—Entiendo lo que quisiste hacer, pero es horrible. Es como si le hubieras puesto un filtro de Instagram de naturaleza y flores a tu poema. No se puede conectar con él. No dice nada. Y esa última parte de la sangre, esa parte, quizá ese era el único elemento bueno, pero de alguna forma, también lograste que no conectara con él. Veo tu poema y no me dice nada. 

En la pantalla de su lado izquierdo están proyectando el poema que escribió esta semana. Ella lo ve y el poema le dice todo. Habla de quién es, de sus heridas, de un dolor para el que por fin encontró palabras. Habla sobre una tristeza muy profunda que sí, quizás aún requiere un filtro, porque si el filtro no estuviera, probablemente ella se hubiera quedado observando a un vacío tan enorme, tan inmenso, que no hubiera podido despegarse de ahí, que hubiera hecho que saltara hacia él. 

Pero frente a ella, quien le dice que sus letras no dicen nada es una figura reconocida de la poesía contemporánea. Juez en concursos nacionales, publicado en varias ocasiones, leído por un número de personas que ella no podría imaginar siquiera. 

Quiere borrar ese poema de todos sus dispositivos, quiere apretar delete hasta que el dedo se le canse, quiere ver desaparecer letra por letra. No debió haber llevado ese poema al taller, no debió, no debió, no debió. ¿Cómo quitar esa vulnerabilidad suya, que quedó tendida, desnuda y diseccionada sobre la mesa de la biblioteca? 

El poema se va a la papelera digital. Permanece ahí y ella lo piensa de vez en cuando. Un día, alguien le manda una convocatoria de poesía universitaria. 

 —Pensé en ti, que escribes poesía.

 —Ya no escribo poesía —piensa ella.

Saca el poema de la papelera digital, está arrugado y roto de las esquinas. Decide no verlo y lo envía por correo. Lanzarlo al vacío cibernético es otra forma de perderlo. Ya no le importa qué pase con él, solamente necesita que alguien más sepa que el poema ha existido. 

Los jueces del concurso reciben el poema e inmediatamente desdoblan la vulnerabilidad, la extienden sobre la mesa y dicen:

—Sí, esta vulnerabilidad es válida. 

—¿Están seguros? —responden otros jueces. 

—Sí, ¿no la ves? Está sangrando. Incluso dejó manchada la mesa cuando la pusimos ahí.

Y entonces, la sangre da cuenta de su valor. Los jueces lo determinan: existe, importa, merece un lugar en el mundo. Pero eso no lo supo ella hasta meses después. Para ella, el poema y la vulnerabilidad habían existido en algún tiempo, pero no más. 

Recibe el correo de la premiación y se pregunta en cuántas mesas estuvo su poema, si lo partieron, lo destazaron, metieron la mano dentro de él, si lo examinaron en partes, si la sangre ya estaba seca, si los hematomas aún eran visibles y, sobre todo, si al palpar dentro del poema encontraron la vulnerabilidad y la parte de ella misma que sentía que se había perdido dentro de esos versos. 

Recibe el premio en silencio, estrecha manos de extraños en silencio, escucha palabras alabando el poema en silencio. 

Busca con desesperación la vulnerabilidad y la encuentra colgada frente al escenario. Está atada, desdoblada, extendida, abierta, de forma que todos puedan ver en su interior. Ya hay un grupo de personas intentando tocarla. Escucha a un juez pasar, mientras dice: “Sí, nosotros la sacamos de un vertedero a donde la habían arrojado, cuando llegó a nosotros aún estaba tibia y sangraba”.

Fotografía de Flor Garduño

Escrito por:paginasalmon

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