“Me hiede el fundillo más que el hocico”, fue lo primero que dijo la vulgar de mi madre al ex mala suerte de papá cuando le ofreció unos Trident de menta a la salida de aquel bautizo de su socio y recién compadre farmacéutico. Desde ese día hasta hoy, han pasado tres años y yo sigo con terrores nocturnos, terapia y un chingo de clonazepam. Esa noche vi morir a mamá y papá y tuve dos mellizos deformes y dementes: Lilia y Javier.

Lilia es veracruzana, de dientes blancos perfectamente alineados y labios gruesos de donde resalta un lunar discreto justo en el centro del labio superior, en eso que llaman corazón y que a Lilia le encanta hacer notar con el labial tono rouge coco de Chanel. Javier la enamoró en uno de sus viajes mensuales al Puerto cuando era distribuidor de artículos nopor tipo masajeadores, chupadores, pelis, pubis de silicón, lubricantes de sabores, disfraces, arneses y calzones comestibles. Era un joven ambicioso, afable y fortachón, un galán de la capital.

Fue amor a primera vista y, según cuentan las lenguas jarochas, yo soy resultado de una de las tantas manchas blanquecinas que hubo por toda la alfombra verde de aquel oscuro y lujurioso local. 

La  tienda y la casa sobre el malecón fueron el patrimonio que los abuelos le heredaron a Lilia hasta que el narco pasó factura y nos obligaron a cerrar la noche misma que balacearon el letrero rosa neón y la puerta de fierro negra que sucumbió ante el AK-47. 

Huimos a la CDMX con lo que traíamos puesto en la Tacoma gris, doble cabina 2012. Nuestro último lujo antes de la debacle. Los ahorros se fueron en la renta del depa, una máquina de coser, algunos muebles de segunda y un colchón de primera, porque la espalda de Javier y las ganas de Lilia de coger no podían merecer menos. 

Mi gusto por la banda, la cheve y mis genes alfa lograron que tres semanas después de medio acomodarnos dentro de la clase medio muy baja, unos pachis nos presentaran con el encargado del Cielito Lindo. Javier se encargó de los baños de caballeros y del aseo express en los privados. Lilia debía cuidar que las chicas salieran bien bronceadas o mojadas, según la temática de la noche, y yo me estrené de saca borrachos, donde rapidito me gané el mote poco original de “el Jarocho”. 

Tres miserables sueldos alcanzaban para dos miserables comidas. En el mercado Morelos, Lilia se volvió la clienta del ripio, la que compraba la carne mosqueada para unos buenos bocoles, la que buscaba las cabezas de pescado para un buen caldo o la que pedía la piel del pollo los domingos que, bien frita y en tortilla caliente, nos recordaba las carnitas estilo Michoacán de Boca del Río. 

Mi estómago pobre pero delicado tardó en acostumbrarse, primero los pedos con caldillo, vivaces e inoloros, luego las diarreas verdinegras, explosivas y hediondas, semejantes al agua encharcada de las banquetas de Salto del Agua, después el dolor de culo de tanto pujar el atole de masa que Lilia me daba para amarrar la tripa. En dos meses pasé de ser un hombre de 90 kilos a sortearme el físico cada noche con apenas 78.

Entre cagada y cagada Javier me contaba de su cliente “el Meta”, un farmacéutico cercano a los treinta, forrado de dinero y rodeado de güeyes que le cuidaban la puerta y tiraban dos veces la palanca del baño para que la mierda pastelera girara a la derecha con frenesí, dejando un leve crayolazo que papá fregaría después con Maestro Limpio. 

El Meta no perdonaba los viernes de chicas VIP que por lo general eran rusas o cubanas, porque el Cielito Lindo se ponía hasta la madre de mirreyes que hacían cola en el baño más que para mear, para surtir la despensa a diestra y siniestra. Un Water-Mart de pastas y café.

Javier de inmediato olisqueó la oportunidad y pronto le procuró una silla de metal, unos Trident y tres shots de Buchanan’s para arrancar la noche. Entre miada y miada con olor a complejo vitamínico, el Meta convenció a Javier de impulsar su propio negocio acá machín con los clientes frecuentes del putero a cambio de una buena comisión. 

El impulso fue tal que Javier retomó las pesas, se dejó crecer su pelo chino y le dio por apretarse los pantalones para que quien quisiera ponerse al pedo viera que había más reata que huevos. En cosa de meses Javier retomó su vida de galán de los ochentas, le pagó la lipo a Lilia y me puso a estudiar Derecho en la Ibero.

Escalamos a la clase mierda alta antes del año y el baño del Cielito Lindo se convirtió en una especie de hall of fame donde circulaban lo mismo narcos juniors que diputados, chichifos y artistas, todos con el único propósito de tomarse la foto con “el Negro” agarrándose las vergas. 

Después de la lipo siguieron las chichis de JLo, los labios de la Jolie, la nariz de Ninel y las nalgas de Galilea. Cada que veo a Lilia veo menos de ella, salvo por las carcajadas que siguen estando dentro, diría que la perdí en aquel lugar de Garibaldi. 

Yo soy abogado, el mejor de todo Veracruz porque Javier y Lilia regresaron (¿regresamos?) como hijos pródigos al Puerto. Compraron una casota en un fraccionamiento con Marina y Centro Comercial, y la casatienda de los abuelos se convirtió en una farmacia de surtido rico con atención las 24 horas. La primera farmacia de las ocho que abrirían después de aquel compadrazgo.

Todo lo derecho lo hago yo y de lo chueco se encargan ellos, por eso accedí a ir a aquel bautizo a las afueras de Texcoco. Sería la entrada a las grandes ligas de Javier y Lilia y como quiera mi pellejo también estaba en juego. 

El Meta nos presentó a “la Madrina”, un viejo güero de rancho y rechoncho, con un San Judas Tadeo de oro macizo de 24 kilates colgando del pecho. En cuanto vio a Lilia de pies a cabeza se lamió los labios babosos de pulque, se paró muy cerca de ella, le olió el pelo, algo le susurró y le besó la mano. Se la llevó por la cintura y la volví a ver al amanecer. 

Le grité “¡Mamá!” por última vez mientras los escoltas me cerraron y me encerraron en el despacho para ver lo legal, de la letras chiquitas se encargaría Lilia. 

La plaza del Golfo tenía nuevo líder y había que cobrar cuota.

Imagen tomada de Chilango

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Cielito Lindo | Por Armónica

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