. De regreso, pisó suciedad de perro con las ruedas del bote, y así marcó su paso desde la esquina de la cerrada hasta su zaguán.

En fin, que el poeta no pudo completar su pequeña iconoclastia porque era miércoles (o sea, el entreacto, el ojo estriado de la semana, una dicha de mierda). El señor de la basura rechazó su ofrecimiento y el poeta lo insultó en silencio. Enseguida volvió a casa con el bote embarrado y se fue directo al retrete; allí soltó el coraje y lo embobó una idea brumosa que se mezcló con otros hedores: la de que su poesía era indigna para todo vertedero, que se salvó de que alguien más leyera los regustos de su mediocridad. (“Te amo más que a mis desechos / te amo más que al mar / te amo más que cagar / aunque tuviera besos”) (Vital 2011). Entonces se alegró porque pudo salvar de su última obra a la basura, y la exaltación hizo que le aflorara un sonoro flato:

Acaso, fue ese un pedo creativo más vital que el convencimiento de que ya se me había engarrotado el talento. Respirar el agrio y esférico donaire de ese pedo fue la primera alegría de la jornada, porque sentí que había rescatado mi alma con la nariz. Inhalé profundo ese aroma para sentir cómo volvía a ser mi propio huésped, me llené de su acento para reconquistarme. La siguiente alegría fue el silencio del pequeño y cogotudo imbécil de nariz pronunciada….

El poeta pensó que el contratiempo fue bueno en una gran medida, y volvió a sentirse aliviado.

***

Nuestros desechos son el centro de nuestra última intimidad (por eso aquello de la escatología: esas son las realidades finales). Existimos menos en nuestras cosas que en aquello que las contenía (y las ocultaba) cuando las poseímos. Nos deshacemos en el desecho, nos diseminamos en el resto material de nuestros apetitos, nos abandonamos en los rastros de nuestros anhelos y olvidos indecibles. Todo desecho es nuestro vestigio, incluso lo que no cagamos: volvemos a casa con la caca y con el perro porque tememos que la porquería nos evoque.

La vergüenza del desecho es una variación del pudor: nos apena que vean nuestra basura y nuestra desnudez porque nos resistimos a confesar las derivas de nuestros secretos, a quedarnos sin reservas. Pero la resistencia del desecho no está enraizada en el cuerpo mismo, como las tensiones púdicas: más bien se alimenta del simulacro, de lo que dice nuestra ausencia. Comprobar nuestro dominio, corroborar que las cosas que se van lo hacen cuando así queremos, tener el control: es ese el placer de sentarse en el excusado después de un rato de aguantar el efluvio; es este el gozo de publicar la obra depurada.

Lo que queremos separar en este nuevo número de Página Salmón esta allí, en la ley de ese control. Ahora queda inaugurada la impudicia de este número dedicado al desecho: que sirva este editorial como una campana para llamar a confrontar la escritura del residuo con la escritura residual, a rescatar textos del contenedor, a revalorar el desperdicio y alzarse contra las políticas que nombran la basura y dictan qué cosas se desechan y cuándo, cuáles han caducado, qué merece una segunda oportunidad y qué no merece ninguna (como la obra de este poeta).

Referencias

Vital Canto, Pedro. (2018). Renacer y remorir. Ediciones Postigo.

———————-. (2011). La mierda clavada en el suelo. Antología 1992-2008. Ediciones Postigo.

Escrito por:paginasalmon

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